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¿Qué le espera a Libia si cae el régimen de 42 años de Gadafi?

Por: ANTONIO ALBIÑANA | 11:04 p.m. | 24 de Agosto del 2011

Análisis de la actual situación política y social tras la incursión rebelde a Trípoli.

Durante una visita a Libia, en los años 80, me sorprendió ver a comerciantes de la Medina de Trípoli, vendedores de especias o de artesanías cerrar sus tiendas e irse camino a casa con el fusil Kalashnikov al hombro.

Consciente de la debilidad de su ejército, Muamar Gadafi creó estructuras paramilitares y milicias secretas que hoy resisten a los rebeldes. Igual sucede en su natal Sirte y en Al Jumus. Pero el final del estrambótico coronel Gadafi, que sometió por más de 40 años a un país más extenso que Colombia, con una población que supera los 6 millones, parece estar cerca, tras el asalto, el pasado martes, a su casa cuartel de Bab el Azizia. No será el final de la guerra civil libia. En la capital se combate casa por casa y hay barrios, como Tajura, Fashlum o Suj el Juma, que siguen resistiendo.

Después, todo puede suceder: ¿cómo reorganizar y normalizar un país sin sociedad civil real, con estructuras tribales irreconciliables? Por ejemplo, los tripolitanos de la capital jamás se van a dejar gobernar por los cirenaicos llegados de Bengasi con el apoyo de la Otan. Libia, como gran parte de África, sigue con los estigmas de independencias concedidas a medida de las metrópolis del norte. Colonizadores feroces, los italianos unieron bajo su férula tres regiones naturales, la Tripolitana en el oeste, la Cirenaica en el Este y la desértica Fezzan del suroeste, conjunto que se denominó la 'Noráfrica italiana'. Eliminado el fascismo mussoliniano, la ONU concedió, en 1951, la independencia a lo que se denominó Libia.

A fines de los 60, se extendió por el mundo árabe una oleada de movimientos nacionalistas y renovadores, similares en cierto modo a los que sacuden hoy la región, para exigir cambios democráticos. Entonces, el modelo era el egipcio Gammal Abdel Nasser. En Libia, el relevo lo asumió, en 1969, un oscuro capitán del cuerpo de señales que, como líder de un grupo de oficiales rebeldes, desalojó al rey Idris en un golpe incruento. Se llamaba Muammar Gadafi y procedía de una tribu de beduinos de Sirte.
Tenía 27 años. (Infografía acerca de los diferentes ataques de los rebeldes)

El oficial se ponía al frente de una nación poblada por 140 tribus, de las cuales tres poseen verdadero poder decisorio: la mayoritaria, los Warfalla, con más de un millón de integrantes y dominio en la Cirenaica (capital Bengasi); los Gaddadfa, de la región de Trípoli, a la que pertenece el dictador, y los Maqarha.

Con ellas forjó Gadafi un pacto de gobernabilidad mediante el reparto de poder y un sistema de vigilancia mutua. Asegurada su autoridad, empezó a idear un régimen personalista que aunaba vocación dictatorial y retórica populista. En 1971, creó los "consejos populares" y unos meses después promulgó una ley que prohibía la disidencia y toda actividad política. Ese mismo año, apareció el Libro verde, guía para "una democracia perfecta" a escala universal.

Y empezaron sus delirios de influencia mundial, por medio la financiación de movimientos de liberación o de puro terrorismo que le aseguraban la difusión de sus principios o simplemente un cierto chantaje a las grandes potencias. Desde el sandinismo nicaragüense a los separatistas vascos de Eta. De Colombia llegaron para recibir entrenamiento algunos miembros del Epl, pero la durísima vida en el desierto y la disciplina inhumana, que incluía tragar tierra ante cualquier fallo en las pistas de entrenamiento, indujo a los colombianos a repatriarse.

Se produjo, también, una oleada de atentados criminales, que Gadafi se atribuyó para presumir de poder, aun cuando, según analistas, la intervención decisiva en ellos procedía de los servicios de Siria o Irán. Entre ellos, los perpetrados en los aeropuertos de Roma y Viena (1985), el atentado contra una discoteca en Berlín frecuentada por soldados estadounidenses (1986) y la bomba que estalló en pleno vuelo de un avión de la Pan Am, cuando sobrevolaba Lockerbie (Escocia), con un saldo de 270 víctimas.

Esto acabó la indulgencia con el ya coronel Gadafi. La ONU impuso sanciones económicas y diplomáticas a Libia, mientras que aviones de EE. UU. bombardearon a Trípoli y Bengasi, acciones en las que mataron a decenas de personas, incluida una hija adoptiva del dictador.

Así, vino la "caída del caballo" del líder, ante la situación que hacía tambalear su régimen. Declaró la guerra a los islamistas y se puso de acuerdo con EE. UU. para perseguir a Al Qaeda, que tenía su principal semillero en Libia, tras los atentados del 11-S. Antes, había entregado a los presuntos autores del atentado de Lockerbie y conseguido el levantamiento de las sanciones de la ONU, para lo cual se ofreció a indemnizar a las víctimas.

En el 2006 se restablecieron las relaciones diplomáticas con George W. Bush, que lo felicitó públicamente por su "contribución a la paz en el mundo" y le envió a su canciller Condolezza Rice a Trípoli.

En la nueva etapa de su proyección internacional, encargó a su sastre de París una colección de túnicas y capas con las que, añadiendo turbantes tribales, compuso una de imagen de beduino de lujo. Se hizo aplicar bótox y empezó relaciones con las presidencias más influyentes del mundo democrático, engrasadas por los hidrocarburos que fluyeron sin cesar. Reino Unido, Estados Unidos, Francia, España, Italia, se rindieron a sus pies.

Según el diario The Guardian, en el 2010 el Estado libio llevaba invertidos 70.000 millones de euros en el extranjero. El portafolio controlado por Gadafi lo convertía en la tercera potencia en inversiones en Italia, incluida la petrolera ENI y la industria aeroespacial.

Invitado especial de Barack Obama a la cumbre del G-8, en el 2008, recorrió después con su tienda de campaña y su séquito las potencias europeas. Se instaló en los jardines del Palacio de la Moncloa, en Madrid; luego, en los de Villa Doria en Roma. En Francia, prolongó por semanas su estancia oficial, con correrías nocturnas impresentables. De Gran Bretaña, donde financia algunas de sus universidades más prestigiosas, recibió los mejores elogios y visitas.

A mediados de febrero pasado, Gadafi, de seguro aconsejado por gente de su entorno que hoy posa en las filas rebeldes como "demócratas de toda la vida", la embarró de nuevo, por usar la expresión colombiana, esta vez para siempre.

Las fuerzas militares y de Policía atacaron a sangre y fuego a los miles de manifestantes que salieron a las calles, influenciados por la oleada de protestas en los vecinos Túnez y Egipto. Eran jóvenes, profesionales, estudiantes y profesores, entre los que se mezclaban algunos 'barbudos' religiosos. La represión siguió por días, hasta que se produjo la detención en Bengasi de Fethi Tarbel, abogado de las familias de los 1.200 presos ejecutados en la cárcel de Abu Selim de Trípoli, en 1996. Fue el detonante.

La Liga Árabe pidió a Naciones Unidas que tomara cartas en el asunto y sancionara a Libia. El Consejo de Seguridad adoptó una resolución ambigua que autorizaba a usar "todas las medidas necesarias para proteger a los civiles libios" y previendo el establecimiento de una "zona de exclusión aérea". Se abstuvieron Brasil, Rusia, India y China, pero no ejercieron el derecho a veto quienes podían hacerlo. Obama esperaba otra cosa, el veto a una resolución que firmaba de mala gana Estados Unidos y cuyo veto por Rusia o China le hubiera permitido lavarse las manos. Jamás hubiera repetido el error de Bush de montar una guerra al margen de la ONU. (Vea una galería de los rebeldes libios recorriendo las calles en busca de Gadafi)

La anécdota de la guerra libia de los últimos meses la conocen los lectores. A fines de la pasada semana, urgidos por Francia y Gran Bretaña, que gastan cada día más de un millón de euros en la contienda, y ante el previsible desgaste en la coordinación rebelde, la Otan emprendió un tour de force para producir la toma de la Trípoli.

Precedidas por los aviones de la Alianza, las fuerzas rebeldes llegaron fácilmente al corazón de la capital, enfangada hoy en una sangrienta contienda casa por casa, en la que se incluyen saqueos y venganzas contra los que alertó ayer el propio secretario general de la ONU, Ban ki Moon.

El analista Carlos Enrique Bayo recuerda el mandato que recibió la Otan de la ONU: "Proteger la vida de la población civil que estaba siendo masacrada por las tropas de Gadafi" y ahora hay que proteger a los civiles de Trípoli, aunque haya que bombardear a los aliados. Y advierte que el vacío de poder puede conducir a "venganzas sanguinarias y saqueos, tal como ocurrió en Irak tras la caída de Saddam Hussein".

El fin de la ominosa dictadura gadafista no tiene vuelta atrás. Ningún analista apunta a un sistema democrático o a la formación de partidos en un futuro previsible. (Vea una galería de hombres poderosos que cayeron por la fuerza)

El profesor de la Universidad de Túnez Moncef Uannès, autor del libro de referencia Militares, élites y modernización en la Libia contemporánea, plantea tres puntos para una especie de hoja de ruta en la era post Gadafi: "Apaciguar la sed de revancha, crear las mínimas estructuras participativas para fomentar el diálogo y alcanzar una plataforma común y unas nuevas reglas del juego entre el mayor número posible de libios de dentro y fuera del país".

Para el filósofo Bernard Henry-Levy, que ha acompañado en las últimas semanas a los rebeldes, "las alternativas son claras. O la demencia terrorista o la humilde, paciente, difícil e interminable invención de la democracia".

ANTONIO ALBIÑANA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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