El mundo se quedó sin Kim Jong Il, el dictador atómico
Por: ÁNGEL VILLARINO | 10:20 p.m. | 18 de Diciembre del 2011
Su muerte replantea la geopolítica regional y, paradíjicamente, no alivia la tensión.
El también llamado "dictador atómico", Kim Jong Il, líder de Corea del Norte durante 17 años, era percibido como una de las figuras políticas más peligrosas y desestabilizadoras del panorama internacional.
Sin embargo, ahora que ha muerto, parece que todos lo extrañan. Por paradójico que pueda sonar, diplomáticos y analistas creen que sin Kim Jong Il la situación de la península coreana es aún más incierta.
"(En Corea del Norte) la transición de una aparente estabilidad al colapso puede ser ahora veloz", advirtió Bruce Bennet, experto de International Security.
También las bolsas reaccionaron a la baja y cayeron, sobre todo en Extremo Oriente, al hacerse pública la noticia de su muerte.
Los analistas aseguran que el regimen tiene por delante una transición complicadísima, con un joven imberbe al frente (el hijo pequeño del fallecido dictador, Kim Jong Un) y un Ejército que debería encargarse de tutelar el proceso sin caer en luchas de poder.
Como último factor de riesgo está por ver cómo reacciona la población, especialmente los militares, ya que nadie da por sentado que mantengan lealtad ciega a la "dinastía Kim".
A las tensiones internas hay que sumar las muchas presiones externas.
China, lo más parecido a un aliado que tiene Corea del Norte, se despidió cariñosamente de Kim Jong Il y, acto seguido, se puso manos a la obra para asegurarse de que no haya sobresaltos.
La embajada norcoreana de Pekín fue acordonada ayer por policía y no dejaron de entrar autos con los cristales tintados a su enorme recinto, señal de que los contactos diplomáticos al más alto nivel fueron intensos durante todo el día. Paralelamente, se lanzó una campaña de control informativo.
Según fuentes académicas, consultadas por EL TIEMPO, analistas y medios de comunicación chinos han recibido la estricta orden de no despegarse ni un milímetro de la postura oficial.
El gigante asiático, cuyo presidente, Hu Jintao, podría ser el único mandatario extranjero invitado al funeral que se celebrará en Pyongyang el 28 de diciembre, parece determinado a ejercer de hermano mayor.
En el otro extremo se encuentra Estados Unidos, escoltado por sus dos grandes aliados en la zona: Japón y Corea del Sur. Los tres países mostraron su inquietud y se han mantenido constantemente al habla desde que se hizo pública la noticia del fallecimiento.
Consciente del delicado momento por el que atraviesa su complicado 'hermano' del norte, Seúl puso ayer oficialmente a su ejército en alerta.
Según fuentes de la inteligencia citadas por la prensa de Corea del Sur, el régimen norcoreano habría estado realizando pruebas con misiles pocas horas antes de anunciar la muerte del dictador.
"Necesitamos ver los riesgos que entraña la sucesión y evaluarlos", admitió Osamu Fujimora, jefe de Gabinete del Ejecutivo nipón.
Ni en Washington, ni en Tokio, ni mucho menos en Seúl, interesa lo más mínimo que Corea del Norte colapse o entre en una espiral agresiva.
Uno de los principales motivos es el miedo a que su enorme arsenal (no sólo atómico) salga al mercado internacional y acabe en manos aún más peligrosas que las de Kim Jong Il.
Por sí mismos también asustan los 1,3 millones de soldados armados del ejército norcoreano que quedarían fuera de control si se produce una implosión.
Experiencias como la desmembración de la Albania de Enver Hoxha demuestran que los regímenes empobrecidos y sometidos a fuerte control social tienen un peligro enorme de entrar en una espiral de anarquía y explosión una vez desaparece la autoridad central.
De toda la comunidad internacional, sólo algunas asociaciones humanitarias han preferido ver el vaso medio lleno y mostrarse esperanzadas por la oportunidad que el cambio trae para los norcoreanos.
"Kim Jong Il será recordado por su masiva y sistemática opresión (...). Al asumir el liderazgo, Kim Jong Un debería romper con el pasado y poner los Derechos Humanos de los norcoreanos por delante, no por detrás", aseguró Kenneth Roth, director ejecutivo de Human Right Watch.
Ángel Villarino
Para EL TIEMPO
Pekín




