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Domingo 26 de febrero de 2017

Especial multimedia

Historias de los desmovilizados en Colombia

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'A uno lo respetan por lo que construye'

Este desmovilizado de las Farc trabaja en construcción en diferentes obras en el país.

Por:  Carlos Salgado R. ENVIADO ESPECIAL, CÚCUTA  | 

Este desmovilizado de las Farc trabaja como subcontratista en construcción en diferentes obras en el país.

Foto: Archivo Particular

Este desmovilizado de las Farc trabaja como subcontratista en construcción en diferentes obras en el país.

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 En el campamento de un gran proyecto que se está construyendo en Cúcuta, accedió a relatar la historia de su vida en la guerrilla a la que llegó motivado por la venganza, y su transformación después de desmovilizarse.

“Llegué a la guerrilla como entre los 12 y 13 años. Eso queda por allá por La Gabarra en una vereda que se llama El Martillo. Ahí llegué como raspachín, a trabajar en una finca de un señor que tenía coca.

Me fui para allá porque a mi papá lo mataron en Ocaña cuando yo tenía 9 años. Mi mamá murió a los 16 años, cuando yo tenía 10 meses. Me crió mi abuela y no tuve más hermanos.

Cuando crecí sentí las necesidades de la casa, y me fui a trabajar en una zona en la que todo el mundo hablaba que eso la plata era rápida y ganaba uno bien. Entonces viajé a La Gabarra, conocí un finquero y me fui con él.

Trabajando allá, me di cuenta de que llegaban mucho las Farc, grupos grandes, a veces grupos pequeños, y ahí empecé a tener relaciones con ellos, a hablar, a hacer amistades, empecé a conocer mucha guerrilla y poco a poco fuimos ingresando al grupo de una forma amistosa.

Les hacía mandados, les había contado la historia de mi vida, y terminé ingresando un poco por venganza, y también por la situación de los paramilitares que en esa época presionaban mucho por allá.
Estuve con ellos hasta los 18 años. Empezaron los combates, el entrenamiento, a patrullar y a hacer lo que me ordenaban.

Me salí en el 2006. Cuando eso yo iba a manejar un ‘plan pistola’ por parte de un grupo de milicias. En ese entonces nos habíamos dado plomo con la Policía en un casco urbano, a los dos días decidí entregarme.

La decisión llegó cuando volví a mirar a mi familia, ellos trabajando por ahí, con cosas, más de uno me decía que eso allá es muy duro.

Es que en verdad eso allá era muy duro, la guerra es dura, sino que uno al comienzo ve todo bien, pero después comienza a aburrirse. Con el tiempo comienza a cansarse.

Estos grupos cogen a los niños muy pequeños porque toman decisiones sin pensar. Por ejemplo, yo en ese entonces pensaba que la venganza era lo más correcto. Y estaba lleno de odio. Ellos al verlo a uno así, piensan que es más fácil que les entienda una política.

Pasa como cuando a uno lo ponen a estudiar. Normalmente cuando uno es niño está estudiando su primaria y su bachillerato, en la guerrilla en cambio está aprendiendo es cosas de ellos, política, cosas militares, entonces le queda a uno más fácil aprender todo más rápido. Y queda como tan fiel a ellos, que por ejemplo lo ponen a cuidar plata, lo ponen a cuidar armas, y uno en ningún momento piensa que se va a quedar con algo de eso.

Pero cuando uno crece va cambiando. En el sentido de que si lo mandan a hacer algo, pues quiere ir a ver la familia. Porque a uno le prohíben tener contacto con la familia, escuchar emisoras, cosas que lo inciten a volver al pasado y que quiera volver a estar libre.

Cuando está allá uno los ve como a unos papás. Más en mi caso que estaba desamparado. En la familia prácticamente nadie me ayudaba y no había terminado ni el quinto de primaria.

Los miré como un apoyo, a los guerrilleros como hermanos, porque buen trato sí tuve. Buen trato y respeto. Entonces al llegar a un grupo y que le muestren respeto, que lo traten bien, uno se siente acogido ahí, y eso es lo que pasa normalmente con los menores de edad.

La decisión de salir empecé a sentirla cuando me daba cuenta de que a veces mi abuela estaba enferma y yo no podía salir. Me di cuenta de que la decisión era quedar en una cárcel, muerto o desmovilizado.

Pero al desmovilizarse uno tiene serios problemas. Hasta el momento no me siento seguro con nada. Yo trabajo y todo, pero siempre tengo la secuela de que alguien me está buscando por la información que suponen que pueda tener.

Una decisión difícil

Además, cuando uno está allá lo primero que le meten es el miedo hacia el enemigo. En ese momento el enemigo de nosotros eran los paramilitares y el ejército. Los paramilitares se desmovilizaron y seguimos la guerra con el gobierno.
En la decisión uno lo está arriesgando todo, porque no sabe cómo lo van a recibir. Ni si le van a dar tiempo para explicar lo que quiere hacer.

En mi caso la Policía me recibió, me llevaron a la Sijín, hicieron el trámite para mandarme a Bogotá, en ningún momento estuve esposado porque se trataba de una decisión que tomé voluntariamente.

En Bogotá me asignaron un albergue y me dieron la alimentación. Pero era la primera vez que yo veía una gran ciudad. Siempre estuve patrullando por las zonas en las que crecí. Nunca había salido a otro lado.

Llegar a Bogotá fue muy duro, entre otras cosas porque yo me fui niño para el monte. Bogotá es una ciudad tan inmensa, donde por cualquier cosa roban, se ve uno como más atrapado. Estando allá tuve intenciones de devolverme para el grupo, no lo niego. Claro, yo me sentía como ¿yo qué hice? Pensé que me había equivocado, que qué iba a pensar la sociedad: un guerrillero, en la ciudad a uno lo ven como un bicho raro.

Vivía en un albergue en Bosa centro. Una zona difícil donde robaban mucho. Y de ahí me fueron cambiando.
Siempre hemos conocido el tema de la coca y todo eso, pero nunca he consumido ni tenía a nadie cercano que lo hiciera, pero nunca había visto consumir marihuana así como tan de frente a los demás como cuando estuve en Bogotá.

Para nosotros era diferente porque nos enseñaron otra clase de mundo. Pensaba en devolverme. Pero es un proceso en el que a uno le explican que va a tener trabajo sicosocial, que va a tener que estudiar, que va a estar libre.
Estando dentro del albergue empecé a estudiar sexto en nocturno. Propuse que me dieran un permiso para entrar más tarde, para estudiar de noche y buscar trabajo. Me contacté con un vecino que me puso a trabajar en construcción. Empecé como ayudante y me ofreció 18 mil pesos día en el 2008.

Terminé mi bachillerato y quería seguir en el Sena, pero ya no me daba tiempo. A veces uno entra a las seis, siete de la mañana y sale a las nueve de la noche del trabajo.

Tuve un proceso largo en el albergue porque no tenía registro civil, nada. Y el programa también lo saca a uno a conocer la ciudad, los barrios, sitios, para que se ubique en la ciudad y se pueda mover por ella.

Trabajaba construcción e iba validando el bachillerato. Después de un tiempo me sacaron del albergue y me consignaron una plata, no mucha, como millón ochocientos. Para que pagara el primer mes de arriendo y comprara una cama y algo. Eso hice. Trabajando en las fincas yo sí había manejado algo de plata, pero se había ido gastando en otras cosas.

Arranqué en un apartamento con un juego de alcoba y un televisor. Nunca había pagado arriendo, nunca había pagado transporte.

Me fui a trabajar en unas torres en Patio Bonito. Después de la primera quincena, en la que empecé barriendo, le dije al contratista que me enseñara a hacer placas y ahí fui aprendiendo hasta que me pagaban como oficial, que eran como 35 mil pesos el día.

Me empezó a gustar la construcción, me hacía al lado de los maestros, preguntaba a los topógrafos. El programa (con la Agencia Colombiana para la Reintegración, ACR) me ofreció trabajar en varias cosas, pero siempre tuve claro que lo mío era la construcción.

El programa me acompañó hasta el año pasado, cuando se dieron cuenta de que podía por mí mismo.
A esta región volví hace un tiempo con un contratista que estaba haciendo un proyecto de vivienda de interés social.
He estado aquí por algunos años, pero he ido a Barranquilla, a otras ciudades a hacer unas torres, de este proyecto salí a una obra de Bogotá. La idea es estarme moviendo primero, por seguridad. Y segundo, porque siempre me han gustado las obras grandes. Uno ahí es donde aprende y adquiere experiencia.

Aquí no me conocen por títulos sino por la experiencia que tengo. Uno arranca como ayudante, luego oficial es el que arma la columna y tiene su ayudante. Luego como ejero, que es el que tira las medidas y tiene conocimientos de planos; luego viene como maestro, a manejar a los contratistas y a ubicar cosas. Y ahorita estoy como subcontratista.
Busco a la gente, la ingreso a la obra, le pago un sueldo y hago mi corte y saco las ganancias. Para llegar a lo que estoy haciendo hay que aprender mucho. Si me iba por parte del estudio, es bueno estar certificado y todo, pero la plata que ganaba no era suficiente entonces me fui más por la rama de la experiencia.

Marcas y motivaciones

Algo que no se me puede olvidar de la guerrilla es tener un mismo compañero amarrado y saber que uno lo tiene que matar. Por consejo de guerra o cosas así. O sea, compartir uno con una persona y por una cosa como un consejo de guerra, porque de pronto tenía hambre y se comió una panela, entonces… ¿me entiende?

O porque de pronto se quería volar porque estaba aburrido o cosas así y tener uno que amarrarlo y entregarlo. Y eso me pasó con amistades cercanas.

O vaya a buscar a fulano que es un traidor. O tener uno que hacerle daño a un padre que tenga hijos y van a quedar así como quedó uno. Eso es duro.

Ahora es diferente. Lo que me motiva primero que todo es conocer ya hijos. Ahora vivo solo. He tenido dos hogares pero no he funcionado por el mismo tema de que tengo que estar viajando y eso. Y yo soy más bien solo. Tengo dos hijos: una niña y un niño.

Otra motivación es ganar el dinero honradamente. Que si me pongo un par de tenis, un pantalón es porque me lo gané honradamente. Si me compro una moto me la gané fue trabajando.

De hecho ya compré carro…me siento orgulloso de mí mismo. En estos momentos me siento orgulloso de que le puedo ayudar a mi familia.

Entonces todo el mundo dice, bueno, nosotros todavía estamos en el campo y él se fue a hacer un arte (esto es un arte con el que uno se gana la vida donde sea). Y yo tengo mucha familia que se gana la vida en fincas, tienen coca. Entonces, si tienen algo, es porque sembraron coca. En cambio yo, es con trabajo y guerreándomela en las obras.
Eso es lo que me motiva. Afuera de la obra me visto bien, voy a lugares donde me siento bien, si me siento a tomar una cerveza con un amigo siento que no tuve que robar para ello.

Me gusta pagarle bien a la gente que trabaja conmigo, así quede sin plata. Si me va bien, eso es lo primero. Como subcontratista ahora les doy trabajo a unas sesenta personas. Aquí hay nóminas de 28 o 30 millones de pesos.

En Barranquilla estuve con una empresa de Bogotá donde tenía como ochenta personas a cargo. Era una torre de dos pisos. Entonces uno ubica a la gente: un grupito en el hierro, otro armando, otro en las escaleras, y ellos dependen de mi trabajo y me buscan. El contratista directo es el que nos llama y nos dice que busquemos gente.

El dolor

El pasado mío es muy duro, porque en las noches, lo normal es que uno sueña cosas, cosas del pasado, y usted sabe que lo más lindo de una persona es recordar su infancia, cómo jugaba, cómo la pasaba con los compañeros y todo eso. Y hermano, la infancia mía fue muy dura… (Llora en silencio durante un largo rato. Se calma, respira fuerte y se para a tomar algo frío antes de reiniciar el relato).

…El pasado es muy difícil de olvidar. Así uno quiera, es una mentira, uno no lo puede olvidar. Muchas personas son felices en la ciudad, estudiando, sin importar si es pobre o rico, uno en el colegio se la pasa bien.

Mientras que en la guerrilla es diferente. Hay dolor. La mayoría de guerrilleros son gente humilde, gente que no conoce de la vida, no ha tenido estudio, les pasa como a mí, sí, les mataron un hermano, la mamá, el papá y piensan que la venganza es la mejor solución. No saben que van a hacer lo mismo y les van a causar el mismo daño a las demás personas.

Uno se deja llevar por la influencia de todo eso. Y cree que con las armas va a tener poder. Lo van a respetar más. Pero no saben que el respeto se gana es cuando la gente dice: ‘a ese man lo respeto porque trabaja’.
Acá ahora muchos me respetan porque a pesar de que no he estudiado hago bien mi trabajo, manejo bien a la gente. A veces uno es hasta más persona que una persona estudiada, me he dado cuenta. No he estudiado pero sé valorar las amistades.

El pasado siempre ha sido duro. Y este trabajo también es duro, pero me siento feliz de todo lo que he logrado. Siento que me respetan por lo que hago. Y de todo lo que hago queda el recuerdo. Estoy construyendo.

Lo que poco sé, se los enseño a los muchachos. He tenido muchachos marihuaneros, de calle, y lo respetan a uno. Y uno los respeta para que se sientan bien y trabajen.

He tenido a una persona que fue combatiente de las Auc y nos llevamos bien, aunque no sabe bien mi historia porque es muy dura y no me gusta contársela casi a nadie. Pero también sé que él pasó por situación dura y nos respetamos mucho, independientemente de lo que fuimos en el pasado.

Tengo 27 años. De aquí a los 30 espero tener una casa, el carro, y no sé si tenga una esposa. Primero lo mío.

El apoyo

A algunos les he escuchado que el Estado es malo. No. Es bueno porque ellos también le ponen condiciones a uno. Aparte de que le arreglan el tema jurídico, ellos también le ponen condiciones.

Por ejemplo, si usted va al colegio, le consigno tanto, si va a las actividades sicosociales, le consigno tanto. Esa no es una obligación, uno se la tiene que ganar.

Es un compromiso, si uno cambia de mal a bien, ellos lo apoyan económicamente y con el sicólogo al lado, ayudándolo, orientándolo, están muy bien organizados. Siempre he agradecido esa parte.

En mi momento tuve un apoyo en las Farc y al salir fue el Gobierno. Ahí ya me enseñaron qué es lo correcto. Y a estas alturas de la vida no me echan cuento de que vamos a hacer esto o lo otro, ya no.

Aunque estando en el programa siempre llegan malas influencias. Gente que lo busca a uno por la experiencia que adquirió en las Farc, pandillas, cosas así, pero uno pasa por una vaina y volver a caer en lo mismo, no le veo gracia.
He hecho trabajo de construcción dentro de la cárcel y es muy duro ver gente allá que se matan adentro, que sufren necesidades. Uno le coge experiencia a la vida y para volver a caer en un error, es muy difícil.

El apoyo sicosocial ha sido fundamental para mí. Uno tira a ser violento y en momentos de rabia tiene que pensar en todo lo que ha construido para no dejarse caer.

Así es en todo, incluso en la vida familiar. Uno tiene que mantenerse y si no puede convivir con una persona, lo mejor es que se dejen. Independientemente de lo que ocurra, uno tiene que ser responsable de sus acciones.

Cuando surgen problemas en la calle, uno piensa que si pelea con alguien puede tener cárcel, que le tocaría salir huyendo, estar escondido, dejarlo todo. Entonces se le viene eso a la mente y se frena. Y se aleja de la persona. A uno no lo hace ser valiente la violencia.

El apoyo del Estado lo he tenido desde el 2006 hasta el momento. Y pienso que todavía los necesito. Me dicen que si me dejan de visitar y creo que todavía no.

Primero me visitaban cuatro veces al mes, después dos veces, después una vez al mes y ahora es una vez cada tres meses. Pero yo a veces busco a la sicóloga por algunas cosas, para pedirle consejo. Me siento inseguro.

Si la guerrilla se entrega yo descanso. Que ellos se den cuenta de que uno puede vivir sin necesidad de un arma.
Cada uno de nosotros merece una oportunidad y para haber paz primero tiene que haber perdón. Yo, por ejemplo, frente a la muerte de mi papá, dejé eso atrás”.

Carlos Salgado R.
ENVIADO ESPECIAL, CÚCUTA

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