Hillary Clinton y Donald Trump, en el espejo de EE. UU.

Hillary Clinton y Donald Trump, en el espejo de EE. UU.

El retrato de Ángel Beccassino sobre los dos candidatos a la presidencia de ese país.

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Al revés de sus seguidores, Beccassino encuentra muchos puntos comunes en los dos candidatos.

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AFP

04 de noviembre 2016 , 10:54 p.m.

Clinton ama el dinero tanto como Trump, pero por sobre el dinero ama el espíritu militar de Israel, por eso ha prometido incrementar al máximo el apoyo a su gobierno contra las pretensiones palestinas y su terrorismo.En cuanto a Siria, no cejará, como lo demostró en Libia, hasta derrocar a Al Asad, así sea al precio de sumir ese país y su región en un caos similar al que dejó la operación contra Gadafi.

(Vea nuestro especial multimedia: Estados Unidos decide, 2016)

Para lograrlo aumentará el apoyo que ya viene dando el gobierno Obama a la alianza de hecho entre el reino wahabita de Arabia Saudí con Israel, así la operación destructiva contra el eje Irán-Siria-Hezbolá ponga al rojo el riesgo de una guerra con Rusia. Y para debilitar a esta, apoyará con todos los medios y en todos los escenarios la posición de Ucrania. Una actitud por la que gente como Ralph Nader advierte sobre la posibilidad concreta de que una presidencia de la señora Clinton conduzca al país directamente a una tercera guerra mundial.

Frente a este proyecto, la versión del ‘Make America Great Again’ de Donald Trump no parece ser la de Ronald Reagan, anterior usuario del eslogan. Al tiempo que mima al ego medio de los ciudadanos que adoran la imagen de país fuerte, la versión cortoplacista de Trump interpreta el hartazgo con la guerra del americano medio, y alineado con él se opone a la participación de Estados Unidos en Irak, habla de disminuir el gasto militar que significa respaldar a Japón y Corea frente al viejo fantasmón comunista, propone disminuir el apoyo a las Naciones Unidas, e incluso retirarse de la Otán.

Trump ha reiterado en todos los escenarios que acabará con la peligrosa demonización de Putin, y que su interés será incorporar a Rusia en el primer plano de las relaciones comerciales con Estados Unidos. Trump es un empresario, no le interesa la ideología, es un pragmático.

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A Trump no le preocupa el mesianismo ruso, aquella pretensión de ‘tercera Roma’ cuyas actividades, bajo presentación zarista, soviética o rusa a secas, ponen los nervios de punta a otros, y así justifican a la línea Clinton en el planteo de “conflicto constante”, como definió el esquema Ralph Peters en un artículo sobre estrategia militar.

“Trump no teme a Putin, ese fantasma que levantan los demás”, escribe Pilar Alberdi, y agrega: “Es más, cuando Putin intervino en Siria, el ahora candidato por los republicanos declaró que Rusia había conseguido en tres meses lo que la alianza de países que decían estar luchando contra el Estado Islámico, es decir, EE. UU., Canadá, Inglaterra, Alemania, Francia, Arabia Saudita, Israel, etc., no habían conseguido en años, porque sin bombardear las carreteras, ni los miles de camiones que sacaban crudo hacia Turquía, ni aquellos que llevaban alimentos para compraventa en las poblaciones tomadas por el EI, no se puede destruir a nadie”.

En tanto Clinton sostuvo en la Secretaría de Estado la conveniencia de desplazar poder naval militar hacia el Pacífico para prevenir las posibilidades de que China se convierta en una “amenaza" militar, a partir de su poder económico, y desarrolló una agresiva política de alianzas antichinas con Estados de la región, Trump propone que los chinos vendan a los chinos y Estados Unidos vuelva a tener empleo, poder adquisitivo, recupere su potencia industrial y desarrolle sin competencias hostiles su mercado interno. En suma, que se concentre en sus fronteras naturales y no salga por el mundo a despilfarrar lo que no tiene.

Áspero, duro, ordinario, desagradable, grosero, violento a veces, Trump es un norteamericano en crudo, y como tal se puede confiar en que estamos ante un representante auténtico de la mayoría de ciudadanos de los Estados Unidos de América. Hillary Diane es la élite. La élite preparada, cosmopolita, bien relacionada.

La campaña demócrata está impregnada del espíritu militar de Hillary. Por eso, mientras la de Trump luce desordenada, la de ella ataca por aire, redes y, sobre todo, moviéndose underground. Así, ruedan por las redacciones de los medios los avances de un libro, The Making of Donald Trump, de David Cay Johnston, exredactor de The New York Times, Reuters y Al Jazeera, para poner en evidencia el mundo vulgar de su rival.

Ganador del premio Pulitzer 2001 por una investigación sobre vacíos legales en el sistema fiscal de Estados Unidos, y el uso de esos agujeros por Colgate, UPS, Merrill Lynch, Compaq y otras compañías, Johnston tiene la credibilidad necesaria para desacreditar a Trump. Su libro está hecho con material de indudable poder demoledor, enumerando probables delitos fiscales, estafas inmobiliarias y conexiones del candidato republicano “con el crimen organizado”, como negocios con un personaje ruso con pasado criminal; jefes de la familia Genovese, una de las cinco grandes de la mafia neoyorquina; relaciones con empresas de construcción de propiedad de gánsteres o sus testaferros; proyectos inmobiliarios llevados adelante en asociación con oscuros personajes que controlaban sindicatos claves vinculados a demoliciones y control de predios en Nueva York.

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Más que un bocatto di cardenale, un verdadero banquete en manos de cualquier equipo profesional de la manipulación y el uso del rumor, que incluye chismes de alcoba, caprichos sexuales con hijas de mafiosos de Nueva Jersey de los que desistió cuando el padre amenazó con cortarle los testículos, regalos de Ferraris y Rolls Royces que a través de sus casinos Donald hizo a algún apostador proveniente de la mafia...

También repasa el autor las cifras del multimillonario, para hacer cuentas y detectar que no es tan ‘multi’, como pregona, y al mismo tiempo afirmar que esconde números cuando hace sus declaraciones fiscales. Por ejemplo, Trump dice en los medios que su campo de golf en Los Ángeles vale 250 millones de dólares, pero lo declara por 10 millones.

Y en esa línea avanza la lupa de Johnston y encuentra que el candidato no pagó impuestos en 1978 y 1979, ni en 1992 y 1994, y tampoco en 1984 que, según los funcionarios fiscales estatales y locales que lo investigaron, fue uno de los años más lucrativos de su historia.

Además, el material incluye una exhaustiva investigación en basureros sentimentales donde el autor descubre, entre condones y tampones, mentiras flagrantes, amantes imaginarias, fanfarronadas que dan a entender relaciones con mujeres como Kim Basinger, Madonna, Carla Bruni. Y la conclusión de Johnston es que la casi totalidad de lo que dice o muestra Trump es mentira parcial o total, y que no hay un solo motivo sensato para votar por un hombre que en su vida ha elegido criminales como socios, ha engañado a trabajadores, proveedores e inversores, ha sido incompetente en el manejo de sus casinos, etc., etc.

No es superficial el énfasis que hay en este libro sobre el tema de las mujeres, al que también ha dirigido otras piezas la campaña demócrata. El frente del machismo de Trump, su trato a las mujeres como objetos, trabaja para la intención de persuadir a las mujeres de que Hillary las representa, de que su causa es la de todas ellas, de que su ambición es la reivindicación de ellas, y de que votando a Clinton están votando por ellas. Una intención que ha tropezado con el pragmatismo de las mujeres jóvenes y de mediana edad, a quienes por sobre lo simbólico les interesa lo concreto, un mismo salario para un mismo trabajo, centros para los hijos de las que trabajan. Y que no ven en la candidata a una mujer en la que puedan confiar, sino una política autoritaria, mentirosa, manipuladora, parte del poder que ha creado y sostenido las condiciones en que les toca vivir.

Donald Trump promete ser “el mejor presidente para el empleo que ha tenido nunca nuestro país”, y anuncia a los 13 –millonarios–, 13 all stars que integrarán su gabinete económico. Están en ese equipo John Paulson, un duro de Wall Street que aumentó sideralmente su fortuna apostando por el derrumbe del mercado hipotecario; está el rey del fracking petrolero, Harold Hamm; Dan Kowalski, el personaje clave en la elaboración del presupuesto federal; Stephen Moore, economista jefe de la Heritage Foundation, el think tank conservador; Steven Feinberg, del fondo de inversión Cerberus; el banquero y productor de cine Steven Mnuchin, que dirige las finanzas de la campaña presidencial. “Un grupo formidable de expertos” (...). Especuladores inmobiliarios o financieros, industriales, banqueros, algunos exmiembros de las administraciones Reagan y George W. Bush. Un anuncio que sorprende, como casi todas las señales que emite Trump, y que se recibe en contravía de su mensaje populista, salvo por la justificación de rigor: es gente que sabe, y por eso puede concretar lo que el candidato prometió.

Acto seguido, el hombre anuncia su agenda económica en Detroit, la capital de la decadencia industrial del país, la más famosa víctima de la reingeniería de los negocios, la ciudad casi fantasma que dejó el paso de los días salvajes del capitalismo, sin sentimientos ni pudor. Trump dice que es hora de acabar con “las políticas de Obama y Hillary Clinton, que arruinaron la economía y diezmaron la clase media”, y promete que su plan “empoderará a los estadounidenses liberando las herramientas necesarias para que todos ganen económicamente”. “El americanismo, no el globalismo, será nuestro credo”, resumió su plan, que desregula, rebaja impuestos, pero al mismo tiempo se opone radicalmente a los recortes del Estado de bienestar, lo que hizo que algunos medios se apresuraron a calificarlo a lo mexicano, ni de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario.

Y la agencia Moody’s, a través de su economista jefe, Mark Zandi, que fue asesor de John McCain en el 2008, torpedea de inmediato analizando que las iniciativas del candidato solo servirán para aumentar la fortuna de los millonarios, al tiempo que destruirán alrededor de 3,5 millones de empleos, incrementando el desempleo en un 7 por ciento al cabo de los cuatro años de gobierno.

Trump ha perturbado el orden del Imperio, y los sagrados intereses que ha tocado no dejarán de atacarlo en todo momento, aun a costa de hacer alianzas que en otras circunstancias jamás harían. Como un ejemplo, el mismo día en que presenta en la antigua capital del automóvil su plan económico, entra a escena un nuevo outsider, motu proprio u operado por un sector que quiere reforzar el componente del muy difundido “fuerte rechazo que Trump genera entre los republicanos conservadores”. Respaldado por “donantes republicanos claves”, lanza su candidatura un exagente de la CIA de 40 años, y lo hace declarando: “Me presento a la presidencia porque nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto, y porque Estados Unidos se merece algo mucho mejor que lo que Donald Trump o Hillary Clinton pueden ofrecernos”. Y en tres horas su cuenta de Twitter, una de las medidas de la realidad actual, pasa de cero a diez mil seguidores.

Paralelamente se multiplican iniciativas como la de una congresista demócrata que abre una campaña en Change.org para recoger firmas pidiendo que Trump se someta a un examen mental, ya que lo consideran “peligroso” por “su impulsividad y falta de control sobre sus propias emociones”, alegando que “es nuestro deber patriótico plantear la cuestión de su estabilidad mental”.

Anécdotas al margen, la verdad está emboscada en los mismos once estados de todas las últimas elecciones, y el gran ogro, o la gran hada, probablemente volverá a ser Florida, con sus 29 mágicos votos en el Colegio Electoral, y donde en las últimas diez elecciones presidenciales anteriores al 2016, nueve veces quien triunfó en Florida se llevó la presidencia. La excepción se presentó la vez en que ganó allí papá Bush, 1992, cuando la presidencia fue para el marido de Hillary.

En su libro El gen egoísta, Richard Dawkins afirma que somos “máquinas de supervivencia de genes”. Ahí están para demostrarlo la muchacha de Chicago y el chico de Queens, los rivales que, según un equipo de investigaciones genealógicas, resultaron descender ambos del duque y la duquesa de Lancaster. Esto es, lejanos primos. Lo que comprueba una vez más que, para placer de escépticos, indefectiblemente, siempre, todo tiende a quedar en casa.

ÁNGEL BECASSINO
Especial para EL TIEMPO

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