Estados Unidos, la victoria de la ira

Estados Unidos, la victoria de la ira

Por qué a los estadounidenses 'olvidados' se les acabó la paciencia y salieron a votar a Trump.

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Partidarios de Donald Trump reunidos en Lackawanna College en Scranton, Pennsylvania.

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AFP

13 de noviembre 2016 , 04:20 a.m.

El martes 8 de noviembre, cientos de millones de personas en todo el mundo estaban pegadas a sus pantallas, observando cómo se desenvolvía una contienda electoral en la que no eran más que convidados de piedra. CNN obtuvo los ‘ratings’ más altos en la historia de la televisión por suscripción para una noche de elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Igual ocurrió con las grandes cadenas globales, como BBC y Fox.

A ninguno de estos televidentes se le escapaba que aquello que estaba en juego no era simplemente quién sucedería a Barack Obama en la Casa Blanca. Todos sabían que lo que ocurriera definiría el curso el futuro inmediato de sus propias vidas. Y ante una decisión de semejante magnitud, no tenían opción distinta que morderse las uñas, orar y cruzar los dedos.

En la madrugada del día siguiente se supo que lo impensable había ocurrido: Donald Trump, el millonario de la finca raíz, el propietario, hasta hace poco, del concurso de Miss Universo, el rey de los ‘realities’, el incontinente verbal, el misógino sexista, el racista xenofóbico, había derrotado –contra todas las expectativas– a la sensata, sesuda y serena estadista Hillary Clinton, para convertirse así en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos.

Tratar de dilucidar qué se esconde detrás de este tsunami electoral da indicios de las fuerzas ‘tectónicas’ que subyacen la definición de la política doméstica gringa y, lo que es más importante para nosotros, la manera en que se van a moldear las relaciones exteriores de ese país en los próximos cuatro años. Ineludiblemente, la agenda externa de los Estados Unidos ha quedado anclada en los factores que le dieron la victoria a Trump.

No fue por casualidad

Sigilosamente, las tendencias sociales en los Estados Unidos desde finales del siglo pasado tienen mucho que ver con la gestación del Frankenstein electoral que se vivió el martes pasado. Un estudio sobre la evolución de la clase media gringa, realizado por el Pew Research Center, confirma que la participación de la clase media en el total del ingreso nacional pasó de 62 por ciento en 1970 a 43 por ciento en el 2014. En el mismo periodo, la clase alta pasó de recibir el 29 por ciento de los ingresos al 49 por ciento del total.

(Además: Los vicios de la democracia y de la concentración del poder / Opinión)

La cifra de adultos que viven en hogares de clase media pasó de 61 por ciento en 1971 a un poco menos del 50 por ciento el año pasado. Igualmente preocupante, la de los adultos que viven en hogares de ingresos bajos pasó de la cuarta parte del total a prácticamente la tercera parte de los adultos estadounidenses. Estas cifras ilustran dramáticamente el desmantelamiento y empobrecimiento paulatinos de la clase media. La pérdida constante de ingresos acumula frustraciones que tarde o temprano son inatajables.

Los olvidados
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Recorrer los pueblos y condados de lo que otrora fuera el corazón vibrante de la industria manufacturera estadounidense es deprimente. El ‘rust belt’ (literalmente, el ‘cinturón del óxido’) es una media luna geográfica que se inicia en Nueva Inglaterra y se desplaza al oeste hacia el centro del país, pasando por los estados de Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania, Virginia del Oeste, Ohio, Indiana, Míchigan, Illinois, Iowa y el sur de Wisconsin. Allí están aún en pie las bodegas abandonadas, las fábricas silenciadas, los monumentos a la era de la grandeza, los restos deshuesados de una época de prosperidad que les permitió a millones de familias trabajadoras convertirse en una acomodada clase media.

El drama humano que se observa es peor que el paisaje devastado. Las víctimas de la desindustrialización se han ido hundiendo poco a poco en la pobreza y el resentimiento. Son en su mayoría familias de raza blanca, generalmente demócratas y con tradición obrera de afiliación sindical. Esos mismos hombres y mujeres, que orgullosamente producían carros, maquinaria, acero, farmacéuticos, hoy están volteando hamburguesas o vegetando en los andenes.

(También: Nueva protesta en apoyo a 'insultados por Trump' en Nueva York)

Como concluye el analista Adams Nager, “entre el 2001 y el 2010, la economía americana perdió 33 por ciento de los empleos manufactureros, aproximadamente 5,8 millones, lo cual equivale realmente a un declive del 42 por ciento del empleo industrial si se corrige por el incremento en la fuerza laboral”.

En 1980, los Estados Unidos tenían aproximadamente 20 millones de empleos manufactureros. En el 2014 se llegó a 12,3 millones, con una leve recuperación que ocurrió por fuera de las zonas industriales tradicionales. El culpable de esta debacle tiene un solo nombre en la mente de los votantes. Es la globalización. Bill Clinton y Barack Obama defendieron e impulsaron el libre mercado abriendo la puerta para que el populismo conservador secuestrara la agenda proteccionista con la retórica de la antiglobalización, tradicionalmente una bandera del Partido Demócrata. Ese fue un golpe mortal para Hillary.

Contra todos los pronósticos, los estados de Pensilvania, Ohio, Iowa, y Wisconsin –que votaron por Obama en las elecciones anteriores– se voltearon a favor de Trump. Esto le costó a Hillary Clinton –según análisis de ‘The Washington Post’– 54 votos al Colegio Electoral. Por ejemplo, los demócratas no habían perdido una sola elección presidencial en Pensilvania desde 1980. A los olvidados de la desindustrialización se les acabó la paciencia.

De la esperanza a la ira
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El descontento y el resentimiento acumulados como resultado de las transformaciones económicas y sociales descritas tuvo una manifestación contundente dentro de la tradición electoral convencional. Se trató de la elección y reelección de Barack Obama. La promesa de un cambio real, en combinación con su carisma y el hecho de ser el primer presidente negro, le dio una inmensa credibilidad. Con él triunfó la esperanza. Más que por sus ideas, Obama ganó porque galvanizó en su momento a las fuerzas que hoy, paradójicamente, le dieron la victoria a Trump.

La historia reconocerá a Obama como uno de los mejores presidentes de los Estados Unidos. Sin embargo, la esperanza nutrida por expectativas infladas degeneró en un sentimiento de frustración entre las audiencias que le habían apostado a que por su origen racial se tenía una garantía de transformaciones mucho más audaces. La burbuja de esperanza de Obama se transformó en ira profunda.

El populismo proteccionista de Trump, su ofensiva contra los percibidos enemigos de la clase media, como son México, China, la globalización, la inmigración, los TLC... le dieron voz a esa ira. Esa rabia rompió los diques de la política convencional. Sin reparo a su historia de votación, o a su afiliación partidista, o a sus convicciones, o a su ideología, millones de votantes se volcaron hacia el candidato republicano.

El tiempo perdido

La seguridad nacional es una obsesión para los gringos. La ilusión de que su territorio era invulnerable desapareció con la destrucción de las Torres Gemelas. Ese acto terrorista conmovió lo más profundo de las convicciones de los estadounidenses. Después de varias guerras, luego de gastar billones de dólares, de miles de muertos, los gringos no se sienten hoy más seguros. Además, las tendencias aislacionistas van en ascenso, creando el sentimiento de que el activismo internacional les ha costado demasiado a los Estados Unidos.

Trump capturó fácilmente ese sentimiento a su favor. Con ideas estrafalarias como dotar de armas nucleares a Corea del Sur y a Japón, bombardear con Rusia al Isis, salirse de la Otán y dejar de ser la policía del mundo, se adueñó de ese electorado. Mientras tanto, la señora Clinton no pudo huir de la estigmatización ni de la camisa de fuerza de haber sido Secretaria de Estado.

(Además: El plan de medidas que Trump ya tiene listo para el 2017)

Trump tuvo la habilidad de sintetizar en símbolos los miedos atávicos de los estadounidenses. Exacerbó la tradicional xenofobia de los votantes blancos no educados señalando a la comunidad musulmana como un enemigo interno, apalancando así la ignorancia proverbial de esos votantes.

Toche contra guayaba

El estilo convencional de Hillary para hacer política no caló electoralmente frente a un Trump criado en el ‘showbiz’, con capacidades histriónicas evidentes y sin ningún reato para usar la mentira, la tergiversación y la exageración como arma de guerra. Hillary en materia de comunicaciones se mostró siempre fiel a sus convicciones liberales. Fue demasiado jefa de Estado, políticamente correcta hasta el extremo.

Esa diferencia en la manera de comunicar contribuyó al ascenso de Trump, ya que en los ‘sportsbars’, en las cacerías en Montana, en los pantanos de la Florida se le sentía como “uno de los nuestros”. Eso le dio una especie de inmunidad frente a las múltiples bestialidades que dijo durante la campaña. Clinton no logró realmente cobrarle electoralmente sus desatinos.

La venganza de Moby Dick

En la magistral novela de Herman Melville, ‘Moby Dick’, en la que el poderoso pero escurridizo cachalote albino se hastía de las injurias, la persecución y el acorralamiento del capitán Ahab, estalla en furia y hunde su barco. Algo similar ocurrió con los votantes de raza blanca que, por encima de cualquier consideración, se decidieron a hundir la candidatura de Hillary Clinton. Como Moby Dick, finalmente lo lograron.

Según los analistas, “Trump ganó entre los blancos sin grado universitario por una ventaja de 39 por ciento, pero también obtuvo una mayoría de 4 por ciento entre los blancos con grado universitario. Ganó el voto de los blancos de la clase obrera, pero también la mayoría de los de la clase media. Energizó la mayoría blanca y canalizó toda su fuerza contra el declive demográfico de largo plazo”.

Hacia el futuro, como siempre, nadie sabe qué pueda ocurrir, pero Trump juzgará sus decisiones ante todo con un ojo puesto en estas tendencias que le dieron la victoria. La campaña de su reelección ya empezó.

GABRIEL SILVA LUJÁN
Especial para EL TIEMPO

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