Stephen King: la pesadilla americana

Stephen King: la pesadilla americana

El argentino Rodrigo Fresán escribe para LECTURAS sobre el universo de uno de sus autores favoritos.

Stephen King

El estreno en cine de 'It', el lanzamiento de la miniserie 'Mr. Mercedes' y de la novela 'Sleeping Beauties', además del cumpleaños 70 del escritor, hacen del 2017 un año King.

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AFP

10 de julio 2017 , 12:00 p.m.



El próximo 21 de septiembre, Stephen Edwin King (nativo de ese Maine donde transcurren muchos de sus temblores) cumplirá setenta años de edad y medio siglo (vendió y publicó su primer relato, ‘The Glass Floor’, a la revista Startling Mistery Stories) ofreciéndonos la alegría del miedo.

Y ahí sigue más de doscientos cuentos después, casi sesenta novelas más tarde y más de medio centenar de adaptaciones cinematográficas y televisivas donde, con resultados variables, no siempre se encuentran Brian De Palma o Stanley Kubrick (aunque a King no le haya gustado nada lo que hizo con lo suyo) o George A. Romero o John Carpenter o Rob Reiner o David Cronenberg o Frank Darabont o Bryan Singer o Lawrence Kasdan detrás de la cámara. Ahí continúa King habiendo ganado todos los premios especializados y algunos de los más prestigiosos (entre ellos quince Bram Stoker, cinco Locus, cuatro World Fantasy Awards, el Grand Master Award de los Mistery Writers of America pero, también, un O. Henry y la medalla del National Book Award por su “distinguida contribución a las letras norteamericanas” recibida, entre otros, por William Faulkner, Saul Bellow, John Cheever, Philip Roth, Susan Sontag, Don DeLillo, Thomas Pynchon y John Updike). Ahí permanece King con trescientos cincuenta millones de ejemplares vendidos en todos los idiomas del planeta. Ahí está King y ahí están los que (como Harold Bloom) lo consideran una aberración literaria y signo claro de la decadencia de nuestro presente, o los que consideran que debería recibir cualquier octubre de estos ese premio Nobel que los obtusos académicos le negaron a Ray Bradbury.

Más allá de las actitudes y percepciones extremas, tal vez lo mejor sería moverse por la mitad del camino y afirmar que, seguro, King –hoy por hoy reseñista habitual en The New York Times, colaborador frecuente en The New Yorker y a quien la prestigiosa The Paris Review ya dedicó esa entrevista modélica y canonizadora a la que respondieron Hemingway & Faulkner– es el escritor popular más “querido” de la Historia y que, sí, es uno de los mejores narradores puros y duros en toda la historia de la literatura, más allá de géneros y gustos.

Y King insiste sin tener problema alguno –“No es algo de lo que me enorgullezca; pero así son las cosas” –en confesar que jamás leyó a Jane Austen. Aunque, probablemente, al menos habrá visto la película que se las arregla para centrifugar a las pálidas y casamenteras y prejuiciosas y orgullosas heroínas de la escritora inglesa con esos zombies que, siglos más tarde, arrastrarían los pies y masticarían cerebros idiotizados por una señal emitida por sus teléfonos móviles. En una novela de Stephen King, por supuesto.

La sensación entre infantil y scherezadesca de sabernos en las buenas manos y garras de un eximio storyteller que nos clava los colmillos y no nos suelta

Dar miedo

Y Stephen King es un escritor muy generoso. Empezó dando miedo en un paisaje editorial y literario donde muy de tanto en tanto aparecía un libro con ganas de darlo –fenómenos esporádicos y contados como El bebé de Rosemary, de Ira Levin, El exorcista, de William Peter Blatty o El otro, de Thomas Tryon, mientras se mantenían en la pantalla de los televisores los para King muy (de)formativos episodios en blanco y negro de The Twilight Zone con guiones de Richard Matheson y Charles Beaumont– y desde entonces no ha dejado de dar y de dar y de dar y de dar.

Y de seguir dando.

Para que nosotros tengamos.

Miedo.

Pero, también, la sensación entre infantil y scherezadesca de sabernos en las buenas manos y garras de un eximio storyteller que nos clava los colmillos y no nos suelta.

Lo que no lo exime, claro, de haber sufrido altibajos (sobre todo siendo tan prolífico; Woody Allen padece el don y el privilegio de una condición similar), o algún periodo problemático (el alcohol y la cocaína consiguieron que, al día de hoy, King no recuerde haber escrito títulos difusos: Los tommyknockers o Insomnio) o hasta el haber puesto en práctica y en letra ideas apresuradas o no del todo originales como esos autos asesinos.

Está claro que no es fácil ser Rey. Y mantenerse en el poder.

Y así, como bien dijo el escritor/discípulo Michael Marshall –autor de una más que interesante vuelta de tuerca sobre el asesino en serie en su trilogía de Los Hombres de Paja– “Stephen King es uno de los pocos escritores que incluso la gente que no lee sabe perfectamente quién es y qué hace. Lo que resulta en que debe juzgárselo con reglas diferentes a las habituales”.

En otras palabras: dentro de lo suyo, King es su principal rival y su peor enemigo. Un clásico y un referente. El mismo problema que tuvieron y no dejan de tener The Beatles vivos o muertos pero inmortales.

Stephen King

Este año Stephen King cumple medio siglo de haber vendido y publicado su primer relato.

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Su gran debut –aunque ya llevaba tiempo publicando en revistas de diverso calibre y novelas en formato pulp bajo el alias de Richard Bachman– fue con la telekinética y ensangrentada y sangrienta Carrie, en 1974 (apunte personal: yo, con once años, lo leí entonces y King es uno de esos escritores a los que he seguido, en vivo y en directo, desde el principio y sin perderme ni una de sus transmisiones). Y desde entonces –aunque alguna vez haya amenazado con retirarse– King continúa lanzando escalofríos luego de haber convertido al terror/horror en uno de los nichos literarios más exitosos y productivos. A King le debemos descendientes suyos como John Ajvide Lindqvist, John Connolly, Dan Chaon, Kelly Link, Michael Koryta, Mariana Enríquez, su contemporáneo Dean Koontz, el gran Peter Straub (con quien King escribió El talismán y Casa negra) y hasta al propio hijo de King: Joe Hill. Y podemos acusar a King también de haber abonado la tierra de cementerio donde germinaron atrocidades como la saga Crepúsculo, de Stephenie Meyer, despreciada por el Rey Stephen porque “no tratan de tener miedo a los vampiros sino de tener miedo a no tener novio”.

Por encima de todo y de todos los que fueron y los que vendrán, King continúa firmemente sentado en su trono y no hay quien le haga sombra. Pueden tener un impacto ocasional, sí; pero nadie se las ha arreglado para mantener su constancia. ¿Cómo lo hizo y lo hace y lo seguirá haciendo? Sencillo: “La clave de todo pasa por dedicar seis horas al día a leer y escribir. Si no lo haces, no puedes pretender ser un buen escritor. Dos mil palabras al día es la meta. ¿Mi definición de talento? Fácil: si escribiste algo por lo que te dieron un cheque y el cheque no rebotó y con eso pagaste la electricidad, entonces te considero alguien talentoso”. Y tener claro que “Terror es ese calculado crescendo camino de ver al monstruo. Horror es ver al monstruo”.

Es decir: 90 por ciento de terror y 10 por ciento de horror.

Y ese cheque para conjurar el miedo a que te corten la luz y se hagan las sombras.

King es su principal rival y su peor enemigo. Un clásico y un referente. El mismo problema que tuvieron y no dejan de tener The Beatles vivos o muertos pero inmortales

En la corte del rey King

Y, claro, más allá de favoritos personales, hay un indiscutible canon King. Tomar nota para futuros temores o para recordar el placer de pasados escalofríos. Entre 1974 y 1979, King disfrutó e hizo disfrutar con la más triunfal y, seguramente, irrepetible de las buenas rachas. A saber: Carrie, esa Drácula en pueblo chico que es El misterio de Salem’s Lot (que yo leí por primera vez como La hora del vampiro), El resplandor (para mí muy por encima de muchas de las supuestas “Grandes Novelas Americanas” de la actualidad), la colección de relatos El umbral de la noche, ese El señor de los anillos en país grande que es Apocalipsis (en la que me sumergí por primera vez cuando se llamaba La danza de la muerte) y La zona muerta (una de sus/mis favoritas, con un protagonista trágico y entrañable). Después, a lo largo de las décadas, la maravillosa colección de nouvelles reunida en Las cuatro estaciones, Cementerio de animales (para King su libro más monstruoso en todo sentido), Misery, El pasillo de la muerte y Corazones en la Atlántida y buenos momentos y malos finales en It (cuyo gran valor social es el de haber legitimado el hasta entonces inconfesable miedo a los payasos), La mitad oscura, Un saco de huesos y Duma Key. Y en los últimos tiempos Joyland, esa obra maestra que es la ucronía kennedyana 22/11/63, las novelas cortas de Todo oscuro, sin estrellas, el reencuentro con Danny “El Resplandor” Torrance en Doctor Sueño, la muy resultona aunque no del todo constante policial/sobrenatural Trilogía Bill Hodges (compuesta por Mr. Mercedes, Quien pierde gana y la próxima a aparecer en español Fin de guardia), y esa maravilla que es Revival. También, claro, están los varios volúmenes para ese otro tipo de lector de King –dispuestos a matar o morir por una página más de las más de cuatro mil en ocho volúmenes– de la saga spaghetti-western-fantasy-psicotrónica de La torre oscura, su magnum opus que comenzó a imaginar King ya en su adolescencia y acaso culpable de muchos de los despropósitos argumentales de Lost, Inception & Co.

Pero está claro que el cuento y el recuento están lejos de estar contados y que la leyenda continúa. Y que el 2017 va a ser uno de esos años definitiva y realmente King: el estreno en cine de la muy esperada y tantas veces postergada It y de la primera entrega de las aventuras del pistolero Roland Deschain, la puesta en el aire de la miniserie Mr. Mercedes, la a filmarse Castle Rock (nombre de paradigmático territorio kingiano donde siempre está sucediendo algo fuera de este mundo y que, producida por J. J. Abrams, se propone como una suerte de parque temático o Kinglandia donde se fundirán diversos títulos) y, para el próximo septiembre, el lanzamiento de Sleeping Beauties: distopía con mujeres feroces escrita a medias con Owen King, su otro hijo, producto de su largo y aparentemente invulnerable matrimonio con la novelista Tabitha King.

Misery

Diferentes directores han llevado al cine las historias de King. Rob Reiner dirigió 'Misery' (1990) y Kathy Bates ganó el Oscar a mejor actriz por su papel como Annie Wilkes.

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También –no olvidemos– están todas sus participaciones musicales, sus cameos en películas, sus guiones de cómics, sus obras de caridad y –last but not least– su rabiosa batalla a golpe de tuits con el actual presidente de EE.UU. a quien no ha dudado en comparar con el gran Cthulhu de Lovecraft pero –“ese peinado absurdo no lo es tanto. Oculta sus tentáculos”, tecleó– en versión descerebrada. “Mi última idea para novela de terror: había una vez un hombre llamado Donald Trump, quien se postuló para la presidencia. Algunas personas quisieron que ganase”, añadió. Trump finalmente lo bloqueó en su cuenta. ¿Cuál fue la respuesta de King? “Bloqueado. Tal vez tenga que suicidarme”.

Pero no, King sigue vivo y coleando y tuiteando.

No hace mucho, el mega-best seller James Patterson (vende más que el autor de El resplandor y fue despreciado por el propio King por considerarlo “un escritor abominable”) jugueteó con la idea de publicar un thriller en el que Stephen King era asesinado. Mejor idea y un nuevo miedo, una flamante y definitiva pesadilla marca King: la historia de un novelista aterrorizado, perseguido por un presidente terrorífico.

Mi última idea para novela de terror: había una vez un hombre llamado Donald Trump, quien se postuló para la presidencia. Algunas personas quisieron que ganase

La locura del arte

Pero, ¿habrá un hilo conductor en todo esto, una viga maestra que sostiene el entramado de la telaraña? Es posible que sí y paso la palabra para ayudarme a postular lo que vendrá más adelante:

Dejemos de lado lo de ser best seller y los estereotipos: este hombre es un genuino escritor de nacimiento. No es Tom Clancy. Escribe oraciones y tiene un gran sentido de lo literario y su prosa desborda historia literaria. Lo que hace no es algo sencillo, no es mero palabrerío contemporáneo, y no es una tontería. Y lo anterior tal vez sea una forma torpe de decir que algo es inteligente, pero eso es lo que quiero decir.”

Quien habló así no fue un colega en lo más alto de las listas de ventas, o un periodista perfilando un fenómeno de masas de cincuenta años de edad, o un editor intentando seducir al monstruo para que se vaya con él. Quien así habló fue la sofisticada escritora y refinada intelectual y ensayista de alta gama Cynthia Ozick.

Y se refería a Stephen King.

De nuevo: acuerdo en todo. Y Ozick no es la única que piensa lo mismo y la Historia –a pesar de más de un histérico que sigue arrimándolo a la categoría de Burger King, de alimento trash a consumir más o menos a escondidas– ha aprendido a reconocer al Rey King no sólo como el terrorista literario más consistente de nuestros tiempos (no hay gran novela suya que, detrás de la sublimación fantástica, apenas esconda un miedo bien real como el bullying escolar, el fracaso laboral, el fin del matrimonio, la gordura o la decadencia física y mental) sino, también, como el autor más cerca de emular el efecto radiactivo más allá del tiempo y del espacio de un tal Charles Dickens, ese hombre que, al leerlo, sentimos como si estuviese a nuestro lado, leyéndonos lo suyo, lo nuestro. Es decir, el influjo sin fecha de vencimiento de un gran escritor popular. Influjo acompañado por una vida con ribetes legendarios y, sí, dickensianos. A saber: padre abandonador, pobreza extrema, repentino y duradero éxito cósmico y multimillonario abonado a la lista de Forbes, adicciones varias a casi todo durante buena parte de la década de los ochenta, accidente casi mortal al ser atropellado por un irresponsable conductor que pareció salido de uno de sus libros (leer sobre todo esto en sus autobiografías de lector y trabajador Danza macabra y Mientras escribo), pionero del libro electrónico con su Riding the Bullet, titiritero diabólico detrás del alias del aún más siniestro que él Richard Bachman, miembro de la rock-band de escritores The Rock Bottom Remainders, e inevitable turista invitado a la Springfield de Los Simpson, a la que le tomó prestada alguna que otra idea para su no del todo lograda de La cúpula.

El resplandor

El director estadounidense Stanley Kubrick adaptó la novela 'El resplandor'. La película se estrenó en 1980 y se ha convertido en un clásico del cine de terror.

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Y a lo de antes, mi teoría: Cynthia Ozick –además de defender a Stephen King– es una de las más grandes especialistas en ese ocasional pero indispensable maestro de lo fantasmagórico que fue Henry James. Y James fue quien postuló aquello –es una de sus citas más acudidas de Henry James y sale del relato “La edad madura”, una de sus muchas inmensas piezas breves sobre los tormentos a los que suelen someterse y ser sometidos los escritores– de “Trabajamos en la oscuridad, hacemos lo que podemos y damos lo que poseemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea. El resto es la locura del arte”.

Y sí: después del autor de Otra vuelta de tuerca, posiblemente sea Stephen King (Portland, 1947) el norteamericano que más y mejor ha narrado los peligros del oficio siempre en clave más que siniestra. En el sombrío pero tan luminoso Mundo King hay escritores problemáticos y en problemas, en El resplandor, en “La balada del proyectil flexible”, en It, en Un saco de huesos, en “Ventana secreta, jardín secreto”, en Los tommycknockers, en La historia de Lisey, en “El procesador de palabras de los dioses”, en Salem’s Lot, en “1408”, en La mitad oscura, en “El virus de la carretera viaja hacia el norte”, en la saga de La torre oscura, en “El cuerpo”, en Desesperación, en Quien pierde gana y –seguro que me olvido de alguno y de alguna– en, por supuesto, Misery.

Y en todos ellos, siempre, una constante: no suelen pasarla muy bien y viven y mueren casi siempre acosados por fans (o por la ausencia de fans) pero, más que nada y antes de todo, por aquello que late y susurra en la loca y artística de su arte. ¿Cómo evitarlo o mantenerlo a raya?

Poniéndolo por escrito.

Una y otra y otra y otra vez.

Larga vida, largas vidas, al rey

Cerca del final de La torre oscura, en un pliegue metaficcional (que a algunos les pareció un poquito mucho), Roland se encuentra, en 1977, con un escritor llamado Stephen King. Un Stephen King que no es exactamente el King Stephen que todos conocemos pero que, aun así, ya es deus ex machina y divinidad indisoluble de su creación. Alguien tan todopoderoso que así se regala un capricho y nos obsequia una alegría: el comprobar y probarnos que Stephen King puede ser, también, un gran personaje de ese gran creador de personajes que es Stephen King.
Se lo tiene y nos lo tenemos bien –muy bien– merecido.

Larga vida a él y muchas más muertes para nosotros, sus –como le gusta llamarnos– “dear constant readers”.

Y que nunca descanse o descansemos en paz.


LECTURAS

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