El cuerpo y la vejez, según Robert Redeker

El cuerpo y la vejez, según Robert Redeker

El filósofo y escritor francés ha abordado el tema del cuerpo fabricado y su falsa inmortalidad.

Robert Redeker

Con sus libros 'Egobody' y 'Bienaventurada vejez', Robert Redeker ha ofrecido una mirada crítica del mundo contemporáneo, que niega la enfermedad y el error.

Foto:

 

25 de abril 2017 , 11:23 a.m.



Robert Redeker es conocido en Francia por sus ensayos filosóficos. También por haber recibido amenazas de muerte por parte de grupos islamistas radicales, que llegaron después de publicar, el 19 de septiembre del 2006, una columna en el diario Le Figaro en la que afirmaba que Occidente se encontraba “de nuevo bajo la violencia ideológica” y se refería a Mahoma como “un maestro del odio”, al Corán como un texto “de una violencia inaudita”, a Alá como a “un jefe guerrerista despiadado, que practicaba el pillaje, masacraba judíos y que era polígamo” y al islam como “una religión que en su mismo texto sagrado, así como en muchos de sus ritos banales, exalta la violencia y el odio”.

Horas después de su publicación, Redeker recibía en su correo electrónico un mensaje en inglés en el que se precisaba el nombre de la ciudad en la que vivía, la dirección de su casa y de la escuela en la que impartía clases de filosofía, y concluía pidiéndole a Dios que enviara “un león para cortarle la cabeza”. Varios foros de discusión islamista lo calificaban de “cerdo” y difundían su foto y un mapa para acceder a su casa. Al día siguiente, el jeque Youssef Al Qaradawi declaró en la cadena de televisión árabe Al-Jazeera que Redeker era el “islamófobo del momento”.

Cuando se le pregunta si se arrepiente de haber escrito esa columna, Redeker no responde ni sí ni no

El filósofo y escritor recibió custodia policial, vivió un tiempo en clandestinidad absoluta, se mudó con su familia y abandonó la enseñanza. Hoy, casi once años después, todavía va a algunos eventos académicos con un guardaespaldas, da pocas entrevistas, vive en lo que él mismo denomina una “semiclandestinidad forzada” y asegura que después de los atentados terroristas que se desencadenaron desde el día en que fue atacado el diario satírico Charlie Hebdo, “no se siente más amenazado que el resto de ciudadanos, porque la amenaza toca al conjunto de países occidentales”.

Hay quienes lo han apoyado por considerar que nada justifica una amenaza de muerte, otros sostienen que su visión del islamismo es drástica y unívoca. Cuando se le pregunta si se arrepiente de haber escrito esa columna, Redeker no responde ni sí ni no, sólo que se arrepiente “de haber sido mal entendido intencionalmente”. Dice eso y guarda silencio, dando a entender que quiere dejar ahí el capítulo.

Por el contrario, cuando habla de dos de sus más destacadas obras: Egobody, la fábrica del hombre nuevo y Bienaventurada vejez, el tono de su voz se aviva y cuenta con orgullo que hablará de ellas en Bogotá durante la Feria del Libro. Aunque cada uno de estos dos libros va por caminos distintos, la tesis central es la misma: “La cultura contemporánea, caracterizada por el uso permanente de medios masivos, está concentrada en el cuerpo, mas no en un cuerpo heredado, sino fabricado, que pretende alcanzar una falsa inmortalidad”. Para Redeker, el ser humano contemporáneo es un ejemplo de su propio empobrecimiento: “Durante muchos siglos la vida del hombre estuvo constituida por tres dimensiones: dimensión del alma, dimensión psicológica-el yo y dimensión del cuerpo. A finales del siglo XIX y a comienzos del XX abandonó el alma, y hoy abandona el yo para quedarse solamente con el cuerpo”.

¿Cómo es ese cuerpo?

Es un cuerpo Ikea –lo dice evocando una famosa tienda de muebles modulares–, con piezas intercambiables, que se fabrica a través de la imagen, del deporte, para lograr su mejor desempeño; y del supermercado, porque a todos los productos se les añaden cada día componentes nuevos para regenerarlos y repararlos, y no se les permite ser naturales.

El cuerpo tradicional se deforma y se destruye para fabricar otro, y ese otro es el que se exhibe en las redes sociales

¿Qué papel tienen en eso las redes sociales? 

En ellas reside la construcción de la imagen actual. El cuerpo tradicional se deforma y se destruye para fabricar otro, y ese otro es el que se exhibe en las redes sociales. Si se analizan las imágenes que se encuentran allí, en su gran mayoría parecen hechas por la misma persona, aunque todas son de personas distintas. Porque se hacen con un criterio industrial que pretende convertir el cuerpo propio en modelo para los demás y mostrar que está conforme con el tipo de cuerpo que la publicidad, el deporte o las revistas imponen.

¿Es decir que no se usan para construirse una imagen propia, sino solo para exhibirse?

En el mundo egobody, esas son caras de la misma moneda, porque las redes sociales son hermanas de la tele-realidad; es decir, de los reality shows en los que se ha ido borrando el concepto de intimidad. Ya no hay miedo de exhibirse porque lo privado pasó a ser público para mostrar qué somos y qué tenemos. La respuesta es siempre la misma: somos cuerpo y tenemos cuerpo. No hay respeto por el propio cuerpo ni por los otros. Se les impone a los otros el espectáculo de la propia intimidad.

Pero se puede escoger lo que se mira…

Sí, pero el nivel de exposición al que se ha llegado actualmente hace que estemos casi obligados a mirar. Es una de las novedades de nuestra época. Para qué seguir utilizando las puertas, si siempre mostramos lo que pasa dentro de ellas.

Usted afirma que la sexualidad ha sido una de las grandes víctimas de ese egobody, ¿por qué? 

Porque dejó de ser una forma de placer para convertirse en un imperativo que demuestre la maravillosa máquina que es el cuerpo: mayor duración, mayor desempeño, mayor elasticidad, cuerpos más sexuales –aunque hechos en gimnasio– para desear y disfrutar más de ellos. Pero, de fondo, una completa deserotización de la sexualidad. De ese modo, la sexualidad se ha transformado en una actividad marginal, deportiva, obligatoria, presente en todo, pero carente de misterio. Vivimos en una sociedad hipersexualizada, con cuerpos que se exhiben a diestra y siniestra, pero banales. Sin erotismo, que es el misterio del otro y por el otro, no son nada.

Insiste mucho en el deporte, ¿por qué?

El fenómeno sociológico más sorprendente de nuestra época es la aglomeración que logran los espectáculos deportivos, no solo en los estadios sino frente al televisor. El deporte es el espejo en el que el hombre contemporáneo mira lo que debe hacer de su cuerpo: gran desempeño, productividad, siempre en forma y victorioso. La competencia sirve para medir todos esos estándares y los medios refuerzan la idea de que, si no se superan los propios límites, no se es digno de ser humano. No merecen vivir cuerpos que no lo logran.

No hay respeto por el propio cuerpo ni por los otros. Se les impone a los otros el espectáculo de la propia intimidad

¿Y qué pasa con los que no lo logran?

Los ganadores no son muchos. Estamos más llenos de perdedores, lo que hace evidente que vivimos en una civilización que nos hace creer que libera nuestro cuerpo natural, cuando, en realidad, nos esclaviza a un cuerpo fabricado que probablemente nunca llegará a ser como el de los modelos que se imponen, pero que no cesa de buscar perpetuarse. Es decir, de alcanzar una falsa inmortalidad. Y lo más grave es que este mundo mediático y deportivo niega la debilidad, rechaza el fallo y la insuficiencia. Nos negamos a ver esa humanidad débil, que tiene muchas cosas para revelarnos sobre nosotros mismos.

Debilidad que se manifiesta, por ejemplo, en la vejez…

Claro. Por eso el libro sobre la vejez es, de una forma u otra, un complemento de Egobody. Hoy se nos está privando de la experiencia de la edad y con ello de la vejez. En las nuevas dinámicas a las que sometemos al cuerpo, en el fondo lo que hay es la fantasía de una juventud eterna, y en la juventud no hay, por ejemplo, enfermedades fatales. Aunque no es grato pensar en los dolores y las implicaciones de las enfermedades de la vejez, lo que ellas encierran son experiencias para terminar de descubrir o redescubrir el propio cuerpo.

¿Quiere decir que esto también nos está privando de la experiencia de la muerte?

Biológicamente vamos a morir, no hay duda, por más esfuerzos que se hagan para evitarlo. Lo que sucede es que, con estos cuerpos fabricados, las personas van a querer aparentar siempre que son mucho más jóvenes. Así van a reducir la experiencia de su vejez para preservar la vida que han estado viviendo. Es decir, el mundo egobody quiere una experiencia de inmortalidad sin pasar por la enfermedad y mucho menos por la muerte.

El mundo egobody quiere una experiencia de inmortalidad sin pasar por la enfermedad y mucho menos por la muerte.

¿Y cuál es el riesgo de eso?

La antropología demostró que el descubrimiento de la muerte fue el paso fundamental de la animalidad a la humanidad. Así que el riesgo es olvidar que somos mortales y, con ello, humanos.


“Celebración de la vejez” es el título de la charla que Redeker dará en la Feria del Libro. Sábado 29 de abril, a las 5 p.m.. Sala Jorge Isaacs.


LECTURAS

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA