Alemania intenta seguir adelante, pese a ataque terrorista en Berlín

Alemania intenta seguir adelante, pese a ataque terrorista en Berlín

La gente no deja de preguntarse por qué se dieron los fallos de seguridad que permitieron matanza.

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Anis Amri regresó esta semana a Italia, donde murió ayer después de que policías en la ciudad de Milán respondieron a sus disparos.

Foto:

AFP

24 de diciembre 2016 , 06:53 p.m.

Adolorida y, sin embargo, firme e imperturbable en su decisión de no dejarse amedrentar, pero también con crecientes dudas sobre la capacidad efectiva de sus instituciones de enfrentar las amenazas anunciadas del terrorismo islámico, el pueblo alemán y, sobre todo, los habitantes de Berlín, reciben la llegada de la Navidad.

Lo hacen después de que la temporada decembrina resultó manchada de sangre por el atentado terrorista ejecutado en la noche del pasado lunes, cuando un camión cargado de 25 toneladas de cemento para la construcción irrumpió contra el mercadillo navideño de la plaza Breitscheid, en la capital alemana.

(Vea también: Terror momentos después del atentado con un camión en Berlín)

La noticia de la muerte el viernes, en Milán (Italia), del tunecino de 24 años Anis Amri, presunto autor del atentado terrorista, no ha logrado tranquilizar a los tres millones de habitantes de Berlín, que, luego de haber experimentado el shock de haber sido víctimas del primer atentado terrorista desde antes de la Guerra Fría, se vieron enfrentados a la realidad de que el terrorista logró escapar con vida del mercado después de haber perpetrado el crimen y días después la Policía alemana no fue capaz de capturarlo en su territorio. (Además: Fue abatido en Italia el hombre sospechoso de atentado de Berlín).

Pese a las numerosas redadas y las operaciones de búsqueda y rastreo, el supuesto terrorista logró burlar la vigilancia, cruzó el país de norte a sur como pasajero de tres trenes regionales y alcanzó a abandonar el territorio germano y llegar a Milán, donde fue abatido por la Policía en la plaza Primero de Mayo de esa ciudad.

“Italia logró en pocas horas lo que los alemanes no lograron en cuatro días”, exclamó casi al borde del desespero Ingrid R., la madre de una de las mujeres que salieron con vida del atentado y quien se hizo presente, con unas 80 personas, en el epicentro de la tragedia para una nueva ceremonia de solidaridad con las víctimas, el viernes.

Esa plaza se ha convertido en un centro de peregrinación donde la gente no solo se dirige a dejar flores y velas encendidas, sino también a intercambiar opiniones sobre lo ocurrido, pues los interrogantes en la calle se han ido acrecentando.

Hasta el viernes, al menos 325 personas reportaron a la Policía haberse encontrado en el sitio del atentado. Algunas paseaban y muchas estaban cerca a las 20 casetas de madera, reviviendo la tradición milenaria prenavideña de la marcha nocturna en la que se enfrenta el invierno en la calle.

La primera víctima

Dos minutos después de que las campanas de la iglesia de la Concordia anunciaron las 8 p. m., en el asiento del copiloto del camión que arrolló el mercado ya se encontraba la primera víctima mortal del atentado: el conductor polaco Lukas S., de 37 años, que habría sido asesinado de tres tiros cuando forcejeó con el terrorista, intentando impedir que este tomara el control del camión.

“Estábamos tomando un vino caliente. Me alejé un poco del estante, para apagar un cigarrillo, cuando vi cómo el camión se aproximó directa y deliberadamente al centro del sitio. Solo alcancé a gritar”, narra uno de los sobrevivientes.

“Veníamos leyendo en las noticias que Alemania podía ser objeto de un atentado. Al parecer, no estábamos preparados. El mercado no estaba vigilado ni por cámaras de video ni por agentes de la Policía, y ni siquiera han podido identificar a todos los que murieron. ¡No puedo creer que esto esté sucediendo!”, recrimina un testigo.

Los ciudadanos y residentes de Berlín demuestran coraje, templanza y solidaridad, y salen a las calles para visitar los mercados navideños, hacer parte de ceremonias religiosas y conciertos, en una decisión para no dejarse atormentar por el terror.

Pero las autoridades –Policía, gobierno local, federal y servicio secreto- se han visto obligadas a mascullar una cadena de errores que les han abierto los ojos a los alemanes sobre la realidad de la preparación institucional que hay para blindarse contra la amenaza del terrorismo.

Los hechos lo demuestran. Efectivamente, no obstante encontrarse en un lugar con altísima concurrencia de pasantes y turistas, el mercadillo de la plaza Breitscheid no estaba vigilado por cámaras de video ni custodiado por la Policía.

En el momento del atentado, solo un civil alcanzó a reaccionar e intentó detener al terrorista. Lo hizo persiguiéndolo, sin ningún tipo de defensa, a lo largo de casi un kilómetro, pero el atacante lo superó en velocidad y logró escabullirse entre la niebla y la oscuridad de la noche.

El ciudadano fue interrogado por las autoridades, que se concentraron en su relato y un retrato hablado para proseguir las redadas de búsqueda que condujeron a la captura, dos horas después, de un falso sospechoso, un joven paquistaní a quien presentaron, la misma noche del lunes, como posible autor del atentado.

Muy temprano en la mañana del martes, la Fiscalía relativizó la información sobre la responsabilidad del paquistaní, quien finalmente fue dejado en libertad en horas de la tarde porque no se encontraron evidencias que lo vincularan con el baño de sangre.

Cuarenta y ocho horas después de la tragedia, la Policía Criminal llamó a una conferencia de prensa el miércoles en la que divulgó los avances en la investigación y presentó la foto y el dosier de Amri como autor del atentado.

Haber hallado sus huellas dactilares y su documento de identidad en la cabina del camión con el que se cometió el ataque fueron los soportes judiciales para presentarlo como presunto autor, dictar una orden de captura internacional en su contra y fijar una recompensa de 100.000 euros.

Horas antes de que fuera abatido en Milán, se había revelado que Amri tenía un grueso prontuario judicial en Italia, donde había pagado cuatro años de cárcel por diversos hechos delincuenciales. Además, se supo que el tunecino había sido vigilado por los servicios secretos de Alemania entre marzo y septiembre de este año, por la “preparación de un acto criminal grave que supondría un peligro para el Estado”.

Faltó reacción

De acuerdo con el Ministerio del Interior, en el 2011 Amri abandonó su país, a los 19 años, y emprendió viaje con destino a Italia, donde consiguió alcanzar a establecerse hasta que se vio envuelto en varios robos y el incendio de una escuela.

Su ingreso en Alemania se produjo en julio del 2015. El joven tunecino se registró en la ciudad de Friburgo, pero realizó su petición de asilo en el Estado Federado de Renania del Norte- Westfalia. Sin esperar a la resolución de la petición, se trasladó en febrero del 2016 a Berlín, donde recibió la noticia de que su petición de asilo había sido negada, razón por la que los organismos de control intentaron deportarlo.

Pero las autoridades fallaron en el intento porque Amri “no tenía documentos de identidad válidos y Túnez se negó a reconocerlo como su ciudadano”, según Martin Jägger, portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.

A mediados de noviembre, Amri logró escabullirse de la inteligencia germana, que solo volvió a saber de él cuando el país y el mundo entero recibieron la noticia del atentado y las evidencias sobre su autoría.

Haber ignorado los antecedentes judiciales en Italia y no haber logrado recopilar las pruebas habría permitido a la autoridades deportarlo, mantenerlo detenido o por lo menos bajo extrema vigilancia.

Pero esas circunstancias hicieron más fácil para el terrorista planear y llevar a cabo su plan de clavar una bandera del grupo terrorista Estado Islámico, al que le juró lealtad, sobre el centro de Berlín.

“Probablemente, Anis Amri era el más sorprendido de seguir con vida”, afirma Christoph Sydow, periodista especializado en las prácticas del Ejército Islámico y su apostolado en Europa, en un análisis para el semanario Der Spiegel, que circula desde ayer.

“Un denominador común entre los reclutas del Estado Islámico es que dejan siempre su documento de identidad como prueba indeleble de que ellos fueron los mártires que murieron por el islam. De esa forma, su paso de la vida hacia la muerte se vería coronado por la gloria, como un acto heroico que les sería tenido en cuenta en la eternidad. Al no encontrar resistencia de la Policía, sino haber sido perseguido por un civil desarmado, él no tuvo más remedio que huir”, sostiene Sydow.

La teoría del investigador arroja una mayor carga de estupor al respecto. Con franca tendencia al cinismo, algunos berlineses se burlan abiertamente de la Policía, aduciendo que ésta le falló hasta al propio terrorista.

Aunque ya está muerto y ha dejado de ser un peligro para la seguridad de Alemania y Europa, Amri logró, más allá de su atentado terrorista contra Berlín, correr un telón que deja una escena en la que están los protagonistas de las instituciones alemanas, mirándose unos a otros, confundidos y desconcertados.

Y eso sin contar con el impacto político que el atentado tendrá sobre la canciller alemana, Ángela Merkel, que se jugará en las urnas el próximo año su permanencia en el Gobierno de Alemania.

PATRICIA SALAZAR FIGUEROA
Para EL TIEMPO

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