Los dibujos de José Antonio Suárez

Los dibujos de José Antonio Suárez

El artista colombiano habla de su oficio, su obsesión por el papel, su lucha por el dibujo preciso.

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Dibujos: Cortesía del artista.

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14 de febrero 2017 , 12:43 p.m.
Dibujar cada día

Creo que lo he hecho siempre. Pero ya de forma obsesiva –casi con faltas de asistencia como en el colegio–, desde hace unos veinte años. No tengo horarios ni lugares específicos. Puede ser a cualquier hora, en la mitad de la noche o en la mañana. Y en cualquier parte, en la casa, en un hotel, en un avión, en un museo, en un tren, en un parque, en una biblioteca, en la calle. Si algún día no dibujo, como buen católico –criado católico–, me viene una culpa horrible. Siento como si hubiera cometido un pecado. Yo tengo que estar dibujando, de lo contrario me aburro. Y aburrido soy un peligro para mí y para todo el mundo. Por eso lo hago todo el tiempo: si no estoy frente a un papel, estoy haciéndolo en la cabeza. Siempre pensando en dibujar.

El papel

Cualquiera es bueno. Desde el más fino y más caro –que infunde un poco de miedo y de respeto– hasta un pedacito recogido por la calle. Libretas, cuadernos, blocs, papeles sueltos, todo sirve. Últimamente dibujo mucho en los recibos de los almacenes, por detrás, cuando son blancos. Viví largo tiempo en Suiza y allá hay una obsesión con la guerra, que va a llegar y por eso deben aprovisionarse. En sus casas todos tienen aceite, pastas, atún, botiquín, para poder sobrevivir por lo menos un tiempo si la bomba cae. A mí se me metió esa idea con el papel: que se va a acabar y qué voy a hacer si eso pasa. Entonces me la paso almacenándolo, ahorrándolo. Vivo obsesionado con eso. Ya podrán imaginar las toneladas de papel que hay en mi casa.

Los lápices

Cuando hablo con gente que está aprendiendo a dibujar y me pregunta (como a Kung Fu) “maestro, ¿qué lápiz se debe usar?”, digo que los mejores son los de propaganda. Esos que regalan en los hoteles y en otros sitios y que casi siempre son HB, es decir, ni blandos ni duros. El dibujo no va a ser bueno porque el lápiz valga diez mil pesos. Cualquier cosa que haga una rayita es válida. Tengo un millón de lápices, finos, ordinarios, de propaganda. Eso no influye. Y encontrar el matrimonio perfecto entre lápiz y papel es casi imposible. Creo que nunca me ha pasado. Nunca he dicho: “este es el lápiz y el papel indicados para el dibujo que tengo en la cabeza”. Y si me ha pasado, menos mal se me olvidó. Porque caería en una fórmula y yo quiero que cada obra sea algo nuevo. Por eso siempre busco un papel y un lápiz distintos. Me gusta hacer lo que hago, pero una vez que lo termino, lo olvido. No acumulo el conocimiento de cómo lo hice.

El tiempo

Cuando empecé a estudiar, quería ser pintor. Impresionista o expresionista, algo así. Dedicarme a la pintura. Comencé, templé el lienzo, lo preparé, y nunca me amañé. Eso es muy pegotudo, y huele mucho. Y lo peor es que hay que esperar. En pintura uno necesita tener paciencia. Hacer una capa y dejar secar, al otro día hacer otra capa y dejar secar, y así pasan semanas. Balthus, por ejemplo, se demoraba años haciendo una pintura. No entiendo eso. A lo mejor tenía veinte cuadros y los iba pintando al mismo tiempo. No sé. Pero yo no puedo. Mi cabeza no funciona de esa manera. La gente se ríe cuando digo que no tengo paciencia. La tendré para otras cosas, no para eso. Yo necesito ver la obra pronto. Hacerla, olvidarme de ella y empezar otra ahí mismo. Puedo terminar diez dibujos en un día o demorarme todo el día en uno, pero lo tengo que acabar. Si no veo el resultado rápido, me desespero.

Enseñar
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jose antonio suarez habla de sus dibujos

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En una época daba talleres de grabado y de cómo hacer sellos con borradores. Casi nunca de dibujo. Pero eso cansa mucho y lo suspendí. Ahora, muy de vez en cuando, doy nociones de aguafuerte en plancha de cobre. Algunos profesores de las universidades a las que me invitaban no me miraban muy bien porque enseñaba en cuatro días lo que ellos tardaban un año. Dar grabado es muy bueno porque la gente tiene que hacer lo que uno dice. Debe seguir las recetas. Eso me gusta porque puedo dominar lo que estoy enseñando. En cambio en dibujo es tanta la libertad que un muchachito puede llegar y aplastar un mosco en un papel y decir que eso es un dibujo. Y aunque para mí sea un mosco aplastado en un papel, quién le dice algo. Si él cree que eso es dibujo, pues pobrecito, o muy de buenas. Duchamp hizo más o menos lo mismo y le fue bien. Pero Duchamp solo hay uno. Hoy cualquier cosa es dibujo y así no me siento capaz de dar ese taller. De grabado sí, pero en realidad estoy más concentrado en lo mío. Además, ya me envejecí. La última vez que lo dicté fue hace como dos años y casi me muero del cansancio.

Taller 7

Todos los viernes hago retratos en una casa del centro de Medellín. Cuando estaba en Suiza, mi profesor era un retratista. A mí me encantaba lo que hacía y la manera que encontré para relacionarme más con él fue ponerme a hacer retratos. Él vio que teníamos algo en común y se interesó en mis dibujos. Cuando volví, quise hacer un grupo de retratos. Intenté dos o tres veces. El primer día éramos cuatro, el segundo dos, y al tercer día solo llegaba yo. Hasta que una vez unos muchachos de Bellas Artes de Medellín me contactaron. Uno de ellos quería hacerme un retrato. Yo le dije: le poso si usted me posa. Así hicimos. Luego hablamos sobre lo bueno que sería formar un grupo. Ellos alquilaron una casa en el centro y empezamos. Pensé que íbamos a durar dos semanas: llevamos doce años. A veces hay cinco personas, a veces treinta. Es una maravilla. Sobre todo porque hoy en las universidades les dicen que el dibujo ya está hecho, que la pintura ya está hecha, que el grabado ya está hecho, que lo que tienen que hacer son videos, performances y no sé qué más. Estos muchachos van a esa casa a hacer retratos. Desde la mañana hasta que se va la luz.

La literatura

Soy muy mal lector. La mayoría de mis libros los he comprado por las imágenes. A partir del trabajo que inicié en 1997, con el diario de Brian Eno –cuando empecé a dibujar algo basado en un texto–, sí leí mucho. Al principio era un libro por año. Calculaba el lomo y sabía que me iba a dar para 365 dibujos. Luego empecé a leer libros a la topa tolondra, lo que cayera en mis manos y me funcionara para eso. Leía un párrafo y, cuando salía una imagen en el cerebro, paraba y hacía el dibujito. Esas eran mis lecturas. Lo que sí me ha llamado la atención es leer biografías de rockeros. En una época fueron mi obsesión. Leía todas las que salían. De Marianne Faithfull, de David Crosby, de Jim Morrison. De todos esos sobrevivientes de los sesenta y setenta.

La música

Oí mucho rock desde los 10 años y hasta los 25, más o menos. En ese tiempo estaba al tanto de todo lo que pasaba en la música. Luego me cansé. Cuando llegaron Michael Jackson y Madonna, no sé qué paso, como que no me agradó toda esa algarabía (después, con el tiempo, me gustaron) y me concentré en tres o cuatro y los seguí. A Lou Reed, por ejemplo. A Patti Smith. Hoy ya solo oigo la música que pongan en la radio. Tengo algunos discos. De música clásica, sobre todo barroca, como las Suites para cello de Bach. Pero tener que pararme a poner un disco, a cambiarlo, me parece aburrido. No dibujo con música. Oigo radio: gente hablando. Al final no sé ni qué hablan porque cuando me siento a trabajar no entiendo nada sino lo que estoy haciendo, pero me gusta oír gente diciendo bobadas. Pongo esos programas a los que llaman las señoras a dar quejas. O noticias.

La biología

Empecé queriendo ser veterinario. Luego me pasé a biología pura. Ahí lo que más me interesó, y creo que me marcó, fue la botánica, con todas esas planchas y grabados antiguos que describían las partes de las plantas, las hojas, las flores, los ciclos de reproducción. Todo eso me fascinaba y me sigue fascinando. Pero nunca acabé biología. Las matemáticas, la física, la química lograron aburrirme hasta sacarme. Bregué a ser alguien útil para la sociedad, pero no. Yo no servía para eso. Entonces me dediqué al dibujo. En mi casa me apoyaron. Mi mamá, que fue la que me enseñó a dibujar, me apoyó. Todos. Si quiere irse a estudiar, bien, me dijeron. Eso sí: consiga a dónde ir. Me fui a la Escuela Superior de Artes Visuales de Ginebra, en Suiza.

Corregir

Nunca boto nada. Trabajo y trabajo y trabajo. A veces me sale una cosa y digo “esto está muy bueno”, y la daño. Porque sí. La daño para volverla a recuperar, aunque nunca lo logro. No soy muy hábil. No me salen las cosas con facilidad. No creo que tenga talento ni soy de los que hacen un arbolito y les queda divino. Nunca fui el que mejor dibujó en el salón ni el que hacía las cosas más bonitas. Nunca me dijeron eso, y lo agradezco. A mí me da brega hacer las cosas. Cuando no me da, me parece sospechoso y entonces las daño. Les echo color encima a ver qué pasa y hasta ahí llegan. A veces acaban blancas porque les paso una capa de vinilo blanco para dibujar encima. O negras, de tanto hacerles cosas. Algo les hago, pero no las boto. Me gusta esa lucha, esa pelea para sacar algo bueno y no dejarme ganar. No tener ni el papel ni el lápiz adecuados y bregar a conseguir lo que quiero. A veces no tengo nada en la cabeza y empiezo a hacer rayitas y rayitas y eso va formando algo. Hasta que digo “esto es”. Entonces volteo esa hojita y saco otra.

Planas

La historia es muy graciosa. Un día Catalina Casas –de la galería Casas Riegner– me propuso hacer una exposición individual. Le dije que eso no iba a pasar nunca porque el espacio de su galería es muy grande y con mi trabajo no lo podía llenar. Sin embargo, hace como cuatro o cinco años, me cambié de apartamento y descubrí que tenía un folder del 2005. Lo había bautizado así: Planas. Yo venía coleccionando cuadernos de los que usan los niños para aprender a escribir. En todas partes del mundo donde voy, visito librerías y papelerías a ver qué encuentro. Y en una época, siempre que veía ese tipo de libretas con renglones, las compraba. En 2005 decidí hacer algo con ellas. Saqué los cuadernos, separé las hojas y las guardé en sobres. Fue un año en el que viajé mucho y siempre llevaba esas hojitas conmigo. Cada día, estuviera donde estuviera, hacía mi plana. Luego guardé todo eso y no volví a pararle bolas. Hasta ese trasteo en que apareció el folder con esas hojas guardadas. Era una cosa gigantesca. Cuando las puse de lado a lado en el piso de mi apartamento, casi no cabían. Entonces llamé a Catalina y le dije que con eso sí podíamos pensar en la exposición. La hicimos aquí y luego estuvo en la Bienal de Sao Paulo. De ahí salió después el libro.

Visitar museos
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jose antonio suarez habla de sus dibujos

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El Metropolitan de Nueva York es mi preferido. En mi época de estudiante pasaba con frecuencia de Ginebra a París y conocí el Louvre de memoria. En Londres iba mucho a la National Gallery. Me agradan los museos grandes, viejos. Las cosas contemporáneas, muy poquito. En el Metropolitan tengo un ritual: llego a Nueva York y al otro día salgo a abrir el museo y me meto a la sala donde está la bailarina de Degas y la dibujo. Siempre. Luego me pierdo en las salas impresionistas, después en la de las cosas fenicias y así. Me encanta perderme en el museo. Voy sin plan. Todo el día con una libreta y, si me interesa algo, paro, dibujo y sigo. Cuando me doy cuenta es de noche y ya van a cerrar.

Otros artistas

Me gusta de todo. Desde los relieves egipcios hasta los dibujos de Sol LeWitt, por ejemplo. Las esculturas de Degas y las del periodo no sé qué griego-romano. Los papiros egipcios y algunos dibujos de Francesco Clemente. De Colombia, me gusta mucho Beatriz González. Cuando ella llegó a una de mis primeras exposiciones en Bogotá, casi me muero de la emoción. Pensé: “Dios mío, qué me irá a decir”. Se acercó y me dio un sobre y no me dijo nada. Lo abrí y había una postal de Mondrian. No de las obras que conocemos, de los cuadritos, sino una crisantema. Ahí descubrí que él era un dibujante maravilloso. Desde ese momento empezó una amistad con Beatriz que ya lleva casi treinta años. También me gusta un pintor que no volvió a exponer mucho, Víctor Laignelet. Y Gabriel Silva, Doris Salcedo, los paisajes primitivos de Abel Rodríguez y algunos dibujos de Luis Caballero, los que eran chiquitos, como bocetos. Maravillosos.

El cuerpo humano

Un artista antioqueño que conozco copia todos los años sus libros de anatomía, página por página. Voy a tratar de hacer lo mismo este año con un libro sobre el cuerpo humano que encontré en un viaje. Al terminar, espero llegar por lo menos al tobillo de los dibujitos que él hace. Cuando estaba estudiando, durante toda la carrera –que en total fueron seis años– me inscribí en el curso de dibujo con modelo. Estaba convencido de que uno tiene que saber dominar el cuerpo para poder pintar cualquier cosa y hacer cualquier dibujo. De tanto trabajar con modelo, creo que lo logro. Me imagino un personaje y consigo hacerlo creíble, sin que quede caricaturesco. Vivo contento por ser capaz de eso. Para mí, el cuerpo humano es la base de todo.

Los animales
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jose antonio suarez habla de sus dibujos

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A veces me da por un animal. En una época dibujé conejos y conejos. Durante dos años seguidos. ¿Por qué? Ni idea. Debe ser por eso de la biología. Los perros también me gustan mucho. Ver perritos me encanta. Lo mismo caballos, culebras, pájaros. Todos. Aunque no tendría ningún animal en mi casa. El único fue un canario que me regalaron en la Primera Comunión. Después ya no quise más. No soy de jugar ni encariñarme con ellos. Solo verlos y dibujarlos.

Pequeño formato

He hecho algunas obras grandes, pero por fortuna esas sí las he destruido todas. Y en realidad han sido como una trampa porque lo que he hecho es unir chiquitas. Las voy pegando hasta formar algo grande. Me acuerdo de un zepelín que hice: era una foto cuadriculada y en cada cuadro dibujaba un pedacito. Nunca supe qué estaba haciendo porque solo veía cuadro por cuadro. Al final, cuando los junté, resultó una imagen tan grande y poderosa que hasta susto me dio. Cada cuadro medía 10 por 10 centímetros y, en total, era de 80 por 1,10 metros, que para mí es gigantesco. Esa fue la única vez, y me parece que quedó bonito. De resto, no más. Creo que se debe a algo con mis ojos: que no ven cosas grandes. Uso anteojos desde que tenía seis años, por hipermetropía y astigmatismo. Mi casa está llena de gafas. Esa es otra de mis obsesiones: tengo cientos de gafas de todos los grados, dos, tres, cuatro. En diferentes monturas, de las que se pegan en la nariz, de las que no se pegan, de las de cadenita, todas. Me sirven mucho para dibujar. Pero preciso las que necesito son las que no encuentro.

Exponer

Me parece lo más aburridor del mundo. Decidir qué mostrar, de qué me voy a separar. Porque, a pesar de que yo hago los dibujos y no vuelvo a pararles bolas, no me gusta desprenderme de ellos. Los quiero todos para mí. Es complicado, doloroso. Pero también está el otro lado, narcisista, y es bueno que le digan a uno que las cosas que hace son bonitas. Es una doble sensación. Además, sé que me toca exponer porque de algo hay que vivir. Así que decido qué poner, elijo algunas obras y pienso que de pronto soy tan de malas que las tengo que vender. Lo gracioso es que las visitas guiadas sí me gustan. Alguna vez me vi obligado a dar una y me encantó. Yo les digo a los asistentes desde el inicio: no voy a pararme a hablarles de mis cosas porque no sé nada, pero si me preguntan y puedo contestarles, bien. Y empiezo a hablar y no paro. Me encantan. Incluso se me hacen cortas. En cambio, que me tomen fotos para revistas o periódicos me parece lo peor. Que la gente sepa cómo son mis dibujos, pero no cómo soy yo. Eso a nadie le importa. La obra es la que debe hablar por uno.

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