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Europa y el futuro del esquema de bloques económicos

Por: CESAR CORREDOR Y LORENZO ZANELLO | 10:04 p.m. | 12 de Diciembre del 2011

Ángela Merkel

Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy desempeñaron un rol de liderazgo para salvar la situación de la UE.

Foto: Archivo particular

Dos expertos de la Universidad del Norte examinan la situación desde perspectiva latinoamericana.

La cumbre europea de Bruselas ha concluido dando prioridad a mantener la unión política, aun a costa de posponer la solución del problema fiscal. Se llegó a un acuerdo que incluye condiciones y castigos más duros, como solicitaba Alemania, y el uso de los Fondos de Estabilización y el Banco Central Europeo, como pedía Francia, y se produjo un nuevo alejamiento de Reino Unido.

Las actuales circunstancias europeas plantean varios interrogantes: ¿Fracasará la Unión Europea como bloque comercial, monetario y político? Si se acaba la Unión Europea, ¿significará esto la ruptura de estos bloques como esquemas económicos, sociales y políticos? Y, por último, ¿tendrá esto implicaciones para la creación de nuevas uniones monetarias y comerciales en otras zonas del planeta, como lo que se ha propuesto con el sucre, el Alba o el Tratado de Libre Comercio de las Américas?

El largo camino que comenzó en 1951 con la firma del Tratado de París y la constitución de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (Ceca) -que tuvo su clímax en 1992 con el paso formal a una integración, no solo comercial, sino también política y monetaria mediante el Tratado de Maastricht, en 1992- hizo evidente la intención de Europa de evitar confrontaciones y garantizar la paz y la armonía a largo plazo como bases para la reconstrucción de un continente devastado por las guerras. A pesar de estas positivas manifestaciones de origen y de haber vivido periodos de favorable dinamismo económico en lo interno y en lo internacional que favorecieron la consolidación de la Unión, Europa cometió errores en la construcción de su arquitectura institucional al concebirse a sí misma como un bloque homogéneo en términos sociales, políticos y, principalmente, económicos y no dar cláusulas de escape claras y procedimientos transparentes, especialmente en situaciones de crisis como la actual.

Si en el frente monetario se puede hablar de un éxito relativo de la UE, en su objetivo de unificar la política monetaria de sus miembros, a pesar de no haber anticipado que la eliminación de la soberanía monetaria de los miembros podría en algún momento afectar la solución de crisis económicas, en el frente fiscal se puede hablar de un enorme fracaso, que fue el que terminó afectando la moneda única. Sus integrantes no pudieron cumplir las rígidas metas fiscales establecidas, lo que originó un efecto dominó, por un lado, y dilemas morales, por el otro.

Hoy, la UE está conformada por países incapaces de hacer sostenible su deuda pública, con elevadas primas de riesgo que han alcanzado niveles por encima de 450 puntos básicos en países como Italia, o más de 1.000, puntos en Grecia o Portugal; sistemas financieros expuestos, tras adquirir gran cantidad de devaluados títulos de deuda soberana; con el drama de familias que enfrentan una reducción en ingresos y un aumento considerable en el desempleo, y con la preocupación de los efectos que los planes de austeridad pueden tener para esta variable.

En este contexto negativo, habría que preguntarse quién salvará a la Unión Europea. El éxito o el fracaso, la continuidad o disolución de la UE parece residir en la cumbre de Bruselas y, principalmente, en la posición del eje franco-alemán. París y Berlín tienen una meta en común: evitar el quiebre y el impacto que este tendría sobre sus ya mermadas actividades económicas; pero no todo es tan sencillo. Mientras Alemania toma una posición radical al declarar que no pondrá la institucionalidad europea (como los Fondos de Estabilidad Financiera, entre otros) y sus recursos a disposición de países irresponsables, Francia sabe que debe hacer todo lo que esté a su alcance, puesto que si las cosas no mejoran, puede seguir el camino de Italia.

Y es que en los últimos días no solo se ha empezado a cuestionar la viabilidad fiscal de Francia, sino también han entrado en el radar Bélgica y Austria; hasta la fuerte Alemania sintió la presión de la coyuntura al no poder colocar completamente una emisión de deuda.

Los efectos que puedan tener los recortes del gasto público tienen preocupadas a la sociedades europeas, las mismas que con tasas de desempleo hasta del 22,8%, en el caso de España, saben que recortes fiscales en esta situación no son para nada esperanzadores. En este sentido y amparados en afirmaciones del premio Nobel en Economía del 2008, Paul Krugman, es importante señalar que cuando las crisis económicas son originadas en crisis financieras o fiscales, siempre existe un retardo entre el momento en que los indicadores de producción se recuperan y el punto en el que se vuelve a generar empleo.

El mayor inconveniente es que no parece haber los recursos suficientes para un eventual salvamento a gran escala: los países europeos no quieren comprometer sus recursos y el resto del mundo esta reacio a prestarles.

Si Europa, concebida en su momento como homogénea en términos económicos y fuertemente cohesionada en lo social y cultural, replantea hoy su modelo, las naciones que han buscado conformar bloques económicos siguiendo el esquema europeo también deben cuestionarse si este el camino para seguir.

Cuando en América Latina se propuso la creación del sucre como moneda común para el comercio, los gobiernos de izquierda lo idearon como un oponente al dólar y lo que este representa desde sus ideales políticos. Hoy, está claro que no es conveniente crear un bloque bajo una divisa, así sea exclusivamente para comercio dentro de un grupo específico de países, y exponer a economías que tienen un recorrido en lograr su estabilidad uniéndolas a otras que todavía reflejan una alta volatilidad política y económica...

Los bloques económicos que han tomado la decisión de convertirse en uniones monetarias y de política económica históricamente han sido una consecuencia de su éxito como bloques comerciales. La diferencia es sencilla: mientras las uniones comerciales son menos restrictivas, las monetarias significan perder la autonomía, no solo en la determinación de las variables nominales, sino en general en la política económica por la imposibilidad de utilizar instrumentos fiscales como herramienta anticíclica; una apuesta que ha resultado desfavorable para los miembros de la UE.

En conclusión, por un lado los tratados comerciales seguirán imponiéndose en un horizonte cercano como mecanismos para acceder a mayores mercados, pero los bloques monetarios parecen quedar aplazados mientras se asimilan las experiencias de la UE. Con relación a esta última, lo que está claro es que cualquiera que sea el camino, los reajustes serán fuertes y con repercusiones en la sostenibilidad política y económica de una unión que a largo plazo es deseable y a mediano plazo es esperable; pero, lamentablemente, a corto plazo se ha hecho imposible.

Los autores

* César Corredor dirige el Instituto de Estudios Económicos del Caribe de la Universidad del Norte.
** Lorenzo Zanello es economista, Universidad del Norte.

Cesar Corredor*
Lorenzo Zanello**
Especial para EL TIEMPO

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