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Colombia se acerca a la historia de México

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Colombia con acercamientos a la historia de México

Obra 'El burrito amarrado' de Rosario Cabrera.

Una colección de arte mexicana permitirá a los colombianos un diálogo con nuestra historia.

La revolución en México no llegó con Diego Rivera o los muralistas. Ni se gestó en las ciudades, como podría creerse. Eso vendría mucho después. Así lo podemos ver con la colección de arte mexicano adquirida hace algunos meses por el grupo antioqueño Sura, en una monumental transacción de $3.614 millones al hacerse a la aseguradora ING en 5 países de América Latina, entre ellos Colombia. Al nadar por las 400 obras que hacen parte de tamaño acervo cultural, vemos una pequeña pero nutrida historia del país azteca donde siempre imperó la voluntad de cambio. 

Con esto en mente y a través de sus numerosas pinturas vemos cómo la revolución la empezaron mucho antes y, quizá sin buscarlo, algunos viajeros venidos de Europa al inicio del s. XIX siguiendo el sueño de Humboldt, pero que desviaron su camino seducidos por los problemas sociales del continente y un gustito por la conspiración. El alemán Johann Moritz Rugendas (más conocido como Mauricio) fue uno de ellos. Pocos creerían al ver sus cuadros, apacibles y hermosos paisajes coronados de volcanes mexicanos, que detrás de su pincel había tremendo revolucionario, al punto de haber sido encarcelado y desterrado del país en 1834, luego de habérsele descubierto armando planes contra el gobierno del general Anastasio Bustamante. Y sin tanta militancia, pero igual lugar, destaca el trabajo del también germano Paul Fischer que, sin ser artista sino médico, llegó a México atraído por las carencias de las minas y trabajó en la del Promontorio. Allí vivió de cerca la realidad de los más necesitados, tema que incorporaría, sin exhibicionismo, a sus paisajes. La cerilla se encendió allí, gracias a ellos y a muchos más, y tardaría mucho en apagarse. 

'El paisaje os hará libres', dirían algunos parafraseando a San Juan. Esto se vuelve cierto al constatar que, pasada la mitad de ese siglo, más europeos llegaron al país con el encargo de rescatar a la Academia de San Carlos (fundada en 1781, como la primera de Latinoamérica), ese bastión de pintores tradicionales que se había venido a pique por falta de inversión y por un aburrido anacronismo en su manera de reducirse a pintar retratos. Y lo harían, precisamente, explorando el paisaje. Antonio López de Santa Anna, el presidente que quedará en la historia mexicana como el que le vendió el país a E.U. (¡tendría que haber sido culpable en algún momento si gobernó México en 11 ocasiones!), contrató a algunos grandes maestros europeos, como el italiano Eugenio Landesio, el español Manuel Vilar y el catalán Pelegrín Clavé, para que reavivaran la Academia. Supongo que nunca se imaginó que allí, por medio de esos aparentemente anodinos paisajes, llegarían las ansias de libertad.

Uno de sus máximos exponentes fue José María Velasco, de quien también pueden verse unas  preciosas obras en la colección. Como diría décadas después Alfredo Ramos Martínez, unos de los directores de la Academia y fundador de las Escuelas al Aire Libre: "Su objetivo era despertar la atención de los estudiantes a la belleza del país y así dar nacimiento a un arte verdaderamente digno de ser llamado arte nacional". De allí, un paso hacia la revolución.

¿Quién era el Dr. Atl?, le pregunto a la curadora de la colección, Consuelo Fernández, no solo por lo sorprendente de su nombre, como de amigo del señor Spock, sino por sus poderosos paisajes de volcanes, que parecen a punto de estallar. "Se llamaba Gerardo Murillo y fue un hombre enigmático que protagonizó una vida intensa y extravagante y es mejor conocido como Dr. Atl", contesta. Al revisar su vida, es verdad que fue apasionante. Becado por la Academia durante el gobierno de Porfirio Díaz en 1897, visitó Europa sin freno, estudió Filosofía en Roma y Derecho Penal en París; también hizo periodismo y pintó, asistió a los cursos de sociología de Durkheim y de psicología de Bergson. Y fue en la ciudad luz donde fue bautizado como Dr. Atl. Con esos antecedentes, era de esperarse un regreso triunfal a México.

Era 1910. Había pasado un siglo de la Independencia. Claramente, llegaba con el espíritu dispuesto a dar la pelea. Y sí que la dio. Armó huelga contra su propia alma mater y, según cuenta Fernández, "encabezó la famosa protesta ante la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, por la exposición de los pintores españoles Zuloaga y Sorolla". Eso derivó en que 2 años después -en el medio regresó a París y fundó el periódico Action d¿Art y la Liga Internacional de Escritores y Artistas con el objetivo de reunirlos en una coalición de combate para que fueran, según él "factores primordiales de progreso"- se convirtiera en el interventor de la escuela de Bellas Artes o de San Carlos. Con estos antecedentes, es lógico que haya sido mentor de los muralistas Rivera, Siqueiros y Orozco y también tuvo como aprendiz al poderoso Jorge González Camarena, como lo confirma Fernández (y de quien también hay obra representativa en la colección). Como esto no le bastaba, se unió al movimiento anticlerical durante la guerra Cristera de 1926. Solo a partir de los 30 se apaciguó, y lo hizo, curiosamente pintando los volcanes que lo harían famoso, inspirado por los paisajes de Velasco, de quien se considera es su sucesor. Quizá fue su manera de calmarse con un tema poco tranquilo.

También las mujeres jugaron un papel relevante en la historia del arte mexicano del s. XX. Nombres que están abanderados por Frida Kalho (de quien se presenta una obra temprana, de 1929, un retrato de su sobrina Isolda y con quien se percibe ya ese peculiar trazo surreal), pero que no son menos sorprendentes que ella: Rosario Cabrera, María Izquierdo, Leonora Carrington y Cordelia Urueta, todas representadas en esta rica colección.

De Kalho conocemos su universo perturbado, esa particular manera de exponer su dolor, ese interés tan propio de reflejarse a través de  la cultura popular; de Carrington, ese espacio de fantasía que sumerge en otra dimensión gracias a personajes extraños, mitológicos, ensoñados. Las 2 obras que podemos apreciar de ella son ejemplos ideales de su mundo, con esos protagonistas oscuros que bien podrían haber inspirado a Tim Burton. Pero los descubrimientos son los otros nombres. María izquierdo, artista que cabría como primitivista y que se sale de la representación idílica de los cuadros 'femeninos' de tranquilos bodegones o retratos. Por el contrario, su estilo choca y encanta, como el cuadro de una niña regordeta vestida a marinerita, de tez verdosa. Invade la imagen, así como el concepto de belleza.

"A diferencia de Kahlo e Izquierdo, Rosario Cabrera se instruyó rigurosamente en los espacios tradicionales de la Academia pero, al igual que ellas, su paradigmática sensibilidad la sumerge en el inagotable mar de rostros, tradiciones y temas populares -cuenta Consuelo Fernández-. A los 15 años ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1916 y tuvo de maestros a Saturnino Herrán, Germán Gedovius, Leandro Izaguirre y Alfredo Ramos Martínez". Pese a haber contado con el apoyo de sus maestros, en 1928 abandonó la pintura para dedicarse al hogar. Algo que lamenta la curadora: "Rosario Cabrera es un misterio, un personaje fundacional de la pintura mexicana del s. XX, una mujer compleja y difícil de comprender. Lo más relevante es que fue la primera pintora mexicana del siglo que expuso en París".

Tan anchas como largas pueden ser las entradas a esta colección. Su esquemática división -rostros, paisajes y abstracción- permite, sin embargo, hacer múltiples cruces. Lo relevante, ahora que le pertenece a Colombia, serán justamente los diálogos que podrán entablarse con la propia historia del arte colombiano que posee el grupo Sura. Según el comité cultural del Grupo, la reunión entre los curadores de México y Colombia, Consuelo Fernández y Alberto Sierra, arrojará en un futuro cercano exposiciones conjuntas en ambos países. Los veremos entonces a través de sus paisajes, volcanes allá, montañas acá; los ritmos disímiles del arte abstracto; los costumbrismos del s. XIX por los trazos de Icaza y su correspondiente colombiano, Ramón Torres Méndez; la influencia del mexicano Felipe Santiago Gutiérrez en la historia de nuestra Escuela de Bellas Artes y la importancia del muralista Federico Cantú en la formación de Débora Arango. Tenemos tantos puntos en común que cuando toquen piso colombiano esos Rivera, los sentiremos como propios.

Dominique Rodríguez Dalvard
REDACCIÓN EL TIEMPO

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