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Un especial de EL TIEMPO y Futbolred

Sergio Romero: el arquero de Argentina que pudo ser basquetbolista

Reuters

“Es una alegría inmensa. Es suerte, en realidad”, dice Sergio Romero con la tranquilidad que lo caracteriza, tras atajar dos penales en la definición ante Holanda y darle a la Argentina el pasaporte a la final de un Mundial, después de 24 años.

Romero, de 27 años, llegó cuestionado al Mundial por su falta de continuidad en el Mónaco. Sin embargo, fue uno de los jugadores más destacados en la fase de grupos.

“Hice todo para llegar de la mejor manera a este Mundial. Nunca regalé nada. Me entrenaba mucho en el Mónaco y me desilusionaba cada vez que Ranieri (el DT) no me nombraba como titular. Esto es fútbol”, dice ‘Chiquito’, quien en su club es suplente del croata Danijel Subasic, el segundo arquero de esa selección en Brasil 2014.

Romero ya tiene 53 partidos en la selección y es el segundo con más presencias detrás de Ubaldo Fillol (56), el hombre que dirigía a Racing cuando convocó por primera vez a Romero a entrenarse con la Primera.

Sergio Romero nació en Bernardo de Irigoyen, Misiones, una ciudad de 17.000 habitantes que limita con Brasil y donde se puede llegar a sintonizar más O Globo que los canales de TV argentinos. ‘Chiquito’ pasó allí su infancia y, a los 9 años, se mudó a Comodoro Rivadavia, Chubut, luego de que a su padre, Ramón, le dieran el retiro como gendarme y para que su mamá estuviera cerca de su propia madre.

En la ciudad del viento, Sergio empezó a atajar como ya lo hacía Diego, su hermano mayor. Eran tiempos de admiración por el ‘Mono’ Navarro Montoya.

Hombre de la cesta

‘Chiquito’ comenzó a jugar en la Comisión de Actividades Infantiles (Cai) y a la vez despuntaba el vicio por su otra pasión: el baloncesto, el cual practicaba en el colegio y deporte al que finalmente terminó jugando de manera profesional su hermano Diego, actualmente en Quilmes, de Mar del Plata y quien pasó por el básquet universitario de los Estados Unidos.

Pese a medir 1,91 metros, Sergio es el más bajo de sus cuatro hermanos. En una gira de la Cai por Buenos Aires, Romero se enfrentó a Racing, allí le echaron el ojo y lo convocaron para una prueba. Quedó y llevó sus sueños del sur del país a Avellaneda. Vivía en la pensión y, cuando todavía era un adolescente de 16 años, el básquet tocó a su puerta para convertirlo en un profesional.

Por entonces, Enrique Tolcachier, hoy director deportivo de la Confederación Argentina de Baloncesto, era el técnico de Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia en la temporada 2003-2004 de la Liga Nacional y tenía buenas referencias de Chiquito.

“Conocíamos a los Romero, porque Diego, el hermano, jugaba baloncesto. Sabíamos que Sergio tenía buena talla y lo practicaba en el colegio. Convoqué a Ramón, su padre, a una reunión y le propuse que Sergio se incorporara a las inferiores, pese a que sabía que estaba en Racing”, contó Colcachier, quien sabía que se trataba de un joven de buena contextura física y la idea era que profundizara conocimientos.

Romero estaba en Buenos Aires, en la pensión de la Academia, y no veía con malos ojos volver. “Estaba lejos de la familia y extrañaba. Mi viejo me comentó lo de Tolchachier y me hizo dudar. Me insistía con que ya estaba en un club grande, que tenía futuro en el fútbol. Al final me quedé”, contó ‘Chiquito’ hace un tiempo.

“Su padre agradeció el interés. Le preguntó a Sergio, quien prefirió apostar todo al fútbol. Empezó a atajar primero. Si lo captábamos antes, quizás hoy sería jugador de baloncesto”, se ríe Tolcachier. Hoy, con sus manos, ‘Chiquito’ le dio más valor a aquella apuesta para ser el guardián que la selección argentina necesitaba para meterse en la final de Brasil-2014.

PABLO HACKER
La Nación (Argentina)
GDA

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