El enigma del padre

El enigma del padre

El escritor Renato Cisneros relata cómo fue la experiencia de hacer una novela sobre su padre.

Renato Cisneros

Cisneros se dedicó ocho años a investigar y escribir la novela sobre su padre, 'La distancia que nos separa'.

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Alfonso Vargas Saitua.

21 de enero 2018 , 10:00 a.m.

Mi padre era un personaje complejo. Fue un militar importante y ministro de Guerra en la época violenta en que Sendero Luminoso comenzó su actuación terrorista en Ayacucho. Fue amigo de las dictaduras suramericanas y alternó directamente con los hombres que las dirigían. Fue el hombre uniformado que más temían los dirigentes de izquierda del Perú de los años setenta y ochenta, algunos de los cuales habían sufrido en carne propia la censura, el desempleo intempestivo o la deportación por orden suya. Fue también el hombre uniformado que más perseguían los periodistas
de la época a sabiendas de que el polémico general Cisneros no dudaba en regalar frases controvertidas.

Su expediente sentimental, por otro lado, contaba con capítulos rocambolescos. Una novia perdida en Argentina. Una primera esposa que nunca firmó los papeles de divorcio. Una segunda mujer –mi madre– con la que se casó dos veces de mentira. Y una amante que hasta lo visitó a escondidas en su lecho de muerte, cuando el cáncer de próstata ya lo tenía postrado en cuidados intensivos.

Mi padre fue quien estableció las normas de vida de cada uno de sus hijos, moldeando desde siempre nuestra personalidad, nuestra ética, nuestra comprensión del mundo, así que el mismo día que murió yo supe que su desaparición sería uno de los grandes temas de mi escritura. Lo que no sabía era cómo desarrollar ese tema. A los 18 años, ignoraba cómo contar; escribía poesía y muchos de los poemas que escribí en los años siguientes lo tuvieron a él como figura reiterativa, pero con el paso
​del tiempo sentí que su muerte y mi orfandad me seguían imponiendo cuestiones muy incómodas. Tengo la impresión de que la novela estuvo siempre allí, delante de mí, o más bien dentro de mí, esperando a que yo encontrara las palabras adecuadas para extirpármela y escribirla.

Solo diez años después de su muerte sentí el peso real de su ausencia y, casi enseguida, la urgencia de escribir sobre él. Acopié notas dispersas e inicié un largo trabajo de investigación que me tomaría ocho años y que incluyó entrevistar a familiares, hacer viajes, conseguir documentación clasificada.

El mismo día que murió [mi padre] yo supe que su desaparición sería uno de los grandes temas de mi escritura.

En algún momento, no sabría decir cuál, el hijo y el escritor que soy entraron en pugna. El hijo se resistía a saber, pero el escritor quería averiguarlo todo. El hijo prefería no abrir ciertos cajones del pasado de su padre, pero el escritor estaba dispuesto a forzarlos con tal de ver su contenido. El hijo no quería dañar a su madre, hermanos y parientes con esa novela tal vez innecesaria y subjetiva, en cambio el escritor no pensaba en nadie más (o sea, era leal a sí mismo) y avanzaba con un cuchillo entre los dientes convencido de que escribir ese libro era quizá su única misión en la vida. El hijo no quería hacerse preguntas, en cambio el escritor se las hacía todo el tiempo: ¿Quién fue mi padre antes de que yo viniera al mundo? ¿Cuáles de las vivencias que transformaron su carácter influyeron luego en la definición de mi personalidad?

Todas esas interrogantes, ahora lo sé, estaban guiadas por una obsesión: conocer la vida íntima de ese hombre público que, a los cincuenta años, se convirtió en mi papá.

La lucha, claro, la ganó el escritor. O quizá la perdió el hijo. En todo caso, el resultado de aquella disputa fue la publicación de La distancia que nos separa (Planeta, 2015), una novela de no ficción donde la historia del ‘Gaucho’ Cisneros es contada por el quinto de sus hijos, el penúltimo, quien busca comprender quién fue su padre realmente ante la súbita sospecha de que, en el fondo, no lo conocía. Mientras la escribía, recuerdo que uno de los retos más apremiantes fue encontrar la forma y el tono adecuados para hablar de mi padre como si no lo fuese. Decidí, primero, llamarlo por su nombre, y luego referir sus actos e imaginar sus pensamientos con la mayor neutralidad posible. De lo contrario corría el riesgo de caer en el melodrama o la sensiblería. Tampoco quería que la novela fuese el terreno de una confrontación entre la ideología de mi padre y la mía, sino más bien un espacio que connotara esos puntos de vista sin enfrentarlos.

Renato Cisneros

Su novela, 'La distancia que nos separa', es un intento por resolver la incógnita sobre quién era su padre.

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Pero esas decisiones las tomé solo después de leer muchas novelas “sobre el padre”. Me interesaba sobre todo entender qué mecanismos habían utilizado distintos autores para narrar a su padre: si apelaban a la ficción o a la memoria, si se involucraban como personajes o evitaban la primera persona, si usaban documentos o fotografías para ilustrar los hechos más trascendentes.

Lo que encontré fue una vasta tradición, desde los clásicos Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y Carta al padre, de Kafka, hasta Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, y Mi oído en su corazón, de Hanif Kureishi, pasando por La invención de la soledad, de Paul Auster, El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, Vida de este chico, de Tobías Wolff, Experiencia, de Martin Amis, Zipper y el padre, de Joseph Roth, Mi madre y yo, de J.R. Ackerley, Patrimonio, de Phillip Roth, Desgracia impeorable, de Peter Handke, Cartas entre un padre y un hijo, de Naipaul, La muerte del padre, de Karl Ove Knausgard, La maleta de mi padre, de Pamuk.

También leí los libros de Claudia Piñeiro, Patricio Pron, Charles Simic, Nick Flynn, Pablo Ramos, entre otros, y los famosos textos de Carver, Coetzee o Sabines.

Además, intenté ver el mayor número de documentales, películas y obras de teatro alusivos al tema, entre ellos recuerdo Pizarro, de María José Pizarro, Montaje en Heck, de la hija de Kurt Cobain, El padre, de Mariana Arruti, Alias Alejandro, de Alejandro Cárdenas, y Carta a un padre, de Edgardo Cozarinsky. De esta última recuerdo una frase que me conmovió: “Murió cuando yo tenía 20 años. Me quedaron
tantas preguntas por hacerle. Cosas que en aquel entonces no me interesaban. Las únicas que hoy me interesan”.

Cuando acabé mi novela (antes de que ella acabara conmigo), y después de escuchar los primeros comentarios de los lectores –instancia en la que un autor recién descubre el libro que ha escrito–, sentí que había muchos puntos en común, muchos más de los que yo creía o veía, entre La distancia que nos separa y algunos de los títulos arriba mencionados.

Me quedó claro, por ejemplo, que en el mundo occidental la búsqueda del padre es una temática muy gravitante, tanto que para abordarla se ha echado mano de criaturas de ficción que han resultado ser de gran influencia en la sociedad contemporánea. Pienso ahora en personajes como Juan Preciado y Luke Skywalker, que siendo tan distintos guardan más de una semejanza.

Tanto en Pedro Páramo como en la saga Star Wars, el héroe va en busca de su padre sin saber exactamente de quién se trata. La situación general insinúa que estamos ante un bastardo o un huérfano que pretende hacer justicia, pero nunca lo sabemos
del todo.
Siguiendo el paradigma clásico, en ambos universos se desata un nudo existencial una vez que el héroe arriba a su destino. En Rulfo, el hijo llega a Comala y
es rodeado por la muerte. En La guerra de las galaxias, la opresión es ejercida desde la “Estrella de la Muerte”. Los paralelismos no se agotan ahí y confirman que en todo relato sobre el padre hay siempre un viaje a lo desconocido y un héroe en permanente conflicto consigo mismo.

Pienso ahora en personajes como Juan Preciado y Luke Skywalker, que siendo tan distintos guardan más de una semejanza.

En Latinoamérica, la búsqueda del padre tiene matices propios. Se escribe sobre él quizá porque en el elenco familiar tradicional es el personaje más huidizo. El padre va a trabajar. El padre sale a conseguir alimento. El padre se marcha y a veces no vuelve. A diferencia de la madre, de cuyo afecto y presencia solemos tener certeza, el padre es un enigma, un jeroglífico, una duda, una pregunta que nos lleva años responder, y la literatura surge justamente ahí: ante la ausencia, el vacío, el desorden, el desamparo.

Pero hay algo más. El padre es el primer contacto que todo sujeto tiene con el poder. Es la primera encarnación del poder: es él quien dicta las normas de la casa, define las creencias del clan y aplica las sanciones correctivas. Si estamos de acuerdo con eso, podemos especular con lo siguiente: toda narración sobre el padre es, en el fondo, una narración sobre el poder.

Durante muchos años los países de nuestra región han padecido (algunos siguen padeciendo) a gobernantes despóticos y autoritarios que se han entornillado en el cargo apelando al paternalismo más demagógico. Para muchas generaciones de latinoamericanos, crecer bajo regímenes dictatoriales ha significado acostumbrarse al silenciamiento, a la disciplina vertical, a aceptar la realidad sin dudas ni murmuraciones.

Es natural que la literatura se haya rebelado contra esos padres. El boom latinoamericano creó todo un subgénero para acometer esa impugnación y dejó ficciones inolvidables como El señor Presidente (Asturias), El recurso del método (Carpentier), Yo el Supremo (Roa Bastos), El otoño del patriarca (García Márquez), La novela de Perón (Tomás Eloy Martínez) o La fiesta del Chivo (Vargas Llosa). Pero también en la no ficción intimista y autorreferencial hay lugar para ese reclamo, pues
muchas de las preguntas íntimas que despierta un padre son –nuevamente– preguntas más ambiciosas de lo que parecen y pueden traspolarse al ámbito nacional
que contiene al sujeto que escribe, para quien explorar la sentimentalidad paterna es una forma indirecta de indagar en la forma en que el poder lo ha condicionado dentro de su sociedad.

A diferencia de la madre, de cuyo afecto y presencia solemos tener certeza, el padre es un enigma, un jeroglífico, una duda, una pregunta que nos lleva años responder.

Para finalizar, diré que no hay nobleza en desenterrar al padre. Es un acto social subversivo que no recomiendo, y que solo puede entenderse si la exhumación está animada por un proyecto vital como es el proyecto literario. Solo eso, creo, le da sentido a una exploración tan desgastante y que por momentos da la impresión de ser completamente inútil. Eso y la posibilidad de acompañar a algún lector en sus propias dudas y tormentos.

Eso sí, hay costos. Hasta hoy, cada vez que hablo de mi padre, ya sea pública o privadamente, no sé con certeza si me refiero al hombre con quien conviví en la vida real por dieciocho años o a la criatura literaria que en la novela se nutre de mis vivencias y hallazgos. La persona se ha difuminado en el personaje. Es decir, la vida se ha mezclado para siempre con la literatura.

*Jordi Montero dará una charla en el Hay Festival. 28 de enero, 5:30 p.m. Teatro Adolfo Mejía.


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