Mudanza

Mudanza

'Primera persona' es el nuevo libro de la escritora colombiana Margarita García Robayo. Fragmento. 

Margarita García Robayo

'Primera persona' reúne narraciones autobiográficas unidas con ficción.

Foto:

Alejandra López.

13 de mayo 2018 , 09:00 a.m.



Me agaché para esquivar los libros que volaban en dirección a mi cabeza y caían por el balcón. Abajo el portero intentaba levantarlos, pero no lo conseguía, eran bastantes y eran veloces. Desde una esquina estrecha, camuflada por mis propias plantas, pensé que debía irme enseguida, sin mis libros, sin mi ropa, sin mis orquídeas, y mandar después a un emisario y a un flete.

Era el final de una relación pasajera que en el último mes había cobrado unas ínfulas inexplicables. Mi error: me había mudado ahí provisoriamente, porque en una pared del departamento donde vivía en el barrio de San Telmo —la pared de mi habitación— había aparecido una mancha de humedad que entonces me pareció trágica. Crecía como una criatura dispuesta a devorarme y me descubrí mirándola fijo, como intentando detener su avance mientras apretaba los dientes. Venía de vivir varios años en un palacete de principio de siglo, donde también había humedad y moho y plantas rastreras que brotaban de la pinotea y trepaban hasta el techo; pero era un palacete centenario, la alcurnia habilitaba que los elementos de la naturaleza invadieran la arquitectura. Ahí también dejé parte de mis pertenencias. Y dos gatos: uno muerto y otro vivo. Y a un ex importante. Pero esa vez no hubo batallas porque me fui a escondidas, aprovechando su ausencia, y después lo llamé por Skype. De audio. Nunca es lindo ver la cara de alguien a quien dejas. Mucho peor es descubrir la propia en una pantallita mínima, que te explica la situación como si no hicieras parte de ella.

De eso pasó un año. Ese mismo año que corre cuando me acuclillo en el balcón y los libros me peinan. Un año en el que me mudé siete veces. Con mi amiga María; con mi amigo Cristian; a mi departamento de San Telmo; al departamento de ese su­jeto que lanzaba cosas al aire porque me iba y se levantaba en el medio de la noche llorando sin motivo. Bah, decía que alguien le prendía fuego. ¿Quién? En general yo. Después de esa, todavía me quedaron tres mudanzas: a dos casas de amigas solidarias y al departamento donde escribo esta nota el último día del año: hoy.

Nunca es lindo ver la cara de alguien a quien dejas.

Es 31 de diciembre de 2012.


Es la última mudanza de este calendario.

Y es un alivio.

***

Me gusta acá. Me pregunto si estaré mucho tiempo, pero nunca lo sé. Por más que haya contratos armados y fechas previstas, nunca lo sé. Lo que sí sé es que en un par de días parecerá que he vivido acá desde siempre: nunca me toma más que eso. Dar vuelta a las casas, adaptarlas a mí, es algo que me sale rápido y bien; casi tanto como desmontarlas. Algunos lo consideran una virtud, otros una neurosis.

Le alquilo este departamento a mi amiga Guadalupe, que se fue a vivir a Chile. Hoy debí empacar todas sus cosas y mandarlas a lo de su madre, al otro extremo de la ciudad. Guadalupe dejó todo: a Chile solo se llevó a Guillermo, su marido; a Benjamín y a Juana, sus hijitos.

Hoy vino Norma a ayudarme a empacar. Y vinieron el cuñado y la cuñada de Guadalupe a llevarse las cosas. Vino también su sobrinita, que me ayudó a dividir lo frágil de lo no frágil. Pero casi todo era frágil, salvo una cuna de madera que se llevarán después.

Guadalupe me dejó un papel con los datos de la casa: claves de Internet, dirección postal, teléfono. Me parece que ya tuve este número de teléfono, juraría que sí. A lo mejor lo tuve pero combinado de otra forma: siete mudanzas son cincuenta y seis números.

—¿Vos vas a dormir ahí? —la sobrinita de Guadalupe señala la cuna con el hocico.

—Sí.


—No podés.


—¿Por qué?

—Porque sos grande.

—¿Según quién?


Alza los hombros.

Nadie se queda solo un 31, dice: solo los locos, los abandonados, los perdedores, los vagabundos, los enfermos, los ancianos, los feos, los fantasmas.

No tengo planes para la noche, mis amigos están afuera, mi familia está lejos. Elegí este día para mudarme porque es terminante y es fundante. Tendré una historia, pienso, una historia penosa: descorcharé una botella de champaña en una sala vacía y me emborracharé mirando películas en la laptop. Norma no está de acuerdo, mientras envuelve copas con una delicadeza oriental que no se condice con su corpulencia, insiste en que está mal quedarse solo un 31. Nadie se queda solo un 31, dice: solo los locos, los abandonados, los perdedores, los vagabundos, los enfermos, los ancianos, los feos, los fantasmas.

—Y vos no sos nada de eso.

—¿Según quién? —contesto, pero no me oye porque al fondo suena, fuerte y desgarradora, una canción de Juan Gabriel.

***

Me obsesionan las mudanzas porque me obsesiona el drama que las acompaña. Me mudé mucho, casi siempre en circunstancias dramáticas. Por ejemplo: de chica, desde la primera hasta la última vez que me mudé con mis padres, nos fuimos a casas peores; las mudanzas atestiguaban el declive económico de mi familia y nadie las llevaba bien. Cuando crecí y empecé a mudarme sola el drama persistió pero en otro sentido: me mu­daba a casas que, en general, venían con un hombre adosado, y con él una empleada, y con él una mascota, o dos. La gracia y la desgracia era la misma: no elegir, «customizarme». Roto el karma de la convivencia, descubrí que mudarme sola potenciaba mis manías: nomenclar, ordenar, detallar minuciosa­mente objetos contenidos en cajas.

11 tacitas chinas, 4 platos de barro, 3 muñecas peruanas, 1 Gauchito Gil, 1 India Catalina, 3 Fiat 600 tamaño minia­tura, 2 minigordas Botero, 9 cucharas de madera, 15 lapice­ros —8 azules, 4 negros, 2 morados, 1 verde—, 9 animalitos —el león, la jirafa, el gallo, la gallina, el armadillo, la vaca, la iguana, la mariquita, la abeja—.

La mirada compasiva de los fleteros es algo con lo que aprendí a vivir. «¿Esto también va, señora?», me preguntó en esta última un señor peruano llamado Manuel, y miró unos flamencos de Playmobil algo gastados. «Sí, son de colección». Después trasladó sus ojos a la caja que contenía el resto de monicongos y después a mí, otra vez: su expresión traslucía una sabiduría que ni él mismo sabía que tenía. En esa y otras cajas había objetos heredados, robados, comprados por dos pesos en alguna feria americana. Y había, sobre todo, una certeza de permanencia que no me acompañaba a mí, ni a Manuel, ni a nadie. Yo los envolvía en papel periódico y los llevaba conmigo de casa en casa, de país en país, proporcionándoles un cuidado que no requerían. Si se caían del flete, si se perdían en el fondo de un canasto y reaparecían años después, nada se malograría en ellos. Serían eso mismo que Manuel miraba ahora. La ilusión de que me pertenecían era tan frágil como sólida su condición de perpetuidad. Salvo que agarrara un mazo y los hiciera añicos y lanzara el polvo por la ventana. Algún día, pensé.

Tanto las mudanzas como el drama son dos obsesiones que atribuyo a mi historia familiar amañadísima: la fortuna perdida, la nobleza fallida, los menguados patrones de cuatro, tres, dos y finalmente una sola empleada, Chavela, que se trasladaba con nosotros como un mueble. Y que mentía: «Esta vez nos vamos a un castillo».

Mis primeros desplazamientos fueron mentales.

Me asomaba a las rejas de mi casa, agarrada de los barrotes, e imaginaba que alguien me llevaba. Me pasaba de largo en los buses y me bajaba en el barrio equivocado: un barrio de mansiones. Me iba a la playa y hablaba en inglés con italianos brutos: «My father is a canadian diplomat» (les parecía fascinante que a mis catorce años ya hubiese vivido en nueve países). El que más me gustaba era este: me echaba al piso frío de la sala, de patas y brazos abiertos como una equis, y miraba el techo sin pestañear. Si me concentraba lo suficiente podía elevarme y meterme en las casas vecinas. Después veía a los dueños por la calle y pensaba: «yo conozco los rincones sucios de sus cuartos». No podía recorrer mucho más, porque siempre se aparecía Chavela a cortarme la concentración: «¿Niña, qué hace?» —con esa voz trémula de quien teme lo peor—; se acercaba y me tocaba un hombro: «¿Niña?» Y yo quieta, aguantando la respiración. Podía durar bastante en ese estado semicatatónico.

A ella le daba tiempo de salir corriendo a buscar a mi mamá para decirle que me había desmayado. La imaginaba agitada, con el bozo sudado, esos dientes torcidos y la cara fruncida como un Bulldozer. Cuando mi mamá, o mi papá —o ambos— llegaban, yo aguantaba unos segundos más, hasta ver sus expresiones ilegibles como crucigramas chinos, atravesadas entre mis ojos y el techo. Entonces pegaba un brinco:

—¡Estoy muerta! —y largaba carcajadas.


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