Narrar al monstruo

Narrar al monstruo

Con este texto, Pedro Ángel Palou presentó la última novela de Evelio Rosero, 'Toño ciruelo'.

Evelio Rosero

El escritor mexicano presentó en la pasada Feria del Libro de Guadalajara la más reciente novela de Evelio Rosero.

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Archivo particular.

11 de febrero 2018 , 09:00 a.m.

Leo a Evelio Rosero y recuerdo ese apotegma de Pablo Palacio, el del Hombre muerto a puntapiés: “Quiero entenebrecer la alegría de alguien. Quiero perturbar la paz del que esté tranquilo. Quiero deslizarme calladamente en lo tuyo para que no tengas sosiego”. Leo a Evelio Rosero y soy presa de la más honda perturbación –ya lo había sentido cuando leí por vez primera Los ejércitos, pero ahora es algo muy hondo que no alcanzo a descifrar con la razón. Leo el inicio de su nueva novela, Toño Ciruelo, quizá el más potente comienzo de la literatura latinoamericana reciente y sé que no tendré nunca sosiego, que su indagación brutal del mal ha conseguido calar en lo más hondo de mi persona porque he estado dispuesto a suspender mi autonomía moral –como el propio narrador Heriberto Salgado o Fito Fagua, el amigo común– frente al monstruo, frente a ese personaje atroz y humano y otra vez atroz que es Toño Ciruelo. Leo las primeras páginas de nuevo, porque sigo incrédulo y he sido transportado a un lugar más allá de lo literario. Me hundo. Es esa la sensación: de hundimiento. En el fango, en la mierda: “Y los ruidos más desgarradores se hicieron oír: las vías digestivas de Toño Ciruelo, mi conocido (nunca podré llamarle amigo), se volcaron sobre el techo y las paredes, inundaron los cimientos, rebasaron las ventanas, se adueñaron de este viejo barrio de Bogotá, lo remecieron, y después la ciudad entera cayó pulverizada: eran los ruidos de la carne de Toño, un terremoto más aterrador por lo íntimo, sus vísceras se rebelaban, su mundo de intestinos estallaba, y se apoderó del aire el olor horrible de su mierda humana, mucho más abominable que la del noble asno o perro o colibrí”.

Estamos en un territorio que escapa al lenguaje. A la razón. En el abismo. Más allá de lo lingüístico. Quizá por eso Evelio Rosero tardó en escribir esta novela, porque luchó para destruir el lenguaje, para abrirlo, para horadarlo, para convertirlo en una materia distinta, nunca dúctil, que le sirviera para contar esta historia que, como un parásito, siguiendo a Palacio, se instaló seguramente un día en su cuerpo sin permitirle vivir hasta que estuviese plasmada, vertida, vomitada, cagada, sobre la página blanca. Manchándola para siempre. Es una novela maligna, no solo una novela sobre el mal. Es una novela que cuestiona no solo el lenguaje –lo ha destruido– sino el género mismo para ponerlo al servicio del personaje y de la historia. Para hacerlo monstruoso, como lo que narra.

Es una novela maligna, no solo una novela sobre el mal.

Leo a Evelio Rosero y pienso que lo monstruoso es también un espacio de confluencia, un relámpago que se vuelve constelación, como diría Benjamín. Es una irrupción y una interrupción en los discursos dominantes y las categorías que los rigen. Gracias al monstruo, o a Toño Ciruelo Eri, y nosotros, quedamos desplazados para siempre de la concepción lineal y unívoca de la vida. Lo que antes era una cadena de acontecimientos es ahora una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina. Como el ángel de la historia de Benjamin –y como bien apunta en su gran monografía sobre lo monstruoso Mabel Moraña– el monstruo moderno está en lucha contra el huracán del progreso, contra las concepciones de la historia como avance lineal y necesario. Toño Ciruelo interroga a los escombros del estado, destruye las certezas. Es lo siniestro –uncanny–de Freud: lo ominoso, lo incongruente. En la novela, Toño no se va metiendo en la vida de Eri Salgado, se instala y la desfasa –como a nosotros los lectores– porque “encarna la represión y la catarsis, la subversión y el margen, la identidad agobiada por la otredad interior y exterior que la acosa”.

Toño Ciruelo –es una mentira decir que es un conocido, es lo que dota de vida a una existencia muerta–, es la dialéctica pura. Positivo y negativo, hegemónico y subalterno, aristocrático y popular, sagrado y profano. Siempre es la contradicción viva, y por ello lo inapresable. Es capaz de metamorfosis, porque no tiene forma alguna, sino la de alguien enorme. Es un actor, es el dueño de las conciencias de los otros. Es también un artista del performance. Es carnavalesco, patético al punto del miedo. Manipulador, carismático, maligno. Toño Ciruelo, como los grandes monstruos de la historia, no es de nadie y pertenece a todos. “Está sujeto a un nomadismo que no solo lo traslada espacialmente de manera constante, sino que lo desplaza y lo conecta a zonas aledañas pero diferenciadas del pensamiento y la sensibilidad: la razón, la fantasía, la memoria, la percepción, la emocionalidad y el deseo”. No se nos olvide que monstruo viene de monstrare (exponer, revelar, desplegar) y del verbo monere (advertir, o amonestar). Ostenta su diferencia y pone desde allí a prueba los límites de su sistema.

Toño Ciruelo

Evelio Rosero además es autor de novelas como 'Los ejércitos', 'Los almuerzos' y 'La carroza de Bolívar', entre otras.

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El propio Eri, cuando vuelve a verlo porque literalmente le cae como una bomba en su apartamento veinte años después, es claro: “Toño te madruga. Toño el Infaltable, Toño el Ubicuo, asquerosamente Toño”. Asquerosamente lo otro. Es la muerte. Trae la muerte. Es el señor muerte. Contar cualquiera de los hechos de Toño ante ustedes esta noche sería traicionar el libro y el espíritu de hundimiento que provoca. Prefiero que ustedes se topen con él, que los sacuda.

Leo a Evelio Rosero y me pregunto cómo es posible que las reseñas del libro –las primeras– no lo entiendan del todo. Particularmente la aparecida en Babelia. Me trastoca que el crítico no pueda ver de qué se trata el libro y lo acuse, por ejemplo, de desorden, de caos en el lenguaje, de que la historia este deshilvanada. La propia estructura de la novela de Rosero va deshaciendo de la coherencia a la incoherencia, pero es propositivo. Como si la mayoría de las páginas que hemos leído nos prepararan –como a Eri, porque lo seguimos todo el tiempo– para leer su cuaderno. El monstruo es siempre un filósofo –desde la escuela preparatoria Fagua anotaba sus frases célebres, sus aforismos antisistema– y en el cuaderno el propio Ciruelo va penetrando en la incomprensibilidad de sus propios actos, va perdiendo el lenguaje que termina siendo una serie interminable –70 páginas de insultos. Algunos reservados al propio narrador del libro: “y a ti que te pise la fama, Eri, esa mala madre de leche agria, que la gloria meta su dedo pustuliento por tu culo hasta tu corazón, Eri cabrón, y luego te olvide”. Esa parte empieza, en minúsculas –el cuaderno de Ciruelo al que me refiero– y en cursivas diciendo aquí comienza la historia. Deja claro que el otro no puede comprender lo horrible, que todas las páginas anteriores con su horror son un balbuceo. Que solo quien encarna la catástrofe, su sujeto, es capaz de proferirla. No el testigo. El testigo ve desde un punto ciego, el punto ciego de la propia novela que hemos estado leyendo por más de doscientas páginas. En un texto ya antiguo, La creación literaria, el propio Rosero hablaba de su hartazgo de lo literario como tal, de su abulia frente al acto de la creación. Quizá por eso en esta novela señera ha logrado dinamitar esa abulia poniendo una bomba en el centro mismo de la novela burguesa. Dice Foucault en sus clases del College de France del 74 que el monstruo es “aquel que viola la ley (que) la deja sin voz”. Se apoya en un principio de inteligibilidad que, aunque ilumine zonas de lo real, como afirma Moraña, continúa siendo oscuro, indescifrable: “una autorreferencialidad impenetrable que mantiene el sentido final de lo monstruoso inaccesible para la razón”.

Contar cualquiera de los hechos de Toño ante ustedes esta noche sería traicionar el libro y el espíritu de hundimiento que provoca. Prefiero que ustedes se topen con él, que los sacuda.

Toño Ciruelo cataliza reacciones, transgrede fronteras, se desplaza por el espacio social que su “mera existencia nomádica desarma y rearticula simbólicamente”. Es pura metonimia, no metáfora. Es por eso también que cuando hace ya diez años leímos Los ejércitos, sabíamos que era –y sigue siendo- la gran novela sobre la violencia, porque a diferencia de la gran mayoría de las novelas latinoamericanas no se proponía como simbólica, menos alegórica. Era metonímica. Como Toño Ciruelo. Como dice el narrador: “Ciruelo tenía razón: aprendí mucho con su cuaderno; entre otras cosas, que no viví nunca, y él sí, a su mala manera, pero vivió”.

El cuaderno muchas veces interpela al narrador, a su primer lector –y así nos interpela para siempre a nosotros–. Toño Ciruelo, que podría ser hijo de Dostoievski, afirma que no hay culpa humana. “Que la anormalidad y el pecado brotan de la misma alma”, y que siempre falta algo.

Esta gran novela nos coloca, al menos, más cerca del abismo.


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