Para visualizar correctamente nuestro portal debes activar Javascript en tu equipo.


Revisa en tu configuración que el javascript esté activado

Recarga la página para poder visualizarla

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

La gratitud de una ranchería wayuu con hambre y sed

Jueves 1 de septiembre de 2016

Rancheria Wuayuu

La gratitud de una ranchería wayuu con hambre y sed

Hay pobreza y desnutrición en Jamuchenchon, pero, aún así, sus niños entonan con fuerza el Himno.

Por instantes, un desierto lila y plateado lleva a Jamuchenchon. No existe tiempo de viaje, la suerte decide cuántos minutos demorará llegar a la ranchería wayuu: hay tantos caminos como árboles muertos y las únicas señales de tránsito son los molinos, que referencian, desde lejos, donde hay vida humana.

Esta comunidad de Manaure –un municipio de La Guajira- está 40 minutos adentro, pero hay otras poblaciones que sobreviven a ocho horas.

Victoria Pino Ipuana nació en esta ranchería, como su mamá y su abuela. Es una mujer de 55 años, madre de cinco hijos -algunos viven en Venezuela-. Desde que cumplió los 50 no ve llover allí. “Hace unos años llovía mucho, aquí había agua; ahora hay ‘jawei’ ─excavaciones que albergan el agua de las lluvias─, pero ya están secos. Tiene años que no llueve, como hace cinco años”, recuerda.

Se asoma el sol de las nueve de la mañana y no hay ni un solo chivo quieto, todos estos animales corren y parecieran los únicos ‘felices’ en el lugar donde, hoy y hace una veintena de años, mueren niños por hambre.

 

 

 

 

Cientos de wayuu, habitantes de Jamuchenchon y de otras rancherías –que no son cercanas-, esperan a Tatyana Orozco de la Cruz, la mujer que dirige el Departamento para la Prosperidad Social (DPS) y quien los visitará esta mañana.

Están reunidos en el aprisco, donde recogen a los chivos de su comunidad. Las sillas de las primeras filas están ocupadas por un público tímido, callado y observador: los niños, quienes, en su mayoría, visten de rojo; el color de la sangre, del amor y el que –curiosamente-, por su alta visibilidad, suele usarse para llamados de precaución.

A la directora de la entidad la reciben con el Himno Nacional, cantado por los niños wayuu.

 

Escuche el Himno Nacional que entonan los wayuu

 

Una adolescente, en medio del fuerte viento, le recita un poema a la funcionaria. El tema: el agua.

 

Escuche el poema

 

Enseguida, un pequeño recibe el micrófono y extiende una de sus manos sobre su pecho. La canción que entona –dedicada también a Tatyana- despierta risas en el público.

Escuche la canción

 

Una gran fila comienza a formarse en el centro del aprisco. Se amontonan los niños y el improvisado salón se pinta de rojo por todos lados. Esperan recibir cuadernos, colores, lápices, borradores y reglas.

Se acerca el mediodía. Dos líderes wayú y la funcionaria intervienen con sus discursos. Las palabras terminan y los adultos de la comunidad le ofrecen a Tatyana almorzar allí. Dos mujeres llevan a la mesa principal cinco bandejas con carne de chivo y arroz mezclado con frijoles, también ubican platos y tenedores.

Victoria, quien vive con cuatro nietas, preparó esa comida. “Mandé a matar chivos; hice el guiso, el arroz de frijol... Si los funcionarios llegan, yo los recibo con mucho gusto. Yo trato bien a la gente”, dice.

Según la funcionaria, es habitual que reciban con tanta comida a los funcionarios. En ese momento, en el aprisco también abunda agua potable fría y gaseosa.

“Los funcionarios están viendo la necesidad, están mirando en realidad lo que se necesita en las comunidades indígenas”, afirma Jorge García cuando se le pregunta por el significado que tiene, para Jamuchenchon, la visita de un funcionario. Jorge nació en esta comunidad hace 29 años; desde sus 19 años es líder comunitario.

Galería de fotos del evento.

Galería de fotos del evento.

Hay desnutrición en Jamuchenchon

Wayuu coinciden en que la muerte le gana al tiempo y los niños mueren por no recibir atención.

Mientras la funcionaria y otros adultos almuerzan, un rostro llama poderosamente la atención. Es un niño, pero su cara parece la de un adulto desgastado y malhumorado que no habla. Difícilmente, podría imaginarse jugando o sonriendo a este pequeño de unos 5 años, de mirada apagada y de pelo opaco, y cuya delgadez evidencia una posible desnutrición. El niño permanece callado, solo junta sus manos y cruza sus piernas.

 

 

 

 

Hay desnutrición en Jamuchenchon. El líder wayuu señala dos casos: “Son dos niños que están flaquitos, bajos de peso. Las mamás no tienen forma de cómo mantenerlos porque son de escasos recursos, no hay nada en sus casas”. Pero Victoria, en cambio, anota que son “bastantes”. “Hay muchos niños que están delgados, que son necesitados, aquí son bastantes los que están desnutridos”.

Tatyana reconoce que hay situaciones culturales que perjudican, todos los días y a toda hora, a la niñez wayuu: “Los padres comen primero que los niños y esto afecta a la final la salud de los menores”.

Victoria le da la razón y afirma que en algunos casos no queda suficiente comida para los pequeños de la familia. “Es verdad. Siempre hay que dar primero a los mayores”. Enseguida, señala la supuesta negligencia de algunos padres. “Algunos no le dan comida a sus hijos por flojera o no pueden cocinar porque a veces falta alimento en algunas chozas, entonces hay un niño al que nada más le dan chicha y no le dan comida, o a veces le dan una sola vez al día”.

El líder wayuu desmiente a su paisana. “Es pura mentira lo de la flojera. Las madres wayuu aman a sus hijos. En realidad no tienen los alimentos”, dice.

“Uno no le puede echar la culpa aquí a nadie porque se la tiene que echar a todos… Son tantos los actores, empezando, vuelvo y digo, por los padres. El padre de familia tiene que saber cuáles son los signos de desnutrición y preocuparse por la salud de sus niños, los hospitales tienen que saber diagnosticar cuándo el niño está desnutrido y tener una ruta de acción para sacarlo adelante”, responde la funcionaria.

Ambos wayuu coinciden en que algunas veces la muerte le gana al tiempo y los niños de esta ranchería mueren por no recibir atención inmediata. “Cuando el niño está enfermo y está decayendo, a veces lo llevan a donde el médico; pero cuando llega, la desnutrición está avanzada y es tarde ya, y los niños se mueren”, cuenta Jorge.

“Como no tienen recursos para los pasajes (y) hay personas que están sin trabajo, entonces no tienen para llevarlo al médico. Si se ponen graves -presentan diarrea, vómito, fiebre- entonces sí tienen que buscar prestado y ahí sí los llevan”, relata, por su parte, Victoria.

Años atrás, en el 2011, 2012, en Jamuchenchon murieron tres niños por desnutrición, revela el líder. “El último niño murió hace como cuatro años. Estamos preocupados porque se está presentando de nuevo la desnutrición. Vemos niños con pelo amarillento y con la piel reseca. Las cosas han empeorado”.

Algunos niños de Jamuchenchon asisten a un colegio, donde el Estado les da el desayuno y el almuerzo; pero Jorge subraya que el Gobierno entrega esa primera “porción” de comida partiendo de que el menor de edad desayunó en su casa.

“Algunos niños medio se alimentan cuando van al colegio. El Gobierno ofrece apenas un complemento, cree que el niño desayuna en su casa, pero ni siquiera ha tomado chicha. El desayuno escolar es un bollito con queso, café, y de almuerzo, un chivito guisadito con un poquito de arroz”.

Jorge detalla que quienes no estudian, “desayunan chicha y esperan el poquito de arroz que le brindan en el almuerzo; y en la noche, chicha, igualmente”.

Galería de fotos de los pies de los niño

Galería de fotos de los pies de los niños.

Una casa de barro en La Guajira

Aquella pequeña choza simboliza el olvido en el que ha estado ese departamento históricamente.

Jamuchenchon “es una comunidad que relativamente vi bien”, comenta la directora del DPS. No obstante, este medio conoció por dentro una de las chozas, que realmente es una habitación en la que conviven varias personas. (Victoria recuerda que en esta comunidad hay una casa de barro que alberga a diez niños).

En aquella choza había agua, plátano, yuca, cebolla, maíz, frijoles, y también platos, ollas, sillas; pero todo estaba mezclado con arena. La mujer que abrió las puertas de su casa –quien vestía un largo vestido azul, de flores- no habita en aptas condiciones de salubridad.

“Hay pobreza. El alimento que hay en algunas chozas lo compran, viene del interior del país, en La Guajira no hay nada de siembra. Hoy en día nos está castigando la naturaleza, no tenemos para sembrar árboles, no tenemos agua, que es lo primordial”, narra Jorge, quien recuerda que la última entrega de alimentos -por parte de una entidad- se presentó hace un buen tiempo, tras una fuerte sequía.

“Hay animales de bajo peso, están muriéndose. Tenemos vacas, burritos, chivitos, ovejas, hasta perros; los perros antes tomaban la leche de la cabra, ahora comen lo que les dan, lo que les comparten, como no hay alimentos…”, reitera el líder, quien asegura que “el agua del pozo es una bendición”.

“Aunque todavía no es potable, con el agua que tenemos aquí estamos bien, somos felices. Pero cuando se daña el molino, ahí sí sufrimos, entonces recogemos (dinero) para mandar a arreglarlo. Igual hace falta agua para muchos animales, para muchas personas. No alcanza el agua que bota el molino”, insiste la abuela. Recuerda que en el pasado, “los animales tenían sus bebedores de agua (...) Ahora del agua del molino toman los animales y toman las personas”, precisa.

La casa de aquella mujer del vestido azul, rodeada de perros –muy delgados-, simboliza el olvido en el que ha estado La Guajira, históricamente; una indiferencia que, según Tatyana, puede resolverse si de verdad se quiere. Salvar a los niños del noreste del país es una “tarea de muchos, no tanto de años”, asegura la funcionaria.

Galería de fotos de la choza.

Galería de fotos de la choza.

Las fichas del Estado en Jamuchenchon

Se han construido pozos e incorporado un sistema de riego, y se impulsarán huertas comunitarias.

“Todo lo que uno hable desde el escritorio es muy fácil, y parece que cualquier solución también fuera fácil, hasta que uno viene y ve estas cosas”, dice la directora del DPS.

En sus mejillas hay pintura roja, fruto de los besos que recibió por parte de niños agradecidos tras recibir útiles escolares.

Aunque reconoce que es difícil resolver la pobreza que se respira en Jamuchenchon, habla sobre la intervención del Estado. Cuenta que se han construido pozos e incorporado un sistema de riego, se impulsarán huertas comunitarias y se entregarán chivos a las familias.

“Dependiendo del tamaño de la comunidad, se le compra un número de chivos machos, para que preñen a las hembras. Vendiendo chivos, una comunidad puede ganar hasta 5 millones de pesos al mes”, anota.

Señala que se dictarán “clases de nutrición” durante un año para complementar el proyecto de las huertas. “Les enseñaremos cómo cocinar mejor, cómo se tienen que alimentar, cómo debe ser una comida balanceada”.

A Victoria le alegran esos anuncios -“Eso está muy bien”, dice-, pero afirma que aún no les han entregado los chivos. Insiste en que necesitan “agua y tierra pa’ sembrar yuca, frijoles, ahuyama, plátano”. También pide “materiales para hacer mochilas”, su quehacer, junto a la elaboración de chinchorros -hamacas-.

En Jamuchenchon, la siembra es una cátedra tradicional para los niños. “Les estamos explicando la situación, diciéndoles que debemos valorar el agua, sembrar… Como familia hay que sembrar para medio subsistir, porque prácticamente no tenemos nada qué comer... Pero no hay manera de sembrar, así que no hay alimento”, reclama Jorge.

Galería de fotos del entorno.

Galería de fotos del entorno.

Las comunidades de La Guajira que faltan por beneficios del Estado

"En Manaure hay 880 comunidades y solamente se beneficiaron seis", cuenta el líder Jorge García.

La inseguridad alimentaria afecta a más de la mitad de las familias de La Guajira, según la Encuesta Nacional de Situación Nutricional del 2010. Ese documento apunta que el 59,1 por ciento de los hogares de ese departamento (107.475) presenta dificultades para alimentarse.

“Este año vamos a invertir 18.000 millones de pesos en toda La Guajira, pero con un énfasis en Manaure y Uribia”, revela la directora del DPS. Confiesa que lamenta las enormes distancias entre las rancherías.

“Si toda esta gente estuviera en un mismo sitio, si a toda esta gente nos la sientan en un barrio de Bogotá, pues uno los atiende rápido. Aquí es supremamente difícil llegar con una intervención”, advierte la funcionaria; pero asegura que el Estado ha “llegado a las rancherías más remotas”.

La afirmación de Tatyana es refutada por el líder. “Es mentira que hayan llegado a las rancherías más remotas. Al Estado todavía le falta, tiene que caminarla (a La Guajira). Los líderes tenemos que llevarlos (a los funcionarios) hasta allá. Si el gobierno se quedara una semana, un mes, analizando la situación… Pero vienen y se quedan dos, tres días o se van el mismo día”.

Al igual que el líder, la funcionaria acepta que desconoce cuántas rancherías son las que realmente existen en el departamento; y agrega que el Ministerio del Interior, la Gobernación de La Guajira y las alcaldías "están tratando de resolver esa duda".

Ante esa incertidumbre, desde agosto del 2014, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) comenzó un censo parcial de la población wayuu en Manaure, Uribia y Maicao. Hasta el momento, 694 rancherías han sido registradas por esa entidad. Se ha recorrido el 53, 4 por ciento de Maicao; el 50,6 por ciento de Manaure, y el 26,5 por ciento de Uribia, y allí se han encontrado 7.794 familias y 6.557 niños menores de 5 años.

El líder wayuu asegura que “no alcanzan los recursos del departamento” para Jamuchenchon y las otras rancherías, y por esa razón celebra que su población ya sea atendida por el Estado. Sin embargo, aclara que -según cifras obtenidas por las autoridades indígenas- 874 comunidades de Manaure siguen abandonadas por el Gobierno.

“Hemos sido beneficiarios de proyectos del Gobierno, pero conozco bastantes rancherías que no se han beneficiado. Muchas comunidades no han recibido ayudas. Sí tienen pozos, pero esa agua no es apta para el consumo humano. En Manaure hay 880 comunidades y solamente se beneficiaron seis”, detalla.

Tan nostálgico como resignado, Jorge regresa al Jamuchenchon de su infancia. “Anteriormente había mucha siembra, teníamos bastantes animales, había invierno, verano; pero hoy en día, con esa sequía que nos ha castigado totalmente, podemos decir que estamos solicitando ayuda”.

 

MARÍA DEL PILAR CAMARGO CRUZ
Redacción ELTIEMPO.COM
pilcam@eltiempo.com
En Twitter, @PilarCCruz

Publicidad

Publicidad