Helmut Kohl, el patriarca de Alemania

Helmut Kohl, el patriarca de Alemania

El excanciller, fallecido a los 87 años, era un político serio, riguroso, sencillo y visionario.

Helmut Kohl, excanciller de Alemania

El excanciller se encontraba desde el 2008 apartado de la actividad pública.

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Tobias Schwarz / Reuters

20 de junio 2017 , 12:20 p.m.

“Mi canciller ha muerto”, dijo sin ocultar un nudo en la garganta, la tarde del pasado viernes, 16 de junio, un alemán de 53 años quien alcanzó a ser gobernado por Helmut Kohl diez de los 16 años de su mandato, pero que se sentía protegido por él desde los años y meses anteriores a noviembre de 1989 cuando el Muro de Berlín todavía le recordaba a él y a 16 millones de alemanes ciudadanos de la RDA que eran prisioneros del régimen comunista y, por tanto, tenían poder extremadamente restringido sobre su vida y limitado a cinco estados federados de Alemania y a un puñado de destartalados países situados detrás de la Cortina de Hierro soviética.

Incluso sin las líneas anteriores, escuchar el sincero lamento “mi canciller ha muerto” revela que quien lo expresa no podría tener otra biografía que la de haber nacido, crecido y sufrido en la Alemania excomunista, porque en ningún otro rincón de este país centroeuropeo, Helmut Kohl fue y es más amado y respetado como en ese territorio definido, todavía hoy, 27 años después de la Reunificación, por las regiones de Mecklemburgo, Brandemburgo, Sajonia Anhalt, Sajonia, Turingia y la mitad de Berlín.

“Fue canciller de todos, pero más de nosotros”, decía también el sábado pasado, en el barrio Prenzlauerberg (ex-Berlín oriental), una madre de familia procedente de Leipzig, quien a las diez de la mañana ya había leído todo lo que la prensa tenía para decir sobre Kohl a menos de 24 horas de su muerte, ocurrida a los 87 años de edad en su residencia, situada en Ludwigshafen, Renania Palatinada, suroccidente alemán, la misma población donde había nacido el 3 de abril de 1930 en un hogar de influencia fuertemente política y católica.

“Si hay un Dios, él regala la vida y la salud. En cambio, lo máximo que tenemos para regalar los mortales es libertad y Helmut Kohl nos la regaló y nos devolvió la identidad”, expresó la señora.

Da gusto escuchar hablar hoy sobre Kohl en el oriente, porque siempre será mejor, revelador, inspirador y más justo escuchar lo que la gente dice sobre un difunto por fuera de su propia casa y cuando ningún pariente se encuentra cerca. Y si en la casa territorial de Kohl, el occidente germano, su memoria cosecha respeto y reconocimiento, en el oriente se perciben claramente muchísimo afecto y agradecimiento.

Expectativa por un adiós

De hecho, se sabe que la canciller Angela Merkel deberá escoger muy bien las palabras para pronunciar durante el funeral de Kohl, pues de ellas y de la porción de emotividad y afectividad que les imprima podrían depender entre dos y cinco puntos más o menos de aceptación y votos procedentes de los pobladores de los llamados nuevos estados federados, para las elecciones generales de septiembre.

“La gente no le perdonaría fácilmente, a Merkel, su consabido tono frío, contenido y de poca emoción en referencia a Kohl. No se trata de un político más. Kohl fue y es el canciller de la Reunificación, y la mayoría de los reunificados son sus legítimos dolientes” opina, no en solitario, H. Berle del diario capitalino ‘Berliner Zeitung’.

La proyección es factible. Es sabido cómo es de intangible y al tiempo imprescindible la carga de fuerza, coherencia y sensibilidad que se espera escuchar cuando un hablante que nos representa se refiere a alguien a quien consideramos un protector o un patriarca, y Helmut Kohl fue el patriarca germano del siglo XX.

Haberlo sido es su mejor historia; y su obra, la Reunificación, una de las mejores historias que tienen para contar los alemanes tan torturados y avergonzados por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, cuyos largos y nefastos efectos geopolíticos terminaron, cabalmente, el 3 de octubre de 1990, luego de 52 años de división que no comenzó con la construcción del Muro, sino ya en 1947 cuando soviéticos y aliados se repartieron la tierra humeante y devastada que dejó la guerra.

Según un portavoz del Gobierno alemán, todavía no se ha determinado una fecha concreta para el funeral de Kohl, pero ya adelanta que será en dos semanas, a comienzos de julio, y que su organización será conjunta con el Parlamento Europeo, donde por primera vez se oficiará una ceremonia estatal de honras fúnebres, presidida por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, a la que estarán invitados todos los jefes de Gobierno no solo de la Unión Europea, sino de los países con los que Alemania tiene relaciones diplomáticas.

“Ya es seguro que habrá un recorrido solemne por el río Rin y un llamado a que todos los alemanes y europeos acompañen el homenaje multitudinario que se le rendirá”, dicen también oficiales de prensa del CDU.

El Rin y el Riesling

El homenaje de llevar a cabo un recorrido por las aguas del Rin está inspirado en el deseo expreso de Kohl, consignado en la biografía autorizada escrita por el periodista y amigo personal del patriarca, Gerd Langguth, quien cita a Kohl diciendo: “Recorrer mi río (Rin) de arriba a abajo, solo o acompañado, vivo o muerto, con quien sea y como sea, es lo que querré determinar siempre”. Kohl nació en sus riberas y fue allí, a los catorce años, cuando terminó la Segunda Guerra, donde aprendió a tomar y a valorar el vino de la casa, el famoso Riesling, un néctar dorado de lenta maduración que en la región y desde la Edad Media se ha medido en grandes batallas con la rubia y soberana cerveza.

Nosotros, los alemanes, muy seguramente vamos a tener que recordar a Kohl como el símbolo por excelencia de nuestros buenos años

El historiador Christoph Stölz, cofundador del Museo de Historia de Alemania, en Berlín, escribió: “Nosotros, los alemanes, muy seguramente vamos a tener que recordar a Kohl como el símbolo por excelencia de nuestros buenos años”. Y cómo no habrían de hacerlo de esa forma, si se afirma, sin llegar a exagerar, que si la bibliografía sobre la política y la vida de Helmut Kohl se ordenara verticalmente, su tamaño resultaría mayor que el de la estatura de 1,93 centímetros del político que en el verano de su existencia, como jefe del partido CDU, de figura corpulenta y rostro rozagante, les hacía guiños por la televisión a los alemanes del oriente, diciéndoles, en el efectivo idioma de los símbolos que él –tan seguro, solvente, acuerpado, con cigarro en la boca, vaso de vino, whisky o cerveza en la mano, invitando a cenas, pagando en efectivo y vistiendo paños finos– era la personificación del capitalismo y el humanismo de su partido y que él mismo les iba a mostrar el camino hacia esa solvencia. Y lo hizo.

Para llevarlo a cabo, tuvo primero que salir triunfante de fuertes contiendas; primero en su propia tierra y en sus propias toldas políticas y de sus contrarios, los socialdemócratas, que hasta el último momento ofrecieron resistencia a la unión. Es histórica la escena protagonizada por los berlineses del occidente el 10 de noviembre de 1989, un día después de la caída del Muro de Berlín, que abuchearon y apagaron a gritos sus palabras cuando viajó de Bonn, entonces capital de la República Federal, a Berlín para comunicarles a sus ciudadanos que la unión tenía y debía darse, “cueste lo que nos cueste, porque tenemos con qué responder”. Diez días después, la escena dio un giro de 180 grados en Dresde, cuando Kohl visitó y habló por primera vez, en vivo y en directo, a los orientales y les dijo lo mismo que en el otro lado de la ciudad. “La gente lloraba por la emoción, le cantaron el himno, le escucharon cada una de sus palabras. Esa noche, Kohl pronunció el discurso más importante de toda su carrera”, sostiene el documentalista Lars Broeder.

En esa faena de más de cinco años de alta filigrana de negociación política, también son memorables las escenas de Kohl convenciendo uno por uno, en diferentes escenarios y siempre dando caminatas, a los presidentes George Bush padre (Estados Unidos), Margareth Teacher (Inglaterra) y François Mitterrand (Francia) sobre que “Alemania unida no volvería nunca a ser peligrosa”, exitosa sí, pero no peligrosa. Y eso también ayudó a cumplirlo. Por lo menos, hasta ahora.

Kohl y Pablo Escobar

De hecho, en los otros ocho años de su gobierno que le siguieron a la unificación, al canciller Helmut Kohl le alcanzó la visión para dejar que el CDU se tomara un respiro en la jefatura de gobierno, entre 1998 y el 2005, mientras el país fue gobernado por Gerhard Schröder, para luego tener obligatoriamente este que devolverle el poder a la ahijada de Kohl, Angela Merkel, la física brillante que él encontró y sacó de la Academia de las Ciencias de Berlín, para que trabajará con él en el Gobierno y en su partido, donde lo heredó y sucedió.

Sin Kohl, Angela Merkel nunca habría llegado tan lejos, y en cambio, Kohl con Angela Merkel llegó a su final político. Eso, por cuenta de un escándalo desatado en 1999, cuando la CDU estaba en la oposición y que tuvo que ver con el descubrimiento de que el partido Unión Demócrata Cristiana de Alemania había manejado, durante años, por lo menos 10 cuentas no registradas en su contabilidad oficial, a las cuales ingresaron fondos por concepto de donaciones de particulares cuyas identidades e intereses no fueron registrados.

Dichas cuentas fueron manejadas, en su mayoría, por el propio Kohl y fueron destinadas a la financiación de las actividades de las organizaciones regionales del CDU. Merkel, su hija política, le exigió que revelara los donantes, pero Kohl le respondió que él había dado su palabra de honor a “esas personas, particulares, amigos y seguidores del occidente y del oriente alemán” de no revelar sus nombres y que el obispo de Espira, ciudad donde se formó políticamente, le había asegurado en confesión católica que lo absolvía porque “la palabra de honor vale más que las leyes”.

A continuación, Kohl renunció a todos los cargos de dirigencia del partido, Merkel asumió sus riendas. Kohl se retiró a su casa en su población natal. Allí afrontó el suicidio de su primera esposa, Hannelore Kohl, por cuenta de una alergia inclemente que desarrolló ante la luz. Merkel se hizo a la candidatura única por el CDU y el CSU. Kohl, decaído y semiparalítico, se casó con una exempleada a quienes millones odian en Alemania por haber propiciado la desunión de Kohl con sus dos hijos. En el 2005, Merkel ganó las elecciones y va camino de igualar a Kohl en su tiempo de mandato.

El pasado viernes 16 de junio, Helmut Kohl se llevó a la tumba por lo menos dos secretos: la identidad de los donantes del llamado escándalo de las cuentas negras y las reales circunstancias, motivos y ejecutores del patrocinio de su gobierno a las actividades del agente secreto Werner Mauss en la resolución de secuestros protagonizados por el Eln en Colombia en la década del noventa.

Un gran favor que le hizo a Colombia fue haber colaborado en la caída del capo Pablo Escobar, puesto que fue su despacho, su servicio secreto, el que prohibió la entrada de la familia de Escobar a Fráncfort, a finales de noviembre de 1993, y los mandó de regreso, fuertemente vigilados, a Bogotá, donde menos de una semana después, en las Residencias Tequendama, el hijo de Escobar recibió la larga llamada de su padre, desesperado, la cual permitió a la Policía dar con el capo y abatirlo.

PATRICIA SALAZAR FIGUEROA
Especial para EL TIEMPO

BERLÍN

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