Emmanuel Macron, un presidente que viene de Júpiter

Emmanuel Macron, un presidente que viene de Júpiter

El estilo de la presidencia francesa es solemne y alejado, a diferencia de la colombiana. 

Emmanuel Macron y Juan Manuel Santos

En Colombia, el presidente Santos sufrió un déficit de popularidad, debido principalmente a su falta de conexión con la gente y su incapacidad para comunicar emociones.

Foto:

Ludovic Marin - AFP / Jaime Saldarriaga - Reuters

01 de diciembre 2017 , 11:16 p.m.

Haciendo referencia a la mitología romana en la que Júpiter es el amo de los otros dioses y de todos los vivientes, Emmanuel Macron se describe como un presidente que encarna el poder ejecutivo supremo. ¿Por qué tal deseo por parte de este joven presidente de 39 años? Existen varias explicaciones: la primera se relaciona, precisamente, con su corta edad: siendo el presidente más joven de la V República, Macron desea mitigar este aspecto, sinónimo de inexperiencia, y lo hace restableciendo la solemnidad del poder presidencial.

Otra explicación apunta a que se trata de una estrategia de comunicación que lo aleja de sus antecesores Nicolás Sarkozy, un presidente al estilo americano, omnipresente en la esfera mediática, que desacralizó la función presidencial y, sobre todo, de François Hollande que se declaraba como un “presidente normal”, es decir un presidente sin color ni sabor.

Entre la presidencia bajo anfetaminas de Sarkozy y la presidencia bajo antidepresivos de François Hollande, no hubo, entonces, un gran líder, ni continuidad en el estilo, ni mucho menos un hilo conductor para tejer una narrativa acerca de lo que significa ser presidente de Francia y de cómo se debe comportar el líder máximo del país; peor aún, entre la palabra omnipresente de Sarkozy y las anécdotas repetitivas de Hollande, se produjo un debilitamiento de la palabra presidencial y, con ella, una decadencia en la magnificencia del cargo ejecutivo supremo. Emmanuel Macron plantea remediar a este doble desafío –restablecer la autoridad de la función presidencial y de su palabra– proponiendo un nuevo relato de poder, que se basa en la exaltación del líder como fuente de un poder supremo que se ejerce de manera vertical.

Verticalidad del poder vs. falsa cercanía con la gente

Esta verticalidad refleja la aspiración de cuestionar el fundamento mismo de la manera de hacer política, dado que supone romper con las habituales costumbres acerca de cómo el líder se debe comportar con la gente. En Colombia, el presidente Santos sufrió un déficit de popularidad, debido principalmente a su falta de conexión con la gente y su incapacidad para comunicar emociones. Su dificultad para ganar en las urnas ha demostrado en repetidas ocasiones la necesidad de “conectar” emocionalmente con los electores.

La frialdad y rigidez del líder bogotano contrasta con el carisma y el calor humano que genera el expresidente Álvaro Uribe, muy acostumbrado al contacto físico con la gente con la cual se relaciona de manera natural y cariñosa. Esta proximidad con el pueblo –ganadora al parecer para vencer en las urnas en Colombia– ha sido descrita por el historiador francés Pierre Ronsanvalon como una nueva forma de legitimidad democrática, basada en una sensación de acercamiento entre el líder y la gente del común. Pero esta cercanía física –a veces fingida o forzada– no necesariamente se acompaña de una real cercanía con las problemáticas de la gente que el mandatario debe de resolver como gobernante.

Mejor ser temido que amado

Macron rechaza la falsa proximidad con el pueblo que muchos de los presidentes consideran como esencial para ser popular, ganar una elección y seguir en el poder con la bendición de las masas. Ser cercano del pueblo, mostrarse rodeado de gente apretando manos, dando abrazos y besando a los niños, debería jugar a favor de un gobernante. Pero “mejor ser temido que amado” declaraba Nicolás Maquiavelo. Y no podemos rechazar esta afirmación si consideramos que gobernar supone tomar decisiones que transcienden el criterio de la popularidad.

Macron lo entendió, desea restablecer una especie de verticalidad del poder que institucionaliza el carisma del presidente y le otorga un poder simbólico poderoso. Después de dos décadas de gobernanza, en las cuales los actores individuales y el Estado desaparecen a favor de unos entes supranacionales (las instituciones internacionales, el mercado globalizado) que se auto-regulan, vuelven los gobernantes al mando.

¿Y en Colombia?

Dentro de poco tiempo arrancará la campaña presidencial en Colombia. Será entonces interesante ver cuál de estos dos modelos predominará: la legitimidad democrática que otorga el acercamiento –fingido o no– de los candidatos con las masas y la popularidad que supone, o la verticalidad de un poder, menos 'cool', que ejerce un gobernante sin estar necesariamente más alejado de las preocupaciones de los electores.

En ambos casos, los candidatos no podrán olvidar que la cercanía con “el pueblo” fácilmente puede llevar a la desvalorización de este concepto como base del poder soberano, mientras que el concepto de verticalidad necesariamente supone una base sobre la cual el elemento más alto necesita apoyarse para sentarse firmemente. Un doble desafío, entonces, para el futuro presidente colombiano, que venga de Júpiter o de otro planeta.

EUGÉNIE RICHARD 
Docente-Investigadora Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales
Universidad Externado de Colombia
Experta en marketing político

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