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Viernes 20 de enero de 2017

Especial multimedia

Historias de los desmovilizados en Colombia

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Las voces que se le arrebataron a la guerra

La historia de Esaú, José Manuel y Celino.

Por:  Redacción EL TIEMPO

Esaú, José Manuel y Celino, tres hombres a quienes el hambre y la pérdida de un ser querido los llevó a tomar decisiones fatales. Pese a todo, se sacudieron del dolor y hoy intentan nuevas vidas.

Foto: Archivo Particular

Esaú, José Manuel y Celino, tres hombres a quienes el hambre y la pérdida de un ser querido los llevó a tomar decisiones fatales. Pese a todo, se sacudieron del dolor y hoy intentan nuevas vidas.

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En el departamento del Guaviare, hay 164 desmovilizados que hacen parte de los programas de la Agencia Colombiana para la Reintegración. Entre ellos Esaú, José Manuel y Celino, tres hombres a quienes el hambre y la pérdida de un ser querido los llevó a tomar decisiones fatales. Pese a todo, se sacudieron del dolor y hoy intentan nuevas vidas.

Esaú olvida y sonríe con los niños

En Colombia, con 23 años se puede ser indígena, estudiante, raspachín de coca, guerrillero, desmovilizado y payaso. Esas palabras definen la vida de Esaú Ramírez Castro. Su historia comienza con el hambre, ahora va por el capítulo de la sonrisa.

Menudo, delgado y de ojos rasgados, Esaú nació en El Retorno, a orillas del río Inírida. Aprendió con los indígenas puinave la importancia del agua. Recorrió el río con su papá, motorista, y con él aprendió a trabajar duro. Tiene fresco en su memoria el recuerdo de cuando casi se ahoga en el afluente de 200 metros de ancho, de no ser porque el dueño de la lancha que conducía su padre lo rescató. “Ese día comencé a perder el miedo”, dice.

Creció en un hogar con cinco hermanos. El hambre era el común denominador y esa falta de alimentos obligó a su padre a moverse con algunos de sus hijos por el territorio, para buscar el sustento. A la edad de 7 años, el padre llevó a Esaú hasta donde una tía, muy lejos de El Retorno. El niño se enfermó y el padre no tuvo más remedio que dejarlo al cuidado de ella. Cuando volvió por él, un año después, Esaú hablaba español, había olvidado casi toda la lengua puinave. Habría de tener para esa misma fecha una segunda experiencia que lo marcó: fue testigo de combates entre el Ejército y las Farc.

Esaú tenía hambre, sabía que carecía de todo y eso le impedía concentrarse. Pero estudió hasta donde fue posible. “Llegué hasta octavo de bachillerato. Hasta eso pude”. De ahí en adelante su vida de hijo de casa cambiaría en la búsqueda de un mejor porvenir. “Me fui a trabajar, a ganar dinero en un pueblo llamado La Libertad. Sembré maíz, aprendí a tomar licor y de un momento a otro terminé en un pueblo cocalero”. No fue una decisión difícil. Por cultivar maíz le pagaban 20.000 pesos el día, por recoger la hoja de coca, 80.000.

Los caminos de Colombia son indescifrables. Esaú se perdió entre ellos. Conoció la guerrilla cuando esta llegaba a los cultivos de coca a cobrar los impuestos y comenzaron a retarlo. “Una mujer con uniforme y arma me dijo que no fuera cobarde, que ella llevaba en la guerrilla 17 años. Cuando ellos abandonaban el pueblo les dije: ‘¡Espérenme!’ –pensé: he nacido para ser guerrillero”–.

Los primeros seis meses en la guerrilla para un chico de 17 años giraron en torno a la idea de ser tan solo miliciano bolivariano durante tres meses. “Lo primero que debe tener claro es que aquí nadie recibe sueldo”, fue la frase con la que lo acogieron. Lo pusieron a trabajar jornadas enteras, sin descanso y sin contemplaciones. Comprendió que se había equivocado de decisión. Que si quería salirse del movimiento armado, tenía que volarse. Solo lo pudo hacer dos años después.

La vida en el campamento guerrillero la resume Esaú en una sola palabra: fuerte. Estuvo ocho meses en formación política, entrenamientos militares, estudio de armas. “Uno nunca tiene claro el asunto hasta que le toca arrancar. Yo me volví hombre de confianza del comandante, y cuando eso ocurre, te cuidan”.

Esaú, joven, se enamoró de ‘la radista’. “Era la chica que cargaba los radios de comunicación. Era clarita, coqueta, gordita. Era linda. Ella vivía con el caletero del frente guerrillero. Un día a él lo mandaron a un curso y perdió su puesto”, relata.

En medio de los bombardeos, de los movimientos rápidos por la zona para no caer en manos del Ejército, Esaú y ‘la radista’ fortalecieron su amor. “Una tarde, ella me dijo: “Volémonos, porque acá no podemos ser felices ni libres como pareja. Yo desconfiaba de lo que me decía. Uno se vuelve desconfiado en el monte”. No obstante, la muchacha no alcanzó a materializar su sueño porque la mandaron a un curso de seis meses.

Esaú controla sus sentimientos. “Un buen día, triste porque ella no estaba conmigo, y cansado de tantos miedos, de ver muertos, de ser testigo de cómo fusilaban a los guerrilleros que tildaban de traición, abandoné mi fusil y caminé 50 metros de rodillas acompañado por dos granadas. Al salir de la zona de los radares de la guerrilla, corrí hasta cuando encontré al Ejército. Recuerdo que me entregué en el batallón un día a las 2 de la tarde.

Al joven exguerrillero lo llevaron a vivir a Caquetá y allá pudo recibir la visita de su familia. “Me vi con mi padre y mi madre. Ella lloraba, no creía que me iba a ver vivo. Yo le prometí que trataría de ordenar mi vida”, dice.

Y sin duda lo ha hecho, ahora es un muchacho dedicado a ayudar niños, en el programa Campamentos Juveniles. Un voluntariado que brinda esparcimiento y cariño a los chicos de escasos recursos de San José del Guaviare. Esaú reflexiona sobre su vida, dice que tanto en la guerrilla como en estos campamentos hay hermandad y solidaridad. “Pero de este lado la vida es más bonita, más libre”, insiste.

Recuerda que caminaba por el monte largas jornadas, bajo sol y agua. Hoy anda detrás de niños de 6 y 10 años de edad, como el papá de los pollitos. Estuvo en un campamento nacional en Manizales y puso a prueba su capacidad de liderazgo. “Sé que me falta, soy penoso, pero ahí voy”. Lo dice con su cara seria, asoma una sonrisa tímida cuando los muchachos se ríen de su nariz roja.

Él asegura que intenta recuperarse de las secuelas que le dejó la guerra y la mejor forma de hacerlo es jugando con los niños. Se disfraza de payaso. Vuelve a sonreír así le cueste. Es un muchacho que teme no estar a la altura de lo que la vida le ha regalado. Pese a todo, no se rinde. “Este es mi nuevo camino. Mi otra oportunidad, y no voy a defraudarme otra vez”, asegura.

José Manuel y su lucha interna

José Manuel Machado

José Manuel solo cuenta que vio cómo los paramilitares se llevaron a su madre. No acepta públicamente que la asesinaron. Y tiene razones para asumirlo así. Tan solo tenía 11 años cuando ocurrieron los hechos en Piñalito, vereda de Vista Hermosa, Meta.

“Era 17 de mayo de 2005, entraron los ‘paras’. Éramos solo ella y yo, porque mis hermanos se casaron temprano y se fueron rápido de la casa. Éramos solo ella y yo. Ahora, solo yo”, repite.

A los 11 años no hay claridad sobre lo que se quiere en la vida, pero José Manuel Machado Rueda asegura que sí lo supo: “Yo tomé el camino de la venganza. No me valieron los ruegos de mi hermana, simplemente cogí algo de ropa y me volé. Me fui a buscar a la guerrilla y la encontré”, dice.

El comandante Rodrigo no se quiso llevar a José Manuel. Era demasiado pequeño. Pero el muchacho, enceguecido por el dolor y con la frase sembrada en su cabeza, “éramos solo ella y yo, ahora solo yo”, se fue a otro frente. Hasta los 13 años estuvo en la guerrilla recogiendo leña, comiendo gallina y tomando gaseosa. Hasta cuando le dieron un fusil y le dijeron: “Aprenda a usarlo para que comience a andar con las escuadras”.

Los sueños del muchacho nacido en un hogar humilde se acabaron de esfumar con el primer tiro. Tenía 16 años cuando vio morir a cuatro personas. A esa misma edad se enamoró de una compañera de la guerrilla que era mayor que él tres años. El tiempo corría y él no aspiraba a nada distinto que a encontrar a quienes se llevaron a su mamá. Anduvo por zonas difíciles, pero siempre con el mismo frente en áreas del Guaviare, en límites con La Macarena, cerca de los Llanos del Yarí. Allí conoció a Romaña.

No podían faltar en esa vida dura de ocho años en la guerrilla las enfermedades. José Manuel tuvo tuberculosis y ese mal le ayudó a salir de la guerrilla sin proponérselo. “Me mandaron al médico, al tratamiento. Me dejaron en una casa durante dos meses mientras me recuperaba y me tomaba todas las pastillas. Un ‘cuchito’ me llevaba la comida, pero creo que la guerrilla se fue olvidando de mí porque enfermo era un peso para ellos”, relata.

José Manuel se volvió a verse con su hermana en esa temporada y esta le rogó que se saliera de eso, que huyera. En el recorrido de vuelta a la vivienda en Loma Linda cayó en un retén del Ejército y se entregó sin oponer resistencia. “Creo que lo hice por mis hermanos. No sé si ellos valoren eso”, dice y agacha la cabeza. Es un muchacho con un corazón quebrado que busca cariño y no lo encuentra.

Cuando José Manuel piensa en el futuro, solo una idea le retumba en su cabeza: ver a su mamá viva. Está aferrado a un imposible. “Eso es lo que me martiriza, por eso un día me llené de valor y le prometí que la dejaría descansar”. Eso ocurrió el 7 de diciembre de 2015 cuando puse tres velas y juré que la dejaría de llorar. Se contiene. Relata que en la guerrilla intentó suicidarse con el arma de dotación y optó por creer que no ocurrió porque el espíritu de su madre metió su mano. También intentó con un cuchillo, pero se dieron cuenta a tiempo y lo mandaron a la enfermería y le aplicaron tranquilizantes. “Mis compañeros me decían que yo lloraba dormido. Ahora no lo quiero hacer ni despierto”, asegura.

Su vida en la reintegración no ha sido fácil. Ha vivido en Granada, Meta; en Bucaramanga, Norte de Santander. También fue a Maracaibo a trabajar, pero no le fue bien. Regresó a Río Blanco, Tolima, a recoger café. Volvió a Granada, de cotero, y ahora está en San José del Guaviare.

Su relato es interrumpido por una llamada de su compañero de trabajo. Tiene que estar a las 5 a. m. en la empresa constructora de la carretera. “Tengo trabajo. En la ACR me ayudaron a conseguirlo”, cuenta. Y eso le cambia el ánimo, así como se anima con otras cosas como ver fútbol y ser hincha del Nacional.

El joven reintegrado despierta temprano, se pone su ropa de trabajo, su casco de protección y recorre el campamento de maquinarias con paso firme. Comienza a llover y aunque el agua cae a cántaros, no lo asusta los rayos ni el clima. Mientras en la caseta, ingenieros y obreros se protegen del diluvio universal que acostumbra a caer en la selva del Guaviare, José Manuel corre de un lado a otro, evita que se inunden los sitios donde están las mezcladoras y regala eso que le queda de una sonrisa golpeada. Sigue sin metas de estudios. La psicóloga de ACR le jala las orejas, le pide que ahorre. Él se lo promete. “Me estoy aferrando a la vida, aunque todavía no tengo claro para qué”, menciona entre dientes.

Marcelino, el hijo del amor entre Marchi y Celino

Marchi y Celino

Marcelino camina lento. Se quita los viejos zapatos de goma y le muestra a su papá sus piececitos enfermos. Celino busca la cura que le recomendaron los sabios en El Refugio, resguardo indígena en San José del Guaviare. “Por el niño, mi mujer Marchi y mi hija Yanelda, ahora lo doy todo”, dice el exguerrillero de hablar bajito y pausado.

Es un hombre pequeño de manos fuertes. Manos que portaron armas y ahora tejen la fibra del cumare para hacer artesanías que vende en el pueblo por encargo. A Celino no le gusta hablar de su vida en las Farc, prefiere contar su sueño que espera sacar adelante: ser técnico en construcción. “Soy bueno para eso y para más, pero la necesidad me empujó a otra cosa”, dice.

Esa otra cosa, ese dolor que lleva hondo y que no pareciera expresar en su mirada fija, se lo recuerda su esposa con decisión, pero también con cariño: “Cuando yo me fui a vivir con él, yo no sabía lo que hizo. Me enteré después que a los 17 años se fue a las Farc. Quiero mucho a ese señor y él no tenía la culpa”.

Celino Porto Acosta tiene 35 años de edad, nació el 6 de noviembre de 1981 en Mitú, Vaupés, y es un indígena tucano. Estudió hasta quinto de primaria en una escuela de Miraflores, luego, por cosas del destino, estuvo en Bogotá en un albergue y retornó a la tierra cuando él y sus hermanos quedaron huérfanos. Eran cuatro varones y una mujer, y todos se lanzaron a la vida a sobrevivir.

Se fue a la guerrilla sin pensarlo. Era eso o no comer. Estuvo en una compañía con 54 hombres y mujeres. “Nos tocaba andar la selva, ese monte espeso lleno de animales en donde no solo los tiros que lanzaban los helicópteros del Ejército desde el cielo podían matarte”, cuenta.

“La muerte en vida”, así llama Celino a la falta de libertad. “Cuando estás en la guerrilla, estás como secuestrado. Allá no se hace más nada que combatir. Tampoco hay amigos ni eres dueño de nada, solo de tus recuerdos. Tienes que cuidarte siempre”. Esa soledad extrema en la que la única compañía es el arma, más los recuerdos de un hermano desaparecido, lo llevaron a escaparse. “No quiero hablar de cómo ocurrió. Solo sé que lo hice, que un día me le presenté al Ejército a las 6 de la mañana en una base en Miraflores, después de atravesar decenas de kilómetros. Tenía una idea fija: no me voy a dejar matar”. Y lo logró.

Lo más duro vendría después cuando el Ejército le exigía que develara dónde estaba el campamento. “Eso no pasó, pedí por mi vida y la respetaron. Me mandaron a Bogotá, estudié dos años y estuve en los albergues del Ministerio de Defensa. Busqué trabajo y nada, no salía ni salió nada. Regresé a la tierra”.

Celino encontró a Marchi y los deseos de amar y de sonreír volvieron. Hoy vive con sus dos hijos en una casa que les otorgaron y que ellos construyeron con apoyo del Sena. Todas las casas de la comunidad son iguales. Tienen dos cuartos y una cocina externa. Pero no tienen lo más importante: tierra propia para sembrar. “Nos hace falta la tierra para la comida diaria, pero ahí vamos”, dice Marchi.

Unas buenas horas al día la pareja las dedica a tejer la fibra del cumare. Se sientan, ella en un banquito y él en el piso a medio terminar. El silencio recubre una atmósfera humilde, en donde no hay sillas, ni nevera, ni cuadros en las paredes de madera, ni televisor. Apenas dos viejas camas y unos toldillos para evitar los zancudos. Por la puerta que da a la calle se asoma el rostro del pequeño Marcelino, de 5 años. Camina despacito y le sonríe a sus padres, quienes están concentrados en los canastos de colores tierra, beige y ocre. Dice que su hermanita Yanelda, de 7 años, está en el colegio, a donde él no pudo ir porque está enfermo.

Su padre enhebra la paja en el tejido y cuenta que también está trabajando en la construcción de la capilla. “Salimos favorecidos algunos de la comunidad y ahí hago lo que más me gusta: albañilería. Cuando estoy ahí, pienso en la cantidad de vidas que se perdieron en la guerra, en la cantidad de menores de edad que vi entrar y nunca salir porque los mataron. Eso nunca más tiene que repetirse”, asegura subiendo un poquito ese tono de voz característico de los indígenas.

Su esposa Marchi, indígena desana, mira a su esposo con cariño. Los niños llegan y los cuatro salen a recorrer, a mediodía, un cultivo pequeño de yuca que les dejaron sembrar en un lote lejos de la casa. La mujer tapa el arroz para cuando vuelvan. Se pierden entre la trocha ensombrecida por los árboles de gran tamaño. Están juntos. Eso cuenta para Celino.

 

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