¿Qué país se le mide a manejar los hilos del mundo?

¿Qué país se le mide a manejar los hilos del mundo?

Estados Unidos abandona cada vez más el liderazgo, se dibuja un orden mundial fragmentado.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos

El presidente Donald Trump tomó la decisión de retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París.

Foto:

Jonathan Ernst / Reuters

09 de septiembre 2017 , 10:07 p.m.

Horas antes de que Donald Trump anunciara la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París para combatir el calentamiento global, la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro chino, Li Keqiang, protagonizaron una ‘contraimagen’: en Berlín, parado junto a Merkel, Li aseguró que luchar contra el cambio climático era una “responsabilidad internacional”.

Y para nadie pasó desapercibido el encuentro que, en vísperas de la cumbre del G20 en Hamburgo, sostuvieron en Moscú los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de China, Xi Jinping.

A la luz de estos hechos, para algunos es claro que mientras Trump abandona el timón del mundo, algunos se preparan para hacerse cargo. Pero una mirada más amplia puede revelar un panorama distinto, aunque no muy tranquilizador: a ningún país parece interesarle el puesto vacante del liderazgo global, ocupados como están los principales candidatos en resolver sus múltiples problemas nacionales.

Un nuevo tablero

El barco global sin timón no es para muchos un fenómeno novedoso. El paso atrás de Trump sería solo la aceleración de un fenómeno que lleva años y marcaría el derrumbe definitivo del orden diseñado a fines de la Segunda Guerra Mundial.

Lo que viene ahora es materia de debate arduo y de algunos acuerdos: no se vislumbran en el mediano plazo nuevas potencias que quieran conducir los asuntos globales, y habrá que acostumbrarse a un mundo posnacional, poshegemónico, movido por el microlateralismo.

Con este adiós a la gran potencia que marcaba el rumbo, el tablero mundial se reordena según una combinación de intereses individuales o regionales, mientras que los países más poderosos vuelven a ejercer las herramientas tradicionales para conseguir poder –dinero y armas– y los otros se ven obligados a utilizar recursos ‘blandos’ –prestigio cultural, conocimiento, ‘soft power’– para lograr influencia.

Estados Unidos se ha convertido en la primera y más grande fuente de incertidumbre internacional

¿Habrá llegado lo que hace algunos años el analista internacional Ian Bremmer llamó el mundo del G-0? El propio Bremmer escribió hace unos meses: “En vez de un superpoder que quiere imponer estabilidad y valores en un orden global fracturado, Estados Unidos se ha convertido en la primera y más grande fuente de incertidumbre internacional”. Vamos, remata Bremmer, a un mundo sin líderes.

“Claramente hay hoy un puesto vacante frente al timón de los asuntos globales. Pero no se trata de un fenómeno repentino o inesperado. Los periodos con un claro liderazgo o hegemonía de un actor estatal dominante son por naturaleza transitorios.
Lo que distingue al periodo actual es la agudización de este fenómeno”, apunta Roberto Bouzas, profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la U. de San Andrés (Argentina).

“Trump –dice Bouzas– representa la visión de quienes consideran que los costos para Estados Unidos de ejercer el liderazgo global de una manera ‘benigna’ son superiores a sus beneficios. Hoy se combina la emergencia de nuevos actores internacionales que desafían el poder de Estados Unidos con un clima político interno donde han ganado espacio las visiones del resto del mundo como una amenaza más que como una oportunidad”.

¿Y si en lugar de resignar el liderazgo mundial Trump estuviera tratando de reorganizarlo en otro sentido? “No creo que haya un abandono de Trump y su administración de la preocupación de cómo gobernar o construir un orden global, sino que hay una suerte de tercerización o mirada empresarial de la geopolítica, basada en transacciones, y en la cual el mensaje es algo así como: ‘señores, comprométanse, hagan su parte y pongan su dinero; el orden nos gusta a todos, pero tiene un costo’”, dice Esteban de Gori, profesor en la Universidad de Buenos Aires.

Lo indiscutible, señala Martín Schapiro, abogado, analista internacional y especialista en políticas públicas, es que “Estados Unidos tiene un problema económico estructural con déficit fiscal y comercial, y eso les pone límites a su expansión militar y su influencia. Ante lo cual la línea más aislacionista de Trump abraza la pérdida de liderazgo global con un discurso de menos involucramiento”.

Ni China ni Rusia

Con Estados Unidos saliendo de la foto, ¿es China la próxima potencia? El tema es que ese imaginario de recambio de imperio no resiste el chequeo con algunos datos.

“China no está en condiciones de alcanzar la hegemonía”, dice Carlos Pérez Llana, exembajador argentino en Francia y analista internacional. “Es un país donde millones no han logrado superar la pobreza, aunque su clase media crece aceleradamente. Económicamente, debe pasar de un modelo centrado en los excedentes comerciales a uno basado en el consumo interno. La reforma del Estado no es sencilla. La deuda interna es elevada. No existen libertades políticas. El régimen no ignora que la corrupción corroe, y por eso la combate, aunque algunos observadores sostienen que el presidente Xi Jinping aprovecha para jubilar a sus oponentes en el partido. China es una potencia regional que todavía no termina de definir si es revisionista o si solo pretende un lugar en la estructura de poder mundial. Y es un país más temido que querido, no seduce”.

Será entonces que, no obstante la foto del primer ministro chino con Merkel, ¿China sigue atenta solo a su barrio? “China tiene una idea de orden mundial, pero desde los años setenta eso se refiere esencialmente a China y sus alrededores. Creo que tienen más una idea de orden multipolar, de dividir el patio y hacer alianzas comerciales y políticas para liderar en su zona del mundo”, dice De Gori.

¿Y qué pasa con Europa? Más problemas: desgarrada internamente, terreno de ataques terroristas, con muchos países en crisis económica

¿Y qué pasa con Europa? Más problemas: desgarrada internamente, terreno de ataques terroristas, con muchos países en crisis económica, cuestionada en su propia estructura, no parece ser la candidata a conducir un nuevo orden mundial. Ni siquiera Alemania podría aspirar a eso. “La voluntad de Alemania de cuidar su superávit a costa, incluso, de los países de la UE genera problemas. No creo que pueda aspirar a mucho más que el liderazgo europeo”, señala Schapiro.

“No vislumbro, en el corto y mediano plazo, un país emergente capaz de ocupar el sillón del liderazgo. ¿Quién habla hoy de los Brics? Rusia es una potencia regional que corre el riesgo de ser ‘junior partner’ de China. India crece, pero debe hacer frente a una demografía galopante y sigue siendo un país rural. Sudáfrica se encamina a un fracaso similar a lo ocurrido en Zimbabue y a todos preocupa lo que pasa en Brasil”, enumera Pérez Llana.

Los argumentos convergen en un solo final: no hay a la vista capitanes ansiosos de asumir el timón, porque, entre otros factores, el propio barco cambió.
En palabras de Bouzas: “Debemos acostumbrarnos a vivir en un mundo en el que el poder y la influencia estarán más distribuidos, por supuesto en forma desigual, en el que serán heterogéneos según el asunto particular de que se trate. Y una mayor distribución del poder internacional tiene sus ventajas, pero también sus costos, reflejados en una mayor inestabilidad e incertidumbre”.

¿Posnacional, posestadounidense, poshegemónico? El prefijo indica que no sabemos ponerle un nombre al presente. ¿Será también un mundo posestatal? “Hay una erosión del Estado que destruye cualquier idea de un orden mundial basado en el Estado Nación, debido al neoliberalismo y a la globalización. Hay toda una zona de criminalidad global, drogas, armas y mafias de todo tipo, frente a la cual el Estado es un actor de reparto”, dice De Gori.

“Hoy se suele oponer el cosmopolitismo al nacionalismo, pero no creo que el primero per se garantice un orden mundial. Lo que está dañado es algo del Estado soberano, inclusive de los valores democráticos”, remata. No en vano, varios defensores del multilateralismo llevan un buen tiempo encendiendo las alarmas.

Pero, a pesar de ello, para Bremmer es claro que la cooperación internacional como concepto y como práctica se desmorona, y con ella se lleva, entre otras cosas, el prestigio y la razón de ser de los organismos internacionales, construidos a imagen y semejanza de un mundo que ya no existe. “La mayoría son estructuras que están crujiendo a la luz de los cambios. Mucha grasa burocrática, poco músculo y creatividad. Por eso la diplomacia multilateral está devaluada”, dice Pérez Llana.

Y, en medio de todo este contexto, no se puede evitar dirigir la mirada a otro actor cada vez más relevante y particularmente visible en estos días: el terrorismo. “Creo –dice Bremmer– que Trump hace esa ecuación: es Estados Unidos o el terrorismo, y creo que esa idea es parte fundamental en su negociación (muy incierta) sobre ese bien escaso en que se ha convertido el orden mundial”.

RAQUEL SAN MARTÍN
LA NACIÓN (Argentina) - GDA

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