Nacionalista, populista y 'antipolítico': el discurso de Donald Trump

Nacionalista, populista y 'antipolítico': el discurso de Donald Trump

El nuevo presidente de EE. UU. prometió priorizar la política interna durante su gobierno.

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Tras prestar juramento, Trump se dirigió como nuevo presidente de Estados Unidos por medio de un discurso que no superó los 20 minutos. Sus seguidores lo aplaudieron.

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Erik S. Lesser / EFE

20 de enero 2017 , 02:22 p.m.

Los primeros colonos que llegaron a territorio de lo que hoy es Estados Unidos se inspiraron en una doctrina que, con el tiempo, se conoció como el ‘destino manifiesto’. Esto significa, palabras más, palabras menos, que la nación conformada en aquel sitio tiene y tendrá como misión y destino ser grande.

Durante su discurso de posesión, Donald Trump volvió a ese principio fundacional de los Estados Unidos. Sin embargo, esa grandeza, que en el pasado ha implicado presencia del país incluso en territorios por fuera de sus fronteras, tiene con el nuevo presidente un matiz distinto. Para Trump, hay que “recuperar” la grandeza hacia adentro, poner a Estados Unidos como prioridad.

Tres rasgos marcaron las palabras con las que el republicano recibió el poder este viernes en Washington. El primero de estos fue el nacionalista, cuya idea más fuerte es la protección de las fronteras y de la industria de Estados Unidos.

“Hemos tenido una industria a expensas de nuestros estadounidenses, hemos subsidiado a otros países mientras permitimos que se elimine nuestro poderío militar, hemos defendido las fronteras de otros países al tiempo que nos negamos a defender nuestras fronteras y hemos gastado millones y millones de dólares en el exterior, mientras la infraestructura estadounidense ha caído en un grado terrible de destrucción”, aseguró Trump.

Según Trump, Estados Unidos hizo ricos a otros países mientras su propia riqueza se perdía, sus fábricas cerraban y sus trabajadores quedaban en condiciones precarias. Este discurso, de hecho, ha sido explicado como una de las razones del triunfo electoral de Trump, al abanderar un problema que ha afectado a cientos de estadounidenses en estados que debían su esplendor a una época de bonanza económica, perdida a causa de la globalización.

“La riqueza de la clase media se ha salido de nuestros hogares y la hemos distribuido por todo el mundo, pero ese es el pasado, ahora es el futuro”, aseguró Trump. Y continuó: “Tenemos que defender nuestras fronteras de los problemas de otros países que se roban nuestras compañías y destruyen nuestra fuerza laboral”.

En ese sentido, dijo que su gobierno no está interesado en imponer su modo de vida a nadie: “Vamos a buscar amistades y buena voluntad con las naciones del mundo, pero lo haremos con la comprensión de que es derecho de los países proteger sus propios intereses primero”.

Comprar nacional, contratar nacional, priorizar la recuperación de la industria y dar empleo a los estadounidenses son los pilares del tono nacionalista de Trump, presidente de un país cuyos movimientos y decisiones, sí o sí, afectan al resto del mundo.

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En sintonía con ese rasgo está el segundo: el populismo. Trump hizo múltiples menciones al pueblo, habló de cara a sus votantes. Habló de lealtad, de patriotismo, de sueños… “Somos una nación, y su dolor (el del pueblo) es nuestro dolor, sus sueños son nuestros sueños y sus éxitos serán nuestros éxitos. Compartimos un corazón, un hogar y un glorioso destino”, advirtió.

Su promesa, de nuevo, apunta al destino de ser grandes, el ‘destino manifiesto’. “Primero Estados Unidos, primero Estados Unidos”, insistió.

Una de las expresiones de mayor tono populista aludió, además, a la definición misma de la democracia: “Hoy no estamos simplemente transfiriendo el poder de un partido a otro. Estamos transfiriendo el poder de Washington y regresándolo a ustedes, el pueblo”, aseguró.

"Para muchos de nuestros ciudadanos la realidad es muy diferente: madres y niños atrapados en la pobreza en nuestras ciudades remotas; fábricas oxidadas dispersas como lápidas en el paisaje de nuestra nación; un sistema educativo, pleno de dinero, pero que deja a nuestros jóvenes y hermosos estudiantes privados de conocimiento; crimen, pandillas y drogas que se han llevado demasiadas vidas y le han robado a nuestro país demasiado potencial. Esta carnicería estadounidense se detiene aquí y en este momento", prometió.

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Trump aprovechó para decir que el pueblo está por encima de los partidos y que, por tanto, no es qué partido gobierne lo que importa, sino cómo el pueblo controla al gobierno: “El 20 de enero de 2017 será recordado como el día en que el pueblo se convirtió en el gobernador de esta nación una vez más”, fue una de sus líneas más contundentes.

Además de proteccionista, nacionalista y populista, el discurso de Trump se fue lanza en ristre contra la clase política tradicional, en consonancia con lo que él mismo representa, un político no-político.

Trump no tomó su llegada al poder como un asunto partidista. Lo que se lee en sus palabras, lo que celebró fue que, según él, les había arrebatado el poder a los políticos que habían logrado prosperidad a costa de la precarización del pueblo.

“No vamos a aceptar a los políticos que solo hablan y no toman medidas, o que se sientan a quejarse y nunca hacen nada al respecto. La hora de las charlas vacías ha terminado. Ahora es el momento de la acción”, aseguró el presidente 45.° de los Estados Unidos.

Estos rasgos llevaron a que algunos analistas compararan en medios internacionales a Trump con cualquier líder suramericano; otros tantos señalaron la repetición de lugares comunes de su discurso. Ciertas o no estas afirmaciones, la intervención de Trump fue coherente con el mensaje de su campaña y con los valores que llevaron a que la mayoría de estadounidenses se conectaran con él en las urnas.

Combinó un tono de confrontación con el poder tradicional con la posibilidad de reconciliarse y unirse como el país, y dejó por fuera las alusiones de odio que tanta visibilidad le dieron en meses pasados. Esta es la política estadounidense versión Trump que ya está marcando el camino por el que seguirá el rumbo de Estados Unidos en la era que comienza.

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