No hay razones para el optimismo / Opinión

No hay razones para el optimismo / Opinión

El único modo de salvar la democracia es que los partidos recuperen la confianza de los votantes.

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Se espera que la victoria de Trump sea un llamado de atención para los que creen en la democracia liberal, estén a la izquierda o incluso a la derecha del centro.

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Jonathan Ernst / Reuters

14 de enero 2017 , 10:03 p.m.

Después de un año de desastres políticos, ¿hay para los liberales algún motivo de optimismo? ¿Algo que rescatar, por mínimo que sea, de los estragos del ‘brexit’, la elección de Donald Trump y la desunión europea? Los cristianos creen que la desesperación es un pecado mortal, así que ¿por qué no buscar algún atisbo de esperanza?

En Estados Unidos muchos liberales se consuelan con la creencia de que los peligros evidentes de ser gobernados por un charlatán ignorante, narcisista y autoritario, con un séquito de multimillonarios, exgenerales y neófitos de ideas extremistas, ayudarán a movilizar una fuerte oposición política. Se espera que Trump sea un llamado de atención para todos aquellos que todavía creen en la democracia liberal, estén a la izquierda o incluso a la derecha del centro.

Según este supuesto, grupos de derechos civiles, ONG, estudiantes, activistas de derechos humanos, congresistas demócratas e incluso algunos republicanos harán todo lo que esté en su poder para contrarrestar los peores impulsos de Trump. Un activismo político latente que estallará en protestas masivas, y el resurgimiento del idealismo liberal cortará la oleada del populismo de derecha(...) Otros buscan alivio en la expectativa de que los planes contradictorios de Trump (rebajas impositivas y aumento del gasto en infraestructura, favorecer a la clase trabajadora y al mismo tiempo recortar programas de asistencia social y matar el Obamacare) arrastrarán a su gobierno a un pantano.

Una de las ideas más peligrosas del populismo contemporáneo es que los partidos políticos son obsoletos y deben ser reemplazados por movimientos guiados por líderes carismáticos que actúen como la voz del pueblo; y está implícito que todo aquel que disienta es su enemigo. El único modo de salvar la democracia liberal es que los partidos tradicionales recuperen la confianza de los votantes. El Partido Demócrata tiene que ponerse las pilas. Repetir consignas entusiastas no bastará para evitar que Trump provoque un daño a instituciones que fueron diseñadas hace más de dos siglos para proteger la democracia estadounidense de demagogos como él.

Lo mismo vale para los acuerdos e instituciones internacionales, cuya supervivencia depende de la voluntad de defenderlos. Trump expresó su indiferencia hacia la Otán y los compromisos de EE. UU. en Oriente Próximo. Su presidencia debilitará todavía más la Pax Americana, ya bastante maltrecha por una sucesión de guerras insensatas. Y sin la garantía de que EE. UU. protegerá a las democracias aliadas, las instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial para proveer esa protección no sobrevivirán mucho tiempo.

En este sombrío panorama todavía hay un diminuto rayo de esperanza. Europa y Japón (por no hablar de Corea del Sur) se han vuelto dependientes de la protección militar estadounidense. Las fuerzas armadas japonesas son bastante grandes, pero están limitadas por la constitución pacifista que redactaron los estadounidenses en 1946. Y los europeos no están preparados para defenderse a sí mismos, por una mezcla de inercia y lasitud.

Es perfectamente posible que las bravuconadas de Trump sobre poner a “Estados Unidos primero” impulsen a Europa y el este de Asia a cambiar el ‘statu quo’ y hacer más por su propia seguridad. Pero incluso si se producen cambios (y es una apuesta incierta), eso no será pronto. Los europeos no quieren pagar más impuestos para sufragar su propia defensa y Alemania no tiene la voluntad para conducir una alianza militar. Y el grueso de los asiáticos no confiarían la conducción de una coalición regional a Japón.

En tiempos de repensar el orden internacional construido por EE. UU. sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Trump no parece el más indicado para hacerlo. Su victoria se parece más a un terremoto donde se liberan fuerzas que nadie puede controlar. En vez de alentar a los japoneses a pensar con responsabilidad en la seguridad colectiva, es más probable que su indiferencia incentive los peores instintos de un nacionalismo japonés temeroso.

Europa tampoco está en condiciones para hacer frente al desafío que supone el debilitamiento de la ‘Pax Americana’. Sin un refuerzo del sentido de solidaridad paneuropea, las instituciones europeas pronto se desvirtuarán, e incluso pueden dejar de existir. Y es precisamente dicho sentido lo que los demagogos están socavando tan exitosamente.

Si alguien tiene motivos de esperanza, no es en el mundo democrático liberal, sino en las capitales de sus adversarios más poderosos: Moscú y Beijing. Sin un liderazgo estadounidense creíble, o una alianza de democracias fuerte, las ambiciones rusas y chinas tendrán vía libre. Esto no supone una catástrofe de aquí a pocos años. Lo más probable es que Rusia y China prueben los límites de su poder paso a paso: hoy Ucrania, mañana tal vez los estados del Báltico; las islas del Mar de China Meridional primero, Taiwán después. Entonces puede pasar cualquier cosa. Los errores de las grandes potencias suelen convertirse en guerras. No es que haya razones para desesperar, pero tampoco las hay para recibir el nuevo año con optimismo.

IAN BURUMA
Profesor de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en el Bard College.
©Project Syndicate

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