La rígida frontera entre izquierda y derecha se diluye

La rígida frontera entre izquierda y derecha se diluye

Una izquierda contra los intereses de las grandes empresas y de la burguesía es cosa del pasado.

Política de izquierda y derecha

El problema para los socialdemócratas hoy es cómo sobrevivir si los desfavorecidos se vuelcan en masa a la derecha en vez de a la izquierda.

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03 de junio 2017 , 11:28 p.m.

Después de la Revolución Francesa de 1789, en la Asamblea Nacional los diputados que defendían las conquistas revolucionarias se sentaban a la izquierda, mientras que quienes se oponían a ellas y añoraban el viejo orden monárquico y eclesiástico lo hacían a la derecha. De allí surgieron los términos políticos ‘izquierda’ y ‘derecha’. Muchos comentaristas de la elección presidencial francesa señalaron que estas categorías ya no sirven para describir la política actual. De hecho, Emmanuel Macron declara orgulloso que no es ni de derecha ni de izquierda.

Marine Le Pen, cuyo Frente Nacional se asocia con la extrema derecha, no coincide. Según ella, Macron (quien fue ministro en un gobierno socialista) es de izquierda. Pero, igual que Donald Trump, Le Pen hizo campaña presentándose como la ‘voz del pueblo’, mientras que a Macron (como a Hillary Clinton) se lo describió como un títere de banqueros, élites culturales y plutócratas internacionales. Que algo cambió en las últimas décadas del siglo XX es indudable.

Los partidos de izquierda comenzaron a perder su base en la clase obrera. La redistribución de la riqueza se fue volviendo menos importante que la emancipación social de minorías étnicas y sexuales. La vieja alianza entre intelectuales idealistas y sindicatos dio paso a coaliciones multicolores. Mientras que los partidos de derecha seguían defendiendo de palabra el conservadurismo social pero, una vez en el poder, hacían lo que fuera mejor para las grandes empresas. Y lo mejor para las grandes empresas no siempre iba a contramano de los cambiantes intereses de la izquierda. A las grandes empresas les convenía contar con mano de obra barata, y la izquierda defendía el multiculturalismo.

De modo que tenía cierto sentido que los socialdemócratas europeos terminaran a menudo formando parte de gobiernos de coalición con conservadores promercado moderados o demócratas cristianos. La tendencia recibió impulso con el derrumbe del imperio soviético, porque las democracias liberales occidentales ya no tenían una necesidad tan apremiante de contrarrestar el modelo comunista. Los triunfos electorales de Bill Clinton en Estados Unidos y Tony Blair en el Reino Unido tuvieron mucho que ver con su deliberado giro hacia un centro pragmático, neoliberal y promercado.

En este aspecto, es correcto decir que la distinción entre izquierda y derecha colapsó. La idea de una izquierda representante del proletariado oprimido contra los intereses de las grandes empresas y la burguesía es cosa del pasado.

Pero la distinción tradicional entre izquierda y derecha no es solo económica. La Asamblea Nacional francesa fue escenario de profundas divisiones entre los ‘dreyfusards’ y los ‘antidreyfusards’ en la década de 1890, o entre el Frente Popular de Léon Blum y Action Française en la década de 1930. Divisiones aún vivas en la era de Macron y Le Pen.

Los defensores de la República Francesa, que se tomaban en serio aquello de ‘libertad, igualdad y fraternidad’, pensaban la ciudadanía como un concepto legal, no como algo basado en la sangre y la tierra. Preferían las instituciones a las tradiciones y el internacionalismo al chauvinismo. El capitán Alfred Dreyfus, el oficial judío falsamente acusado de traición en 1894, fue una figura muy polarizadora en Francia porque sus detractores lo veían como un símbolo de la decadencia de una nación cuya sagrada identidad estaba siendo diluida por la sangre extranjera.

Los antisemitas, y otros grupos que piensan la sociedad en términos de tierra y sangre, ven invariablemente a los “banqueros sin corazón” (como calificó Le Pen a su adversario en el debate presidencial) como enemigos del “pueblo real (…), el pueblo ordinario y decente” (palabras de Nigel Farage en un acto de campaña en favor de Donald Trump en Mississippi). En este sentido, Macron (que efectivamente trabajó en un banco para Rothschild y cree en la apertura de fronteras y las instituciones internacionales) es un hombre de la izquierda. Y Le Pen, adalid de la ‘France profonde’, la ‘Francia real’, de blancos furiosos y cristianos residentes de áreas rurales para los que francés y musulmán es un oxímoron, es una auténtica descendiente de los ‘antidreyfusards’ y de Action Française.

Macron consiguió derrotar a Le Pen esta vez. Pero la izquierda socialdemócrata sigue en un Estado de crisis. El Partido Laborista del Reino Unido está moribundo. A los socialdemócratas holandeses los barrieron en las urnas. Y Trump, un narcisista ignorante sin experiencia política, consiguió convertirse en presidente de Estados Unidos atizando el resentimiento popular contra las élites educadas, los banqueros, los extranjeros, los inmigrantes y las instituciones internacionales.

El problema para los socialdemócratas hoy es cómo sobrevivir si los desfavorecidos se vuelcan en masa a la derecha en vez de a la izquierda. ¿Es posible forjar una nueva alianza? ¿Puede la brecha creciente entre ricos y pobres recuperar al menos una parte de la clase obrera blanca para el campo de los inmigrantes y otras minorías?

Pero, la crisis de la derecha no es menos seria. Puede que Trump (a pesar de proclamarse defensor de los intereses del pueblo ordinario) se haya rodeado de exempleados de Goldman Sachs y titanes corporativos. Pero, en la práctica, Trump secuestró el viejo partido conservador proempresarial e internacionalista. ¿Podrá su variante de populismo chauvinista coexistir con el tipo de capitalismo cuya prosperidad depende de las migraciones continuas, la libertad de movimiento y las instituciones globales?

Esta vez, Francia eludió el embate xenófobo, pero la última palabra todavía no está dicha. Aunque la izquierda y la derecha estén en un estado de transformación y confusión, las viejas divisiones surgidas después de 1789 siguen allí, tal vez más vivas que nunca. Macron está lleno de buenas intenciones, pero si su política fracasa, los ‘antidreyfusards’ modernos volverán con nuevos bríos.

IAN BURUMA
Profesor en Bard College (Nueva York).
© Project Syndicate
Nueva York

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