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Domingo 11 de diciembre de 2016

Especial multimedia

Historias de los desmovilizados en Colombia

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Los cultivadores del café de la reconciliación

En Ortega se desmovilizaron las primeras autodefensas campesinas en el año 2003.

Por:  Gina Piedad Morello Editora Unidad de Datos  | 

En Ortega se desmovilizaron las primeras autodefensas campesinas conocidas como

Foto: FOTO: Jesús Abad Colorado López / EL TIEMPO

En Ortega se desmovilizaron las primeras autodefensas campesinas conocidas como "El grupo" en el año 2003.

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Fueron en total 168 personas y de ellas se presentaron 142 al proceso de reincorporación. Hoy se dedican a cultivar la tierra con pensamiento asociativo.

Los nietos escuchan al abuelo Yunda. ‘El mayor’ les comparte su memoria. Así lo conocen todos los pobladores de Ortega, corregimiento ubicado al suroccidente colombiano. “Aquí un pueblo se levantó para no dejarse arrebatar la tierra”, señala con el muñón hacia la cordillera sembrada de café. Perdió su mano derecha cuando apenas era un niño.

José Luciano Yunda vive en la vereda La Isla, una de las seis que conforman el corregimiento ubicado a 78 kilómetros de Popayán, capital del Cauca. Habla despacio pensando cada frase, preguntando si se entiende lo que cuenta. A su alrededor están sentados su mujer Bersavé Guachetá y sus hijos Luis Aberto y Albania. Los cuatro son desmovilizados de las autodefensas de Ortega que entregaron las armas para volver a los cafetales. Los pequeños nietos, Tatiana, Constanza y Juan, escuchan al abuelo. La más chiquita, Rossi, revolotea como mariposa por la casa que está encaramada en lo más alto de la montaña.

La conversación comienza. El mayor cuenta cómo durante los años 60, en tiempos de violencia política, apareció un grupo que quería defender a los campesinos. Lo observaron, aprendieron, pero se mantuvieron a raya. Dos décadas después llegarían las Farc al territorio para reclutar a los jóvenes y como los pobladores no lo permitieron, dos de sus líderes terminaron muertos. “Comenzaron merodeando y después acusándonos de que les habíamos echado encima al Ejército”.

El abuelo Yunda, de piel mulata maltratada por el sol, intenta abrir lo más que puede sus ojos pequeños cuando cuenta la masacre el 7 de octubre del 2000, en la que perdieron la vida 14 personas, entre ellas un niño de apenas 14 años. “Ese día me escondí con mi familia. Quemaron las casas, olíamos el humo”, dice. En esa masacre murió Neftali, el suegro de Albania. Él fue decapitado. El recuerdo la lastima, llora. Una lágrima también asoma en el rostro de Yunda cuando recuerda la muerte de su compadre Lino. “Él dejó a 8 hijos”.

“Sabíamos que la guerra no era para nosotros. Sabíamos que la guerra no era para nosotros”. La frase repetida se cuela en el ambiente colorido donde hay gallinas, caballos y flores. ‘El mayor’ retoma la historia del dolor. Su pueblo fue devastado.

Ortega está en un departamento azotado por la violencia de los actores ilegales. Hay casi 400.000 mil víctimas en el Cauca. Pueblos enteros como Toribío y Jambaló han recibido una herencia del conflicto, tan marcada, que para convertirla en esperanza se ha necesitado de toda la sabiduría Nasa. Las huellas de esa violencia las han ido borrando de casas destruidas en cuyas paredes pintaron mensajes de esperanza que son observados por un colibrí que significa la fuerza.

Todo ese recorrido de violencia por un territorio que jamás se ha entregado, que por el contrario se levantó, hizo ir a muchos. El desplazamiento fue el camino. La esposa del abuelo Yunda se fue con algunos de sus hijos a Cali. Allá se sentían metidos en las vidas de otros, anulados. No aguataron el destierro y retornaron a Ortega. “Yo pensaba que la guerra nos estaba dejando en la ruina y no lo podíamos permitir.

Regresaron y se unieron a “El grupo” que defendía a Ortega. Algunos de sus miembros decidieron solicitar apoyo del Bloque Calima, de las autodefensas. Tiempo después terminaron desmovilizándose.

La valiente Bersavé recuerda que ella, su esposo y tres hijos combatieron de diferentes maneras dentro del grupo de autodefensas. Cuando se desmovilizaron el 7 de diciembre de 2003, ella y su hija entregaron unos morrales camuflados; los otros dos hijos y Yunda, unas armas viejas. “Ese día retomamos la vida que habíamos dejado, la de trabajar la tierra”, dice.

De la muerte a la vida

A los hijos de las familias Guachetá, Becoche, Pechene, Quina, Zambrano, Cometa, Quilindo, Mosquera, León, Flor, Campo, Yunda y Chandillo, el Gobierno les dio tierra, semillas, cursos. Bersavé y Yunda tienen 13 mil matas de café. “Pero mire, además sembramos caña, fique, y pancoger”. La mujer habla orgullosa de eso que la hace feliz y a sus hijos. “Eso le enseñamos a los niños nuestros”, dice.

Para ellos había cesado la horrible noche y el Gobierno había entendido que en Ortega no tenía mayor sentido realizar una intervención focalizada en el individuo y su entorno próximo, sino se lograba una intervención de gran escala en toda la comunidad.

Los campesinos fueron capacitados en la producción del café aprovechando la fertilidad de una tierra protegida por ellos mismos a sangre y fuego. Por lo menos 600 familias que habitan el territorio hoy siembran el grano de manera tecnificada con el apoyo de varias entidades. El principal comprador de la producción de café es la Cooperativa de Caficultores del Cauca y el resto se vende a intermediarios locales.

La capacidad asociativa que les ha permitido a los habitantes de Ortega salir adelante, también se enfoca a cultivos como la caña panelera y el fique. De hecho hay seis desfibradoras en todo el corregimiento y las mujeres trabajan con dedicación en la elaboración de artesanías.

“Nosotros somos unos campesinos dedicados que queremos esto porque la tierra no las dejaron los antepasados”, dice el abuelo Yunda cuando se le pide que describa cómo son los habitantes de su corregimiento. “Nosotros hemos salido adelante porque no nos cansamos y porque hay gente que nos ha tendido la mano”, puntualiza.

Sus palabras las comparte Gilberto Vechoce, un hombre feliz. A sus 54 años habla como culebrero cuando se trata de contar sus hazañas. Ha sufrido, le ha ganado la pelea a la muerte en varias ocasiones y por diversos motivos, lo secuestró la guerrilla y lo liberó un cura; casi muere aplastado por un árbol cuando era aserrador y se voló un dedo de la mano derecha trabajando. El hombre explaya su sonrisa y dice que él nació para “trabajar y vivir en el paraíso”. El abuelo Yunda está convencido que Ortega es el paraíso y allí se toma el mejor café de Colombia.

 

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