Un vaso rebosante de mexicanidad

Un vaso rebosante de mexicanidad

Reseña de 'No voy a pedirle a nadie que me crea' de Juan Pablo Villalobos.

Juan Pablo Villalobos

'No voy a pedirle a nadie que me crea', Juan Pablo Villalobos. Anagrama. 280 páginas. $54.900.

Foto:

  

11 de julio 2017 , 01:26 p.m.




De los tres epígrafes que sirven como abrebocas a la novela No voy a pedirle a nadie que me crea, premio Herralde de Novela 2016, dos se refieren al humor y la risa; y el tercero, en catalán, a los mexicanos que viven en Barcelona. Las tres citas, desde luego, no son gratuitas. Un buen epígrafe no tendría por qué serlo. Y es que la novela de Juan Pablo Villalobos (México, 1973) se desarrolla en Barcelona, y el humor y la risa son la piedra angular sobre la que se sostiene la trama. ¿Qué puede pasar cuando un estudiante de literatura (Juan Pablo Villalobos) viaja a España (Barcelona) para hacer un doctorado en Teoría y Literatura Comparada, y se ve envuelto en una red compleja de lavado de dinero?

El viaje rocambolesco por el que nos guía Juan Pablo Villalobos comienza así: “Mi primo me llamó por teléfono y dijo: Te quiero presentar a mis socios. Quedamos de vernos el sábado a las cinco y media en la plaza México, afuera de los cines”.
Hasta ahí, todo normal. Pero luego, unas páginas después: “Mi primo me saludó con un movimiento de las cejas: tenía el resto del cuerpo atado por un mecate. La boca la llevaba repleta de esparadrapo y aun así se esforzó en sonreírme, fracasando. Eran dos, más mi primo. Estaban bien chaparros, como diría mi madre, y lucían panzas embarazadas de cerveza y mucho gel en sendos peinados barrocos, casi churriguerescos, pero con un par de pistolas”.

Juan Pablo Villalobos

Su novela 'No voy a pedirle a nadie que crea' ganó en el 2016 el premio Herralde de Novela.

Foto:

Ana Schulz.


No voy a pedirle a nadie que me crea es un vaso rebosante de mexicanidad, un paseo hilarante de la mano de los chingones y los pendejos, de los no mames y los cabrones, de los escuincles y los güeritas. Aunque sería injusto reducir la novela de Villalobos a un grupo divertido de malas palabras. Ningunear la voz fantástica que ha logrado con cada uno de sus personajes. Porque el lenguaje de la novela va más allá. Incluso, en los pasajes donde los chingones y los pendejos se arrinconan, guardando una distancia discreta, la voz de los personajes, del Chucky, del Licenciado, de Valentina, de la madre, del primo, del paquistaní, del chino, se levanta como un tsunami para arrastrar al lector hacia el delirio.

Si la búsqueda de una voz propia es el norte que persigue todo buen escritor, Villalobos ha sabido usar con destreza una peculiar brújula narrativa. Sus libros son una muestra clara de una búsqueda por un lenguaje propio y un mundo particular. Desde Fiesta en la madriguera (libro que lo catapultaría como una de las nuevas voces de las letras mexicanas), hasta Si viviéramos en un lugar normal y Te vendo un perro, sus novelas han usado el desparpajo y el humor para retratar a la sociedad mexicana, encuerando sus defectos y sacando a relucir los trapos sucios.
No voy a pedirle a nadie que me crea no es más que la refrendación de las virtudes de un autor imprescindible en el panorama de la literatura latinoamericana contemporánea.

Sostenía el escritor y ensayista mexicano Juan Villoro en un texto introductorio a Los relámpagos de agosto (una de las novelas más divertidas sobre la revolución mexicana del 29), que Jorge Ibargüengoitia encarnaba al “cronista rebelde de una nación avergonzada en su intimidad”. Si eso es así, no sería arriesgado afirmar que, generaciones de por medio, Juan Pablo Villalobos encarna actualmente al novelista mordaz de una nación avergonzada de sus crímenes.

Ante la tragedia, el humor parece ser entonces el mensaje de fondo que Villalobos nos entrega.
Un humor trágico que, al mismo tiempo que entresaca sonrisas, va dejando en el camino una lánguida estela de pavor.


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