Febrero 21 de 2008
Fantasía, política, historia
La editorial Planeta acaba de publicar La provincia perdida, según el mismo autor una novela de guerra, amor, aventura y fantasía. Héctor Aguilar Camín se formó como historiador, ejerció el periodismo y este le dio el paso a la política.
Comentarista y director de la revista Nexos y Debate se convirtió durante mucho tiempo en el más punzante e inteligente analista del acontecer político mexicano. Es un teórico de la política y como Nicolás Maquiavelo, observador y testigo de cómo se obtiene, acrecienta o se pierde el poder. Pero también, es un desencantado de la política activa. Un hombre capaz de reflexionar sobre la historia que se está construyendo siempre en el trajín de la política.
Su primera novela Muerte en el golfo publicada en la época de los años 70 del siglo XX reconstruye cómo un sindicalista construye un imperio tan poderoso que puede enfrentar y en un pulso demoledor hacer caer la mano del Estado.
La Quica gobernó durante casi cuarenta años el sindicato del sector petrolero, asesinó, compró influencias, se enriqueció y tejió una urdimbre corrupta que como una tela de araña iba de un lado al otro del espacio industrial y político de PEMEX. Ninguno de los gobiernos anteriores al de Carlos Salinas de Gortari había logrado enfrentarse sin perder la partida con La Quica.
Salinas lo encarceló antes de que el sindicalista tuviera tiempo para tender su rama de informantes y afianzar las columnas de su poder. Muerte en el golfo cuenta cómo construye, desde el comienzo, su poder y relata las endemoniadas tretas para mantenerlo. El relato comienza, como las buenas novelas policíacas, con un cadáver y termina como los grandes ensayos políticos, con un análisis del sistema o los sistemas que lo instituyeron, favorecieron e instauraron.
La segunda gran novela, publicada en su propia editorial Cal y arena fue La guerra de Galio. Novela, y a la vez autobiografía, en la que se trenzan un asalto a la libertad de prensa, el nacimiento de un ejército popular revolucionario ferozmente torpe y una lucha de un grupo de periodistas acaudillados por Galio para defender la libertad de expresión y sus propios intereses políticos. Está basada la novela en el cierre del diario Excelsior, ahorcado por el gobierno para silenciarlo cortándole el papel y presionando con amenaza y violencia a los intelectuales insurgentes.
A partir de la insurrección estudiantil del 68 y el asesinato de los estudiantes en la plaza de Tlatelolco ejecutado por el entonces secretario de gobierno del presidente Ruiz Ordaz y más tarde, a su vez, presidente Luis Echevarría, se habían constituido células de guerrilla urbana que comenzaban a amenazar con la desestabilización a la disfrazada de democrática dictadura del PRI.
En La guerra de Galio los personajes, situados en los márgenes opuestos van descubriendo la mecánica de la agresión y la defensa y a la vez el mundo polimorfo de la sociedad política mexicana.
La provincia perdida es también una novela política sólo que está colocada en la abstracción de una provincia cuyo tiempo, situación, forma y límites vamos descubriendo a medida en que con una maquinaria técnica irreprochable: cartas de un enviado que va atravesando un territorio de guerra encargado de hacer las negociaciones necesarias para mantener la lealtad de la provincia a su mismo origen.
La abstracción es una metáfora, hermosa, bellamente relatada de la infamia que esconde siempre el corazón de la política donde traición, odio y amor parecen ir siempre instalados. En declaraciones hechas mientras trabajaba en la novela dice Aguilar: "el protagonista pierde la guerra, los ideales, pero gana la sabiduría radical del desencanto".
Debemos entender, quizá que es el canto del cisne del político activo y la última palabra del historiador y poeta. Ahora, porque en una provincia con un ejército de fantasmas que luchan batallas reales, también hay sabios capaces de crear en salmos de belleza y fantasía. Conviven pues en La provincia perdida la tarea del historiador, del político y del poeta. Al fin y al cabo no hay una realidad que pueda prescindir de la poesía y el horror.
Por Antonio Montaña
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