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Un especial de EL TIEMPO y Futbolred

La sonrisa de Löw y el tedio de Sabella en la final del Mundial

Reuters

Joachim Löw tiene una amplia sonrisa. Les da beses a sus dirigidos y besa también a los hijos de ellos. Es cálido en cada abrazo que les da a sus colaboradores en el cuerpo técnico, los primeros en acercarse para celebrar el título mundial. Sonríe ruidosamente, quién lo creyera. Se ve lo amoroso que es cuando se acerca a las familias de los jugadores y a cada una le da un sincero beso.

Ahora es el técnico campeón del mundo y ahora tiene sentido el curso que hiciera a la sombra de Klinsmann y el voto de confianza que le diera su Federación nacional después de quedarse a la mitad del camino en el Mundial de Sudáfrica-2010. Ahora todo tiene sentido y es su turno de sonreír.

Con la tranquilidad de quien ha hecho todo lo que es posible hacer para ser campeón, Joachim Löw no perdió nunca la compostura. Hasta el minuto 25 estuvo sentado en el banco, apenas masticando un chicle, observando, con paciencia. Había perdido en el calentamiento a Khedira, uno de sus hombres de confianza y por quien esperó más de seis meses, y ahora tenía que reemplazar a Kramer, noqueado por Garay. Tenía suficientes cosas en qué pensar y mucho tiempo por delante como para desesperarse. La primera vez que salió del banco lo hizo tímidamente, apenas se asomó a una esquina. Salió, no gritó, parecía que solo tenía ganas de sentir el aire en la cancha. Aprovechó una pausa para tomar agua y dio un par de instrucciones a Lahm y Schweinsteiger. Conversado, sin alterarse.

De allí en más, alternó las manos en los bolsillos y en la cintura apenas moviendo las manos para ordenarse el pelo. Cuando decidió que ingresara Götze lo detuvo por unos momentos, habló con él, le dio un abrazo y lo mandó al campo. Algún pálpito habría. Al final de los 90 minutos vendió la palabra a Lahm y Schweinsteiger para la motivación. Apenas si dijo un par de palabras.

No tenía que hacerlo, había hecho lo suyo y era el momento de sus dirigidos para celebrar. Ahora sabemos que sonríe y lo hace con generosidad. Ahora sabemos cómo se ve cuando es feliz.​

El tedio de Sabella

Por su parte, la tensión de Alejandro Sabella se sentía desde el primer minuto. Aunque quisiera disimularla, era evidente lo que pasaba por su cabeza pues desde el pitazo no logró sentarse, ni parar de dar instrucciones. Su sombra era la única que se veía en la raya, se agarraba las rodillas y se agachaba tratando de adivinar por cuál espacio podrían entrar los alemanes para advertir a sus dirigidos. No tuvo paz.

Lamentó como pocos el gol invalidado a Higuaín aunque alcanzó a saltar para celebrarlo. Levantó las manos al cielo, no lo podía creer. Volvió a llamar a Rojo, a Biglia, a todos menos a Messi para dar sus órdenes. Al final del primer tiempo salía por el túnel con Mascherano, consciente de que el aguante sería más que necesario para forzar los penaltis, donde ya una vez, en São Paulo, le había sonreído la suerte. No fue así. No hubo aguante porque aquello que estaba al frente era una máquina de fútbol llamada Alemania. Terminó el tiempo reglamentario y entonces su tensión fue aún más notoria: reunió a los suyos y les dio una lluvia de instrucciones, muchas talvez. Messi se fue antes de que terminara.

Vino el partido, vino el gol y no dejó ver ninguna emoción. Nada más. Parecía que con el tanto de Götze terminaban sus temores. Pasaron los siete minutos de partido y ya no tenía nada más que decir.

Con el pitazo miró al cielo y fue a la cancha a levantar a cada uno de sus muchachos, a consolar a los que más lloraban, a abrazarlos. Se quedaba ad portas del final feliz que él también había soñado después de una Copa del Mundo plena de lucha. Un abrazo solidario pero no muy cálido a su colega campeón, Joachim Löw, y fin de su historia. Ahí se quedó, parado delante de los suyos como un general derrotado ante sus soldados, en la tediosa espera por una medalla de subcampeón que nadie quiere recibir en un Mundial. Aparentemente terminó en el Maracaná su ciclo en la selección de Argentina. El tiempo dirá. Por ahora, su silencio es elocuente.​

JENNY GÁMEZ
Enviada especial de ADN
Río de Janeiro

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