Oscar Wilde, el impertinente absoluto

Oscar Wilde, el impertinente absoluto

Una exposición en el Petit Palais de París reúne más de doscientos objetos del escritor irlandés.

Oscar Wilde

Retrato de Oscar Wilde, Napoleon Sarony, 1882.

Foto:

Biblioteca del Congreso, Washington

24 de marzo 2017 , 04:50 p.m.



Poeta y esteta. Dandy y mundano. Dramaturgo, cuentista, crítico de arte. Sensible y provocador. Ingenioso e irónico. Icono del mundo gay, padre, esposo, amante. Oscar Wilde: “El impertinente absoluto”. No pudo ser más preciso el título elegido para la exposición que el Petit Palais de París le consagra al escritor irlandés. Una muestra que se sumerge en la vida de este hombre que alcanzó la gloria y el máximo reconocimiento de la élite intelectual europea de finales del XIX, pero también el desprestigio y la ruina en sus últimos años de vida por haber perturbado la Londres victoriana, que no vio con buenos ojos que su homosexualidad fuera de conocimiento público.

Esa fue su mayor impertinencia, aunque no la única. Desde que empezó a hacerse un nombre como crítico de arte, Wilde fue atacado por promover el esteticismo, según el cual el único fin del arte es exaltar la belleza. “Él era el esteticismo en sí mismo y de ahí su fama de dandy”, dice el curador de la muestra, Dominique Morel. Y no exagera: el escritor explotó su notoriedad de esteta y se fabricó una refinada imagen, como lo testimonia una serie de fotografías originales en las que se le ve enfundado en medias de seda y pantalones cortos, con chaquetas en terciopelo, capas y abrigos de piel, sombreros, guantes y un bastón en marfil.

Todo ello combinaba a la perfección con su formación y origen. Por las venas de Wilde corría un linaje aristócrata y una inclinación natural por las artes. Nacido en Dublín (Irlanda), el 16 de octubre de 1854, era hijo del reputado cirujano William Wilde, apasionado escritor sobre el folclor y la historia de Irlanda. Su madre fue Jane Francesca Elgee, una poeta que publicó en periódicos comprometidos con la causa nacionalista bajo el sobrenombre de Speranza. Retratos de sus padres y amigos, y varios objetos familiares, recrean la primera parte de la exposición, un acierto de Merlin Holland, nieto de Wilde y consejero científico de la muestra.

El 2 de enero de 1882, Wilde desembarcó en Nueva York para dictar una serie de conferencias sobre “lo bello” y las artes decorativas. Las reacciones homofóbicas no tardaron en aparecer y se imprimieron avisos y caricaturas en los que se recreaba su imagen con textos que decían “Atácame con un girasol” o “Inglaterra nos ha enviado muchas cosas curiosas, pero esta les gana a todas; ¡llévensela!”. Wilde, fiel a su deseo de cosechar “el éxito, la fama e incluso la mala fama”, solo se refirió una vez a esas viñetas cuando estaba de regreso en Londres. “Nada nos separa ya de América. A excepción, claro está, de la lengua”, dijo.

De ese viaje le quedaron una estrecha amistad con el poeta neoyorquino Walt Whitman y los recursos económicos suficientes para instalarse en París a comienzos de 1883. Durante algunos meses se hospedó en la casa de Víctor Hugo, donde escribió Vera o los nihilistas y La duquesa de Padua. Más tarde regresó a Londres y, por insistencia de su madre, se casó con Constance Lloyd, una joven inglesa de la que hay varias fotografías en la exposición. También hay una carta que le dirigió Wilde durante un viaje en 1884: “Querida bienamada: Aquí estoy, mientras usted está en las Antípodas. ¡Oh execrable vida!, que impide a nuestros labios unirse en un beso, cuando nuestras almas son una”. Es la única carta íntima que sobrevive. Cuando Constance murió, su familia destruyó la correspondencia de la pareja. Tuvieron dos niños: Vyvyan (1886) y Cyril (1885). Aunque poco se sabe de su relación con ellos, la exposición rescató una tierna carta que él le hizo llegar a Cyril desde París, en 1891.

Tres acontecimientos ocurridos por ese tiempo marcaron la vida y leyenda de Wilde: publicó su primera y única novela, El retrato de Dorian Gray; escribió en París y en francés la pieza de teatro Salomé, y conoció a Lord Alfred Douglas, su más querido amante, a quien llamaba ‘Bosie’. Salomé fue prohibida en Londres y nunca se llevó a escena en Inglaterra mientras que Wilde estuvo vivo, a diferencia de París, que sí la acogió en sus teatros. Las ilustraciones de esta obra están exhibidas en la exposición. Lo mismo que el manuscrito de El retrato de Dorian Gray.

La página en la que está abierto el cuaderno es en la que “Basil Hallward confiesa su amor obsesivo por Dorian, de forma homosexual. Esta primera versión se publicó en 1889 en la revista Lippincott’s Montbly. Pero en el libro de 1891, él mismo quitó esa parte porque fue criticado y no quiso exponerse a la censura”, dice su nieto. Cerca de este manuscrito está una edición de lujo dedicada a Alfred Douglas: “De su amigo, quien escribió este libro”. Las salas que siguen detallan la condena y el encarcelamiento de Wilde, después de que el marqués Queensberry, padre de Douglas, lo acusó públicamente de “sodomita” en el club Albemarle, que el escritor frecuentaba. Tras el proceso judicial, lo encontraron culpable de “actos obscenos” y “homosexualidad”, y lo condenaron a dos años de trabajos forzados en la prisión de Reading, a ochenta kilómetros de Londres. Documentos originales del litigio hacen parte de la muestra. Hay treinta fragmentos de declaraciones conseguidas por el marqués en las que se refieren al comportamiento “indecente” del escritor. Once son de hombres jóvenes, uno de ellos Walter Grainger, a quien Wilde describió como “muy feo” para ser besado, detalle “contundente” usado en su contra.

Después del primer año tras las rejas, Wilde pidió una reducción de su pena. En el documento, que está también en el Petit Palais, el escritor admite que su comportamiento homosexual fue “una forma de locura sexual […] que lo hizo olvidar a su mujer y a sus hijos […] e hizo de él una presa indefensa de las más espantosas pasiones”. En este punto la exposición deja ver el lado más conmovedor de Wilde: muestra el manuscrito de De Profundis, la única carta que logró escribir para Douglas y que no pudo hacerle llegar. Se la confió a uno de sus más fieles amigos, Robert Baldwin Ross, crítico de arte y escritor, y quien pudo ser su primer amante. Ross le dio una copia a Douglas y la publicó en 1905, no sin antes asegurarse de eliminar toda referencia a la identidad de su destinatario.

Cuando Wilde fue liberado, el 19 de mayo de 1897, abandonó Inglaterra, se radicó en Francia y escribió Balada de la cárcel de Reading, un largo poema que cuenta su experiencia como prisionero. Las primeras ediciones inglesas se publicaron sin el nombre de Wilde y se firmaron con el número de su celda: C.3.3. La muestra se cierra con las últimas huellas del escritor, que murió el 30 de noviembre de 1900 en París, tras sufrir una meningitis. Se sabe cómo transcurrieron los últimos días gracias a una carta en la que escribió: “Vivo tranquilamente en un pequeño albergue al borde del mar y resido, por el momento, en soledad. Durante mi encarcelamiento, Francia me trató con mucha gentileza; hoy –como madre que es de todos los artistas– me ha dado el asilo. Para escapar de las tontas lenguas y de las miradas inquisidoras, he tomado por el momento el nombre de Sébastien Melmoth. Le ruego guardar sólo para usted el secreto de mi nombre y de mi lugar de residencia. Espero vivir en la paz y la soledad”.




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