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Lunes 20 de febrero de 2017

Especial multimedia

Historias de los desmovilizados en Colombia

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"Construir paz es vencer el miedo y darles una nueva oportunidad"

Carlos es un empresario que decidió contratar personas que estuvieron en grupos armados.

Por:  RAFAEL QUINTERO CERÓN | 

Desde hace cinco años, Carlos Enrique Tabares contrata personas en proceso de reintegración. / Claudia Rubio

Foto: Claudia Rubio / EL TIEMPO

Desde hace cinco años, Carlos Enrique Tabares contrata personas en proceso de reintegración. / Claudia Rubio

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“Este 'hp' es tan capaz que mete guerrilleros a la empresa”. La agresiva afirmación la tuvo que oír Carlos Enrique Tabares Builes cuando le comentó a un colega, gerente de una empresa, su decisión de tener como trabajadores a personas provenientes de grupos armados que se encuentran en proceso de reintegración. Pero a este paisa, desparpajado y tomador de pelo, poco le importó la agresiva pulla. Por el contrario, la ignoró y decidió seguir adelante repitiendo una frase que se le ha vuelto mantra: “Es que la paz es de todos”.

Hoy, cinco años y medio después de haber dado ese paso, Carlos tiene en su panadería ‘Enripan’, que desde hace 22 años se especializa en refrigerios para colegios y empresas, a tres personas del programa de reintegración a la vida civil como parte de su planta de 16 empleados. “Pero he tenido hasta seis. De hecho, en enero, cuando me salga un contrato grandecito al que aspiro, busco otros tres”, cuenta y agrega: “Son excelentes trabajadores, se ponen en los zapatos de uno y mantienen gran lealtad con el patrón”.

Son las diez de la mañana de un caluroso viernes en La Gloria, uno de los 71 barrios que tiene Itagüí, municipio vecino a Medellín. Se trata de un sector popular donde viven un poco más de 4.400 personas de estratos 2 y 3. Carlos Enrique está sentado tranquilamente en el punto de venta de su panadería, un local tan pequeño como sencillo, que está ubicado en medio de una cuadra donde predominan locales de comidas, almacenes de víveres y pequeñas misceláneas. “Acá es donde vendemos algunas de las cosas que producimos, pero la planta es más abajo”, comenta.

Y en efecto, a dos cuadras del local está la planta. Grande, limpia, organizada y con un valor agregado: recibe a los visitantes con el aroma tentador de hojaldre recién horneado. Adentro, vestidos completamente de blanco, seis operarios trabajan en un proceso más artesanal que mecánico. Amasan palitos de queso rellenos de bocadillo, pasteles de hojaldre y otros productos.

Del grupo sobresale, por su rapidez, concentración y eficiencia, una mujer de tez morena, delgada y con un poco más de 40 años. Es Marina Muñoz. La mujer con la que Carlos Enrique comenzó el proceso de contratar a excombatientes reintegrados. Hoy, cinco años y medio después, es una de sus empleadas de confianza y la encargada de enseñarles todos los secretos del trabajo en ‘Enripan’ a los reintegrados.

“Sueño con un restaurante, como el de mi papá”

Marina nació en Acandí, Chocó. Las Farc se la llevaron a los 16 años. Duró 17 en el monte, siempre en su departamento natal. Estando en la guerrilla tuvo a sus tres hijos y a todos los debió entregar. El mayor se fue con la abuela y los otros dos con “personas que yo conocía, pero que no les dieron el mejor trato. Es más, yo a mi primer hijo lo volví a ver cuando ya tenía 15 años”, dice.

Sus familiares la creían muerta, porque eso les decían los guerrilleros. Pero hace nueve años se cansó de la vida en el conflicto. “Aguanté hambre, trasnochos, necesidades. Por eso me fui y por fortuna logré recuperar a mis seres queridos. Hoy están conmigo mi mamá, mi papá y mis tres hijos, que tienen ya 21, 18 y 15 años”.

Los comienzos en su nueva vida fueron difíciles. Solo pudo conseguir un trabajo de tres días a la semana que no le daba lo suficiente para vivir. Hasta que conoció a Carlos Enrique, quien al mismo tiempo estaba camino a vencer el miedo de contratar a alguien que viniera de la guerra.

“Me imaginaba a una persona de fusil, camuflado y mirando a mi hijo para secuestrarlo. Pero vi llegar a un ser humano. A una excelente trabajadora”, cuenta el empresario.

Y en efecto, Marina se ha convertido en la líder del grupo. Es ella quien hace la inducción y la capacitación, durante tres meses, a los desmovilizados. Asegura que cuando saben que vivió algo parecido a lo que padecieron, de inmediato se establece un vínculo de confianza. “Así como yo pude aprender, ellos también”, asegura.

Ella, por su parte, sabe que su vida puede ir más allá: “Acá, gracias a este trabajo, pude estudiar. Terminé el bachillerato y me gradué como tecnóloga. Ahora, el otro año, espero sacar mi capital semilla y poner mi propio restaurante, como el que tenía mi papá”.

Poner el terrón y vencer el miedo

Vencer el miedo, la mala fama y el resentimiento para luego entender que todos comenten errores es la fórmula que Carlos Enrique suele usar en las charlas a las que lo invitan y en las que procura convencer a otros de seguir su camino. Es más, siempre hace un cálculo: “En Colombia hay más de 50.000 empresas. Si todas contrataran al menos a una persona en proceso de reintegración, les daríamos trabajo a todos”, explica.

Para él, los beneficios han sido mutuos: “Para poder entrar al programa de empleabilidad de la Agencia Colombiana de Reintegración, tuve que formalizar mi empresa. Y pues aunque me costó plata, me abrió puertas. Ya no soy tan informal y no solo trabajo con colegios, sino que tengo contratos con el Inpec, con alcaldías y con la Gobernación de Antioquia. Los bancos me creen más, los proveedores me creen más”.

Un elemento clave es la paciencia. Tener a una persona en proceso de reintegración a la vida civil requiere flexibilidad, pues quienes hacen parte del programa necesitan asistir a consultas psicológicas y seguir estudiando. “Pese a que no se recomienda en las empresas, yo administro con el corazón. No ha sido fácil, pero me ha funcionado. A mis muchachos los animo a estudiar, y cuando se gradúan, ellos me invitan a celebrar. Son muy agradecidos, no me canso de repetirlo”.

¿Qué le preocupa, entonces? La falta de interés en la paz. La apatía de la mayoría de los colombianos. “Acá a la gente le importa muy poquito la paz”, dice y repite, una vez más, su mantra: “Es que la paz es de todos”. Luego, cuenta que entre sus trabajadores, los que hacen parte del programa, hubo temor cuando ganó el ‘No’ en el plebiscito para refrendar los acuerdos de La Habana.

“Yo lo único que les dije en ese momento fue: ‘Tranquilos, ustedes cuentan conmigo hasta el final’. Y me abrazaron. Yo siento que ya puse el terrón, ojalá otros sigan construyendo a partir de ahí. Estoy orgulloso de ser un civil comprometido con la paz del país”, remata.

RAFAEL QUINTERO CERÓN
Unidad de Datos EL TIEMPO

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