Isabel II: reina por una historia de amor

Isabel II: reina por una historia de amor

La abdicación al trono de su tío Eduardo VIII le abrió el camino al reinado.

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Reina Isabel II.

Foto:

AFP / LEWIS WHYLD

01 de noviembre 2016 , 10:56 a.m.

Este perfil fue publicado originalmente el 09 de septiembre de 2015

Sesenta y tres años, siete meses y dos días es un tiempo muy largo en el que se pueden ver muchas cosas. Por ejemplo, el inicio de la Guerra Fría, toda la carrera espacial, la transformación de un imperio en una mancomunidad y hasta la evolución y modernización de la monarquía misma. Eso es lo que ha visto Isabel II desde que subió al trono del Reino Unido tras la muerte de su padre, Jorge VI, el 6 de febrero de 1952.

Si en alguna historia de vida el amor fue más que un asunto circunstancial fue en la de la monarca de 89 años. Fue esta a veces incomprensible fuerza humana la que la puso en el camino hacia la corona británica. Muy pocos años antes de la muerte del rey Jorge V en 1936, su hijo David, príncipe de Gales y primer heredero al trono, cayó bajo los encantos de Wallis Simpson, una estadounidense que se había hecho muy conocida en el ambiente social londinense y que ya se había divorciado en dos ocasiones.

A medida que el estado de salud de Jorge V empeoraba, aumentaba la preocupación por la obstinación de David en contraer matrimonio con Simpson, lo que contravenía las muy severas leyes cortesanas británicas acerca de matrimonios con los así llamados plebeyos.

Jorge V murió el 20 de enero de 1936 y David llegó al trono con el nombre de Eduardo VIII, con lo que muchos esperaban que la relación con Wallis se fuera volviendo una cosa del pasado. La alta sociedad inglesa y estamentos como la Iglesia anglicana, de la cual los reyes británicos son su máxima cabeza, veían atónitos cómo Eduardo VIII pretendía crear un sisma al pretender casarse con la plebeya doblemente divorciada, mientras el resto de Europa veía cómo caían las monarquías y cobraban protagonismo el fascismo y el comunismo.

El amor por Wallis llevó a Eduardo VIII a una decisión sin precedentes en el Reino Unido. El 10 de diciembre de 1936, ante sus hermanos sobrevivientes (entre ellos Alberto, el futuro Jorge VI) leyó y firmó la carta de abdicación al trono. A sus 10 años, Isabel se convertía, como por un juego del destino, en princesa de Gales y heredera al trono como hija mayor del nuevo rey e Isabel Bowes-Lyon, la Reina Madre.

El reinado de Jorge VI se caracterizó por ser uno de los más recordados en la historia británica, ya que tanto él como la Reina Madre, con un país dirigido políticamente como Winston Churchill, fueron estandartes de la resistencia nacional contra la barbarie nazi, que desató sobre Londres y otras ciudades inglesas una ira sin igual con bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial.

En los últimos años del conflicto, Isabel se enroló en división femenina del Ejército de Su Majestad, el Servicio Territorial Auxiliar, donde desempeñó varias funciones, pero su especialidad fue la mecánica. Tras la guerra y el advenimiento de la transformación del Imperio Británico en una comunidad de naciones, su padre le encomendó muchas misiones en el exterior. En una de ellas la sorprendió la muerte tras una trombosis coronaria.

De todos es conocido que el monarca era tartamudo desde niño y los médicos, ya en su adultez, trataron de aliviarle esta condición recomendándole fumar, lo que a la larga lo llevó a un diagnóstico de cáncer de pulmón y a la muerte. El máximo honor de la monarquía le llegó a Isabel a los 26 años.

Su reinado comenzó en medio de una época crucial. Ya hacía dos años que el comunismo soviético y el capitalismo estaban intercambiando disparos en la península de Corea y la carrera armamentista tanto convencional como no convencional estaba en aumento. Pero mientras la Guerra Fría se apoderaba del mundo, también lo hacía otra fuerza, la del grito desesperado de la juventud que nació durante la Segunda Guerra Mundial. La misma Isabel recibió en su palacio de Buckingham a The Beatles, canalizadores de esa energía de los sesenta.

Los setenta fueron años duros de constantes huelgas e inestabilidad de una de las principales economías europeas, pero también de la entronización de la dama conservadora por excelencia: Margaret Thatcher.
La era pop abrazó a la Casa de Windsor el 29 de julio de 1981 cuando Carlos, hijo mayor de Isabel y el consorte príncipe Felipe de Edimburgo, contrajo matrimonio con Diana Spencer ante la mirada de millones de espectadores a nivel mundial.

La misma era de MTV, la vieja-nueva-clásica Coca Cola y las gigantescas grabadoras vio también cómo ese matrimonio y el de otros de los miembros de su familia se fueron desmembrando hasta no quedar nada de ellos. La monarquía fue vista como un ente que no estaba sintonizado con la sociedad.

Esta falta de sintonía fue muy atizada por todo lo que precedió a la muerte de Diana de Gales en un accidente de tránsito en París el 31 de agosto de 1997. Separada de Carlos en 1992 y divorciada en 1996, las revelaciones de Diana acerca de las infidelidades de su esposo con una amante ‘aprobada’ por la corona, Camila Parker-Bowles, sacudieron los cimientos de la Casa Windsor.

Ya fuera de la realeza, Diana se convirtió en un personaje cuya sinceridad y desparpajo escandalizó a la monarquía y le atrajo una inmensa popularidad, alimentada por sus gestiones a favor de luchas sociales como la erradicación del sida, la pobreza y las minas antipersona.

La muerte de la “Princesa del Pueblo”, tal como la bautizó en una muy temprana reacción el entonces primer ministro Tony Blair, amenazó con convertirse en un terremoto para la monarquía. Acciones erróneas de parte de Isabel y su entorno dieron una sensación de indolencia que pusieron a la Casa de Windsor de frente contra un republicanismo presente en cierta parte de la población. Tras una semana muy convulsionada, Diana recibió un funeral de Estado de magnitudes reservadas a reyes y la ruptura entre la estructura monárquica y sus súbditos tardó tiempo en cerrar.

Y cerró bien. Isabel ha sido una de las monarcas más queridas en los más de mil años de dinastías de reyes y reinas en Gran Bretaña. Supera el récord de su tatarabuela Victoria, cuyo solo nombre define a una era. Seguramente así como significó Victoria para su tiempo, los británicos entenderán la segunda mitad del siglo XX y las primeras dos décadas del XXI como la segunda era isabelina.

REDACCIÓN INTERNACIONAL

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