Editorial: El legado de Barack Obama

Editorial: El legado de Barack Obama

Se va un mandatario estadounidense que marcó la historia por sus raíces y su estilo.

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El próximo 19 de enero será el último día del primer mandatario afrodescendiente en la Casa Blanca.

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AFP

16 de enero 2017 , 09:38 a.m.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se va de la Casa Blanca el próximo viernes, dejando tras de sí una estela de marcas históricas –como el hecho ser el primer afroamericano en llegar a la Oficina Oval–, de carisma, de cercanía con la gente, y una forma de hacer política que inspiró a millones en el mundo.

Pero también se va con el riesgo inminente de que sus conquistas más sentidas, su legado, sean aplastadas por un Donald Trump que marcará su presidencia desandando lo ya andado en el octenio de Obama, como por ejemplo la reforma del sistema de salud, también conocida como ‘Obamacare’.

Un Trump que ya esta semana dio inquietantes señales del mundo que nos espera.

Con la despedida, también llegan los balances de un mandatario que fue distinto y al que nada le fue fácil, en especial cuanto tuvo que enfrentarse a un Congreso adverso. Y así, aunque no lo pudo lograr todo, Obama cumplió muchas de las promesas que se trazó en la campaña. Entre ellas, sacar al país de la profunda recesión económica que heredó, la peor desde la Gran Depresión de los años 20.

Luego de una tasa de desempleo que alcanzó a llegar al 10 por ciento, Obama le entregará a Trump un mercado laboral con niveles de desocupación inferiores al 4,7 por ciento, y habiendo generado casi 20 millones de nuevos empleos. Una cifra histórica.

Es de resaltar también que durante sus dos primeros años de gestión, y cuando aún contaba con mayorías legislativas, logró empujar la reforma de la salud que expandió el cubrimiento a 20 millones de personas que hasta ese momento no contaban con un seguro, y otra que impuso controles a Wall Street para evitar las prácticas que condujeron a la recesión.

En el campo internacional, marcó su estilo: se movió del unilateralismo que caracterizó al gobierno de George W. Bush hacia un nuevo modelo de cooperación que fue aplaudido por naciones aliadas. Así mismo, puso fin a la intervención militar de EE. UU. en Irak y se anotó la baja de Osama bin Laden, líder de Al Qaeda y responsable de los brutales ataques contra Washington y Nueva York en septiembre del 2001.

De igual importancia fueron el acuerdo al que llegó con Irán para poner en cintura su programa nuclear y la firma, el año pasado, en París, de un acuerdo para combatir el calentamiento global, como también una serie de regulaciones que autorizó para elevar los controles de las emisiones de carbono e impedir la explotación en parques naturales y reservas estadounidenses.

Pero no todo fueron buenas ejecutorias. Su parálisis frente a la guerra siria, la tragedia humanitaria que se desencadenó –que es comparada con las guerras balcánicas o el genocidio en Ruanda– y el permitir que su país fuera desplazado en la iniciativa diplomática por Rusia son, para muchos, uno de los más graves lunares de su gestión.

En lo social, tomó posiciones atrevidas y se convirtió en el primer mandatario de EE. UU. en respaldar el matrimonio homosexual y permitir que varios estados implementaran normas que autorizaron el uso de la marihuana con fines recreativos, pese a que las leyes federales prohíben expresamente su cultivo, tráfico y consumo.

También se la jugó al firmar una orden ejecutiva para frenar la deportación de miles de padres inmigrantes ilegales cuyos hijos nacieron en EE. UU. o llegaron allí siendo muy pequeños, norma que fue demandada y debe resolver este año la Corte Suprema de Justicia.

Con América Latina dio un timonazo vital al restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, para cerrar uno de los más prolongados capítulos de la Guerra Fría, una piedra en el zapato que obstaculizaba las relaciones de Washington con la región. Por este solo capítulo ya será recordado por la historia. Aunque en el tintero se le quedaron el cierre de la prisión de Guantánamo y el fin de la guerra en Afganistán.

Y en el caso de Colombia, Obama le apostó al proceso de paz con las Farc desde su mismo inicio, y hasta nombró a un enviado especial para que acompañara los diálogos. Hace exactamente un año, le propuso al Congreso de EE. UU. un plan para respaldar la implementación de los acuerdos que prevé una inversión de 450 millones de dólares. Y aunque primero a regañadientes, le pidió al Legislativo aprobar el tratado de libre comercio que se firmó con nuestro gobierno.

Volviendo a lo interno, el gran problema de Obama fue no haber podido traducir su gran popularidad (que culmina por encima del 55 por ciento) en el fortalecimiento del Partido Demócrata a nivel nacional. Deja a su colectividad en el peor estado que se recuerde desde la Guerra Civil: los republicanos controlan no solo la Cámara y el Senado (más la presidencia, por supuesto), sino 33 de las 50 gobernaciones del país.

Obama se va sin escándalos, sin investigaciones, iluminado por el brillo y el amor de su familia, como en una postal idílica que muy pocos líderes en la historia de esa nación se han dado el lujo de colgar.

editorial@eltiempo.com.co

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