El mundo de la cuadra

El mundo de la cuadra

En 'La cuadra', el antioqueño Gilmer Mesa ofrece una mirada especial a la violencia de los ochenta.

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Panorámica del barrio Manrique, en Medellín, donde se desarrolla el libro de Mesa.

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Jaiver Álvarez /EL TIEMPO

16 de diciembre 2016 , 12:59 p.m.

Esta nota sobre 'La cuadra¿, la primera novela de Gilmer Mesa (Medellín, 1978), también podría titularse “Mi querido malparido”: son las palabras que en una de las escenas más impresionantes de la obra pronuncia una mujer, Claudia, ante el cuerpo de quien fue su novio, un sicario llamado Denis. “Nos vemos en el infierno, mi querido malparido”. Denis acaba de ser asesinado por el hijo de Claudia, fruto de una violación colectiva orquestada por el propio Denis. La madre por fin ha sido vengada. Pero ella se agacha para estar más cerca del cadáver y, sobándole la cabeza, le dice al oído eso que el lector no para de oír concluida la lectura. “Mi querido malparido”, “mi querido malparido”. Ahí, en esa expresión –ese reconocimiento crítico de los hechos repudiables de un ser amado y, sin embargo, lejos de alguna distancia emocional o afectiva– está la pulpa de esta gran historia.

La cuadra comienza cuando el narrador de los hechos repasa una fotografía de su infancia: en ella aparece un grupo de niños, sonrientes, ahora “irremediablemente muertos”–más exactamente: asesinados–. La foto inspira la estructura de la obra: una serie de elegías, capítulo a capítulo, de los amigos y familiares del narrador: niños que se volvieron sicarios y violadores, “testigos, víctimas y realizadores de la violencia”.

“Mi vida es casi una elegía –dice Gilmer–. Como la de todos los que vivimos en Medellín en esa época nefasta y sangrienta en la que se circunscribe la novela, a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando uno tenía más amigos muertos que vivos, cuando cada día era un proceso de luto y siempre se estaba al filo del mañana. Toda vida era incierta. Por eso tal vez suene a homenaje cada personaje y cada historia; porque en el fondo es eso: homenajear lo que uno ha vivido y sobre todo con quienes lo ha vivido”.

Al narrar la manera como en su infancia y adolescencia el matar y el morir asesinado se asumían como hechos, no sólo concretos y cercanos sino ineluctables, es inevitable pensar en 'La virgen de los sicarios', de Fernando Vallejo, y en las dos ciudades irreconciliables que, para el propio Vallejo, conforman Medellín: la de abajo, en el valle, y la de arriba, en las comunas.

En 'La cuadra', Mesa escribe sobre esta realidad así: “Para uno que nunca conoció más allá de las fronteras del barrio, que no tuvo viajes ni otros paisajes para comparar, que no percibió el universo como algo abierto e infinito, que no participó de la naturaleza como vórtice espiritual, sino que tuvo en todos los ámbitos la cerrazón propia del enclavado en un barrio popular, del encerrado por las fronteras invisibles de una ciudad, la cuadra se le transforma en un mundo, en el único e importante mundo que tiene para vivir y crecer, y la calle personal es la verdadera patria, lo primero que crea un sentido real de posesión en la necesidad de pertenencia que es natural en el ser humano”.

En este mundo que es la cuadra, “el respeto es más necesario para sobrevivir que el aire” y, recordando a Maquiavelo, ahí es mucho mejor ser temido que amado. Sin embargo el amor –y más precisamente el amor entre hermanos (biológicos o no)– ocupa un lugar central y complejo en este mundo. Sobre esa fraternidad en medio de la adversidad más radical, Gilmer agrega: “La violencia dicta eso. Cuando uno está inmerso en un ambiente definitivamente hostil, tiene que encontrar algo a lo que asirse para no caer de plano en el vórtice de excitación y enfado que trae el día a día”.

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Uno piensa en Frankenstein mientras lee 'La cuadra': el monstruo que no quiere ser monstruo. Para el crítico Stephen Asma, es Víctor Frankenstein (el padre de la criatura) y la sociedad en general los que fallan en darle a ese monstruo biológico un lugar dentro de la familia humana. Eso es, según él, lo que lo vuelve un asesino y un monstruo moral…

La fraternidad en la familia, en los amigos, en la pareja… Si lo miras bien, son todas formas de amor que sirven de amortiguador para lo que tiene que vivir la gente una vez cierra la puerta de ese cariño.

La falta de amor ha hecho más daño que nada en el mundo. La fraternidad ennoblece y llena, incluso a personas que se dedican a hacer el mal. En el fondo, esos lazos son los que les permiten un asomo de humanidad y ternura, aunque sea mínimo. La carencia completa de ternura y compasión engendra monstruos.

En relación con la historia que narra su novela, ¿cómo abordar la ternura y las buenas intenciones de una persona que mata a diestra y siniestra?

Hubo un deterioro moral innegable patrocinado por el pensamiento mafioso que se gestó en esa época y que pervive en nuestros días en algunas capas de la sociedad colombiana. Se mostraba una cara del crimen muy amable, al menos en la superficie, y eso hizo que muchos jóvenes aspiraran e intentaran alcanzarla.

Después –y eso se ve en la novela– la realidad era otra, muy distinta: eso creó una escala de valores confusa en la que el otro no era un igual sino un peldaño más en el ascenso vertiginoso a la cumbre, despersonalizándolo, volviéndolo un objeto. Por eso las siniestras cadenas de muertes que cada uno tenía en su historial eran también su hoja de vida. La falta de Estado y, en especial, de educación, terminó auspiciando ese pensamiento del que yo intento creer que poco a poco nos estamos desprendiendo.

Hablemos del dinero y de la religión. Por un lado, se quiere salir de pobre, y ahí entra la idea de la muerte como trabajo; por otro, la religión católica, practicada por los sicarios, evidencia la contradicción en esa forma de vida con su “no matarás”…

Somos seres contradictorios y con una moral difusa que le debemos en gran medida a la tradición judeo-cristiana tan arraigada en la sociedad antioqueña, que pregona la pobreza como una máxima virtud pero en la institución misma impera la opulencia y el boato innecesarios. El cristianismo presenta algunos de los rasgos propios de la sociedad colombiana en general y antioqueña en particular. Esta religión amolda su doctrina para justificar el poder de turno, haciéndose casi siempre del lado de los asentidos pero fungiendo como defensora de los oprimidos a los que hace creer, en su ignorancia, que asiste. Eso crea una mixtura extraña y contradictoria: la de ampararse en creencias religiosas para convalidar sus acciones y actuares, incluso el lenguaje callejero impone esa prebenda: “El que reza y peca empata”. Al ser un ente político tan poderoso y popular, tiene que servirles a todos por igual, al que mata y al muerto. En eso está su sustento.

¿Cómo leer esta novela? ¿Cuál es el pacto con el lector? En la contraportada dice que es una novela testimonial…

Clasificar la novela como testimonial no es del todo exacto. Si bien los personajes que aparecen tienen un sustento en la realidad de gente que conocí, viví y en algunos casos padecí, están muy tamizados por mi forma de entender el mundo y por cómo los percibí a la distancia que dan los años, y están organizados con la geografía del sentimiento.

Esta novela también es una indagación sobre la naturaleza del mal. Hay un personaje, Kokoriko, que parece esencialmente 'malo' y no por las circunstancias que ha tenido que vivir, como parece el caso de casi todos los demás sicarios…

Creo que existen los dos tipos de maldad. Hay sin duda una maldad como sustantivo, circunstancial, que hace que mucha gente 'buena' realice actos censurables. Hay que ser claros en que la novela no es una apología de la maldad de este tipo, es solo el retrato de personas que terminaron haciendo actos atroces. Pero también hay una maldad endógena, gente que disfruta haciendo el mal por el mal mismo. Ese tipo de personas no encuentra otro camino para desarrollarse que no sea ese.

Hablemos del círculo de la violencia, que es tanto una cadena de venganzas como de contagio o imitación de la violencia. “Cada víctima es culpable”, dice la canción de Blades que funciona como epígrafe de la novela…

En un círculo vicioso como el de la violencia, todos terminamos siendo culpables, según el punto de vista de donde se mire. Lo jodido con la violencia es que, una vez desencadenada, no admite razones. Creo que buscar culpables no es sino otra forma de esparcir el odio, que es de todo lo menos racional. Por eso opino que lo más importante, además de necesario, es buscar entendernos. Somos muy dados a patrocinar venganzas y reacciones porque siempre es más fácil atacar y juzgar al otro, es casi connatural al ser humano. Lo difícil es escuchar y perdonar, y lograr la concordia necesaria para vivir en sociedad.

HAY UN CAPÍTULO en la novela, 'El revolión', en el que quizás se ve mejor la distancia crítica que tiene el narrador ante los hechos que cuenta: distancia crítica, no emocional. Gilmer Mesa escribe: “Al ingresar la pareja, el hombre, con alguna excusa, se devolvía y entreabría la puerta para que pasados treinta segundos entraran los compinches armados y obligaran a la mujer a tener sexo con todos y cada uno, a veces por turnos, pero la mayor parte del tiempo al unísono y por los diferentes orificios de su cuerpo. La mujer, asustada hasta el espasmo, sin saber qué acontecía en realidad ni lo que se le venía, a veces lloraba o gritaba y pataleaba, pero eso lo único que conseguía era exacerbar más los ánimos y hacer bullir más la sangre en los cerebros atolondrados de los presentes, que siempre respondían malamente con improperios y golpes de todo tipo. Era una violación en toda regla, punto por punto, pero a nosotros nos gustaba más llamarla el revolión”.

¿Cómo entiende usted el lugar sagrado que en la novela ocupa, por un lado, la figura de la madre y, por el otro, la aproximación a las mujeres como seres que hay que violar y destruir y volver a violar?

La relación del hombre antioqueño con la madre es muy compleja. El psicoanalista paisa Mario Elkin Ramírez tiene un texto sobre el Edipo de los sicarios y en él cita un chiste muy común que define esa relación. Dice que Cristo era antioqueño porque vivió hasta los treinta y tres años con la madre, murió convencido de que su madre era virgen, y la madre convencida de que su hijo era Dios.

Los hombres antioqueños han privilegiado a la madre como ente inmaculado. De ahí, y basándome también en la interpretación de Ramírez, la veneración casi enfermiza por la virgen, porque ella es la madre de Dios y entre madre e hijo se crea un efecto de complicidad conjunta que es muy fuerte. La una disimula y desfigura los actos del otro y éste a su vez no encuentra tacha en ella. Hay, antes que nada, un enmascaramiento que les permite vivir un artificio, que es la manera de velar la realidad y justificar en el cariño las acciones de ambos. Así, cada mujer que esté por fuera de la correspondencia madre-hijo-veneración es una intrusa y por tanto hay que atacarla.

¿Cómo llegó a una distancia crítica con respecto a los hechos que estaba narrando?

Con el dolor y el tiempo. Ambos lo transforman a uno y lo hacen ser más humano. Por lo menos en mi caso. Y educándome, obviamente: la educación nos ayuda a estar en los zapatos del otro e ir un poquito más allá en su comprensión.

¿Por qué se decidió por la literatura?

Empecé a leer en serio después de la adolescencia, a los 18 o 20 años. En el colegio leí poco y mal, en parte porque lo que me ponían a leer no me entusiasmaba. Gracias a mi padrino, que me insistía en la lectura, le fui cogiendo gusto y decidí presentarme a una carrera que tuviera que ver con eso y entré a estudiar Filosofía y Letras en la Pontificia Bolivariana.

¿Qué autores lee y han sido importantes para usted?

La lista sería interminable, pero los más importantes son Ernesto Sábato, Mario Escobar Velásquez, Juan Rulfo, Eduardo Galeano, Efe Gómez, Julio Cortázar y Roberto Arlt. Además están los músicos populares que, si bien no son literatura en el sentido estricto, han sido un caudal infinito de registros para lo que escribo: Blades, Fito Páez, Draco, Sabina, Bunbury, Charly García, Dylan, Tom Waits, todo el tango, la salsa, los boleros, el blues.

Hablemos del ritmo de su novela, de sus oraciones largas, de su música…

La salsa influyó por completo en la novela, y en mi vida. No solo en el ritmo, también en la forma en la que pienso y asumo mi estar en el mundo. Es una actitud de vitalidad 'a pesar de'. Es rebeldía y pulsión vital al mismo tiempo. Es agresividad, pasión, ternura y muerte. Es todo eso junto. La salsa es una parte importantísima de la banda sonora de mi vida y por eso está presente en todo lo que hago, pienso y escribo.

Escribe: “Llevo 25 años tratando de entender, no para justificar sino para mirar con caletre qué nos llevó a ser la sociedad que somos”. ¿Ha entendido algo?

He pensado mucho, he buscado las razones del origen, he indagado en la historia, he razonado las sinrazones y creo que he podido vislumbrar algo. Pero cuando intento asentar certezas, la realidad vuelve y me tira del brazo y me dice: “Mira que no”.

Cuando uno se entera de que en la calle del Bronx, en Bogotá, picaban gente, secuestraban y esclavizaban niñas a la luz del sol y a pocas cuadras de la Casa de Nariño; cuando una señora de Aranjuez, en Medellín, va a sacar la basura y encuentra en una caja un cuerpo humano en pedacitos; cuando uno nota la popularidad que tiene la guerra en un país que ha escrito su historia con sangre, no solo se desalienta sino que lo lleva a uno a ver que no ha entendido o, mejor, que no hemos entendido nada. O muy poco.

GIUSEPPE CAPUTO
LECTURAS

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