Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York, cuenta cómo vivió el 11-S
Por: MARIA ISABEL RUEDA | 5:28 p.m. | 10 de Septiembre del 2011
Giuliani fue elegido por los neoyorquinos en 1994 y 1998.
Foto: Claudia Rubio / EL TIEMPOEl republicano cuenta lo que vio, sintió y pensó ese día.
¿Qué estaba haciendo cuando le dieron la noticia de que un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas? Sabemos que el presidente Bush se encontraba en un colegio, leyéndoles a unos niños un libro de ovejitas. ¿Y usted?
Desayunaba. Había una especie de festivo en Nueva York, porque era el día de las elecciones primarias para la Alcaldía. Yo no podía participar. Estaba en el Península, en la calle 55 con quinta, un viejo y bonito hotel, con Bill Simon, un amigo muy cercano que pensaba lanzarse para la Gobernación de California. Me había llamado unos días antes para pedirme consejo sobre el tema. Llevaba conmigo a Dennison Young, quien ha sido mi asistente principal por 26 años, y disfrutábamos un desayuno agradable, hablando de política, de él, de California, no de Nueva York.
Hacia el final del desayuno, una de las oficiales de Policía de mi cuerpo de seguridad se acerca a Denny y le dice algo al oído. Él muestra preocupación y nos dice que hay un gran incendio en el World Trade Center (WTC), que un avión bimotor se estrelló contra la torre Norte y que es grave. Yo no sabía qué tanto, pero pensaba que sería similar a las cosas con las que solemos lidiar en Nueva York, como descarrilamientos del metro, incendios en rascacielos, situaciones de rehenes, apagones...
¿Cuándo comprendió que no se trataba de un accidente?
Al principio no se me ocurrió que fuera un ataque terrorista. Nueva York se preparaba entonces para un huracán, como el que acaba de pasar.
Usted estaba manejando la teoría de que se trataba de un accidente...
Sí. En Nueva York sucede algo así cada mes: un huracán, un edificio que colapsa... Me despido de Bill, salgo y lo primero que hago es mirar al cielo, azul, casi sobrenaturalmente hermoso, sin una sola nube. Septiembre y octubre tienden a ser una época hermosa en Nueva York, son nuestros mejores meses.
Inmediatamente, les digo a Denny y a la agente de Policía que no podía ser un accidente. No hay forma de que un avión se desvíe para estrellarse accidentalmente contra el edificio, porque el día no está nublado. Comprendo que debe de ser un ataque. Nos subimos al carro y discutimos si es un ataque terrorista o un acto de una persona que está mal de la cabeza, quizás un empleado despedido de alguna empresa con oficinas en el edificio o alguien a quien su novia lo ha dejado. Cosas así pasan allá: personas que entran a los bancos y disparan detrás de los mostradores...
Mientras debatimos, nos movilizamos muy rápido con las sirenas encendidas, y como a 10 kilómetros de distancia podemos ver las llamas y empezamos a sospechar que es un avión pequeño, porque la destrucción es tremenda. El edificio era tan grande que habría absorbido a un avión pequeño, sin el daño que veíamos. Como a dos kilómetros del edificio, en la calle Canal, vemos otra explosión muy grande y a los 15 segundos nos llaman del Departamento de Policía y nos dicen que un segundo avión se estrelló. Ahí ya no me queda duda de que es un ataque terrorista.
En ese momento, ¿qué es lo primero que se le ocurre hacer?
Conseguir apoyo aéreo de Washington, que nos envíen jets para que, en caso de que otro avión se acerque, lo derriben. Porque hay muchos edificios susceptibles de ataque: el Empire State, el Chrysler, la Estatua de la Libertad.
Ni se le pasó por la cabeza que a esa misma hora el Pentágono también era blanco...
Todavía no teníamos ni idea de eso. Cuando me dicen que el segundo avión impactó, no recuerdo haber imaginado que el ataque también se estaba efectuando fuera de Nueva York. Cuando llego al WTC, mi alcalde adjunto y mi comisionado de Policía corren hacia mí y me dicen que la situación es grave, que las personas se están lanzando del edificio. No les creí, pensé que exageraban.
Después empecé a oír rumores de un ataque en Chicago, al edificio más alto de EE. UU., la Torre Sears; un ataque al Pentágono y posiblemente otros en Washington. Entonces empiezo a escuchar sobre otros golpes en todo el país.
Cuando llego a la base de la torre, para verme con el comandante de los bomberos, miro arriba, porque caían cosas, y veo que en realidad son personas. Esa fue la primera vez en la que diría que entré en shock, aunque no me dejé llevar. Creo que si no hubiera sido el alcalde y estado al frente de la situación, me habría quedado paralizado, tratando de entender qué pasaba. Miro hacia arriba y me quedo unos segundos congelado -no sé por qué lo hago- viendo cómo una persona se arroja desde una ventana y cae, cae, cae, hasta impactar en el piso. Después veo a otras personas saltando al vacío.
Me acerco al comisionado de Policía y a mi adjunto y les digo que esto es mucho más grave que cualquier otra cosa que hubiéramos enfrentado. Y no contamos con un plan. Teníamos como 25 manuales con títulos como 'Colapso de edificios', 'Accidentes de aviones', 'Ataques con ántrax, gas sarín, virus del oeste del Nilo...'. Cosas que, si llegaran a suceder, podrían ser manejadas con instrucciones del libro respectivo. Pero no teníamos ninguno para manejar el caso de aviones usados como misiles.
Esta emergencia, pienso en ese momento, debemos enfrentarla con intuición. Así que mantengámonos juntos y trabajemos. Ahí me descongelé. Me dirijo al comandante de bomberos, Pete Ganci, y le pregunto si podemos rescatar con un helicóptero a los que están en la punta de las torres. Él me mira adusto y me explica que sus hombres pueden salvar solo a las personas de los pisos por debajo del fuego... No me lo dice, pero de inmediato comprendo aterrado que todos los que están en los pisos superiores van a morir. Creo que se me paró el corazón. Cuando le insisto, me señala las llamas y me da a entender que los helicópteros explotarían si se acercan al edificio. Eso me hace ver cuán limitados son nuestros esfuerzos.
Pensé en la gente que moriría. Uno hace lo que sea para evitar una muerte; por ejemplo, un tío mío ayudó tres veces a bajar a personas que se querían lanzar del Puente de Brooklyn. Pero nunca había lidiado con la sensación de saber que hay personas que morirán en cuestión de diez minutos.
¿En qué momento habla con el presidente Bush por primera vez?
En la tarde. La primera vez que hablé con la Casa Blanca fue diez minutos después del hecho, cuando paso por el comando del Departamento de Policía y pido que me comuniquen con Washington. Hablo con Chris Henick, director político, y le pregunto si tenemos apoyo aéreo, y me dice que ya han despachado los aviones.
Después le pregunto si hay otros ataques y me cuenta que sí, que el Pentágono ha sido alcanzado -eso fue antes de que se cayera el avión en Pensilvania- y que hay entre siete y diez aviones de los que no se sabe nada. Inmediatamente empieza uno a calcular cuántos más de esos aviones pueden estar volando hacia Nueva York. Pienso que hay que interceptarlos a como dé lugar, para derribarlos si en realidad vienen a atacarnos.
En ese momento, el Secretario de la Casa Blanca me dice que el vicepresidente Cheney va a hablar conmigo. Y en ese justo instante oigo que se cuelga la llamada y mi escritorio empieza a temblar. Entonces me asomo y veo a las personas debajo de las mesas, no tengo idea de qué está pasando, y oigo al comandante de la Policía que grita que la torre se ha caído.
Pienso que se refiere a la antena de radio sobre la torre. No se me pasa por la mente que el edificio se vino abajo. Pero la realidad es que parte del edificio se ha caído sobre la edificación en que nos encontramos nosotros. Nos quedamos atrapados como 20 minutos, buscando la manera de salir.
¿Dónde estaba exactamente?
En la calle Barclay, dos cuadras al norte de la torre. Cuando el primer bloque se viene abajo, algunos pedazos impactan nuestro edificio, rompen vidrios y bloquean las salidas, de manera que nos quedamos atrapados y no podemos salir. Dos empleados de mantenimiento se acercan y me dicen que creen saber cómo evacuar.
Muchos edificios de Nueva York están unidos bajo tierra, y hay una conexión entre el nuestro y otro en la cuadra siguiente. Pasamos por un túnel, al estilo de los del metro, y llegamos a ese otro edificio en la cuadra de enfrente.
Cuando salimos, estamos todos cubiertos de polvo. Conservo el vestido; los zapatos están en la Smithsonian Institution con el polvo de las torres en ellos.
¿Y el vestido?
Lo mandé a la lavandería. Por alguna razón, nadie mandó a limpiar los zapatos, pero el vestido sí.
María Isabel Rueda
Especial para
EL TIEMPO




