Apretada lucha en estados claves definió presidencia de EE. UU.

Apretada lucha en estados claves definió presidencia de EE. UU.

Trump sorprendió al derrotar en los sondeos de varios estados considerados fijos para Clinton.

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Hillary Clinton votó en Chappaqua, cerca de Nueva York. La acompañó su esposo Bill. El republicano Donald Trump votó en Manhattan. Lo acompañó su esposa, Melania.

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REUTERS

09 de noviembre 2016 , 02:20 a.m.

Donald Trump y el Partido Republicano daban una gran sorpresa en la noche de este martes durante una jornada electoral que puso a los demócratas y a su candidata, Hillary Clinton, contra las cuerdas.

En la carrera por la Casa Blanca, Trump se anotó victorias en Kentucky, Indiana, Virginia del Este, Oklahoma, Mississippi, Tennessee, Carolina del Sur, Alabama, Kansas, Nebraska Wyoming, Dakota del Norte, Dakota de Sur, Texas, Arkansas, Louisiana, Montana, Missouri, Idaho y Carolina del Norte.

Pero, más importante, tenía ya asegurado un virtual triunfo en Florida y otra serie de estados que eran claves para llegar a la Oficina Oval.

En particular fue impresionante la penetración del magnate en estados que se consideraban seguros para Clinton, como Wisconsin y Michigan, dos estados que llevaban 20 años favoreciendo a candidatos demócratas. (Lea también: Bolsas mundiales caen ante llegada de Donald Trump a la presidencia)

El desempeño en ellos demostró que su discurso antitratados de libre comercio resonó, pues fue allí donde los TLC firmados por EE. UU. con países como México y Canadá tuvieron mayor impacto.

Hillary, por su parte, sumó Vermont, el Distrito Capital, Delaware, Nueva Jersey, Massachusetts, Maryland, Rhode Island, Illinois, Nueva York, Connecticut, Nuevo México y Colorado.

La gran noticia del día, sin embargo, fue la pifia de las encuestas que durante meses dieron como ganadora a Clinton en muchas de estas áreas y habían vaticinado su victoria hasta con un margen cómodo. Así mismo, la aparente existencia de un ‘gigante dormido’ que terminó siendo el voto de personas de raza blanca sin educación superior al que muchos subestimaron.

De acuerdo con los primeros balances, la votación de este martes habría alcanzado niveles récord (más de 130 millones de votos, de los cuales 43 se depositaron anticipadamente).

Curiosamente, los exit polls indicaban que ninguno de los dos candidatos era el preferido por los estadounidenses. En el caso de Trump, el 61 por ciento dijo tener una imagen negativa del magnate, mientras que el 54 opinó lo mismo de Hillary.

Algo que indica que Donald Trump como el ganador tendrá un arduo trabajo a la hora de unir al país y sanar las heridas que dejó una de las campañas más brutales y sucias en la historia de EE. UU.

En gran parte, eso tiene que ver con la campaña negativa y de tierra arrasada que planteó Donald Trump desde el primer día. Pero en parte también por la selección de Hillary Clinton, una figura que generaba gran resistencia no solo entre republicanos sino entre los mismos demócratas. (Además: Largas filas en puntos de votación en la jornada electoral)

Prueba de ello es que ambos llegaron a la recta final de la campaña con el mote de ser los candidatos más impopulares de todo la historia. Y antes que concentrarse en propuestas de gobierno o alternativas para el país, la estrategia siempre fue destacar los defectos del rival y atacar su carácter, muchas veces a través de insultos.

Trump terminó llamando a Clinton una corrupta que merece la cárcel, mientras que Hillary lo hizo ver como un peligro, sexista, racista y xenófobo al que el cargo de comandante en jefe le quedaría grande.

“Es muy triste. He sido un republicano toda mi vida, pero no pude votar por Trump. Lo hice por Hillary solo para evitar el desastre de su presidencia. Pero fue como elegir entre el mejor de dos males. Es increíble que esa sea la opción en un país como este”, decía John Markey, en un claro reflejo del ánimo de una gran mayoría.

Otros simplemente sienten desprecio hacia el rival. Un sentimiento muy evidente entre ese sector de raza blanca sin educación superior que respaldó a Trump, y la coalición de mujeres, inmigrantes y otras minorías que apoyaron a Clinton.

Una encuesta realizada la semana pasada por el Centro Pew reveló con claridad la naturaleza del problema. Solo un 27 por ciento de los encuestados (la mitad de ellos republicanos) consideró que Trump sería un buen presidente, mientras que un 35 por ciento dijo lo mismo de Hillary. Para contrastarlo, en las elecciones del 2008, cuando Barack Obama llegó a la presidencia, el 62 por ciento dijo creer que se convertiría en un gran líder.

Por eso, Abe Bodard, analista en Real Clear Politics, cree que el ganador de la contienda solo estará en la Casa Blanca por un periodo. Lo cual ensombrece el futuro inmediato.

“Muy poco de este tóxico momento que hemos experimentado –la desconfianza hacia el gobierno, la ira hacia las élites que controlan el sistema, los ataques personales, la indiferencia frente lo que es cierto o falso y la ruptura de cualquier camino hacia la unidad– desaparecerá después de las elecciones. Por el contrario, lo seguiremos haciendo por cuatro años más”, dice el analista. (También: 'Pase lo que pase, EE.UU. seguirá siendo la nación más grandiosa')

Por supuesto, no se trata de un fenómeno nuevo. De hecho, los últimos seis años fueron una constante batalla entre Obama y los republicanos que controlaban el Congreso y bloquearon buena parte de su agenda, forzándolo a gobernar a punta de órdenes ejecutivas.

Pero la virulencia de esta campaña garantiza una puja por el poder aún peor. Y ya el senador John McCain, uno de los republicanos más moderados, lo anticipó hace pocos días, cuando dijo que de ganar Hillary la presidencia, su cámara se opondría a cualquier nominación que haga.

Y es poco probable que cooperen, pues la estrategia es debilitar al presidente para asegurar una victoria en el 2020.

El gran problema para el país es que eso se traduciría en cuatro años ingobernables en un mundo que no da espera.

Pendientes están, por ejemplo, la tres guerras en Afganistán, Irak y Siria que recibirá de herencia. Al igual que el desafío de Pekín en el mar del Sur de China y las ambiciones del presidente ruso Vladimir Putin, que busca diezmar la hegemonía estadounidense a nivel global y su influencia en Europa y Europa del Este.

Internamente, las cosas tampoco lucen bien con las tensiones raciales al rojo vivo, al igual que amenaza latente del grupo terrorista Estado Islámico, y una situación económica que sin ser crítica sí parece estancada.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Washington
Corresponsal de EL TIEMPO
En twitter @sergom68

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