Los cuatro ‘euroescépticos’
ANÁLISIS UNISABANA
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Los cuatro ‘euroescépticos’

Polonia, República Checa, Hungría y Eslovaquia se rehúsan a refugiar inmigrantes por los costos.

20 de junio 2017 , 12:36 p.m.

Beata Szydło, Bohuslav Sobotka, Viktor Orbán y Robert Fico son nombres poco conocidos y la dificultad de su pronunciación es similar a la extrañeza que despiertan en la coyuntura política europea. Pero para no aumentar esa sensación de perplejidad, es preciso decir que son los gobernantes de Polonia, República Checa, Hungría y Eslovaquia, respectivamente. Además de dirigir los destinos de naciones que soportaron la implacable mano del comunismo soviético y de darle sentido a la división geopolítica del telón de acero, son los líderes de una Europa que se rehúsa a acatar las disposiciones de la Unión Europea (UE) sobre la cuota de refugiados.

Si bien el plan que concibió el Consejo de la Unión Europea para aliviar de la carga migratoria a Italia y a Grecia ha recibido decididos apoyos y futuros compromisos de España, Alemania, Francia y Suecia, entre otros, se ha queda corto en su implementación y ejecución. De los 160.000 que se estimaban acoger, en términos reales y efectivos se han favorecido a 20.869. Ante ello, el Grupo de Visegrado, alianza multilateral que reúne a Polonia, República Checa, Hungría y Eslovaquia se quejó de que las órdenes del Consejo eran contraproducentes y antidemocráticas.

La polémica ha rozado los tonos de tensiones diplomáticas entre Bruselas, Varsovia, Praga, Budapest y Bratislava. La gravedad de la renuencia se atisbó cuando el Comisario Europeo de Migraciones, Dimitris Avramopoulos sentenció que bajo los principios de solidaridad y concurrencia de los Estados miembros de la UE, las responsabilidades sobre la recepción de refugiados es una obligación legal, y no una elección. Es decir, recibirlos es una orden, no una concesión discrecional a cada Estado miembro.

Para el Grupo de Visegrado, de lo anterior se deriva el aspecto contraproducente del mandato del Consejo. Los cuatro Estados centroeuropeos alegan que asumir los costos políticos, económicos, sociales, sanitarios y asistenciales de casi 22.000 refugiados le acarrea una carga fiscal difícil de asir. Con ello, sus mandatos terminarían engrosando los renglones de desigualdad y pobreza de sus nacionales, al otorgarles las ayudas a los refugiados sobrevinientes. Del mismo modo, consideran que al dirigir las políticas fiscales hacia la asistencia de los refugiados podrían arriesgar los compromisos de deuda y orden tributario, asumidos con la misma Unión Europea y que son de perentorio cumplimiento, tal como las órdenes de acoger refugiados. Entonces, la disyuntiva política y fiscal es evidente y de solución difusa.

Pero ¿en dónde radica la naturaleza polémica de dicha disyuntiva? En que los gobernantes deben atender, en razón de su compromiso legal y político, las necesidades y exigencias de sus ciudadanos primero. Pero también, los gobernantes de la Europa contemporánea deben observar las urgencias básicas y elementales de los asolados por la guerra en el Magreb, en el Sahara o en Asia suroccidental. Ambos polos reclaman un trato digno y a la altura de los logros civilizatorios y culturales de la bienintencionada Europa.

Y la solución es difusa porque las opciones de resolución se barajan como carta de menudeo electoral. Las asperezas que despiertan los mandatos del Comisario Europeo no deviene en un capricho ideológico por parte de los miembros del Visegrado. Para desmontar la crítica de que los renuentes Estados centroeuropeos son un bastión de la derecha fanática hay que precisar que Szydło y Orbán son conservadores mientras que Sobotka y Fico, socialdemócratas. Lo que los une es que son euroescépticos. Y eso, hasta ahora no es un crimen de odio ni menos una justificación para el silenciamiento político.

Claro, que los del Visegrado critiquen el recibo de refugiados incomoda las visiones cosmopolitas y multiculturales de Berlín y París, pero ya. Esos líderes fueron elegidos democráticamente para, precisamente, defender tal postura renuente y crítica. Y ello no puede desconocerse por mucha ampolla que levante. Así se revela la otra cara de la postura de los cuatro países centroeuropeos. De que su voz y voto parecen solaparse en el mar de las buenas intenciones con los refugiados. De que su membresía parece deslucirse en una pertenencia a la UE de segunda clase, ante la fiera imposición de las voluntades de primera clase de París y Berlín con el plan de refugiados.

Por ahora, de mantenerse los espasmos antidemocráticos contra la postura del Visegrado, el fortalecimiento de los discursos euroescépticos y antiinmigración está a la orden del día. Porque no faltará el político, ahí sí populista y demagogo, que combustione más la llama del cisma europeo y, de paso, le allane el camino a más y mayores simpatías de programas que aúpen el desmoronamiento de la Europa multicultural y cosmopolita que tanto asusta a las élites liberales intelectuales.

Diego Cediel
*Profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de La Sabana.

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