Finlandia: el país donde los presos tienen las llaves de sus celdas

Finlandia: el país donde los presos tienen las llaves de sus celdas

Las prisiones cuentan con saunas, gimnasios, completas bibliotecas y talleres que generan ingresos.

Cárcel de Helsinki

La cárcel de Helsinki tiene canchas deportivas, gimnasios, mesas de pimpón y sauna (que en Finlandia no es un lujo).

Foto:

Sebastián Arauz

28 de octubre 2017 , 11:00 p.m.

Rodeado de un barrio con casas agradables y jardines, se alza un edificio del siglo XIX, con frente de ladrillo, de líneas señoriales. Podría ser un campus universitario. Pero no lo es.

Atravesamos la puerta y ya estamos dentro de la prisión de Helsinki. No hay rejas ni requisas. Me acompañan Jouko Pietilä, director del penal, y Facundo Vila, el embajador argentino. Había escuchado tanto sobre las políticas de encierro en los países nórdicos que quise comprobarlo en persona.

Finlandia es una sociedad de herencia luterana, aunque la religión tiene poca influencia. Sin embargo, un versículo de la Biblia, en sueco y en finés, recibe a los visitantes en el frontis: “Si vuelves al Señor, Él dará vuelta a tu prisión y tendrá misericordia de ti”.

De camino al despacho del director nos cruzamos con varios “clientes”. Así se denomina a los que purgan condenas de servicio a la comunidad (‘probations’), pero el término alcanza a todos los prisioneros. Si son jóvenes, se los llama “alumnos”. Se saludan como amigos. Todo es impecable.

Mi propósito era desentrañar las razones por las que Finlandia es el país europeo con menos presos por cada 100.000 habitantes (52) y, a la vez, con menos policías (149 por cada 100.000 habitantes). Para establecer una comparación, Estados Unidos tiene 750 presos y 248 policías por cada 100.000 habitantes. Una curiosidad de Finlandia es que, con la menor proporción de policías de Europa, resuelve más del 90 por ciento de los delitos graves.

Quiero charlar con los presos, digo, y partimos hacia las celdas. El director golpea una puerta. Pregunta al prisionero si acepta charlar con un periodista. Responde que sí. El jefe de la prisión se queda afuera charlando con el embajador. Conmigo ingresa el fotógrafo Sebastián Arauz. Mi inminente entrevistado, musulmán, pega un respingo, pues Sebastián pisó su alfombra de oración.

Cherif Abdul Aziz Sy es senegalés. Tiene 43 años pero parece más joven. Ojos vivaces, cuerpo trabajado. Dejó su tierra a los 23 y está en Finlandia desde el 2009. Hace dos años y medio que está preso.

—¿Por qué está acá?

—Un accidente. Un muerto.

Me dice que no fue durante un robo. No indago más. Eso fue en el 2014. Habla español, pues vivió en Barcelona. Estudió lenguas en su país y por eso habla inglés, obviamente francés, e italiano. Para salir de la cárcel le hace falta un año y medio. Si se trata de la primera condena, salen automáticamente cumplida la mitad de la sentencia.

Cherif ocupa una celda espaciosa, con mucha luz. Tiene un televisor plasma, baño privado, un armario, mesa, sillas, tetera eléctrica, calefacción. A las 7 a. m. se levanta y hasta las 4:45 p. m. puede salir y entrar de su celda (tiene llave). Unos 45 minutos por la mañana y otros tantos por la tarde sale al patio a practicar algún deporte.

Los únicos apartados son los que cometieron ofensas sexuales

—¿Sirve para algo estar preso?

—Sí. Ahora soy mejor persona.

Lo único que se pareció a una queja es que no le gusta lo que le sirven en el comedor. Entonces hace uso de la ‘office’ (cocina grande) para preparar su propia comida, que hace con lo que compra en la proveeduría de la prisión.

—Dan ganas de pasar una temporada acá...

—No, señor. No diga eso. Perder la libertad es terrible.

Antes de despedirme avergonzado, le pregunto si tiene acceso y trato con todos los prisioneros. “Los únicos apartados son los que cometieron ofensas sexuales”, explica Cherif. Tal parece que es un código universal que los presos repudien a los violadores. Proyectan en esta conducta el riesgo que corren sus familias, a las que no pueden defender desde la cárcel.

Antes de ver a otros presos continúo mi charla con Jouko Pietilä. Le pregunto si hay pabellón para homosexuales. “No. No tengo idea de quién es homosexual —afirma—. Aquí no nos metemos en el hecho de si quieren tener sexo entre ellos. Incluso hay preservativos a su disposición. Lo mismo ocurre con quienes se inyectan. No distribuimos jeringas, pero sí una sustancia para esterilizarlas”.

“Hacemos todo para evitar el consumo, pero no lo logramos del todo; por alguna visita que filtra algo o porque lanzan pelotas de tenis con sustancias dentro por encima de los muros”, cuenta.

Los controles incluyen el análisis de las heces de los sospechosos de consumir drogas.

—¿Considera usted que hay delincuentes irrecuperables?

—Si yo pensara eso, no podría ocupar mi cargo. Tengo más de 30 años en la Agencia de Sanciones Penales (como el Inpec) y he visto cambios increíbles.

De venganzas y castigos

Repitiendo un principio que leí en la página web de la institución, el director, que no tiene grado, charreteras ni uniforme, dice: “No creemos que lo que perfecciona a la justicia sea el castigo. El castigo es la concreción de la venganza personal mediante la vindicta pública. Pero eso es herencia de las religiones. La sociedad no mejora con eso. El sufrimiento no mejora a nadie ni desalienta el delito. Por el contrario, lo estimula”.

De las 26 cárceles que hay en Finlandia, las dos terceras partes son de régimen cerrado, como esta. Hay otras abiertas, con libertades y confort, con casas espaciosas en medio de un parque. En ellas no hay cerraduras y los presos tienen celular, hacen compras en la ciudad y gozan de tres días de licencia cada dos meses. ¿Por qué no huyen? Porque los van a atrapar y eso implicaría purgar su pena en una prisión cerrada.

Sin llegar a eso, la de Helsinki tiene espacios de estar con sillones, televisores plasma y mesas de pimpón (me he alojado en hoteles peores). Tienen sauna —que en Finlandia no se considera un lujo—, canchas multifunción y gimnasios.

“Disculpen. Este lugar es provisional. Estamos refaccionando las instalaciones”, advierte Pietilä al entrar a la biblioteca. Es difícil ver algo así en nuestros mejores colegios. Perfectamente clasificados, los libros descansan en estanterías con luz natural y una estética acogedora. Hay una gran pecera. “En caso de que no tengamos los libros que alguien pide, los compramos en las librerías”. Escucho la salvedad disimulando mi sorpresa.

No creemos que lo que perfecciona a la justicia sea el castigo

Hay en la prisión una iglesia, donde una vez por semana se da misa. Es el único lugar (más allá del exterior) que se conserva como fue construido originalmente. Veremos cuadros hechos por presos en varios sitios del edificio.

Como los reclusos tienen garantizada su comunicación, hay cabinas telefónicas insonorizadas para que nadie perturbe la intimidad de la conversación. En casos muy específicos, en los que es necesario monitorear la charla, les advierten que eso ocurrirá.

Acaso el momento más delirante de mi diálogo con Pietilä, que es abogado, es cuando le pregunto cómo manejan los posibles desvíos del ‘staff’. “En caso de que haya quejas de un prisionero por alguna falta de un miembro del ‘staff’, yo evalúo la situación. Puedo, llegado el caso, hasta separarlo del servicio”, garantiza el director.

La cabeza del alcaide no podía asimilar que me refería a la participación de guardias en la compra o venta de drogas, sexo o celulares, además de dejar salir a presos para que roben, o estar involucrados en extorsiones.

El otro preso con el que converso es un estonio llamado Timur. Es alto y está entrenándose en el área de musculación, en ese equipado gimnasio en cuya entrada hay un escaparate con zapatillas, de la misma marca, dispuestas por número. Como Cherif, tiene 43 años. Sufre una sentencia de diez por algo vinculado con drogas. Al ser su primera condena, le falta solo un año y medio. No se queja de nada. “Igual no pienso volver. No solo por lo que aprendí. Mi familia me dijo que si volvía a las andadas me olvidara de ellos”, confiesa.

Los presos pueden recibir visitas íntimas de sus esposas o también familiares con sus hijos. Para eso hay apartamentos con cocina, juegos para niños y una habitación con cama matrimonial. Los que quieran fumar pueden hacerlo en sectores con extractores de humo. Hay cigarrillos a la venta.

Muchos presos trabajan en los talleres de la cárcel. Allí confeccionan las placas de todos los autos de Finlandia. Tienen además talleres de metal, en los que fabrican chimeneas, parrillas y calderas. Los presos están obligados a trabajar, estudiar o participar en algún programa cultural o para recuperarse del abuso de drogas. También hay terapia psicológica. Lo producido por su trabajo les permite ahorrar para cuando salgan y comprar cosas en la proveeduría.

Pregunto por las celdas de aislamiento. Me había quedado resonando lo que me dijo Cherif: “Estar ahí es horrible. Te dejan salir solo 30 minutos”. Pero si el castigo no es aceptable en las prisiones finlandesas, ¿cómo se explica la existencia de estas celdas? Se utilizan de manera excepcional y en situaciones críticas, aclaran sin aclarar.

“El promedio de edad aumenta. Tal vez haya menos vinculación entre delito y drogas porque los jóvenes están más inclinados a la vida sana”, especula Pietilä. También hay más inmigrantes.

—¿La gente se queja por financiar este sistema con impuestos?

—No. La gente tiene incorporado un sistema de valores con el que se diseñó nuestra sociedad. Los derechos humanos están en el pináculo de esa escala axiológica y nadie considera posible alterarlos por una cuestión de dinero.

Me despido de Jouko Pietilä en su despacho. Me muestra un par de libros escritos (y dedicados) por exprisioneros. Salgo, sin ruidos, a rejas que se cierran. Sin esperar a que me devuelvan el celular. En el jardín me cruzo con ‘clientes’ que riegan los canteros. Los vecinos pasean sus perros por los andenes de la prisión y se saludan.

NINO RAMELLA
LA NACIÓN - Argentina - GDA@LaNacion

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