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Febrero 21 de 2008

60 años del movimiento feminista

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Foto: Le Nouvel Observateur
Art Shay fotografió desnuda a Beauvoir en Chicago en los años 50. Beauvoir falleció a los 78 años en 1986; "la mujer no nace, se hace".

La liberación de la mujer cobró fuerza en la contestación de posguerra, al tiempo con su ingreso al mercado laboral, lo que provocó el desmonte de represiones y tabúes y reivindicaciones de grupos discriminados por sexo, raza o religión.

El feminismo fue difundido por escritoras como Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Germaine Greer, Susan Sontag o Bárbara Ehrenreich, que estimularon cambios en el comportamiento como el amor libre, el control de la natalidad, el divorcio, el cuestionamiento al matrimonio, la legislación sobre aborto o violencia doméstica y carnal, la igualdad legal, hitos en la redefinición de la mujer y su relación con el hombre.

Racismo, machismo, homofobia y segregación subsisten. Pero, por ejemplo, a pesar de su rezago patriarcal, Latinoamérica progresa en independencia de la mujer; Colombia también, en la cotidianidad o la ley y en casos sintomáticos como la acogida a la parodia de Isabella Santo Domingo sobre desigualdades entre los sexos.

El ícono del feminismo

Las mujeres del mundo dedican este año a Simone de Beauvoir, hito en el vuelco de la imagen de sí misma de su 'género', autora de 'Memorias de una joven formal'.

"¡Mujeres, se lo deben todo!", sentencia la filósofa Elisabeth Badinter en uno de los múltiples homenajes que por estos días se le rinden a Simone Lucie Ernestine Marie Bertrand de Beauvoir,
con ocasión del primer centenario de su nacimiento.

Considerada mundialmente como el emblema del feminismo, la escritora francesa -que nació burguesa y católica en París el 8 de enero de 1908 y murió allí mismo el 14 de abril de 1986-escandalizó con su libro 'El segundo sexo' a la sociedad de su tiempo, no tanto por enfatizar sobre la sensibilidad vaginal, o el orgasmo masculino, o el espasmo del clítoris, como por haber revolucionado el sentimiento de libertad femenino al enunciar en frase lapidaria: "La mujer no nace, se hace".

Esa frase, que consolidaba su proyecto feminista, terminó catapultándola en los cinco continentes, incrustando su lucha al lado de otros conflictos de sectores sociales oprimidos y minorías constreñidas anunciando a la par su negación de matrimonio y maternidad.

Y esa 'mujer' que ella hizo de ella y que quiso que las demás hicieran de sí mismas, entre la escritura de su prodigiosa obra y su eterno acompañamiento a Sartre, su amor esencial, vivió
siempre la libertad que defendía en medio de combates que la llevaron a desafiar tradiciones y derrumbar preceptos, aunque en su caso, aplicándole a su vida una independencia tal, que no tuvo inconvenientes en ejercer el bisexualismo y solazarse en el lesbianismo como estilo de vida que jamás disimuló y, muy por el contrario, divulgó en vida y dejó para la posteridad en escritos que hoy hacen que tal conducta se haga imprescindible para la elaboración de un retrato totalizador de su existencia.

Y es que para ser consecuente con ella y con lo que de ella se dijera después, mientras en el cementerio de Montparnasse el cineasta Claude Lanzmann leía en su entierro un trozo de 'La fuerza de las cosas' acosado por decenas de jovencitas compungidas por el dolor de su pérdida, quien hubiese querido verlo habría encontrado en el féretro de la amante de Sartre su mano inerme adornada por el anillo de compromiso que otrora le obsequiara el norteamericano Nelson Algren, otro de sus variados
amantes.

Beauvoir se hizo atea a los 14 años, y cumplidos sus 21, con 3 años menos y 2 centímetros y medio más en estatura, se unió a Sartre por el resto de sus días mientras al lado suyo se hacía existencialista, feminista, militante política y una de las figuras más fascinantes de la inteligencia mundial por el conjunto de su obra y por el ejemplo de su unión amorosa a prueba de cualquier adversidad.

En 1943 publicó su primera novela, 'La invitada', que despertó
su propio optimismo para confiar en su destino y asumir una elección personal, logrando, además, la exaltación de Sartre y sus jóvenes discípulas que desde entonces la rodearon sin abandonarla.

Iniciaba a partir de allí un trayecto literario y filosófico que la conduciría al interior de los conflictos existenciales del hombre, de su libertad, de la acción como elemento sustancial para comprenderse y comprender a los demás y de los alcances
de la responsabilidad individual como ingrediente forzoso en la búsqueda de una sociedad mejor.

Vienen después otros libros y ensayos con especial acento en la moral y en la política, preocupaciones constantes en la pareja existencialista, y sus cuatro autobiografías, entre ellas, 'Memorias de una joven formal' (1958) y 'Final de cuentas' (1972). No obstante, coincidiendo o no con su legión de admiradores y críticos, particularmente tres de sus libros resumen para mí el fundamento y la razón de su indiscutible importancia universal y explican impecablemente la esencia de su pensamiento.

En primer lugar, 'Los mandarines', que le hiciera merecedora del notable Premio Goncourt en 1954 y le diera acceso al pedestal de los mejores escritores de su país. 'La vejez' (1970), minucioso, penetrante y conmovedor sondeo sobre la ancianidad y las vergüenzas de su aislamiento descalificativo y, 'El segundo sexo' (1949), quizás la más extensa e intensa incursión que cualquier escritor haya emprendido sobre el alma femenina, sus virtudes, sus derechos, sus haberes y carencias y su milenaria inequitativa condición social e individual.

Pero en el empeño de rememorar su doble siglo, el XX que fuera el suyo y el que viene de cumplir, quien sigue siendo en este siglo XXI considerada como ícono del feminismo, no habré de caer bajo ninguna circunstancia en el uso común y obligado de evocar a los muertos en sus aniversarioscon pompa y sobrecarga de enaltecimientos y arandelas que hagan más conmovedora su recordación, saliéndome del molde consagrado para estas 'ceremonias' y adentrándome en un aspecto puntual de su personalidad que, hay que admitirlo, tuvo una evidente resonancia social y un velado influjo en su magistral producción literaria.

Así, pues, debo hacer referencia a dos de sus obras que dejaron
en mí cierta ambigüedad interpretativa: 'La ceremonia del adiós' y su póstuma 'Cartas a Sartre' que lamentablemente le bajaron el alto perfil al conjunto de sus trabajos y la condujeron a un terreno menor. De ellas dijo en su momento el diario 'Libération' de París cofundado por el propio Sartre en 1973: "Abuso de Beauvoir. Dos volúmenes de cartas dirigidas a Sartre... textos inéditos del Castor que ofrecen la imagen de una vida llena de intrigas y planes insignificantes, de una mujer machista y mezquina". Y Juan Nuño, el ensayista hispanovenezolano al recriminarla por lo mismo, anotaba: "... Simone de Beauvoir, la 'Grande Sartreuse' que no nos ahorró ni el más mínimo detalle de la vida cotidiana de Sartre:
todas sus manías, todos sus movimientos, su horario al dedillo
y aun todas sus miserias fisiológicas del triste y decadente final... En realidad, ha sido fiel a sí misma: su extensa autobiografía no es sino una implacable recopilación de diarios llevados día a día, hora a hora, en donde nada queda fuera o al menos esa impresión agobiante se tiene al leerla. Ganas entran de pensar que Sartre escribió 'Las palabras' -su autobiografía- como una forma relativamente gentil de darle una lección: Madame, una autobiografía se escribe así, no transcribiendo sin perdonar cuanto chisme y anécdota sucedieron".

Por estos días quienes la han venido recordando por su centenario
a través de artículos, libros y conferencias en todo el planeta,
han hecho mención explícita de esta característica suya que, como ya dije, se hace imperiosa para, al costado de sus otros títulos de magistral escritora, percibir su lucha feminista, el acervo de su obra y su accionar intelectual y político. Hablar de la Beauvoir sin registrarle esta elección de vida y rebeldía, de destructora de mitos y tabúes y rígidos formalismos burgueses, sería traicionarla mientras se la invoca.

Pero, en fin, la Beauvoir existencialista y feminista que quiso ser, y fue, y que decidió que se le reconociese así, no debería ser inmortalizada solo con exaltaciones oportunistas mimetizando este u otro cualquiera de sus rasgos. Y me he ocupado de ello alejándome en lo que pude del sahumerio habitual, porque también pienso con ella que su lesbianismo y bisexualismo son cosas suyas que no la determinaron a ser mejor o peor que nadie. En todo caso, y en aras de mi respeto y admiración por su talento y jerarquía, confío en haberle sido fiel a su memoria recogiendo sin sesgos sus fortalezas y debilidades, ambas pedazos ineludibles de su historia personal. 
 

GERMAN URIBE

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