La diplomacia de Trump: Entre eslóganes y propuestas

La diplomacia de Trump: Entre eslóganes y propuestas

Su relación internacional, el trato con Rusia y el desprecio a la OTAN pueden ser solo discurso

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Sondeos muestran a Trump como el presidente más impopular a días de su entrada en la Casa Blanca.

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Carlo Allegri / Reuters

19 de enero 2017 , 05:44 p.m.

Donald Trump insistía en la campaña presidencial que su política exterior va a tener como principio rector el “Estados Unidos primero”. Mensaje que sintonizaba con el eslogan de la gorra que lo acompañó a lo largo de sus correrías electorales el de “Hacer grande a Estados Unidos de nuevo”.

Pero si se esculca con atención, tanto el eslogan como el principio que se suponen rectores de la diplomacia estadounidense tienen mucha forma y poco fondo.

El principio de “Estados Unidos primero” puede interpretarse como la reivindicación de un liderazgo perdido o como la posición que debería ocupar el país norteamericano en el escenario global. Por su lado, la divisa de “Hacer grande a Estados Unidos de nuevo” rememora una gloria pretérita que debe retomarse o bien, que es una promesa por cumplir.

A pesar de esa confusión, hay declaraciones, acercamientos y alusiones emitidas por el magnate, hoy presidente, que sin importar su alto grado de histrionismo cómico y hasta ofensivo, señalarían el rumbo de la política internacional de los Estados Unidos.

Los temas que han marcado un protagonismo en su agenda diplomática son las alianzas estratégicas contra el terrorismo, la renegociación de los tratados comerciales y su acercamiento con Rusia.

Para centrar el debate sobre el combate al terrorismo ha manifestado, por ejemplo, que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es obsoleta.

(Lea aquí: Pese a las críticas de Trump, OTAN reitera su confianza en EE. UU.)

Es decir, que los beneficios concretos de la alianza han sido menores comparados con los altos costos políticos, económicos y diplomáticos que implica asumir el defenderse de las dinámicas terroristas trasnacionales cooperando con varios Estados.

Trump considera que lo percibido por Estados Unidos de la OTAN es poco porque la percepción de riesgo y amenaza es más alta que nunca para cualquier estadounidense. Ello lo justifica con la seguidilla de atentados terroristas que han sufrido miembros de la OTAN como Francia, Bélgica y Alemania.

Que Trump considere a la OTAN obsoleta para combatir el terrorismo indicaría dos rasgos de su manejo diplomático. El primero, que el sistema internacional es anárquico. Y, segundo, que en una competencia por la supremacía de los intereses estadounidenses, lo preferible sería una unilateralidad estadounidense que se traduzca en mayores beneficios que costos, bien sean político-económicos o militares.

El presupuesto de que el sistema internacional es hostil y competitivo justifica también la revisión de las estrategias de defensa conjunta con Japón y Corea del Sur, su llamado al aumento del armamento nuclear, la revisión del tratado que acercaba a Irán al sistema internacional y la de atacar con mayor “decisión” al Estado Islámico (como si Obama no lo hubiera hecho, tanto, que ejerció todo su mandato en guerra).

Estas políticas criticadas, eso sí, en campaña con la ferocidad propia de un candidato novato irían en consonancia con el principio de “Hacer a Estados Unidos grande de nuevo”.

Revisar los tratados comerciales coincidiría con el “Estados Unidos primero”. Que un poderoso fabricante de automóviles como Ford prefiriera producir en suelo estadounidense y no en el mexicano es una señal que Trump estaría cumpliendo, incluso antes de posesionarse.

Pero uno es el tono del baile con México y otro con China. Por ejemplo, Xi Jinping advirtió que una guerra comercial centrata en un proteccionismo estadounidense no beneficiaría a nadie. Por el contrario, encarecería las materias primas de los productos estadounidenses producidos en suelo chino. A todas luces, una decisión comercial poco acertada.

Del mismo modo, la revisión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) relativizaría los beneficios arancelarios, comerciales, de mano de obra barata, financieros y bursátiles que tan provechosos ha sido para los bancos estadounidenses, como JP Morgan y demás, con sus oficinas en México y Canadá.

Si el propósito de enarbolar la bandera del proteccionismo económico como postura diplomática es el de potenciar un “Estados Unidos primero”, Trump debe comprender que el Partido Republicano como dominador del congreso es un defensor del comercio libre y, por principio, no le facilitaría esos asomos económicos aislacionistas.

Confunde también la simpatía de Trump por Valdimir Putin y la multimillonaria estructura financiera de su Secretario de Estado, Rex Tillerson, en suelo ruso.

El presidente hoy posesionado afirmó que “solo un ignorante no querría una buena relación con Rusia”. Claro, puede tener razón, pero a los ojos de los legisladores estadounideneses ese acercamiento debe aclararse mejor y no solo con una simple descalificación.

¿Es un acercamiento para afirmar el poder de los Estados Unidos en Europa oriental? ¿Es un reposicionamiento de Estados Unidos ante el protagonismo ruso en flancos definitivos parta Occidente como Siria, Turquía o el Ártico?

Por esas dudas es que Marco Rubio, uno de los líderes más influyentes del Partido Republicano, ha manifestado sus reservas sobre Tillerson como jefe de la diplomacia estadounidense. Todo apunta a que con Rusia, la sentencia de los republicanos sería: política o negocios, pero en simultáneo no (aunque no parezca).

En suma, que Trump presuma que el sistema internacional es hostil a los intereses estadounidenses le puede servir para imprimir eslóganes en gorras y ganar elecciones.

Pero para estructurar una política diplomática unilateral que resuelva los desafíos migratorios, económicos y de lucha contra el terrorismo con la celeridad que se requiere, es poco probable.

Porque arranca su mandato con un profundo cisma en la sociedad estadounidense y una opinión pública sentida por sus ataques e imprudencias. Si bien tiene un legislativo amigo, es improbable que le sirva de amanuense y, para sortear esos escenarios, debe apuntalar su papel de gobernante y renunciar al del candidato polémico.

DIEGO DECIEL

PROFESOR DE CIENCIAS POLÍTICAS

UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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