El arte de indagarse a uno mismo

El arte de indagarse a uno mismo

David Carr, reportero y columnista estrella del New York Times, escribió 'La noche de la pistola'.

David Carr

Si hay un libro que enseña el bien que hace perdonar y ser perdonado es 'La noche de la pistola', recién traducido al español

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AFP.

10 de julio 2017 , 04:48 p.m.



Durante tres años, de 2004 a 2006, el periodista estadounidense David Carr viajó por su pasado. Entrevistó a más de sesenta personas para entender quién había sido, qué había hecho en su vida. Rescató expedientes, documentos legales, contrató una nube de reporteros para que escudriñaran en la vida de un hombre: él.

“Más que periodismo, parecía arqueología, un trabajo que necesitaba picos y palas y que me permitió abrirme paso en unos pasadizos oscuros y poco usados, encontrar el camino a tientas, descubrir piezas que no encajaban y comprender que estaba guiándome por un mapa que no valía. Fue una aventura esclarecedora y nauseabunda, una nueva frontera en los anales del egocentrismo. Me presentaba en las casas de gente a la que no veía desde hacía dos décadas y les pedía que me explicasen cómo era yo”.

Había nacido con un solo riñón en un hogar dorado y dichoso. “En la medida en que soy capaz de recordar, esto es lo que sé: nací en una familia de siete hijos –yo era el mediano–, en un escenario propio de una novela de John Cheever, en el límite entre Hopkins y Minnetonka, al oeste de Mineápolis (Minnesota, en el norte de Estados Unidos, fronterizo con Canadá). Era una vida idílica en un barrio residencial, en la que cualquier caos se ocultaba en las habitaciones traseras de espaciosos chalets. Yo siempre estaba metiéndome en líos, aunque tuviera que andar mucho para encontrarlos. Mi casa era un buen hogar, mis padres eran maravillosos. Nadie me dio nunca drogas y, si me las hubieran dado, las habría devorado y habría querido más. Yo bebía y me drogaba por el mismo motivo que un niño de cuatro años da vueltas sin parar hasta que se marea: porque me gusta sentirme de otra forma”.

Las drogas lo obnubilaron, lo acabaron, lo redimieron, lo fortalecieron, lo enfermaron. Leyendo este libro, que podría también ser un tratado elemental de las drogas, uno entiende que no se necesita crecer en una triste familia, padecer pobreza o tener una melancolía profunda para drogarse y ser feliz con ello.

“Cuando las sustancias químicas y el karma se fundían en un éxtasis, era muy, muy divertido. Si no fuera por esos momentos, ¿por qué iba a pasar la gente toda su vida tratando de recuperar ese sentimiento? Las ratas –y los seres humanos– siguen empujando la barra en la jaula de nuestra existencia en busca de una recompensa irracional porque, de vez en cuando, por el orificio cae algo increíblemente delicioso. Que conste que yo me divertí”.

La diversión le pasó factura a David, un hombre que en el 2011, cuatro años después de publicar este libro, se convirtió en una figura pública gracias a Page One, un documental sobre la crisis de la prensa en papel y la compleja transición al mundo digital.

Perdió el bazo, la vesícula, medio páncreas, buena parte de sus muelas y de sus mejillas –que se quemarían por radiación–, tras ser intervenido en 1991 por un linfoma de Hodgkin, un cáncer del sistema inmunológico.
Así que a su voz ronca de pirata, a sus andares desgarbados de Quijote y a la mirada inquisitiva de Sherlock Holmes, como lo describían los colegas, se le sumaria “un cuello de cisne” que nunca pudo enderezar.

Leyendo este libro [...] uno entiende que no se necesita crecer en una triste familia, padecer pobreza o tener una melancolía profunda para drogarse y ser feliz con ello

Había criado solo a un par de gemelas –hoy exitosas profesionales– que pesaron un kilo cuando nacieron a los siete meses, en 1988, luego de que su madre, Anna, traficante de coca colombiana, reventara fuente cuando fumaba crack con David. Nunca se recuperó. David obtuvo la custodia de sus hijas.

Pero una noche fue su punto de quiebre. Desesperado por una dosis de droga, fue a la casa donde se la proveían. Dejó a las gemelas en el carro. Era invierno. Solo le tomaría diez minutos.

“Recuerdo salir por la puerta de metal y después por la puerta de la calle con sus tres cerrojos al porche, y el sonido hueco de mis botas en el suelo de madera. Una pausa. ¿Cuánto tiempo había estado? No más de diez minutos, como mucho. Diez minutos multiplicados por diez, o incluso más. Horas, no minutos. Caminé hacia el coche a oscuras con las drogas en el bolsillo y un escalofrío de terror por todo mi cuerpo. Abrí la puerta de delante, metí la mano, solté el pestillo de la de detrás y asomé la cabeza. Vi que respiraban. Dios había cuidado de las gemelas y, con ello, de mí, pero en ese momento comprendí que había cometido un error que Él no podía perdonarme así como así. En ese instante decidí no volver a ser ese hombre”.

Cinco veces pasó por clínicas de desintoxicación, “acuarios humanos, unos sitios en los que unos seres hasta arriba de Librium cabecean aquí y allá, observados por el personal a través de un grueso panel de cristal, por si alguno de ellos enloquece o empieza a dar sacudidas”. Pasó por la cárcel. Decenas de veces. En más de una ocasión lo arrestaron por estar con una copa de más. Menos mal porque así evitaron muchas posibles tragedias. En La noche de la pistola –todo un éxito editorial en Estados Unidos; tanto que se está filmando una miniserie de seis capítulos– un recuerdo sacude y produce admiración ante unos policías que hicieron su trabajo y no se dejaron sobornar: “A mitad de camino, tomé una curva a mucha velocidad y estuve a punto de chocar con un coche familiar lleno de niños. Todavía puedo ver sus caras en la ventana posterior”.  

¿Por qué decirlo todo? ¿Por qué dejar la prueba de esa vida secreta, la que nadie cuenta por simple vergüenza de sí mismo?

Por hacer buen periodismo, así de simple. Por esos años –como por estos años– el oficio había sido herido de muerte. James Frey, autor de En mil pedazos (2004), había escrito sobre su proceso de rehabilitación de las drogas, vivido en una reconocida clínica, y había exagerado buena parte faltando a la verdad. “El libro inventado de Frey estaba desintegrándose a la vista de todos, una noticia de la que informé yo mismo. Empecé a pensar que quizá había sitio para otras memorias de un alma descarriada y recuperada, un libro de recuerdos que estuviera basado en investigaciones y entrevistas”, explicó Carr. Así que aprovechó lo que sabía. “Todas esas herramientas básicas del oficio me ayudaron a aprender. Las tradiciones arraigadas de The New York Times han mejorado a casi toda la gente que ha trabajado alguna vez allí, incluso a mí. Imagínense trabajar en un sitio en el que todos –el jefecillo siniestro, el ambicioso recién llegado, el gran jefe que pasa de vez en cuando– están intentando que la empresa sea mejor. Incluso cuando te aplastan contra la pared, o te indican un error en tu trabajo, o lo cambian de arriba abajo cuando pensabas que ya habías terminado, su propósito es que sea mejor”.

Reportearse a sí mismo con la rigurosidad del buen periodismo produce resultados que dejan pensando sobre la manera como uno recuerda. Por ejemplo: la entrevista que dio origen al título del libro, La noche de la pistola, tiene que ver con Donald, su mejor amigo, a quien David conoció en el colegio y luego volvió a ver en la universidad. Se escapaban, se drogaban, eran unos vagos. En el 2006 lo entrevistó. Quería preguntarle sobre aquella noche de finales de los ochenta, cuando lo despidieron de su trabajo por borracho y drogado y se fueron de farra juntos.

¿Por qué decirlo todo? ¿Por qué dejar la prueba de esa vida secreta, la que nadie cuenta por simple vergüenza de sí mismo?

En su memoria –“El hombre está obligado a mentirse sobre sí mismo”, decía Dostoievski– David recordaba a Donald empuñando una pistola para sacarlo de su apartamento.

– ¿Por qué me amenazaste? –le preguntó David.

–Nunca he tenido un arma. Quizá eras tú quien la tenía –le respondió Donald.

“¿Qué yo había ido a casa de mi mejor amigo con una pistola metida en el pantalón? Ni hablar. No encajaba en mi historia (…). Esta es una historia sobre quién tenía la pistola”.

“La cajita –dice refiriéndose al disco duro donde guardó cada entrevista que compone este libro– sabía que yo tuve la pistola y que no robé a mis hijas, pero que no era el candidato ideal a tener su custodia. La cajita sabía que mi primer terapeuta perdió la licencia para ejercer, lo mismo que mi abogado defensor, y que mi mentor acabó en la cárcel, mientras que yo salí de todo más o menos indemne. La tarjeta de memoria sabe que dejé a deber a todos los abogados que me ayudaron, pero que pagué religiosamente a todos los camellos. Sabe que David Bowie no cantó para mí y que el cáncer me hizo daño, aunque yo fingiera que no. (...) La cajita sabe que fui un narcotraficante penoso y un buen periodista. Los datos que contiene dejan claro que Dios no me abandonó nunca, tal vez porque unas monjas rezaron por mí”. Carr vino a Colombia en el 2009. Los Andes lo impactaron. En un recodo de la carretera que de Guasca conduce a Choachí, dijo: “Ahora sé que Dios sí existe”. Hoy sus hijas quieren venir. Saben con certeza que su padre fue feliz aquí.


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