Descerebrando gatos

Descerebrando gatos

Fragmento del libro 'Rodolfo Llinás. La pregunta difícil' del periodista Pablo Correa.

Rodolfo Llinás

'Rodolfo Llinás. La pregunta difícil' recorre la vida y el trabajo del científico colombiano.

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Jorge Oviedo - Cortesía Revista BOCAS.

11 de febrero 2018 , 09:00 a.m.

Resultó difícil encontrar un colegio para Rodolfo. El primero en el que lo matricularon, el Colegio Santa Juana de Arco, apenas lo visitó unos pocos meses porque era el único niño en un curso de niñas. El Liceo Francés también fue una estación de paso porque aprender un nuevo idioma era una tarea con la que no se sentía muy cómodo. El siguiente, el Rafael Cervantes, no resultó una buena idea por su énfasis religioso. Solo hasta que entró al Gimnasio Moderno, en 1951, para cursar los últimos dos años de bachillerato, se sintió a gusto. El Moderno, al igual que la casa del abuelo, era un espacio de libertad más adecuado para un temperamento inquieto y caprichoso.

El colegio que recibía a los hijos de las familias más adineradas e influyentes de la ciudad lo acogió, aunque, como el mismo Llinás lo recuerda, estuvo “lejos de ser un estudiante sobresaliente. La mayoría de las clases me parecían aburridas e irrelevantes” y prefería estudiar y leer otros temas por su cuenta. En el acta de asistencia del primer trimestre uno de los profesores anotó: “Muy inquieto en clase. Espíritu alegre y de buena voluntad”. En cuanto a su desempeño académico ocupó el puesto 18 entre 22 alumnos. Perdió geometría y física. En francés obtuvo 3.35 y 4 en Literatura. Química fue uno de los puntajes más altos con 4.25 y en ciencias alcanzó un 3.42. Su mejor calificación, irónicamente para un futuro ateo, fue religión con 4.39. Al año siguiente, antes de graduarse, sus profesores describieron su conducta como “buena en general”, pero anotaron que era “muy lento en física” y “totalmente deficiente en química”. En francés, inglés y literatura obtuvo calificaciones por encima de 4.

El Gimnasio Moderno fue fundado el mismo año en que inició la Gran Guerra europea, el 25 de abril de 1914. Fue idea de Agustín Nieto Caballero, un abogado que estudió en París donde terminó seducido por los debates pedagógicos que recorrían Europa y los métodos de educación experimental que ensayaban Ovide Decroly, un médico, pedagogo y psicólogo belga, y la italiana María Montessori. Tanto Decroly como Montessori habían trabajado atendiendo niños con trastornos psiquiátricos al inicio de sus carreras. El belga había fundado en 1901 el Instituto de Enseñanza Especial para Anormales, lugar donde intentó desarrollar un sistema teórico y experimental que les permitiera a estos niños, a través de la educación, aprovechar al máximo sus habilidades. Montessori inició su contacto con los niños trabajando en una clínica de psiquiatría.

Al año siguiente, antes de graduarse, sus profesores describieron su conducta como “buena en general”, pero anotaron que era “muy lento en física” y “totalmente deficiente en química”

La experiencia al lado de niños con limitaciones cognitivas les sirvió a ambos para extrapolar esos métodos y principios a las escuelas regulares europeas. Ambos coincidían en que la educación debía entenderse como un proceso de diálogo, una guía. Los alumnos no eran una tabula rasa. El profesor no debía imponer contenidos ni estos ser aceptados sin cuestionamiento alguno por los estudiantes. Frente a la lógica de la autoridad y el aprendizaje basado en la memoria se imponían el análisis y la discusión. La libertad del niño era un valor central. Al regresar a Colombia, Agustín Nieto reclutó 16 accionistas para fundar un colegio bajo esa filosofía y educar a una nueva élite de dirigentes. Llinás ya había experimentado junto al abuelo un método pedagógico similar.

Aunque se adaptó al nuevo colegio, Rodolfo continuó con algunas dificultades. “El problema que tuve, y aún tengo, es que no aprendo si no se da contexto. Nunca supe, por ejemplo, cuál era la razón para aprender los afluentes del río Caquetá”. Su personalidad independiente y dominante tampoco encajó muy bien en los deportes en equipo como el fútbol o el baloncesto. Eligió esgrima y tenis. También practicó judo durante una temporada. Su grupo de amigos se redujo a cuatro fieles compañeros: Jorge Pérez, un futuro arquitecto; Nicolás Buendía y Eduardo Rueda, que también estudiaron medicina; y Ramiro Mota, que murió ahogado en una piscina en Honda cuando era adolescente.

Margarita recuerda: “Rodolfo tenía una fama de bailarín como tú no tienes idea. Todas las chinas se morían por él y yo me moría de la ira, porque me decían: Oiga, presénteme a su hermano. Se hacían amigas mías solo para eso”. Su papá le asignó un carro Morris 10 que conducía para ir al colegio cuando ya era adolescente.
Patricia cree que, en el relato de su propia vida, su hermano le ha atribuido una exagerada influencia a su abuelo y ha minimizado la de su papá. A lo largo de los años, en muchas conversaciones, ella ha intentado demostrarle la importancia que tuvo en la formación del pensamiento analítico en los tres hermanos la forma de educación de su padre. “La frase favorita de mi papá era: a que no puede”, recuerda. Ella, por ejemplo, una Navidad recibió de regalo una bicicleta, pero desarmada dentro de una caja. Cuando preguntó qué podía hacer con todos esos tubos, cadenas, neumáticos, frenos, su papá le dijo que mirara las bicicletas de los otros niños en la calle e intentara armar la suya. Una tarea que le tomó varios meses. De hecho, los tres hermanos comparten un gusto por las tareas manuales. Todos guardan en sus casas una gran cantidad de herramientas. Margarita tiene bajo llave taladros, destornilladores, martillos, alicates. Patricia suele hacerse cargo de la producción de sus obras de teatro, construye las escenografías, a veces teje los vestidos, arma y desarma cada pieza que necesiten sus actores. Rodolfo parece más orgulloso de tener y manejar un torno para metal en su casa de Woods Hole que de sus descubrimientos en ciencia.

Al terminar el bachillerato y graduarse del Gimnasio Moderno, Rodolfo ya tenía claro que estudiaría medicina como su abuelo, su papá y su tío Juan Pablo. La facultad de medicina de la Universidad Nacional era la más prestigiosa, pero eligió la de la Universidad Javeriana para no perder tiempo en los paros estudiantiles tan comunes en la universidad pública. Pocos meses después de ingresar a la escuela de medicina, por petición suya, se dio la orden a los empleados de la casa de adecuar una de las bodegas del sótano y convertirla en un laboratorio. Tenía un gran tablero negro con tizas, una mesa en el centro, estantería, papeles y una pequeña camilla. Le gustaba estudiar con música clásica. Repetía incansablemente El pájaro de fuego de Stravinski.

Al terminar el bachillerato y graduarse del Gimnasio Moderno, Rodolfo ya tenía claro que estudiaría medicina como su abuelo, su papá y su tío Juan Pablo.

“Comíamos, e inmediatamente Rodolfo se levantaba de la mesa, se ponía su vestido de estudiar, un pantalón de pana, un suéter de lana enorme, y se perdía de vista. No se podía hacer mucho ruido porque Rodolfo estaba estudiando. Había un respeto de todos por esos momentos”, recuerda Patricia.

En la familia Llinás nadie olvida el episodio de “los perros” que ocurrió por la misma época en la que cursaba el primer año de medicina
. Para evitar que los ladrones entraran a la enorme casa, el doctor Jorge Llinás había comprado una pareja de perros gran daneses por sugerencia de un paciente que era ladrón. En poco tiempo, luego de la adopción de los primeros perros, la familia convivía con una jauría de doce animales. En las noches los soltaban en el patio para ahuyentar intrusos. Cuando nació una de las camadas de perros, Rodolfo se ofreció junto a su amigo Eduardo Rueda para recortar las orejas de los cachorros. Luego de ponerles anestesia, tomaron unos cuchillos. Estos no estaban bien amolados, por lo que, en cuestión de minutos, la escena se tornó dantesca. “Pobres perros. Esas orejas quedaron espantosas”, aún se lamenta Llinás.

Al igual que ocurrió en el colegio, en la universidad Llinás tampoco se destacó por sus calificaciones, aunque su inteligencia era evidente para sus profesores y compañeros. Despreciaba las clases que no le atraían ni despertaban su curiosidad. Sin embargo, ese no fue un tiempo muerto. Todo lo contrario. Por un lado, se embarcó con su papá en la creación de dos empresas: una de alarmas, Cibernic, y otra dedicada a la reconstrucción de motores, que bautizaron Famoto.“Yo estaba haciendo medicina, electrónica y motores al mismo tiempo. Esas ideas salían de charlas con mi papá. Vamos a hacer cosas, decía. ¿Por qué no se puede hacer un motor en Colombia?”. Era casi una manía familiar. Sus tíos probaron suerte con una fábrica de espagueti y otra de negro de humo, un pigmento industrial. Aunque la mayoría de veces fracasaban estruendosamente, dejaban entrever el espíritu emprendedor del ambiente familiar. Durante esta época se interesó por la hipnosis y el psicoanálisis. La International Broterhood of Hypnotists lo incluyó entre sus miembros y le enviaron un carné que certificaba que pertenecía a sus legionarios por el mundo.
La recursividad y el pragmatismo, las nociones de mecánica y electrónica, jugaron un rol importante en su carrera científica. A mitad del siglo XX los descubrimientos en neurociencia dependían de la sagacidad para intuir los fundamentos de la comunicación nerviosa pero también de la manipulación de equipos electrónicos. “Yo soy mecánico”, les dice Llinás a sus amigos.

Rodolfo Llinás

'Rodolfo Llinás. La pregunta difícil', Pablo Correa.

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Su interés por entender el cerebro seguía creciendo a la sombra de las exigencias académicas y los intentos empresariales. Un episodio importante en esa búsqueda intelectual fue la lectura del libro El cerebro medio y la regulación de la circulación y la respiración (Das Zwischenhirn und die Regulation von Kreislauf und Atmung), escrito en 1932 por el neurofisiólogo suizoWalter Rudolf Hess. En esas páginas Llinás descubrió que era posible estimular eléctricamente distintas zonas del cerebro para identificar su función. Hess había desarrollado un método para aplicar corriente eléctrica a zonas muy específicas del diencéfalo, la parte más antigua del cerebro humano desde un punto de vista evolutivo. Utilizando finos electrodos de metal, aislados con esmalte a excepción de su punta, introducía estimulación eléctrica en descargas muy bajas y bien localizada en más de 100 puntos del cerebro de un gato. Esto le permitió a Hess establecer la función del llamado sistema nervioso autónomo o vegetativo. Desde el siglo XIX se sabía que el cuerpo estaba enervado por dos clases distintas de nervios que provocaban reacciones fisiológicas contrarias, el sistema simpático y el parasimpático, pero no se había revelado hasta entonces el control central de ambos sistemas. Hess pudo demostrar que la parte posterior y media del hipotálamo estaban íntimamente relacionadas con la actividad del sistema simpático, y que al estimularlo se desencadenaban los síntomas que preparan a un animal para situaciones de peligro: dilatación de pupilas, aumento en el ritmo cardiaco y constricción de vasos sanguíneos periféricos. Asimismo, demostró que la parte posterior del hipotálamo, junto al área preóptica y el septum pellucidum, todos en la base del cerebro, daban cuenta de la actividad parasimpática, relajante.
En el discurso que Hess ofreció al recibir el Premio Nobel de Medicina, que compartió en 1949 con el portugués Antonio Egas Moniz, promotor de las lobotomías, el suizo concluyó que el conflicto entre esos dos sistemas era un principio de construcción de la naturaleza, “en el sentido de que en cada momento producen un equilibrio dinámico adaptado a la situación dada del organismo en su conjunto. En este equilibrio se expresa la unidad de la regulación central de todo el sistema vegetativo”.

Llinás devoró el libro y más adelante, cuando cursaba el segundo año de medicina y aprovechando que su familia pasaba una larga temporada en Europa, se empecinó en ir a visitar a Hess en Suiza para pedirle que lo dejara trabajar a su lado. Hess y sus colaboradores en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Zúrich le abrieron las puertas de su laboratorio por casi dos semanas. “Me aparecí por el instituto. Les expliqué que era un estudiante de medicina. Les pareció fantástico. No habían visto a un suramericano”, rememora Llinás. Los asistentes de Hess lo dejaron curiosear en el laboratorio y lo involucraron en tareas sencillas. El resto del tiempo lo invirtió leyendo en la biblioteca de la universidad y caminando por las calles de Zúrich. Aquello fue una revelación: “Hasta ese momento no sabía que había gente que se la pasaba toda la vida en un laboratorio y le pagaban por eso. Era una sensación desconocida”.

“Me aparecí por el instituto. Les expliqué que era un estudiante de medicina. Les pareció fantástico. No habían visto a un suramericano”

A la fascinación por los experimentos con el cerebro de gatos y la vida en un laboratorio, Llinás sumó una de las amistades más importantes de su vida. Junto con Hess trabajaba el neurofisiólogo Antonio Fernández de Molina, discípulo directo de Ramón y Cajal. A lo largo de las siguientes décadas, Fernández de Molina representaría una gran influencia en su pensamiento. Llinás regresó a Colombia para continuar sus estudios de medicina con la profunda convicción de que “lo único que valía la pena era estudiar el cerebro”.

Armado con un equipo básico de electrofisiología que compró en Suiza, unos cuántos electrodos para estimular el cerebro de gatos, convirtió su estudio del sótano en un laboratorio al estilo de lo que había visto en Suiza. Su hermana Patricia resume aquel periodo con una anécdota cómica y triste al mismo tiempo: “Mi mamá me regaló un gato. Después de que Rodolfo acabó con los gatos del vecindario cogió el mío y no me dijo nada. Temiendo lo que había pasado le pregunté si sabía dónde estaba mi gato. Su cerebro está en ese frasquito, respondió. Yo me eché a llorar”.



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