Donald Trump, un presidente cada vez más autocrático

Donald Trump, un presidente cada vez más autocrático

Afirmaciones del mandatario de EE.UU. revelan serios complejos patológicos que guían su proceder.

Donald Trump, un presidente cada vez más autocrático

Los pocos republicanos electos que han alzado la voz con firmeza contra algunas de las prácticas de Trump están entre los legisladores en funciones que decidieron no postularse para la reelección.

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Victor J. Blue / Bloomberg

04 de agosto 2018 , 09:35 p.m.

Puede parecer que el presidente estadounidense, Donald Trump, no tenga mucho en común con el dictador norcoreano Kim Jong-un, pero sus tendencias autocráticas son más evidentes cada día. Planteos relacionados con el alcance del poder presidencial que en otros tiempos se hubieran considerado ridículos (constitucionalmente y según la práctica establecida) ahora se discuten como si fueran ideas normales.

Los padres fundadores de Estados Unidos quedarían horrorizados si vieran en qué han quedado las ideas consagradas en la Constitución estadounidense. Decididos a no instituir otro rey, dieron al Congreso más importancia que a la presidencia, y lo pusieron primero en la Constitución, mientras que los poderes presidenciales se definen en el artículo segundo. Ahora, Trump tiene en la mira un concepto esencial: que el presidente deba rendir cuentas a los ciudadanos.

El poder de la presidencia creció con los años, pero en la administración Trump el Congreso se volvió timorato y subordinado. Eso se debe a que los líderes del Partido Republicano (que controla la Cámara de Representantes y el Senado) le tienen miedo a la base electoral de Trump. No pueden darse el lujo de malquistarse con el 30 o 35 % de estadounidenses que respaldan a Trump, ignoran sus transgresiones personales, toleran la degradación a la que ha sometido el discurso cívico, aprueban el trato brutal que dispensa a las familias inmigrantes y no ven con preocupación que esté dejando al país prácticamente aislado.

Esa base constituye un porcentaje muy alto de los republicanos que votan en las primarias, donde se elige a los candidatos para la Cámara y el Senado. No sorprende entonces que los congresistas republicanos, temerosos de verse desafiados en las primarias del partido, sean renuentes a enfrentarse a esa base (algo que Trump viene cultivando). Mientras su base permanezca intacta, intacto seguirá en gran medida el poder de Trump.

Los pocos republicanos electos que han alzado la voz con firmeza contra algunas de las prácticas de Trump están entre los inusualmente numerosos legisladores en funciones que decidieron no postularse para la reelección. En su mayoría están cansados del profundo partidismo que infectó la política, dejando al Congreso casi paralizado. Pero las reivindicaciones de poder del presidente se han vuelto tan extraordinarias que, incluso, algunos republicanos leales comienzan a inquietarse.

La furia contra la idea monárquica que tiene Trump de la presidencia estalló hace poco, cuando The New York Times reveló cartas de los abogados del presidente al fiscal especial de Estados Unidos, Robert Mueller, quien encabeza la investigación sobre obstrucción de la justicia y posible colusión entre el equipo de campaña de Trump y Rusia. Sus abogados hicieron planteos asombrosamente amplios sobre la autoridad del presidente, y Trump tuiteó que estaba de acuerdo con varios de ellos, incluido que él puede indultarse a sí mismo (con lo que anularía cualquier acusación legal en su contra). Por supuesto, los que propugnan esa autoridad (incluido Trump) aseguran que no habrá razones para emplearla.

Esta semana, el presidente de la Cámara, Paul Ryan (hasta ahora un leal a Trump ), conmocionó al declarar que no le parecía prudente que un presidente se indulte a sí mismo.

Aprueban el trato brutal que dispensa a las familias inmigrantes y no ven con preocupación que esté dejando al país prácticamente aislado

Después de eso, Ryan, uno de los 44 representantes republicanos que se irán del Congreso al finalizar el mandato, emitió una declaración de independencia un tanto más audaz. Coincidió con el poderoso congresista conservador Trey Gowdy en el rechazo a la afirmación de Trump de que en 2016, el FBI infiltró espías en su equipo de campaña. Esta particular fantasía de Trump se basa en el hecho de que el FBI, como es práctica habitual, pidió a un informante prestar atención a vínculos sospechosos entre asistentes de campaña y algunas figuras rusas relacionadas con el régimen de Putin.

Los incesantes ataques de Trump al FBI, que destruyen carreras y desmoralizan una institución crucial para la seguridad de Estados Unidos, fueron demasiado para Gowdy. Pero Trump ya había logrado presionar al subfiscal general que supervisa la investigación para que, contra todos los precedentes, compartiera información muy delicada con congresistas aliados, dándose por sentado que estos la retransmitirían a la Casa Blanca; esto es todo lo contrario a la idea crucial de que el Congreso ejerce la supervisión del Ejecutivo.

Y los abogados de Trump argumentaron que sus poderes constitucionales son todavía más amplios. Insisten en que no se puede citar al presidente a comparecer ante un gran jurado, algo que están desesperados por evitar, no sea que su cliente (un mentiroso compulsivo y distraído) tenga que testificar bajo juramento, con riesgo de ser acusado de falso testimonio.

Pero la afirmación más estrafalaria la hizo el exalcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, que ingresó al equipo del presidente. Giuliani afirmó que Trump podría haber matado al exdirector del FBI James Comey en la Oficina Oval sin que se lo pueda acusar formalmente. Según la tesis de Giuliani, solo la Cámara de Representantes puede iniciar un proceso legal contra un presidente, mediante la figura de juicio político, para que luego el Senado eventualmente lo condene por mayoría de dos tercios (67 senadores), lo que hace muy difícil llegar a una destitución. De modo que, por ahora, los asistentes de Trump están concentrados en garantizar que tenga los 34 senadores republicanos necesarios para conservar el cargo.

Nadie fuera de la investigación sabe qué pruebas acumuló Mueller y qué sigue buscando. Entre tanto, el presidente trata de debilitar la confianza pública en la investigación con ataques rutinarios, y hasta cierto punto eficaces, mientras no deja de buscar pelea con los aliados más cercanos de Estados Unidos.

Las afirmaciones de Trump respecto del alcance cuasimonárquico de su poder no las hace por inocente, sino porque está aterrorizado y cada vez más desesperado. Entre tanto, los estadounidenses aguardan a que más republicanos se atrevan a alzar la voz.

Y los abogados de Trump argumentaron que sus poderes constitucionales son todavía más amplios. Insisten en que no se puede citar al presidente a comparecer ante un gran jurado

Las patologías psicológicas del mandatario, el problema real

Según expertos en salud mental, Trump padece Paranoia, falta de empatía y sadismo que se evidencian en sus constantes ataques políticos y personales, contra pobres y débiles y contra familias inmigrantes, entre otros.

Día a día, el presidente estadounidense, Donald Trump, intensifica sus ataques personales y políticos contra otros países y sus jefes de Estado, contra pobres y débiles, y contra familias migrantes. El ejemplo más reciente fue su defensa de la medida de separar a niños migrantes de sus padres. Aunque la indignación pública tal vez lo haya obligado a retroceder, su talante agresivo no tardará en hacerse ver en algún otro tema.

La mayoría de los analistas interpretan los estallidos de Trump como gestos para su base de seguidores, pavoneo ante las cámaras o bravuconadas para el logro de futuros acuerdos. Nosotros lo vemos de otro modo. A la par de muchos prestigiosos expertos en salud mental, creemos que padece diversas patologías psicológicas que lo convierten en un riesgo para el mundo.

Trump muestra señales de al menos tres rasgos peligrosos: paranoia, falta de empatía y sadismo. La paranoia es una forma de pérdida de contacto con la realidad en la que una persona percibe amenazas inexistentes; al combatirlas, el individuo puede poner en peligro a los demás. La falta de empatía señala a un individuo obsesionado con su persona, que ve a los otros como meras herramientas y es capaz de provocar daño a otros sin remordimiento si eso le sirve para lograr sus propios fines. El sadismo es experimentar placer en infligir dolor o humillación.

Creemos que Trump posee estos rasgos, y basamos nuestra conclusión en la observación de sus acciones, en su historia de vida conocida y en numerosos informes ajenos, aunque no contamos con una evaluación psiquiátrica independiente, algo que hemos pedido y seguimos pidiendo. Pero no necesitamos un examen detallado para darnos cuenta de que ya es un peligro creciente para el mundo. El conocimiento de la psicología nos dice que esos rasgos tienden a empeorar en individuos con poder.

Para justificar sus acciones agresivas, Trump miente incesantemente y sin culpa. De hecho, según un análisis del Washington Post, desde que asumió el cargo ha formulado más de 3.000 afirmaciones falsas o engañosas. Además, los íntimos de Trump lo describen como cada vez más propenso a ignorar cualquier consejo moderador de su entorno. No hay “adultos presentes” que puedan detenerlo, ya que se rodea de adulones corruptos y pendencieros dispuestos a obedecerlo.

No necesitamos un examen detallado para darnos cuenta de que ya es un peligro creciente para el mundo (...) esos rasgos tienden a empeorar en individuos con poder

Las enormes exageraciones de Trump en las últimas semanas revelan la gravedad creciente de sus síntomas. Sirvan de ejemplo sus reiteradas afirmaciones de que el impreciso resultado de la reunión con el líder norcoreano Kim Jong-un constituye el fin de la amenaza nuclear del régimen, o cuando mintió alevosamente diciendo que la separación a la fuerza de niños migrantes de sus padres en la frontera con México es atribuible a los demócratas y no a sus propias políticas. Esta mendacidad es patológica.

Puesto que Trump no tiene capacidad real de imponer su voluntad a otros, su accionar es garantía de un ciclo interminable de amenazas, contraamenazas y agravamiento de conflictos. Cualquier retirada táctica es seguida por nuevas agresiones; un ejemplo es el intercambio creciente de medidas comerciales entre Trump y un círculo cada vez más amplio de países y economías, que incluye a Canadá, México, China y la Unión Europea. Lo mismo puede decirse de la retirada unilateral de cada vez más tratados y organismos internacionales, incluidos el Acuerdo de París sobre el clima, el pacto nuclear con Irán y del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

La paranoia de Trump está generando un aumento de tensiones geopolíticas. Los aliados tradicionales, no habituados a tratar con líderes estadounidenses con graves deficiencias mentales, no salen de su asombro, y aparentemente los adversarios se están aprovechando. A muchos de sus partidarios, el descaro de Trump para mentir les parece audacia para decir la verdad, mientras analistas y líderes extranjeros tienden a creer que es reflejo de alguna estrategia política. Pero es un error tratar de “explicar” las acciones de Trump como racionales cuando es más probable que sean manifestaciones de problemas psicológicos graves.

La historia está llena de individuos con patologías mentales que acumularon inmenso poder presentándose como salvadores y luego se convirtieron en déspotas que causaron daño grave. La fuerza de su voluntad y sus promesas de grandeza nacional les atraen seguidores; pero la enseñanza de estos casos de ejercicio patológico del poder es que las consecuencias son inevitablemente catastróficas para todos.

No debemos permitir que el temor a un futuro desastre nos siga paralizando. Un líder con signos peligrosos no puede seguir siendo presidente, o será capaz de generar un daño devastador. Cualquier medida apropiada para eliminar el peligro (las urnas, el juicio político o la invocación de la 25.ª enmienda de la Constitución estadounidense) nos ayudará a estar a salvo otra vez.

Jeffrey Sachs y Bandy X. Lee Nueva York
Jeffrey Sachs es director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia. Bandy X. Lee es psiquiatra forense de la Escuela de Medicina de Yale y directora de proyectos para la Organización Mundial de la Salud.

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