Sorpresa y decepción en Rusia: se derrumbó el muro alemán

Sorpresa y decepción en Rusia: se derrumbó el muro alemán

El vigente campeón del mundo perdió 2-0 contra Corea y quedó afuera en primera ronda.

Selección Alemania

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AFP

27 de junio 2018 , 08:47 p.m.

Alemania llegó a Rusia como un poderoso tanque invasor. Sembró el terror y hondeó su bandera victoriosa, la del actual campeón mundial, sin siquiera empezar a jugar. No se dio cuenta de que sus cañones estaban oxidados. No se enteró de que su coraza no estaba blindada. No se percató de que llevaba una tropa de ojos vendados. La batalla sobre el césped le duró tres episodios en los que solo aplastó los pronósticos y las apuestas. Este miércoles, el tanque dio reversa y abandono el Mundial. Se fue sin gloria.

La famosa sentencia del exfutbolista inglés Gary Lineker quedó destrozada. Alguna vez dijo que el fútbol es un deporte en el que juegan 22 hombres y siempre gana Alemania. Su memorable frase fue patentada una y otra vez, y ratificada en Brasil 2014. Pero ayer el propio Gary se vio obligado a modificar su axioma: “Al final ya no gana Alemania”, corrigió con el humor que hoy se permite un inglés.

La campeona decepcionó hasta a los más optimistas. Tuvo un mundial sin epopeya. El tanque se fue a un barranco en el primer partido contra México, el que perdió 1-0. Ahí los demás rivales supieron que la campeona no era invencible. Luego sobrevivió contra Suecia gracias a un gol de Kroos cuando el reloj ya moría, fue un 2-1. Pero este miércoles fue emboscado por los luchadores coreanos, que dejaron la vida para salvar su honor –y porque creían que estaban clasificando a octavos–. El caso es que los asiáticos jugaron como si tuvieran sombrero charro y tocaron serenata. Le ganaron 2-0 a Alemania, dieron la gran sorpresa del Mundial y de paso le ayudaron a México a clasificar a octavos.

Los rivales alemanes se prepararon durante meses, quizá desde el sorteo, para resistir esa ofensiva, para desafiar esa imponencia, para vulnerar esa estrategia. Y parece que Alemania no se preparó ni para vencerse a sí misma. Llevaba seis partidos amistosos previos al Mundial y solo ganó uno, a la débil Arabia Saudí. Tal vez apeló a su camiseta inflada y a la frase de Lineker para triunfar en Rusia, y se estrelló contra la nueva realidad: un mundial que ya no admite favoritos ni pronósticos.

Una Alemania sin alma

Alemania dependía de Alemania, y del otro partido. Primero tenía que vencer a Corea y no lo hizo. Y lo peor es que no se le vio la grandeza ni el esfuerzo ni el corazón, que pareció un órgano congelado. Su juego fue anodino. Si contra Suecia esperó con paciencia hasta encontrar la victoria en el epílogo del juego, contra Corea su paciencia fue extrema y desesperante. Al minuto 90 todavía iban 0-0 y no parecía enterarse de que el Mundial se le acababa. Como si confiara en que tarde que temprano iba a ganar. Insistió con el ataque aéreo, con sus cabezazos sin dirección, con sus remates sin optimismo, con su amplia posesión de balón sin resultado (un 70 por ciento). Fue una posesión para preparar la derrota.

Al minuto 93 Corea le castigó su indiferencia con el primer gol, uno que el VAR se encargó de validar con justicia, porque Kroos, como no pudo anotar en el arco rival como lo hizo contra Suecia, le hizo un pase gol a Kim y lo habilitó. Y al 96, Corea anotó el segundo tanto, cuando el portero Neuer fue a buscar la hazaña que no hacían sus compañeros y dejó su casa sin vigilancia. Son, el veloz atacante coreano, atravesó la cancha desde la mitad para cazar la pelota y ponerla a dormir en el desprotegido arco alemán.

En resumen, esta fue una Alemania indiferente, más que el uniforme verde oliva con el que selló su eliminación. El campeón dejó en Rusia el rostro de la conformidad. Como si haber ganado en Brasil 2014 hubiera saciado su instinto de victoria. Como si haber ganado la última Copa Confederaciones hubiera minado su ambición. Fue también una Alemania ausente, con unas figuras que fueron como estrellas sin noche. No pesaron los tanques de mil batallas: ni Özil, ni Müller, ni Gómez, ni Khedira; si acaso Kroos. No pesaron los nuevos, ni Draxler ni Werner. Alemania recibió cuatro goles en su grupo y solo anotó dos. El defensa Boateng, que no vio esperanzas, prefirió ver la tarjeta roja en el segundo juego. Y mientras tanto Sané, la nueva perla alemana, vio la debacle por TV, porque no fue convocado.

Todo le salió mal a Alemania y todo le podía salir peor. El técnico Joachim Low se quedó sin estrategia en la cancha y ahora la busca afuera: dijo que su equipo no merecía repetir el título. Asegura que no sabe si seguirá al frente, aunque ya firmó su renovación. Donde sí se espera renovación urgente es en la cancha, con las nuevas figuras, que las hay.

La historia está para romperse, dirán los valientes coreanos, que perdieron con Suecia y con México y triunfaron contra el que supuestamente era el más fuerte. Pero la historia también se rompe para los alemanes: desde 1938 no se marchaban en primera ronda de un Mundial. Así que este equipo sin alma también quedó en los libros.

La campeona dio marcha atrás. Su tanque no intimidó y no hizo ni ruido. Ahora necesita reconstruir su imperio, que en su visita a Rusia quedó sin gloria y en ruinas.

PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @PabloRomeroET

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