'La fragilidad extrema que encarna una madre es alucinante'

'La fragilidad extrema que encarna una madre es alucinante'

En 'Tiempo muerto' la escritora Margarita García trata el tema de la fragilidad de la identidad.

'La fragilidad extrema que encarna una madre es alucinante'

Margarita García Robayo regresa a aquellos temas que han estado presentes desde el inicio de su obra: la fragilidad de la identidad y la ambivalencia del concepto de patria.

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Archivo particular

17 de octubre 2017 , 05:08 p.m.

El tiempo también se muere. Un día, el tiempo deja de ser tiempo y pasa a ser otra cosa. Un vacío viscoso, un alud de aceite que se desplaza lento pero inexorable para cubrirlo todo. “Y si las personas se conforman con el letargo que da la inercia del paso de los años, terminan anclados en un lugar que no tiene más vida”, dice Margarita García Robayo sobre su última novela, Tiempo muerto, que habla del espacio impreciso que sea crea tras la costumbre y el repentino desconocimiento de la pareja. 

Así describe la voz narrativa del libro ese estado de abulia epifánica: “Lo verdaderamente raro es mirar al otro y preguntarse quién es, qué hace ahí, en qué momento le cambiaron tanto los rasgos de la cara”. Y continúa páginas más adelante su vivisección de aquel matrimonio cuya cocina reluce, como si nunca hubiesen pasado los años: “Eso tienen, aparte de hijos y ollas: asentamiento de tiempo muerto que ninguno se ha dignado a remover”.

En esta ocasión, Margarita García Robayo regresa a aquellos temas que han estado presentes desde el inicio de su obra: la fragilidad de la identidad, la ambivalencia del concepto de patria, el arribismo de las clases medias acomodadas, las tensiones raciales, los claroscuros de las relaciones familiares, la migración latinoamericana. Flujos temáticos presentes desde su primer libro de relatos, Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (“que si pudiera desaparecer de la faz de la tierra, lo haría”), pasando por sus otros dos compilados de cuentos, Las personas normales son muy raras y Cosas peores (Premio Casa de las Américas 2014), y por sus dos anteriores novelas: Hasta que pase un huracán y Lo que no aprendí.

La historia de Tiempo muerto es muy común (un matrimonio que se distancia sin saber exactamente cómo), pero logra sorprender gracias a su escritora precisa y a sus personajes complejos. ¿Cómo elige los temas de sus historias y cómo los desarrolla para que el arquetipo llegue más allá de lo evidente?

Sí, suelo boicotearme en la elección de los temas, que no son precisamente los menos transitados. Pero recuerdo algo que como lectora tengo muy claro: lo importante no son los temas sino su tratamiento. En la literatura, con suerte, hay un puñado de temas repartidos entre muchos escritores, y la distinción entre ellos está dada por la capacidad que tenga cada cual para singularizarlos. Yo apuesto a ir desarrollando, libro a libro, una estética y una voz propia, y una serie de observaciones sobre el mundo que voy tratando de afinar con el ejercicio de mirar y pensar sobre lo que miro. Debe ser así como elijo los temas, después de fijar la atención sobre lo obvio, hasta que algo en todo ese mapa me hace creer que di con mi versión del mismo, única e irrepetible (porque si uno mismo no se engaña, no se escribe ni una línea). Todos, o muchos, miramos lo mismo, pero nadie lo dice igual.

Todos, o muchos, miramos lo mismo, pero nadie lo dice igual

En esta ocasión, el tema de la migración es mucho más explícito que en sus otros libros. La narración de Tiempo muerto transcurre en Estados Unidos. Colombia solo se ve en recuerdos, todo lo contrario a sus primeras dos novelas...

En todos mis libros hay algún tipo de referencia a la migración, pero en este caso es el tema central de la novela. Si bien el argumento es la separación de una pareja, el tema de fondo es la construcción de una identidad cuando se tiene tan poco claro el asunto de la pertenencia. Estos personajes deben batallar con la idea de no ser de ninguna parte, y deben educar a sus hijos en esa indefinición, en parte para evitar el dolor del desarraigo.

¿La literatura es otra forma de emigración? ¿La escritura tiene o debe alejarse del lugar de origen?

Sin duda. Yo creo que a la escritura (a la mía, al menos) le viene muy bien la distancia, le da perspectiva y la complejiza. Para escribir lo que quiero, para decir lo que necesito decir, me sirve estar lejos y mirar con un filtro que desdibuja los contornos de las cosas. No me interesan la literalidad ni la “realidad” concebida como un relato con pocas intervenciones.

Uno de los tantos motivos de discusiones entre Lucía y Pablo es el concepto de patria. Para ella, algo que no existe. Para él, parte de lo que se es. ¿Qué importancia tiene este concepto en un mundo de fronteras que se abren, que se cierran, que se globalizan?


Para mí, ese es un temón y me interesa mucho porque yo siento que no está resuelto, es algo muy problemático. Es un tema muy fuerte, porque hay una pulsión, una necesidad de todo el mundo, diría, como de atribuir pertenencias. De dónde viene, a dónde pertenece. Los lugares de pertenencia parecen ser una gran preocupación para la mayoría de personas. Y entiendo por qué. La pertenencia es, digamos, eso que en última instancia te termina definiendo. Sé cuál es mi origen, pero no sé a dónde pertenezco. No sé si alguna vez me lo voy a poder contestar.

En Tiempo muerto se repite un tema recurrente en su obra: la fractura de los personajes con sus entornos y las personas que los rodean. ¿Por qué le interesa tanto este tema?

A mí me interesa el cómo se muestran las personas en esos momentos de ruptura. Siempre me dicen que mis libros son muy oscuros o tristes. Más que eso, intento plantear un escepticismo gigante con respecto a casi todo. El cómo se comportan las personas en esos momentos de quiebre. Allí es donde sale la verdadera esencia de la condición humana. Yo siempre pienso que si quiero saber cómo es alguien, lo pongo en una situación límite y veo su reacción. Es ese doble rol que tiene uno. Cómo es uno en una situación normal y cómo es uno en una circunstancia extrema. Por eso me interesan los quiebres.

Lucía escapa a la imagen canónica que se tiene de la madre. Su amor es contradictorio. Ama a sus hijos, pero también los asfixia con su amor. ¿Cómo es trabajar un tema tan sacralizado como lo es la maternidad?


Acá hay un gran signo de pregunta con respecto a la maternidad y a la paternidad. En general, tenemos este discurso de la maternidad como algo endulcorado o muy sufrido. La maternidad es uno de los terrenos donde se juegan más ambigüedades de las personas. Las madres no dejan de ser personas hiperfalibles. Además, yo creo que la maternidad fragiliza a las personas. Y es lo que también trato de encarnar en el personaje de Lucía. Es una persona demasiado dogmática, muy académica, con conceptos y claridades en su cabeza, y cuando la ves a ella como una madre, es una persona sumamente frágil, que no tiene idea de cómo ser como mamá o como esposa. Me parece que eso es muy propio de una madre real. No como esas madres de fantasías que tenemos. La fragilidad extrema que encarna una madre es algo alucinante.

Ahora hay mucho interés por la literatura de escritoras latinoamericanas: usted, Valeria Luiselli, Mariana Enríquez, Liliana Colanzi, Samanta Schweblin, por mencionar algunas. ¿Por qué cree que está pasando eso?

He leído a todas las que mencionas (y me encantan, cada cual con lo suyo) y no encuentro coincidencia alguna, más que ser mujeres relativamente jóvenes. Pero últimamente, como siempre me preguntan sobre nuestras coincidencias generacionales, me puse a pensar que quizás el elemento común más evidente entre las autoras contemporáneas sea la necesidad de ocuparnos de los traumas que padecemos como sociedad, de ver nuestra época como un estado mental, más que como un momento en el que suceden cosas. Y eso debe ser, de algún modo, llamativo.

SERGIO ALZATE
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