Claves del estilo disruptivo que comanda la oficina Oval

Claves del estilo disruptivo que comanda la oficina Oval

Tras los primeros meses de Trump en la Casa Blanca, reina la confusión y la incertidumbre.

Donald Trump

La presidencia de Trump se ejerce ante las cámaras y con equipo de aplausos. Cada día, los actos de gobierno generan tendencia.

Foto:

Saul Loeb / AFP

28 de abril 2017 , 08:42 p.m.

Entre algunos juicios y críticas que ha recibido el actual presidente de los Estados Unidos, uno parece radicalmente inaceptable en Donald Trump. Se trata de su supuesta capacidad de mentir. Sin embargo, no todos comparten la creencia de que la mentira sea la principal sombra de Trump, incluso algunos expertos alertan de la grave injusticia que se puede estar cometiendo con el presidente de Estados Unidos.

Pedro Solórzano, experto en liderazgo y comunicación, formador y coach organizacional, recuerda que “no podemos confundir el no estar de acuerdo con alguien con el creer que esa persona miente”. Al final, “no interpretamos la realidad como es sino como somos nosotros; nuestras creencias, nuestros patrones y marcos de referencia condicionan cómo vemos la realidad”.

La Sinergología, disciplina de la Comunicación que descifra el lenguaje no verbal, ofrece una visión diferente de la gran sombra que cierne sobre Trump. Javier Oliva (economista, experto en herramientas de Management y vicepresidente de la Asociación Española de Sinergología) pide ser muy rigurosos a la hora de llamar mentiroso a alguien: “El rigor y la prudencia han de premiar antes de juzgar a alguien de mentiroso, ya que, por un lado existen varios tipos de mentira y por otro, es preciso entender las motivaciones que impulsan a una persona a mentir”.

La mentira es, en sí, un enunciado deliberado de un hecho inexacto o contrario a la verdad o también una simulación de un hecho veraz. En todos los supuestos, la mentira tiene el propósito concreto del engaño deliberado, sin embargo no ha de confundirse ni con los errores (por desconocimiento o no) ni con la distorsión voluntaria de un hecho.

En algunas culturas, se suele dar una trascendencia excesiva al error y a la trasgresión de una norma sin tener en cuenta muchas veces la intención y la motivación, como si fueran elementos secundarios de la acción moral.

Tradicionalmente, las motivaciones que impulsan a una persona a mentir son cuatro: preservar o poner en valor su imagen personal; persuadir para obtener ventajas; evitar conflictos; y evitar perjudicar a su interlocutor.

Un sinergólogo no emite juicios ni calificaciones a priori sobre una persona, sino que tras analizar un conjunto de ítems –a veces algo más de 20 por segundo– y enlazándolos unos con otros en tiempo real o tras visualizar con detalle imágenes del personaje analizado, puede concluir si la persona en cuestión, en ese momento preciso, estaría faltando o no a la verdad.

En relación a Trump, Javier Oliva, después de analizar varios videos, ha observado incoherencias en algunos de sus discursos, pero concluye: “Sería cuanto menos injusto, independientemente de que si la persona nos gusta o no, clasificarlo de mentiroso”.

Ante las críticas de expertos psicólogos que se han posicionado diciendo que Trump es un mentiroso compulsivo, Oliva responde: “Respeto el criterios de esos profesionales; si han concluido que Trump padece un trastorno psicológico, con una conducta repetitiva y continuada en el acto de mentir, sus razones tendrán. Ahora bien, como sinergólogo, quiero señalar que un mentiroso, en el acto de la mentira, se encuentra por lo general en un estado de incomodidad y, por mucho que logre autocontrolarse, podemos leer su cuerpo en detalle, la rítmica y dinámica gestual, y localizar si hay incongruencias o mentiras. El inconsciente habla a través de los gestos, por lo que es realmente difícil mentir a un sinergólogo.

Tres poderosos factores

A veces puede salir caro defender algunas verdades, como la que dice que todas las personas tienen algo digno de elogio, un don especial sobre el cual pueden fundamentar una vida exitosa. Trump no es una excepción y por eso sorprende la posición de las personas que niegan esta posibilidad al presidente de Estados Unidos, como si fuera la encarnación del mal absoluto.

Asombra también el criterio de algunos analistas y medios de comunicación que, a la vista de lo dicho y publicado, demuestran ser capaces de ver más defectos en Trump que en Fidel Castro y Kim Jong-un, entre otros dictadores y violadores de derechos humanos. En varios foros he explicado las debilidades de Trump y a la vez he defendido que, más allá de sus evidentes defectos, su éxito se debe principalmente a tres poderosos factores: fortaleza mental, voluntad de hierro y pasión gigante.

Todos estos ingredientes condimentados con la sal de la disrupción, porque hacer las cosas como siempre se han hecho no es indicador de grandeza sino de comodidad.

Esto que afirmo del presidente de Estados Unidos se traduce en varios comportamientos: un pensamiento positivo, que siempre piensa en grande, y en una confianza ciega en sí mismo, que lo hace ser un excelente vendedor; en una capacidad de trabajo titánica y un estilo de negociación puramente transaccional, que lo hace asemejarse a un guerrero, con todas las limitaciones y verdades que encierra esta metáfora; y, por último, ese modo de ser deriva también en un entusiasmo y una autenticidad –casi adolescente– que le lleva a hacer siempre que puede lo que la intuición le dicta, como un niño sin filtros, para quien las normas tienen un valor relativo y los castigos, un natural sinsentido cuando deben ser aplicados a él.

La gran sombra

En estos 100 primeros días de presidencia Trump, su gran fracaso como político ha sido no haber podido sacar adelante la reforma sanitaria prometida a sus votantes; como gobernante, es cuestionado por no haber logrado nombrar a todo el equipo de trabajo de la Casa Blanca, quizá porque está convencido de que no lo necesita o que es mejor estar solo que mal rodeado. Sin embargo, si tenemos en cuenta sus promesas electorales, quizá su única gran sombra sea su incoherencia en la política internacional.

Durante la campaña electoral, Trump había jurado evitar las intervenciones en el extranjero que no supusieran un riesgo directo a la seguridad nacional: “No podemos seguir siendo la policía del mundo”, afirmó en repetidas ocasiones. No hay experto en seguridad que se atreva a decir que Corea realmente lo sea.

El senador Bernie Sanders es un referente para quienes no tienen miedo a conocer verdades incómodas.

Consciente de que los ataques militares en Medio Oriente no ayudan a lograr una paz definitiva sino solo a debilitar temporalmente al presunto enemigo, el senador de Vermont declaró: “Estoy sumamente preocupado por el hecho de que estos ataques ordenados por Trump lleven a Estados Unidos a una larga intervención militar en Medio Oriente. Si los últimos 15 años nos han enseñado algo es que dichas acciones son desastrosas para la seguridad, para la economía y para el pueblo estadounidense”.

Lo que sí resulta obvio es que Trump quiere gobernar los Estados Unidos con criterios similares a los empresariales. En sus empresas, las capacidades de decisión le corresponden a él directamente o a su Consejo de Administración o personas de confianza, mientras que dirigir un país conlleva enfrentarse con muchos, poderosos y diferentes intereses. Todo apunta a que Trump sigue aún inmerso en ese universo organizacional, y, siempre que pueda, actuará sin demorar las cosas con trámites que enredan la solución. Por eso atacó a Siria sin consultar al Congreso; Obama lo hizo y no obtuvo su objetivo.

Con todo, so pena de caer en una inocencia quijotesca, prefiero, como recomendaba Cervantes, “confiar en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.

Trump lleva tan solo cien días en la Casa Blanca y merece ser juzgado no hoy por el índice de popularidad que reflejan las encuestas sino dentro de cuatro años.

No son tiempos fáciles, sin duda, por la corrupción que perpetúa la pobreza; por el terrorismo, que levanta muros invisibles; por el mundo laboral que prioriza el bien económico a la dignidad humana; por la devastación del planeta que hace insostenible la vida en la tierra; y por la amenaza de una guerra nuclear de terribles consecuencias. Pero ni Trump, ni sus supuestas mentiras ni la de sus enemigos son eternas. El bien, que gusta esconderse y aparecer donde, cuando y, a veces, hasta en quien menos lo esperas, prevalecerá.

PABLO ÁLAMO
Especial para EL TIEMPO
* Profesor de la Universidad Sergio Arboleda y coautor de ‘El fenómeno Trump’ (Intermedio, 2016).
Twitter: @pabloalamo
palamo@invivus.es

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