La historia sin final feliz del refugiado de la zancadilla

La historia sin final feliz del refugiado de la zancadilla

Osama Mohsen vive en España, donde se quedó sin trabajo por no aprender a hablar español.

Osama Abdul Mohsen

Osama Abdul Mohsen pasa una nueva y dura prueba: perdió su trabajo en España.

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Afp

04 de marzo 2017 , 10:03 p.m.

La vida le pone otra zancadilla a Osama Abdul Mohsen, el refugiado sirio que se volvió famoso cuando una camarógrafa húngara estiró la pierna y lo hizo caer, en la frontera entre Serbia y Hungría. Los hechos ocurrieron el 8 de septiembre del 2015, el día que él huía de la Policía con uno de sus hijos en brazos, para escapar de la guerra en su país. Pero ahora, cerca de un año y medio después, mientras todos recuerdan esa imagen, Mohsen tiene que sortear otro problema: perdió su trabajo en España.

Tras el incidente en la frontera lo contrató el Centro Nacional de Formación de Entrenadores de fútbol (Cenafe), localizado en Getafe, a las afueras de Madrid.

Después del duro paso por la frontera europea, la angustia se convirtió en alegría y medios de comunicación de varios países siguieron sus primeros pasos en España. Aseguraban que el resto de su familia, en Turquía, podría reunirse con él pronto. Los jugadores del Real Madrid lo recibieron como un héroe cuando visitó el estadio Santiago Bernabéu con dos de sus hijos, y se tomaron fotos con él, como si fuera una estrella.

Pero hoy la familia sigue en Turquía y Osama (de 53 años) está sin trabajo, a punto de agotar el subsidio de desempleo del que ha disfrutado desde que el Cenafe no renovó su contrato en septiembre del 2016.

“Manifestamos nuestro total interés en contar con el señor Mohsen a partir de febrero del 2017, si se materializa su conocimiento del idioma y la integración necesaria para el desempeño de labores administrativas, tras los cuatro meses de desempleo de los que dispone”, explicó en un comunicado el presidente de Cenafe, Miguel Ángel Galán. Sin embargo, al terminar febrero no habían hablado.

“No sé por qué dijo eso”, dice Mohsen a EL TIEMPO, en su apartamento en Getafe (que el Cenafe pagará hasta noviembre). “A mí nunca me lo plantearon así. Creo que no me despidieron por el idioma, sino por el dinero... No quiero más mentiras”, resume.

A Mohsen le duele sobre todo haber perdido dos oportunidades de trabajo que le surgieron mientras trabajaba en el Cenafe: una en Alemania y otra en Francia. “Le conté a Miguel Ángel y le pregunté si me iba a necesitar aquí. Me contestó que sí, que no me fuera. Por eso me sorprendió cuando no reanudó el contrato. Perdí las posibilidades que me habían surgido”.

Luis Miguel Pedraza, secretario de Galán, insiste en que el desconocimiento del español ha sido la gran barrera de Mohsen. “Nunca mostró interés por aprenderlo”, dice. “Le contratamos hasta cinco profesores y un intérprete, pero él no progresó ni hizo esfuerzos. Cuando llegas a un país tienes que integrarte”, insiste.(Le puede interesar: La economía española sale a flote, pero el empleo sigue crítico)

‘Otros la pasan fatal’

No obstante, Mohsen piensa que ese no es un argumento válido porque desde que lo contrataron sabían que no hablaba español. Asegura que hoy lo entiende, pero aún le cuesta trabajo expresarse.

Pedraza, por su parte, afirma que el entrenador no le aportó nada a la escuela. “Tenía que entrenar a un equipo de chicos y no se podía comunicar con ellos”.

Cuando se le pregunta si el Cenafe aprovechó la atención mediática que recibió Mohsen tras el incidente de la zancadilla para obtener publicidad, asegura que se da el caso contrario: “Es él quien se ha aprovechado”, dice. “Se le proporcionó un puesto de trabajo, y ni lo intentó. Le dimos un apartamento, un sueldo, le pagamos los servicios y una ayuda para su familia: unos 2.500 euros en total al mes (poco más de siete millones y medio de pesos colombinos). Ya quisieran muchos españoles y refugiados contar con esas condiciones. Otros compatriotas suyos lo están pasando fatal. Es un refugiado VIP”, comenta.

A pesar de los problemas, Mohsen se siente cómodo en Madrid. “España me gusta mucho”, comenta. Ha visitado Barcelona, Valencia, Santiago de Compostela y siempre se ha encontrado con personas amables, dice. En las calles lo reconocen, lo saludan y le piden fotos.

Vive con su hijo Zaid, el pequeño que llevaba cargado cuando lo tumbó la zancadilla. Residen en un apartamento del centro. El nombre de Mohsen no figura en los buzones.

El fútbol está muy presente en el hogar. Sobre el televisor hay una réplica en miniatura del Bernabéu, y el escudo del Real Madrid cuelga de una pared. Mohsen muestra orgulloso el álbum donde guarda las fotos de la visita al estadio, que también fue un momento mágico para Zaid, quien luego de recibir una camiseta de regalo, solo dejó que Cristiano Ronaldo se la firmara.

Tienen también en la sala un balón del Real Madrid firmado por los jugadores, y la decoración restante es semejante a la de cualquier vivienda de una familia de clase media española.

Zaid, de nueve años (tenía siete cuando llegó a Madrid) va todos los días al colegio local. “Está muy contento”, cuenta su padre. “Tiene muchos amigos y ya habla español a la perfección”. Su otro hijo, Mohammed, de 19 años, está en Barcelona, donde aprende español y quiere quedarse a estudiar. Buena parte de su tiempo lo destina a jugar fútbol y a poner en práctica lo que su padre le enseñó desde niño. Sí, la llegada de Mohsen a España ha estado ligada al fútbol porque era entrenador en Siria. Cuenta que también, cuando era más joven, fue jugador, pero confiesa con modestia que no era muy bueno. Después entró a estudiar en el Instituto de Deportes de la Universidad de Alepo.

Mohsen relata que todos los días toma clases de una hora y media de español. Luego recoge a su hijo en el colegio y le prepara la comida. El resto del tiempo se dedica a buscar trabajo. “Me están ayudando un amigo árabe y otro español, pero la situación está muy complicada”. Por ahora, sigue a la caza de oportunidades.

Tiene permiso de trabajo por cinco años, el plazo inicial por el que le fue otorgada la residencia legal, pero como consecuencia de sus problemas laborales en España, aún no ha podido cumplir con los requisitos necesarios para traer al resto de su familia de Turquía.

En septiembre del 2014, la familia de este hombre sirio de 53 años se fue de Deir el-Zour, la ciudad donde vivían al oriente de Siria, acosados por la violencia y después de que uno de los hijos recibió un disparo en la pierna izquierda. Se subieron en un barco en el que se embutieron medio centenar. La meta era llegar a Grecia.

Sin embargo, en una ciudad del sur de Turquía se quedaron atascados malviviendo con pocos euros hasta que decidieron que Mohsen partiera con Zaid para llegar a Alemania. Y lo lograron. La zancadilla no lo detuvo y llegó a Múnich, tras cruzar Austria. Allí recibió la llamada del Cenafe.

¿Y Petra?

Petra Laszlo, la camarógrafa que le puso la zancadilla a Mohsen y que pateó a otros refugiados, pidió perdón en una carta que difundió la prensa. “Se rompió el cordón policial, uno de los inmigrantes corrió hacia mí y yo estaba asustada… Tenía que protegerme”, se justificó.

Cuando cayó al suelo, Mohsen la miró, pensó en recriminarla, pero prefirió evitarse una nueva angustia y enfocarse en asistir a su hijo, que no paraba de llorar.

Después del incidente, Laszlo, de 41 años, fue despedida de la cadena de noticias N1TV y fue blanco de insultos y amenazas. Lo último que se sabe de ella es que en enero fue declarada culpable y condenada a tres años de libertad condicional por su comportamiento hacia los refugiados.

Mohsen asegura que Laszlo nunca se ha puesto en contacto con él y que no le pidió perdón. Pero eso no le preocupa. Lo que lo angustia ahora es la necesidad de encontrar trabajo. “Seis personas dependen de mí”, explica. ¿Y si no lo consigue?, “tendría que irme a otro país”, dice compungido.

Juanita Samper Ospina
Corresponsal de EL TIEMPO
Madrid

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