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Febrero 21 de 2008

Dos películas dos

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El director Carlos Reygadas recibió un Oscar el año pasado.

Permítaseme celebrar el año nuevo yendo al cine. Dos películas establecieron el prestigio del cine sonoro en México: 'Vámonos con Pancho Villa' y 'El Compadre Mendoza', ambas dirigidas por Fernando de Fuentes (primo hermano de mi padre).

Enseguida, Gabriel Figueroa obtuvo el premio de fotografía del Festival de Venecia (1936) y se inició la llamada "Época de Oro" del cine mexicano. Cine sobre todo de estrellas (Félix, Del Río, Armendáriz, Cantinflas) pero también de autores (Emilio Fernández y Julio Bracho).

Todo esto brilló durante poco más de una década, seguido de un estrepitoso derrumbe al abismo de la vulgaridad, la estulticia y, lo que es peor, la mediocridad voluntaria. Solo Luis Buñuel, en la etapa que va de 'Los olvidados' a 'El ángel Exterminador' le dio prestigio a un cine que en manos de Buñuel era personal, no nacional.

Otros, jóvenes autores, intentaron resucitar el arte del cine en México: Jorge Fons, Felipe Cazals, Humberto Gómez Hermosillo y, sobre todo, Arturo Ripstein. Su esfuerzo no fue en vano. Hoy, tres directores mexicanos sobresalen mundialmente: Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro. Se alega que su cine no es 'mexicano', sino 'internacional'.

Pleito ratero: no hay cine más 'mexicano' que 'Amores perros' o 'Y tu mamá también', que han sido, al mismo tiempo, grandes éxitos  mundiales, y obras como 'Babel' de Iñárritu o 'El laberinto del Fauno' de Del Toro son, como las películas de Lang, Lubitsch o Renoir en Hollywood, obras internacionales de autores alemanes, franceses o mexicanos.

Digo lo anterior después de ver, con asombro y admiración parejos, Stellet Licht - 'La luz del silencio', de Carlos Reygadas. El elogio de la crítica europea a esta obra mexicana rebasa la estrechez fronteriza y se instala en la experiencia estética. Stellet Licht se inicia con 6 minutos en los que solo vemos -y vemos todo- el amanecer. El ascenso del sol sobre el desierto. El nacimiento del día. Y el de la obra que vamos a ver, también.

Digo enseguida que nunca se ha visto un acontecimiento decisivo de nuestras vidas -la aurora- como la ve Reygadas, quien enseguida nos introduce en el mundo de los menonitas en Chihuahua. Esta secta religiosa mantiene sus costumbres ancestrales, su austeridad de costumbres y vestimentas.

Habla en neerlandés antiguo pero incurre en pasiones tan actuales como viejas: el adulterio y sus secuelas de disimulo, pasión y atracción, culminando en una escena en la que la muerte vive y los amores -el de Dios, el de los hombres- confunden el ocaso y el renacimiento.

La fuerza, la belleza, el sentido todo del cine de Reygadas no son ajenos a una tradición. Carl Dreyer, el gran director danés autor de 'La pasión de Juana de Arco' y 'Ordette' está presente y asimilado dentro del flujo estético que determina la relación entre tradición y creación.

Ni esta sin aquella, ni aquella sin esta. Que Reygadas escoja una tradición es parte de la libertad de su creación. Que la tradición pertenezca menos al pasado del cine 'nacional' y más a la de un arte 'internacional' no disminuye los desafíos y los peligros que el director debió superar.

Que Stille Licht llega a todos lo públicos del mundo, los desafía y los enriquece, lo prueba la visión de esta obra en las salas del cine europeas. Esta es una candidatura al Oscar justificada y bienvenida.La biografía de personalidades famosas es, en el cine, un subgénero en sí. En el pasado, Paul Muni casi agotó el repertorio: fue Pasteur, Zola y Juárez.

El atlético actor norteamericano Cornell Wilde no cabía en la fragilidad tísica de Chopin y Richard Burton imitaba, pero no encarnaba, a Wagner. Estas biografías eran lineales -de la juventud a la vejez o a la muerte- pero todas contenían un instante de epifanía: el momento en que Madame Curie (Greer Garson) descubre la radioactividad, Bell (Don Ameche) la telefonía o Edison (Spencer Tracy) la luz eléctrica.

Simbólica entre todas es la escena en que el compositor Cole Porter (Cary Grant) se inspira para la canción 'Noche y día' escuchando el trino de un pájaro y el goteo de una rama. Se trata de "la inspiración", ni más ni menos.

La virtud revolucionaria de la película I'm not there ('No estoy allí') de Tod Hughes es que no solo recrea, y mucho menos en línea recta, la existencia de Bob Dylan, sino que le encarga el papel del cantante y compositor a una mujer (la actriz Cate Blanchett), dándole extrañeza al personaje, pero también más verdad que la verdad misma: este es Bob Dylan creándose como otro/otra.

O sea: más real que la realidad. Pero hay más. La vida de Dylan es narrada por Dylan en sus canciones, pero el Dylan biográfico de las canciones es, en cada ocasión, un protagonista de las canciones. Dylan es un niño negro, un bandolero en retiro del siglo XIX, un actor engreído, superficial y cruel.

Es un roquero drogado que encuentra a Dios y asume un papel evangélico. La originalidad de esta propuesta abre una avenida inédita a la biografía cinematográfica.

Pensemos en el chileno O'Higgins, el mexicano Juárez o el argentino San Martín observados como personalidades vivas, contradictorias, sujetas a la fragmentación del día en vez de a la solidez de las estatuas.

Así se acercó Gabriel García Márquez al 'intocable' Bolívar en 'El general en su laberinto', incurriendo en la crítica de quienes ven al Libertador como un ser de mármol.

Sería, acaso, un acto liberador de nuestra vida histórica no 'humanizar', sino des‑componer a nuestros héroes, dándonos la libertad de re‑compensarlos con atributos -defectos y virtudes-más similares a los nuestros.

Lo cual me regresa a Reygadas, Del Toro, Iñárritu, Cuarón y Ripstein y su manera de ver a los seres humanos -incluyendo a los mexicanos- como biografías inconclusas porque es la imaginación la que los construye y desconstruye. 

POR CARLOS FUENTES

Otras novedades

Sin lugar para los débiles

Esta es una de esas películas que uno quisiera no haber visto, para poder verla de nuevo por primera vez. Y es que solo esa primera vez uno puede tener el extraño placer de sentir un escalofrío al ver la mirada del personaje de Bardem, un implacable ángel de la muerte que parecería que no estuviera persiguiendo al protagonista sino a nosotros mismos.

Con destreza de hipnotizadores, los hermanos Ethan y Joel Coen ponen frente a nuestros ojos el péndulo de un mundo raro. Tras la inmersión en la aridez de la ambición humana que ofrecen los primeros 10 minutos, ya no hay retorno: en ese momento uno ha caído irremediablemente en el trance que produce el arte cinematográfico hecho 'western'. ¿Cuál 'western', si la trama transcurre en 1980? Eso dicen, pero no hay que creerlo...

Esta historia es de todos los tiempos y de ninguno a la vez: el inefable peinado del personaje de Bardem es de los años 70, el papel de colgadura es de los 50, la botella de leche, de los 30, y la manera como los Coen cuentan la historia es propia de un western, pónganle la fecha que quieran.

Como cualquier western que se respete, estamos ante el enfrentamiento del bueno y el malo: un villano aterrador, representado por un Bardem que uno no quisiera encontrarse en un ascensor, y un sheriff que lo ha visto todo, caracterizado por Tommy Lee Jones. Los acompaña una deliciosa galería de personajes secundarios, entre los que se destaca una inolvidable señora de moña que supera al villano en fiereza y peinado. Y detrás de todos ellos están los hermanos Coen en su mejor forma, con un magnífico manejo del ritmo y la puesta en escena, y con la alquimia cinematográfica que hace que el todo sea superior a la suma de las partes.

Expiación, deseo y pecado

El director Joe Wright no se tiene confianza. De lo contrario habría mantenido la sutileza de los primeros 45 minutos durante toda la película. En ese primer tramo hay una buena historia, una magnífica ambientación y excelentes actuaciones... Pero de repente Wright opta por el lugar común y empieza a manipular los dolores de la guerra como cualquier Benigni, apoyado en una música melosa que alcanza su punto más bajo en un solo de dulzaina...

Petróleo sangriento

En una admirable faena histriónica, Daniel Day-Lewis representa a un petrolero que no se detiene ante nada, ni siquiera ante el cinismo de un pastor caracterizado por Paul Dano. Aunque por momentos la obstinada lucha del protagonista (acompañada por la magnífica música de Jonny Greenwood), evoca las epopeyas delirantes de los personajes de Werner Herzog.

POR MAURICIO REINA

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