'Isla de Agua' hace pensar en la defensa de océanos y ríos
Por: MARÍA ELVIRA ARDILA |
La exposición estará hasta final de julio en el MAMBO, como eco a la cumbre ecológica Rio+20.
Los pronósticos ambientales y el capitalismo esquizofrénico en el que vivimos consolidan la expulsión del Paraíso que relata John Milton en su poema. Vivimos desterrados. Somos eternos exiliados de ese lugar irrecuperable. La tierra dada a los seres humanos se ha convertido en un mundo de sangre, basura. Es decir, en un mundo de plástico. Por un lado, se ha transformado en la "sopa de plástico" que conforma hoy un reino en el Océano Pacífico y que envenena a un millón de aves, mamíferos marinos y tortugas luego de comer plástico o enmarañarse en él. Las estadísticas nos proporcionan cifras como: entre 12.000 y 24.000 toneladas de basura ingieren cada año los peces en las profundidades del Pacífico. Pero ¿qué quiere decir este dato? Es simplemente un número alarmante, o uno de los avisos visibles que el planeta se está muriendo?
Por otro lado, el mundo de plástico le rinde tributo al uso que la industria le ha dado a uno de sus materiales predilectos por tener bajos costos de producción: ese polímero o indestructible por cientos de años. Miles de objetos plásticos aparecen en el mercado todos los días: mangueras, sillas, cajas y botellas. Sin embargo, éstas últimas no por coincidencia envasan el líquido más preciado de la naturaleza: el agua. Este contenedor juega un papel fundamental en las estrategias que disimulan la privatización de aquella.
Igualmente, la sociedad contemporánea se ha ganado el título de ser una colectividad plástica y frívola, como bien la describe Rubén Blades en su canción: "Era una ciudad de plástico de esas que no quiero ver, de edificios cancerosos... Con gente de rostros de poliéster, que escuchan sin oír y miran sin ver..." Nos encontramos más cerca de este tipo de ciudades que del paraíso mencionado por Milton. Nos encontramos en un momento complejo de la historia y somos el resultado del proceso industrial que logró contaminar e intoxicar al mundo. Ese humo captado por los Impresionistas, que con un aliento romántico dio la bienvenida a la ciudad, logró expandir su hollín: esa sustancia tóxica que se acumuló en la superficie de las cosas.
Esa sociedad plástica se ha construido a partir del consumo, lo trivial, lo vacuo, las tecnologías mal empleadas, lo mediático. Ha generando una sociedad del espectáculo que se ha enceguecido con un nuevo prototipo de belleza y que utiliza en sus cirugías plásticas la silicona que se compone en un 90% de este material. De esta manera, la acción devastadora del plástico se ha insertado tanto en cada cuerpo viviente como en el lugar más árido y seco y ha llegado a producir lo que podríamos denominar islas desérticas en la mitad del planeta, sin agua y sin vida.
Esta vacuidad del plástico se podría comparar a las utopías del siglo XX, que dejaron al ser humano desubicado. Por ejemplo la velocidad de los Futuristas al ser llevada al extremo condujo a la competencia desleal que terminó con la caída de las Torres Gemelas, uno de los símbolos del poder aniquilador de la otredad. Más aún, el ideal de la raza aria dejó más de de 50 millones de muertos a partir de un exterminio sistematizado; con la caída del muro de Berlín el sistema comunista quedó en el piso. Ni siquiera después de la multiplicidad de intentos, nos acercamos a la igualdad, ni a la libertad que proponían los idearios de la Revolución Francesa, ni mucho menos somos ciudadanos del mundo en el marco de la globalización.
Sin embargo, es necesario responsabilizarnos de la sombra y la vergüenza de los fracasos de estas utopías, que como seres humanos llevamos a cuestas, como lo afirma el escritor Primo Levi, "también tú habrías podido, habrías debido".
Los ideales consignados en los manifiestos de las primeras Vanguardias del siglo XX reflejan el ánimo por parte de los artistas de cambiar e innovar el mundo, actos que hoy hacen parte del pretérito. Contrariamente, en la actualidad del imperativo existencial lo dictan las corporaciones, la moda, las nuevas tendencias enmarcadas en lo efímero. Sin embargo, en medio de esta confusión, o a partir de ella, emergen los colectivos. Se generan como una fuerza que hace visible las problemáticas que ahora conlleva la idea de desear un mundo mejor, de respetar la otredad y de tratar de conservar la naturaleza.
El verbo vanguardista cambiar mutó a una pluralidad de acciones que reflejan las mencionadas problemáticas. Las propuestas de los colectivos son entonces salvaguardar el mundo, convivir con el desastre y proponer cambios reales ante la indolencia del ser humano. Sólo a través de las acciones propias, lideradas con un ánimo altruista, prácticas que se aproximen al activismo que supone una posición política en el sentido noble de la palabra, quizás sea posible acercarse a pequeñas utopías que van en contra de toda clase de violencia y de maniqueos corporativos.
En este panorama, Hélène Le Drogou, Psicóloga Clínica, subvierte la quietud, y a partir de la problemática enunciada moviliza a un grupo heterogéneo de personas--profesores, niños, músicos, fotógrafos, artistas, arquitectos, diseñadores, y amigos--con la intención de persuadirnos para proteger la 'Isla de Agua'. Esta isla que se propone brindar una posibilidad de combatir uno de los cánceres que ha invadido la tierra: la indiferencia ante los deshechos de los envases de plástico que al final del ciclo de uso terminan en el río o en el Océano creando continentes a partir de la acumulación de éstos. Esta es una indiferencia casi imperceptible a los ojos de muchas personas, pero que es necesario erradicar para preservar la isla y extenderla.
'Isla de Agua' es el nombre que Hélène le ha dado a la exposición que de manera poética y estética nos conecta con el nacimiento de la tierra. El título apela a una zona que está apartada del área continente y que se encuentra rodeada en condiciones regulares por agua. Sin embargo, Hélène invierte la definición inicial y llama la atención sobre la urgencia de recuperar una zona exclusiva de agua que se encuentra rodeada de plástico. Con esta inversión, Isla de Agua es una propuesta de retornar al Paraíso Perdido, lleno de vida: un cielo azul, aguas cristalinas, una vegetación exuberante y cientos de ecosistemas vibrantes.
La ubicación geográfica del proyecto no es una isla como tal, sino que de manera conceptual se ubica en un territorio donde se encuentra la quinta parte de las reservas totales de agua dulce del mundo: el Amazonas. Este río como una gran anaconda serpentea a lo largo de 7.000 kilómetros, un río físico que como una gran arteria le proporciona vida a la tierra y un río metafórico en el que se desenvuelve la historia mítica en la que fluyen dioses, delfines rosados y relatos de las culturas de esta región. Como indica Hélène: el dibujo geográfico del Río Amazonas sobre el Ecuador es similar a una firma que recorre sus propias entrañas, así todos tenemos un pacto intacto con la tierra por haber nacido en ella, la firma, la huella es la reafirmación de este compromiso.
El Amazonas es una reserva forestal, el pulmón de la tierra, riquezas y conocimientos etnos botánicos se encuentran allí, además uno de sus recientes hallazgos es un "río" subterráneo, los primeros indicios de este descubrimiento pueden reafirmar que además de la riqueza exuberante del lugar nos encontramos con una de las reservas de agua más grandes nuestro planeta.
Tal vez por esto cuando se inició el proyecto en uno de sus talleres los niños del Liceo Francés imprimieron sus huellas como un rito, un pacto incondicional con el planeta, e interiorizaron el proyecto, igualmente tomaron la emblemática canción de Pink Floyd, The wall: "We don't need no education... We don't need no thought control..." Para expresar que el tipo de educación que se requiere no se basa en la rigidez del control institucional. Es decir, que en términos de Isla de Agua lo que se necesita es el desarrollo de una relación seminal y directa con la naturaleza, el arte, la ciencia, la filosofía y con el ser humano, una biocultura para dar el paso definitivo hacia un mundo realmente sostenible. La urgencia de este tipo de relación se debe iniciar desde las primeras etapas de la vida, pues, en el caso de los adultos la decisión corre por cuenta de cada uno y la ruptura de paradigmas es propia.
Tras la elaboración de la huella y su impresión en cada individuo por medio de un trabajo colectivo, Hélène sutilmente nos conduce al significado psicoanalítico de las islas: regiones que evocan en nuestro inconsciente las fracciones desprendidas de la conciencia que son animadas por las profundidades de la psique que en este caso evidencian la necesidad de restitución de un ambiente libre del abuso de sustancias como el plástico. Entonces no es casual que nos comprometa con una 'Isla de Agua', a la cual llegar como si fuéramos los náufragos después del hundimiento y del fracaso del proyecto moderno.
María Elvira Ardila
Curadora Museo de Arte Moderno de Bogotá
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