La leyenda de los escarabajos

La leyenda de los escarabajos

El nuevo libro del periodista Mauricio Silva Guzmán reúne cien momentos del ciclismo nacional.

Lucho Herrera

'La leyenda de los escarabajos' narra historias del ciclismo nacional. Este es su prólogo. Foto: Lucho Herrera en el Alpe D'Huez.

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EL TIEMPO

10 de diciembre 2017 , 10:00 a.m.

El escarabajo es el nombre vulgar de los coleópteros, un grupo de insectos con más de trescientas mil especies descritas en el mundo, de las cuales setenta y cinco mil –algo más, algo menos– habitan en Colombia.

Por cuenta de una equivocación, el periodista de El Tiempo Jorge Enrique Buitrago (más conocido como Mirón) bautizó como “el escarabajo” al ciclista Ramón Hoyos Vallejo el día que llegó segundo en la etapa que coronó el Páramo de Letras en la Vuelta a Colombia de 1952. Pensó, dice la leyenda, que la figura del corredor antioqueño no representaba la de un ser humano sino la de un saltamontes en bicicleta. Cuando quiso decirlo al aire, en plena transmisión radial –más allá de que trabajaba para la prensa escrita–, se confundió de insecto y lo que exclamó fue: “Parece un escarabajo”.

Existe una segunda versión en la que se asegura que Carlos Arturo Rueda, pionero de la locución deportiva en Colombia, fue quien le puso el apodo al ciclista paisa en el momento en el que lo vio escalar en aquella etapa de la Vuelta del 52.

Después de ver la hazaña de ese muchacho de diecinueve años, que por una confusión salió con un minuto de retraso en comparación con el pelotón, que se cayó en la mitad de la etapa y que al final pasó a todos los competidores –excepto al francés José Beyaert, ganador de la Vuelta a Colombia en aquel año–, Rueda no dudó en bautizarlo “el escarabajo de la montaña”.

Lo cierto es que Hoyos, un impresionante deportista que en la década de los años cincuenta conmocionó al país hasta la histeria, no solo se adueñó del apelativo que se convertiría en genérico, sino que fue escrito y retratado por dos catedrales de la cultura nacional: Gabriel García Márquez y Fernando Botero.

El primero, el nobel, le hizo un mayúsculo reportaje a manera de biografía, publicado por el diario El Espectador en catorce entregas a lo largo de 1955. El segundo, el artista plástico, en 1959 le dedicó una enorme pintura de 1.72 metros de alto por 3.14 de ancho que redefinió el arte contemporáneo nacional y que tituló La apoteosis de Ramón Hoyos.

Así las cosas, en mejor celebridad no podía recaer tal sobrenombre. Sin embargo, por otra extraña razón –un poco más consecuente–, aquel término entomológico se extendió a todos los ciclistas colombianos. Tan es así que, cuando un equipo nacional viajaba a conquistar las carreteras del mundo, se hablaba, sin más, de otra expedición de los escarabajos. Eso, desde entonces y hasta el día de hoy. “¡Vamos, escarabajos!” titulan los diarios, etiquetan los canales y trina la gente.

El nobel, le hizo un mayúsculo reportaje a manera de biografía, publicado por el diario El Espectador en catorce entregas a lo largo de 1955

El remoquete llegó incluso a la pantalla grande. En 1983, tres meses antes de que el equipo colombiano Pilas Varta viajara a representar al país por primera vez en un Tour de Francia, se estrenó la película El escarabajo, bajo la dirección de Lisandro Duque y con participación de un ídolo de la época: José Patrocinio Jiménez, más conocido por el pueblo colombiano como el Viejo Patro.

En resumen, el filme contaba la historia de un joven provinciano, protagonizado por el mexicano Eduardo Gascón, quien tenía como modelo de vida a José Patrocinio y buscaba abrirse paso en el mundo ciclístico a cualquier precio. La escena inolvidable mostraba cómo ese muchacho le ganaba una carrera al campeón, pero Patro –un campesino directo y un ciclista sencillamente excepcional– le dijo al director después del rodaje: “Yo la verdad le agradezco esta linda oportunidad en el cine, pero en lo que no estoy de acuerdo es que un huevón, que no sabe ni subirse en la bicicleta, termine ganándome”.

El escarabajo, no el de la película sino el de verdad, es, en términos generales, un pedalista silente, disciplinado, valiente, intrépido e inalcanzable en la montaña. Sobre todo eso: un tremendo escalador.

Sin embargo, más allá de sus notables condiciones en las cumbres, también los ha habido diseñados para todos los terrenos, como Cochise Rodríguez; contrarrelojistas, como Víctor Hugo Peña; esbeltos como Mauricio Soler –a quien llamaron en Francia “el escarabajo estilizado”– y más recientemente (y muy particularmente), embaladores excelsos como Fernando Gaviria.

Con todo, el escarabajo es una suerte de epígrafe inscrito en la figura de la mayoría de los corredores nacionales que han sido campesinos, o hijos de campesinos llegados a la ciudad, que usaron sus bicicletas para ir a estudiar a sus escuelas en diferentes pueblos del país (como Nairo Quintana, solo por nombrar uno) o para cargar mercancías por las laderas de los barrios de nuestras ciudades (como Oliverio Rincón, que en su adolescencia usó su bici para repartir pan).

La leyenda de los escarabajos

'La leyenda de los escarabajos. 100 grandes momentos del ciclismo colombiano', Mauricio Silva G.

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El artista Botero pintó a Ramón Hoyos porque lo conoció antes de ser una estrella, cuando Hoyos, como mensajero de una carnicería, llevaba en su bicicleta lomos, chatas y huesos a la casa del pintor. Y así muchos más, como Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, que fue domiciliario de farmacia, al igual que Javier “el Ñato” Suárez y que “Pacho” Rodríguez y que Martín “el Negro Ramírez”, quien, tras su retiro, cumplió su sueño al montar un par de droguerías.

Por eso los adoramos. Porque los escarabajos son los laboriosos campeones de una república difícil. Porque son los sacrificados jóvenes que le han dado a Colombia no solo alegría y prestigio, sino cierto sentido de territorio posible, cierto sentido de paz.

Paz, literalmente, como en 1970 cuando la Vuelta a Colombia calmó al pueblo tras el fraude de las elecciones de entonces: La vuelta de la Paz, así la llamaron aquellos políticos. Paz, cuando Lucho Herrera conquistó la Vuelta a España de 1987, nos hizo olvidar la violencia que entonces incendiaba al país y, en su estilo, dijo: “Esperamos que algún día haya paz en Colombia”. Paz, cuando Nairo ganó la Vuelta a España de 2016 y, en el podio en Madrid, le echó una mano al “Proceso” al decir: “Que el mundo sepa que nuestro país es paz, deporte y amor”. Paz, cuando cada triunfo de ellos nos remite, una y otra vez, a un país rural y urbano en armonía.

Los veneramos, además, porque los escarabajos son la materia altiva de nuestros paisajes andinos. Desde el indomable Efraín “el Zipa” Forero, pasando por Ramón Hoyos, Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, Rafael Antonio Niño, José Patrocinio Jiménez, Alfonso Flórez, Martín “el Negro” Ramírez, Pacho Rodríguez, Lucho Herrera, Fabio Parra, Álvaro Mejía, Oliverio Rincón, Hernán Buenahora, Santiago Botero, Víctor Hugo Peña, Rigo Urán, Nairo Quintana, “el Chavito” Chaves, Checho Henao, Supermán López y Fernando Gaviria, solo por hablar de la crema y nata, todos, sin excepción, son hijos de las montañas. Son los príncipes de las tres cordilleras que aquí lo han determinado todo.

Paz, cuando cada triunfo de ellos nos remite, una y otra vez, a un país rural y urbano en armonía.

Los idolatramos, en resumen, porque son los héroes del deporte nacional: ¿acaso existe en el país otra disciplina con más títulos y gloria? Porque sus rostros y figuras hacen parte fundamental de nuestra identidad. Porque literalmente nos representan y son un lindo tema de conversación.

¡Pero, atención! No son solo los campeones reconocidos en el exterior. No. Los escarabajos, nuestros coleópteros sobre dos ruedas, también son los cientos de miles de ciclistas que salen semanalmente a atravesar nuestras cordilleras sobre la bici. Hombres y mujeres, profesionales y amateurs, mensajeros y trabajadores, jóvenes y niños. Una adorable obsesión nacional.

De todos ellos se trata la leyenda de los escarababajos.

Nota: En diciembre de 2014, Nairo Quintana inspiró a los investigadores del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) para nombrar una nueva especie de escarabajo: el Oxelytrum nairoi, hallado en el piedemonte de los Llanos Orientales, municipio de Restrepo (Meta).


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