25 días encerrado en el hielo

25 días encerrado en el hielo

Fragmento de 'Antártida', de Federico Bianchini, ganador de la Beca Michael Jacobs Crónica Viajera.

Antartida

Federico Bianchini, en medio de su travesía por la Antártida.

Foto:

Archivo particular.

23 de marzo 2017 , 05:51 p.m.



Anoche, cuando volvimos de cenar, llovía copioso. Al despertar, por la ventana de la habitación vi la garúa suave y sin viento.

El ayudante científico Ramón Conde me había sugerido la posibilidad de acompañarlos, a él y a su equipo, a hacer el censo de mamíferos: diez kilómetros hasta Punta Stranger.

–Es un lindo paseo y podés aprovechar para conocer al pingüino rey, el único en la zona.

La lluvia cambia la Antártida: el paisaje que ayer era blanco, puro, maravilloso, hoy es marrón, sucio, depresivo. La caminata sobre la nieve, suave y mullida, se convierte en un recorrido resbaloso entre piedras, algas, barro y guano.

Somos cinco bajo la lluvia, caminando cerca de la costa. Allí, amontonadas en grupos de seis o siete, dormitan las hembras de elefantes marinos. Cuando nos acercamos, alguna levanta la cabeza, gime estentórea. Otra abre la boca en silencio: los dientes amarillos afilados y la lengua, el paladar, la garganta: un rosa tierno, amenazante. No parecen molestarse demasiado, salvo una que, cuando Conde se acerca, retrocede hacia el mar como una oruga gigante. Pesa 800 kilos y se mueve torpe, aunque en el agua flota y parece liviana.

Me explica el biólogo Pablo Campana que los elefantes marinos pueden sumergirse durante 40 minutos y hasta mil metros de profundidad. La contextura sólida de su cuerpo resiste la presión.

–Los machos llegan a las cinco toneladas –dice Guido Belsito, uno de los biólogos que camina detrás.

los elefantes marinos pueden sumergirse durante 40 minutos y hasta mil metros de profundidad

Conde va un tanto encorvado, la campera amarilla oscura, el paso tranquilo pero firme.Cada tanto se detiene, mira con los binoculares, continúa, siempre en silencio.

Conde y sus compañeros anotan la cantidad de animales que ven. Si encuentran alguna “feca” (excremento) de elefante marino, se detienen con la bolsa y la levantan, se la guardan en el bolsillo. Caminamos bajo la nieve. Enormes, los machos de elefantes marinos están aislados, a unos metros de las hembras que se superponen apretujadas. .Algunos, bajo la nariz, tienen una sustancia mucosa. Campana me explica que son parásitos.

Seguimos en silencio, sintiendo bajo las botas las rocas y el barro.

A unos metros, erguido sobre sus patas delanteras, un lobo marino desafía a Belsito. Se le acerca, refunfuña. Bajo una lluvia intensa, el biólogo, gorro coya de llama, campera roja, menos de un metro sesenta, no se amilana. Quieto, levanta los brazos, los mueve, y el animal retrocede.

–Si no se espanta, hay que correr –dice Belsito y cuenta que, por las bacterias que tienen en la boca, la mordida de lobo marino es mucho más peligrosa que la de los elefantes.

–Si te muerde, te evacúan al continente porque los antibióticos no alcanzan.

Cada vez llueve más fuerte. Encontramos un esqueleto de elefante marino. Durante un rato, evalúan qué pudo haberle pasado. En la costa, dos hembras descansan. Una mira hacia la orilla, la otra en sentido contrario, los torsos apoyados entre sí como un rompecabezas animal. La lluvia se convierte en nieve: hace menos frío y es más cómodo para caminar.

Dos enormes machos marrones, erguidos, chocan sus pechos. Se miden, se acercan: braman. Uno frente al otro, la boca abierta, se empujan como dos chicos antes de empezar una pelea.

–No van a lastimarse –dice Conde–. Están jugando.

Y señala.

–Pero mira ése.

A unos metros, un tercero, mucho más grande que los otros, tiene orificios con sangre a los costados de la cabeza, heridas de alguna pelea. Es el macho del harén: en noviembre, ocupa el centro de un círculo que puede estar formado por entre cinco a cuarenta hembras. A diez metros, cuatro o cinco machos, más jóvenes y livianos, merodean.

–Cuando el macho del centro entiende que alguno se acercó demasiado, se levanta y lo enfrenta.

Dice Conde que una vez vio, de lejos, a dos que se empujaban hasta que uno mordió al otro. Algunas hembras huyeron, pero varios cachorros terminaron muertos, aplastados. Feroces y lascivos, los machos se transformaron en una masa de violencia sangrante que tiñó de punzó la nieve. Sólo les importaba defender su territorio. Se acercaron a la orilla, entraron al agua. El mar se volvió turbio. Al rato, uno de los dos, rendido, se retiró y el otro, rodeado de hembras, ocupó el centro del harén.

Feroces y lascivos, los machos se transformaron en una masa de violencia sangrante que tiñó de punzó la nieve

Sin nieve, los alrededores del refugio Elefante también parecen otro lugar. La bruma inunda los cerros amarronados. El paisaje ahoga. Seguimos caminando pegados a la costa durante unos kilómetros más hasta llegar al Peñón siete. Allí, sin decir nada, Conde señala al pingüino rey: quieto, el pico naranja hacia el cielo, su universo se reduce al huevo que tiene debajo. El único ejemplar de Aptenodytes patagonicus de esta zona de la isla se concentra en su cría, se mantiene ajeno al ruido de las decenas y decenas de pingüinos papúas que corretean alrededor. Aquí, es el único de su especie. Científicos y militares caminan los diez kilómetros que separan la base de este sitio para encontrarlo siempre en el mismo lugar, detenido en su descendencia.

Nos quedamos mirándolo durante varios minutos hasta que nos aburrimos. Luego, volvemos hacia el refugio Elefante. Una vez allí, Conde prepara mate. Mientras ceba, dice que está viejo.

–Esto antes no me costaba. Venía todos los días.

–Estás hecho un pibe –dice Campana.

Más tarde, después de caminar hasta la base, los científicos verifican cuántos animales contó cada uno: 840 en total, 740 hembras de elefantes, 23 machos, algunos cachorros y varios juveniles. Además de lobos y un par de focas de Weddell. Los saludo y, cansado, camino hacia el alojamiento nuevo. Me cruzo a Graña Grilli, que dice que en un rato, en el laboratorio argentino, van a hacer la necropsia del pichón de skúa que encontraron ayer.

Dejo las botas en la antecámara, camino hasta la pieza, me saco la ropa, menos el pantalón y la remera, agarro una toalla y voy a bañarme. No tardo mucho, porque quiero ver qué van a hacer con el pájaro. Me cambio en la habitación. Camino rápido los pocos metros que separan el alojamiento nuevo del laboratorio argentino. En la puerta, me encuentro al veterinario platense Marcelo Pecoraro: pelo blanco y sonrisa astuta. Me dice que no me apure. Todavía faltan los demás. Adentro, Marcela Nabte toma mate. Nos quedamos hablando hasta que llegan Graña Grilli, Depino, Campana, Belsito y otros biólogos que tampoco tienen mucho que hacer. Hoy, el plan antes de cenar es la autopsia del ave.

Con las pequeñas alas abiertas, en la bandeja roja el skúa parece un pollo pequeño. A un costado, algunas plumas marrones y húmedas se acumulan, deshilachadas. Con una tijera y un bisturí, Pecoraro lo abre al medio.

–Así, comienza la autopsia del pichón de skúa denominado MBR –dice un biólogo poniendo voz de locutor.

Pecoraro, los guantes quirúrgicos, el reloj en la mano izquierda, se concentra en lo que hace.

–Murió hace más de dos días –dice.

Algunos de los biólogos, ubicados detrás de él, se asoman para ver con detalle. Yo prefiero evitar cualquier tipo de indiscreción visceral.

–Pulmones con edema. No se ve congestión hemorrágica en otros órganos. Bilis desparramada. Puede haber habido algo pulmonar, pero es como si hubiera muerto dentro de una heladera.

Yo prefiero evitar cualquier tipo de indiscreción visceral.

El olor empieza a ser ácido e intenso.

–No voy a abrir el intestino –dice Pecoraro.

–Yo lo conocí de chiquito –dice Graña Grilli.

Su voz suena entre sorprendida y apenada. Mira desde atrás, como si estuviera lejos de la escena. Como si la autopsia no perteneciera a lo suyo: al plano de relaciones que establece con animales tibios.

–En el estómago hay piedras –dice Pecoraro.

​–A veces las tragan para hacer mejor digestión –explica ella.

–Tráquea seca –dice Peroraro–. No murió de frío.

A pesar de su altura, Depino tiene que pararse en puntas de pie para ver cómo Pecoraro mueve los órganos que, a un metro (el olor ya es desagradablemente ácido), parecen vísceras de pollo.

–El hígado está normal –dice Pecoraro–. No murió de un problema infeccioso. Pulmón sin sangre, no está gris.

El biólogo Pablo Campana le pregunta, entonces, de qué puede haber muerto el bicho este. “El bicho”, dice.

​–Coágulo en el corazón. Seguramente durante la tormenta de nieve de los últimos días.

–Pobre –dice Graña Grilli.

Pecoraro deja el bisturí sobre la mesa. Luego, alguien dice que es la hora de la cena y nos abrigamos para ir al alojamiento principal.


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