Incertidumbre por relaciones entre EE. UU. y China

Incertidumbre por relaciones entre EE. UU. y China

Con Trump a la cabeza, el comercio es clave entre la primera potencia mundial y el gigante asiático.

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El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump.

Foto:

Don Emmert / AFP

05 de enero 2017 , 11:40 p.m.

Un día, ante sus discípulos, Confucio se preguntó: ¿Habrá algún bárbaro que, al internarse en territorio civilizado, no se civilice? Podríamos parafrasear el proverbio acomodándolo a la situación actual de modo que dijera algo así como: Tendría que estar Donald Trump hecho de piedra y no de músculos, fibra y neuronas para no acomodarse a las circunstancias reales del mundo de su alrededor.

Pero es que adaptarse es lo que exige el mayor grado de sentido común, y este, infortunadamente, hasta hoy no lo percibimos en Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos.

Su temperamento es el rasgo que más ha resaltado Barack Obama en él y que como candidato solo tuvo una calificación de excéntrico, pero que una vez que se encuentre en el timón de los asuntos de Estado de la primera potencia mundial, podría tener consecuencias fatales.

Incertidumbre es la palabra que sin duda aparece más veces nombrada en todos los medios, impresos y digitales, cuando se refieren al resultado de las elecciones estadounidenses del 8 de noviembre pasado.

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Si eso nos llena de asombro a nosotros, habitantes de un Occidente donde una nación como Gran Bretaña vota salirse de la Unión Europea y al día siguiente se arrepiente, ¿qué pasará en estos momentos por las cabezas de los chinos con un personaje como el magnate inmobiliario sentado en la oficina Oval, al timón de la primera fuerza del planeta?

Claro que George Bush hijo tampoco es que haya sido un dechado de cultura, pero al fin y al cabo, al menos en materia de modales algo cuenta que fuese descendiente de un expresidente.

Se sabe que los líderes del Gobierno chino y su partido gobernante escuchan a esos centros de estudios como el Instituto de Relaciones Internacionales Contemporáneas de China, que desde siempre ha dedicado los mayores esfuerzos al análisis de Estados Unidos y a su relación con el gigante asiático y el resto del mundo. Hoy más que nunca este y otros institutos deben estar trabajando a plena marcha para desatar el nudo gordiano de un código trumpiano que les interesa, por supuesto, en todos los aspectos, pero sobre todo en el orden económico y comercial, y en el de la competencia política en Asia Oriental y el Sudeste Asiático.

Harán un seguimiento milimétrico en todo cuanto se viene de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, pero el primer foco lo pondrán en los asuntos del comercio.

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Tradicionalmente China se ha entendido mejor con los republicanos que con los demócratas de Estados Unidos, pues si bien estos mantienen cierta tensión con ese país en los mismos temas del libre comercio, aranceles y competitividad, de modo general el énfasis de su relación con China se sitúa en temas como los derechos humanos, las libertades, y de manera especial bajo la administración Obama, en el pulso por la influencia en Asia, particularmente en el Sudeste Asiático.

Con Hillary Clinton en el poder, la disputa en los citados aspectos tal vez hubiera sido peor para los chinos que con Obama.

Uno de los ejes del discurso de Trump durante la campaña electoral lo puso en el libre comercio y su colateral la recuperación de empleos porque esto le daba votos en antiguos nichos industriales como Ohio, Michigan, Wisconsin, mientras que temáticas como los derechos humanos eran demasiado abstractas e irrelevantes para ese electorado que le dio la victoria, hambriento de salarios.

Esto correspondía, además, a su perfil de hombre de negocios, que no deja de ser atractivo para los chinos, en particular para los de la generación del dueño de Alibabá, el gigante chino del internet, y aún más jóvenes.

Guerra económica

Pero es que aquí entran en un choque frontal dos políticas, la de una China partidaria del libre intercambio mundial de mercancías y la de unos Estados Unidos cuya prédica del libre comercio aparece cada día más como una simple retórica, pues ante la avidez de sus millones de consumidores por las mercaderías de China y de otros países asiáticos, se ve progresivamente abocado a cerrar sus aduanas y practicar el proteccionismo.

Con la promesa electoral de Trump de gravar con un 45 por ciento los artículos chinos, lo que tenemos delante es una guerra económica, pues China le respondería con la misma moneda. Pero el impacto mayor sería sobre el consumidor norteamericano, que enfrentaría una significativa inflación de precios. ¿Estarán todos estos cálculos en la mente de Trump, a la que bien retratan sus gruesas manos puestas siempre con las palmas frente al mundo?

Las respuestas a este y a otros interrogantes dependen no solo de que logre aprobar los cursos acelerados que en estas materias debe de estar recibiendo, sino también, y sobre todo, del grado de perspicacia de los asesores que designe; que si para el caso de su aproximación a China serían, como tal parece, Michael Pillsbury y Peter Navarro, conocidos por sus extremas posiciones antichinas, nada positivo les esperaría a las relaciones chino-estadounidenses. Sería un retorno al lenguaje y las prácticas de la Guerra Fría, ubicada primero que todo en el campo económico, pero con su extensión inevitable al de la política.

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Tendríamos a dos gobiernos de la mayor relevancia mundial midiendo fuerzas en torno a cada tema, el del libre comercio en primer término, aunque con una coincidencia inicial frente al TPP (Trans Pacific Partnership), en cuya elaboración Obama se comprometió a fondo y que desde su inicio e inspiración excluye y se opone a China.

Tal vez sea este uno de los primeros flancos impulsados por los demócratas que Trump confronte y deshaga con cierta facilidad, pues no es un acuerdo completado. Esto será bien recibido por el Gobierno chino.

La seguridad

En cuanto a otros escenarios de cooperación importantes en los que también participa China, tales como el Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (Apec), allí Estados Unidos y China seguramente no se trenzarán en disputas mientras este escenario mantenga el perfil que cada vez viene asumiendo más de retórica en torno a la seguridad y la lucha antiterrorista, y no regrese a su propósito inicial de conformación de un área de libre intercambio comercial, del cual parece alejarse más con el paso de los años.

Un mundo extraño y ajeno para un Trump demasiado local y antiglobalización es el que presenta el mapa del Sudeste Asiático donde Obama plantó de modo consistente la mano para tratar de contener la influencia de China.

Es un mundo preñado de conflictos de intereses en las aguas del mar del Sur de China, con Malasia, Filipinas, Taiwán, Vietnam y la misma China enfrentados por la posesión de las Islas Spratly (hay ya un fallo de la Corte de La Haya que concede derechos sobre ellas a Filipinas); China y Japón en disputa por el dominio de las islas llamadas Senkaku por los nipones y Diaoyu por los chinos.

¿Continuará Trump el embate frente al gigante asiático en estos terrenos y seguirá pujando por la vieja influencia de Estados Unidos en el entramado tejido de la Asociación de Países del Sudeste Asiático (Asean)? Tardará en comprender el tema, pero, como Reagan, que de actor pasó a ejercer como mandatario valiéndose de sus asesores, tal vez pronto Trump se ponga al día.

Pero aquí otra vez tropezará con este paradigma de los tiempos modernos de un tratado de libre comercio, regional este y bastante más complejo que el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (Nafta). Puede ser que en ese escenario asiático Trump resuelva continuar la senda de confrontación con China trazada por Obama, puede ser que no, todo depende de cómo le vaya en otros contenciosos con China.

Depende también de si el binomio chino-ruso se muestra tan sincronizado y sólido que tanto Putin como Xi Jinping se comporten frente a Trump en una alianza al estilo de lo que es contigo es conmigo.

Siendo así, a Trump le quedará un tanto complicado tratar por separado a esos dos componentes del binomio, incluso en temas tan delicados como el de qué hacer con alguien como el presidente coreano Kim Jong-un.

¿Kim y Trump dos extremos que se juntan o más bien álter ego el uno del otro? Puede ser que la sintonía de estos dos personajes en las coordenadas mentales los lleve a sentarse a negociar un día la tregua de su guerra fría, tal como en campaña lo prometió Trump, para lo cual tendría validez también la mediación del binomio chino-ruso.

Es incluso probable que, dentro de esta dinámica esquizofrénica, al presidente Trump le parezca conveniente que Kim no pare su lluvia de misiles sobre el mar de Japón, pues esto le ofrece gabelas a su advertencia de cobrarles a Japón y a Corea del Sur el mantenimiento de bases militares norteamericanas ancladas allí como paraguas defensivos contra los cohetes de Kim.

A propósito de Japón y Corea del Sur, en estos dos países, junto con México, es donde se plantea hoy la mayor incertidumbre sobre lo prometido por Trump en materia de relaciones exteriores, pues en absoluto es conveniente para ellos un acercamiento suyo a ese otro impredecible personaje, Kim Jong-un, ubicado como francotirador nuclear en la península coreana.

ENRIQUE POSADA CANO
Experto en China, es director del Observatorio Asia Pacífico y del Instituto Confucio de la Universidad Jorge T. Lozano.
Especial EL TIEMPO

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